
Caminaron juntos casi ochenta mil pasos por Buenos Aires y, en algún momento del trayecto entre Recoleta y Caminito, levantaron la vista. En el cielo no había más que aviones civiles. Mirá qué suerte tiene esta gente que camina por estas calles y no lo dimensiona, se dijeron. Lo cuenta Eugenia Kuznetsova al día siguiente, en una videollamada en la que también participa Artem Chapeye desde los Países Bajos, donde tiene un festival literario antes de volver a Ucrania. Los dos vinieron a la Feria del Libro invitados por las embajadas de Austria y Ucrania, compartieron mesa con Héctor Abad Faciolince y participaron en encuentros con lectores. Hablan con la lucidez de quienes vienen escribiendo, desde lugares distintos, sobre la misma guerra.
Chapeye nació en 1981 en Kolomyia, en el oeste de Ucrania. Estudió Filosofía en la Academia Kyiv-Mohyla, tradujo al ucraniano a Mahatma Gandhi, Noam Chomsky y Edward Said, y antes de la invasión a gran escala era reportero, novelista y activista pacifista. En marzo de 2022, The New Yorker publicó su cuento The Ukraine, el primer texto ucraniano que aparecía en aquella revista. Para entonces, ya había evacuado de Kiev a su esposa y a sus dos hijos y se había alistado como soldado raso. Su libro más reciente, La gente común no carga ametralladoras (2025), reflexiona sobre esa decisión.
Kuznetsova nació en 1987 en Krivói Rog y creció en la aldea de Khomutyntsi, en el centro del país, aunque su familia viene del este. Se doctoró en Estudios Internacionales e Interculturales en España, donde vive parte del año. Es autora de tres novelas —Pregunta a Miechka, La escalera y Las ovejas están a salvo, todos bestsellers en Ucrania— y del ensayo La lengua como espada, sobre el bilingüismo ucraniano como producto de la violencia imperial soviética. En paralelo, investiga desinformación y sistemas de medios en territorios ocupados como research fellow en la Kyiv School of Economics.
—Pasaron unos días en Buenos Aires, estuvieron en la Feria del Libro. ¿Qué impresiones se llevan?
Artem Chapeye: Tengo dos impresiones especiales. Una literaria: quedé muy impresionado por Héctor Abad Faciolince. Un escritor tan exitoso y con tanta ternura, tanta modestia. Hablás con él como si fuera tu papá o tu hermano mayor. La otra no tuvo nada que ver con la literatura: la última noche nos llevaron a una pizzería que se llama Güerrín. Nunca en mi vida vi algo parecido. Es como un estadio, pero es una pizzería.
Eugenia Kuznetsova: Caminamos casi ochenta mil pasos, de Recoleta a Caminito. Y en un momento nos dijimos: “Mirá qué suerte tiene esta gente que camina por estas calles y no lo dimensiona, porque en el cielo solo hay aviones civiles. No hay ningún vecino que pueda invadir en algún momento”. Es muy importante valorar la suerte que es vivir en un país sin guerra y sin perspectiva de guerra.

—En los dos libros que trajeron a Buenos Aires aparece una figura que los obsesiona a ambos: el hombre ucraniano que, por una razón u otra, no está en el frente. Eugenia lo retrata desde la ficción en La escalera, en el personaje de Tolik. Artem lo aborda desde la no ficción. ¿Qué los llevó a meterse, cada uno a su modo, con ese personaje?
Kuznetsova: Son personajes muy distintos. Tolik es un personaje no heroico, culpable. El libro trata sobre esa sensación de culpa que lo agota, una familia enojada con él. Al final no queda muy claro qué pasa, y esa era mi intención: Tolik va hacia Ucrania, pero no sabemos qué ocurre después. No tomó una decisión clara de ir a luchar.
Chapeye: Yo escribo sobre cómo en Ucrania, hagas lo que hagas, siempre te parece que no es suficiente. Si no estás en las Fuerzas Armadas y sos varón, sentís que no es suficiente. Y si estás, también: porque alguien está en infantería y vos estabas en la policía militar. Hasta los que van a las trincheras se sienten insuficientes, porque alguien murió y ellos no. Una psiquiatra dice que el trauma se expresa de forma muy similar en los soldados y en las mujeres víctimas de violación: ellas también sienten que tuvieron la culpa.
—¿Cómo se vive esa culpa en lo cotidiano, más allá de la decisión de alistarse o no?
—Kuznetsova: Ya sabemos los precios de casi todas las armas. Cada vez que gastamos dinero en algo, siempre tengo en la cabeza “bueno, eso sería una bala de francotirador”. Eso siempre está con vos.
—Vos, Artem, venías del pacifismo más rotundo: tradujiste a Gandhi al ucraniano. ¿Qué se rompió en ese pacifismo el 24 de febrero de 2022?
Chapeye: Hay situaciones en la vida en que el pacifismo no es suficiente. Yo era traductor de Gandhi, específicamente de su libro sobre la satyagraha, “el camino de la verdad” en sánscrito. Sigo respetando esos métodos. Pero cuando ya viene el ejército enemigo, cuando ya vienen las bombas que van a matar a tus hijos, las peticiones o las huelgas de hambre ya no alcanzan. Como dijo Eugenia, hay que valorar la suerte de no tener que enfrentar ese dilema en la práctica.

—A más de cuatro años de la invasión, una parte de la izquierda internacional sigue pidiéndole a Ucrania que negocie. ¿Se sienten traicionados, especialmente por la izquierda latinoamericana
Chapeye: Cuando vine a América Latina por primera vez, entré en contacto con estalinistas mexicanos. Me dijeron que el genocidio contra los ucranianos era algo necesario para concentrar la revolución. Eso es una tontería. Si alguien es de izquierda, tiene que leer Homenaje a Cataluña, de Orwell: ya en los años treinta él describió las mismas cosas, unos izquierdistas que llaman fascistas a los otros. Hoy todos los izquierdistas que conozco en Ucrania están en el ejército combatiendo contra los rusos. El problema, visto desde lejos, es que Rusia todavía se confunde con la Unión Soviética. Rusia hoy es un país bastante de derecha, con mucha desigualdad. Estar en contra del imperialismo estadounidense no debe significar apoyar otro imperialismo. Paradójicamente, los izquierdistas estalinistas terminan pensando lo mismo que Donald Trump. Eso es lo más ridículo.
Kuznetsova: Héctor Abad Faciolince escribió una frase muy buena: la Unión Soviética fue un sueño religioso de los años veinte que se convirtió en pesadilla. En América Latina hay muchos estereotipos sobre la Unión Soviética, porque en distintos períodos apoyó a algunos países en su batalla ideológica con Estados Unidos. Por eso ven a Rusia como heredera legal. Rusia también quiere verse así, y en cierto modo lo es, pero quiere heredar solo lo bueno: la cultura, la ópera, el ballet, a Kazimir Malevich, que era un pintor ucraniano. No quiere heredar los crímenes ni responsabilizarse por ellos.
Chapeye: No reconocen el genocidio de los ucranianos, ni de los tártaros de Crimea, ni de los chechenos.
Kuznetsova: Una investigadora lituana lo escribió bien en Lo que nos hicieron, un libro sobre la ocupación soviética: solo se puede recuperar del trauma si hay justicia. Con la Unión Soviética no la hubo. Todos los pueblos ocupados, todos los crímenes cometidos: nadie respondió por nada. En mi opinión, esa es una de las razones por las que la guerra rusa es posible hoy.

—Artem, en tu rol en la policía militar trabajaste con prisioneros de guerra rusos. ¿Qué te llevaste de esas conversaciones? ¿Confirmaron lo peor que pensabas de la sociedad rusa o complicaron tu mirada
Chapeye: Cuando pensás en la invasión rusa en su totalidad, la ves como una oscuridad casi ontológica que vino sobre nuestras fronteras y trató de devorarnos. Pero cuando ves de cerca a los soldados rusos por separado, ves seres humanos y hasta sentís lástima. La mayoría decía cosas como “tenía muchas deudas” o “tenía que pagar la educación de mi familia”. Eran de clases muy pobres, por debajo de la clase obrera. En Rusia, como en Estados Unidos, hay un porcentaje altísimo de población encarcelada. A muchos les dieron la opción de quedarse diez años más en prisión o ir a la guerra y quedar libres si sobrevivían un año. Y muchos no eran ideológicos: ya no repetían la propaganda de Putin. Lo peor emocionalmente fue encontrarme con ucranianos de los territorios ocupados desde 2014 que ya habían sido movilizados en el ejército ruso para invadir Ucrania. Me acuerdo de uno, un arquitecto de unos treinta y cinco años, de mi misma clase social. Vivía en Donetsk y pensaba que a él no le iba a pasar nada porque estaba “fuera de la política”. Es como esa broma soviética: un padre y un hijo van camino a un gulag y el hijo pregunta “Papá, ¿a qué gulag vamos?”. Y el padre responde “No sé, porque a mí la política no me interesa”. Cuando Rusia empezó la movilización lo llamaron y terminó invadiendo Ucrania. Eso también responde a los que preguntan por qué los ucranianos no quieren negociar. Negociaríamos, pero ya pasó: Rusia invadió una parte del país, nadie hizo nada, y volvió a atacar. Si negociamos ahora, puede que en dos años intente atacar de nuevo.
Kuznetsova: De hecho, los vecinos de Ucrania no nos empujan a negociar.
Chapeye: Porque ellos entienden. Los polacos, los países del Báltico: entienden todo porque también fueron parte del interior ruso en algún momento, también fueron colonizados. Y saben que no es solo ocupación: son torturas. Algo que siempre les decimos a los argentinos es que en los territorios ocupados Rusia se apropia de los niños y los reeduca, igual que en Argentina con los hijos de los desaparecidos. Es como 1984, de Orwell. Para mí es una razón más para combatir: si nos ocupan, en una generación nos pueden mandar a guerrear contra los polacos o contra los países bálticos.
Kuznetsova: Eso ya pasó con la Unión Soviética. Los ucranianos, pueblo ocupado, fueron enviados a Checoslovaquia, a Afganistán, a todas las guerras que inició la Unión Soviética. Por eso sabemos muy bien qué es.

—Eugenia, una de las herramientas del poder colonial ruso fue la imposición del idioma. Vos analizaste cómo el bilingüismo fue una herramienta soviética. ¿Cómo ves el desplazamiento del ruso que está ocurriendo ahora en Ucrania
Kuznetsova: Es el proceso normal de descolonización. Hay gente que dice “no es el momento, primero hay que ganar la guerra y después ocuparse del idioma”. Pero no es verdad: son procesos paralelos que no se pueden detener. Mucha gente se convirtió en hablante de ucraniano recién a partir de 2022, porque una crisis así te obliga a responderte preguntas: ¿Quién soy? ¿Quiénes son mis hijos? ¿Por qué yo hablo ruso, mis padres hablan ruso, pero mis abuelos hablaban ucraniano? ¿Por qué pasó eso? Por eso me gusta tanto ese título que mencioné: Lo que nos hicieron. Porque en algún momento de nuestra historia empezamos a hablar ruso.
—Algunos analistas observan que la propaganda rusa hacia adentro está colapsando, que el Kremlin ya no produce relatos eficaces y que está cortando internet en regiones enteras como último recurso. Eugenia, vos estudiás esto. ¿Lo ves así?
Kuznetsova: Estoy trabajando con ese tema. Los métodos cambiaron a partir de 2022, también en el exterior, porque en la mayoría de los países europeos perdieron el acceso al público general a través de la televisión. RT, por desgracia, todavía está disponible en Argentina y en muchos países de América Latina, pero en Europa, incluso en España, ya no. Por eso Rusia elige otras herramientas más sofisticadas: infiltrarse en partidos políticos. Y no es verdad que apoye solo movimientos de extrema derecha, como suelen decir algunos investigadores. Apoya todo lo que sea extremo: extrema izquierda, extrema derecha. Para sembrar caos. La sociedad rusa es pasiva, está acostumbrada a ser dirigida, porque tiene trescientos años de dictadura. En 2022 esperábamos que los rusos hicieran manifestaciones. Nada.
Chapeye: La sociedad ucraniana, y muchas otras como la francesa o la argentina, están organizadas de abajo hacia arriba. La rusa está organizada de arriba hacia abajo. Hasta en la oposición rusa veo cómo están buscando a otro zar. Cuando murió Navalny, da pena ver cómo intentan convertir a Navalnaya en una nueva reina. En Ucrania no buscamos a un solo líder. Siempre estamos protestando. Después viene un líder de esa protesta y al año ya lo odiamos. Es más sano, es más anarquista. El riesgo en Rusia es que aunque haya un cambio, se convierta en otra dictadura muy rápidamente, como los bolcheviques, que después del zarismo se convirtieron en una nueva dictadura.
Kuznetsova: El embajador austriaco dijo algo interesante en la feria: si le preguntamos a la oposición rusa por qué no hay protestas en Rusia, normalmente responde que es peligroso salir a la calle. Pero salir a la calle en Berlín, en Madrid, en Barcelona, en Buenos Aires no es peligroso. Y tampoco lo hacen.
—Después de cuatro años de guerra, dejando de lado el análisis político, ¿qué es lo que más extrañan de la vida antes de la invasión?
Chapeye: Yo extraño sobre todo poder caminar con libertad. Ahora en Ucrania casi no es posible: soy soldado y además no es seguro. Estoy ahora en los Países Bajos y caminé todo el día junto al Mar del Norte para evitar el jet lag, y me di cuenta de cuánto extrañaba esos días en que, si los chicos estaban con los abuelos, podías caminar dos o tres días como quisieras. No sé cuándo volverá a serlo para mí.
Kuznetsova: A mí los rusos me robaron la ilusión que tenía antes de la guerra: que el mundo es un lugar seguro, que los países se acercan cada vez más entre sí. Nos sentíamos hijos del mundo. Y me la robaron. Porque ahora, para ir a Ucrania, tengo que volar y después tomar un tren de diecisiete o dieciocho horas. Esa logística te regala la sensación de que Ucrania está muy, muy lejos. Mi sueño siempre fue que no hubiera fronteras, que todos estuviéramos juntos. Y los rusos me robaron eso.
Las claves
Artem Chapeye (seudónimo; su nombre real es Anton Vodyanyi)

- Nació en 1981 en Kolomyia, oeste de Ucrania.
- Estudió Filosofía en la Academia Kyiv-Mohyla. Miembro de PEN Ucrania.
- Activista: participó en la Revolución Naranja y fue testigo de los asesinatos de manifestantes en el Maidán en 2014.
- Tradujo al ucraniano a Mahatma Gandhi, Noam Chomsky y Edward Said.
- Cinco veces finalista del Premio BBC Ucrania al Libro del Año.
- Cubrió la guerra del Donbás como reportero desde 2014.
- En febrero de 2022 evacuó a su familia y se alistó como soldado raso. Sirve en la policía militar de las Fuerzas Armadas de Ucrania.
- Su cuento The Ukraine (2018) fue, en marzo de 2022, el primer texto ucraniano publicado por The New Yorker.
- Libros más recientes: La gente común no carga ametralladoras (2025)
Eugenia Kuznetsova

- Nació en 1987 en Krivói Rog y creció en la aldea de Khomutyntsi, en el centro de Ucrania. Su familia es del este.
- Estudió Relaciones Internacionales en la Universidad Nacional Taras Shevchenko de Kiev.
- Se doctoró en Estudios Internacionales e Interculturales en la Universidad de Deusto (España), con una tesis sobre realismo mágico.
- Investigadora asociada de la Kyiv School of Economics. Trabajó como consultora en medios para la OSCE y la ONU en Ucrania.
- Traductora del inglés, alemán y español al ucraniano.
- Habla ucraniano, español, inglés, alemán y francés.
- Tres novelas: Pregunta a Miechka (2021), La escalera (2023) y Las ovejas están a salvo. Traducidas al inglés, polaco, georgiano, lituano, eslovaco y finlandés.
- Ensayo: La lengua como espada, sobre el bilingüismo ucraniano como producto de la violencia imperial soviética.
- Premios: Mención especial del Premio de Literatura de la Unión Europea (2022) y BBC Ucrania al Libro del Año (2023) por La escalera.

