
El croupier lo miró levantarse de la mesa y dijo, lo más fuerte que pudo, que no había de qué preocuparse. Que en un rato el afortunado ganador volvería a apostar todo lo que había ganado. Natalio Félix Botana, ese afortunado ganador, lo escuchó y ordenó salir del edificio inmediatamente. Era la noche del 5 de agosto de 1941 y Botana había ganado muchísimo dinero en el casino de Termas de Río Hondo, en Santiago del Estero, al que había llegado con un grupo de amigos.
Tenía 52 años, varios Rolls Royce, una quinta de treinta dormitorios en Don Torcuato, la biblioteca privada más grande de América Latina y el diario más influyente del continente. No iba a tolerarle a un croupier que le dijera lo que iba a hacer con su dinero. Así que señaló como próximo destino las Termas de Reyes, a treinta kilómetros de la capital de Jujuy. Ahí había otro casino.
Al día siguiente, el Rolls Royce negro del dueño y director de Crítica desbarrancó cerca de San Salvador de Jujuy. Cuatro de los pasajeros del lujoso auto, entre ellos Edmundo Guibourg, el crítico de teatro del diario, salieron ilesos. A Botana el golpe le hundió las costillas. La herida era grave pero operable. Su entorno rechazó que lo atendiera un médico local y se empeñó en esperar a un gran cirujano desde Buenos Aires. Una tormenta demoró el vuelo por varias horas.
Cuando vio llorar a uno de sus amigos en la habitación del hospital, Botana lo miró y le dijo que lo peor que podía pasarle era morirse, y que si eso era lo que estaba ocurriendo, estaba ocurriendo en una cama, rodeado de sus amigos. Murió el 7 de agosto de 1941, hace exactamente 85 años, tras largas horas de agonía. Algunos de los que estuvieron ahí dirían después que hizo el gesto de la V de la victoria con los dedos apenas antes de dejar de respirar.
Un chico de Sarandí del Yi
Natalio Botana había nacido el 8 de septiembre de 1888 en Sarandí del Yi, un pueblo de dos mil habitantes en el departamento de Durazno, Uruguay. Su padre era hacendado, de familia blanca —tal como se llamaba a los seguidores del Partido Nacional—, con parientes que habían peleado junto a Artigas.

Su madre, Nicolasa, era cubana, nieta de venezolanos, y se decía pariente de Simón Bolívar. Le enseñó a leer en inglés, francés y latín, y lo inscribió en un seminario jesuita en Montevideo con el argumento de que allí tendría más tiempo para su formación intelectual. De ahí Botana se escapó a los 16 años.
Se inscribió en la carrera de Abogacía en Montevideo. Allí frecuentó las peñas literarias de los cafés de la Ciudad Vieja, donde compartía mesa con Horacio Quiroga y Julio Herrera y Reissig, y escribió crítica literaria en pequeños diarios.
En 1911, con 23 años, decidió instalarse en Buenos Aires. Trabajó en varios medios, cargó bolsas en el puerto, frecuentó el legendario Café de los Inmortales en la calle Corrientes. Dos años después, fundó un diario. Un diario que cambiaría la historia del periodismo en la Argentina.
El nacimiento de un diario
En las primeras horas de la tarde del lunes 15 de septiembre de 1913, el primer ejemplar de Crítica salió de la impresora en el taller La Patria degli Italiani, en Belgrano y Perú. Natalio Botana acababa de cumplir 25 años y esperó las páginas que salían de imprenta con la ansiedad de un chico. El diario que había decidido dirigir y del que era dueño estaba naciendo frente a sus ojos.
Fundar un diario en Buenos Aires en ese momento rozaba la utopía. La Prensa vendía 160.000 ejemplares por día. La Nación, 100.000. Entre los vespertinos, La Razón dominaba con 76.000 ejemplares y el apodo que le habían puesto los canillitas lo decía todo: “La Barredora”. El proyecto de Botana no tenía nada que ver con esos números, ni parecía tener cómo competir frente a ellos.

Hay varias versiones sobre cómo se financió el lanzamiento de Crítica. Algunos dicen que fueron 5.000 pesos ganados en una mesa de juego. Otros, señalan aportes de políticos uruguayos que vivían en el exilio, del conservador Marcelino Ugarte y de intendentes del Gran Buenos Aires que anticiparon pauta publicitaria.
La primera redacción era una precaria oficina en Sarmiento 815, casi sin muebles, con periodistas reclutados en los cafés porteños que durante meses no cobrarían sueldos y sobrevivirían a fuerza de vales. Solventar la imprenta cada día fue, durante los primeros tiempos, un calvario: los talleres no imprimían si no estaba pagada la edición anterior.
Botana y Salvadora Medina Onrubia, su esposa, improvisaron un método de supervivencia: tiraban los primeros ejemplares, un chofer los llevaba al distribuidor, el distribuidor les anticipaba una suma, y con ese anticipo Botana cubría los costos ante el imprentero y se completaba la tirada del día.
El diario era un tabloide de ocho páginas, con abundantes dibujos de su ilustrador estrella, Pedro de Rojas, quien también diseñó el emblemático logotipo. Las ideas de Botana eran claras: quería un diario moderno, sin editoriales, con lenguaje narrativo, todo el sensacionalismo que hiciera falta para llamar la atención, lunfardismos en el texto —algo inconcebible para otros medios en esa época— y los mejores escritores disponibles, a condición de que supieran interpretar lo que él llamaba “el lenguaje de la calle”.
En ese entonces, Buenos Aires crecía a un ritmo sin precedentes. Había llegado a su primer millón de habitantes en el Centenario: los inmigrantes habían duplicado la población del país entre 1890 y 1910. Cada tarde, las multitudes trabajadoras llenaban las estaciones ferroviarias para volver a sus hogares suburbanos. La educación pública impulsada por Sarmiento había alfabetizado a esa población. Y ese público quería llevar noticias y lecturas a su casa. Botana lo supo antes que nadie.

Pero los lectores tardaron en llegar. A siete años de su fundación, en 1920, Crítica no vendía más de 9.000 ejemplares por día. Para ese entonces, La Razón alcanzaba los 90.000. Botana estuvo tentado de vender el diario varias veces. No lo hizo por empecinamiento y por la complicidad de Salvadora, que preparaba comida para los trabajadores —su especialidad para multitudes era el puchero— cuando su marido no pagaba los salarios.
La Venus Roja
Salvadora Medina Onrubia había llegado a la vida de Botana en 1915, cuando entró sin anunciar a su despacho a confrontarlo porque el diario se había burlado de un artículo suyo. Tenía el pelo color rojo fuerte, un hijo de padre desconocido a upa —se llamaba Carlos Natalio, apodado Pitón— y la absoluta convicción de que tenía razón. Botana la dejó pasar y, al final de la charla, la invitó a comer.
Medina Onrubia había nacido en 1894. Era hija de españoles, se había criado en Entre Ríos y a los 16 años había quedado embarazada de un abogado entrerriano que la abandonó. Llegó a Buenos Aires con una carta de recomendación de los círculos libertarios de Rosario y la dirección del diario anarquista La Protesta anotada en un papel arrugado. Fue una de las mujeres pioneras en redacciones argentinas y también protagonista de actos políticos de su época. La llamaban la Venus Roja.
A Botana le fascinó su belleza, pero sobre todo su insolencia y la potencia que transmitía. Adoptó a Pitón, le dio su apellido y lo crió a la par de los hijos que tendría con Salvadora. Ella no tuvo un cargo formal en la redacción, pero participó activamente en todas las decisiones del diario.
En la Semana Trágica de 1919, estuvo a punto de perder la vida en las manifestaciones obreras que la prensa conservadora callaba y Crítica documentó. También fue Salvadora quien empujó a Botana a apoyar la campaña por el indulto de Simón Radowitzky, el militante obrero anarquista encerrado en Ushuaia por el asesinato del jefe de Policía Ramón Falcón.

Salvadora se negó durante años a casarse con Natalio. Recién después del nacimiento de su hija Georgina Nicolasa, a quien apodaban “la China”, accedió. El argumento que Botana usó fue que los varones podían proclamarse hijos naturales, pero las mujeres no: así la convenció. Se casaron el 13 de febrero de 1919.
En 1921, Botana incorporó bajo el logotipo del diario una frase que quedaría asociada para siempre a Crítica: “Dios me puso sobre la ciudad como a un tábano sobre un noble caballo, para picarlo y tenerlo despierto”. Durante décadas circuló que se trataba de un invento de Botana, incluso su propio hijo Helvio lo creyó. Sin embargo, es una idea tomada textualmente del libro de Platón Apología de Sócrates. La frase le dio su apodo: el Tábano. Era, también, un anagrama perfecto de su apellido, que descubrió el cineasta Eduardo Mignogna mientras preparaba un guión sobre la vida del histriónico editor periodístico.
900.000 ejemplares por día
El gran trampolín de Crítica llegó de una forma inesperada. Los distribuidores de los kioscos le pidieron a La Razón un aumento en su porcentaje pero el diario más vendido en ese entonces se negó. Sus ejemplares dejaron de circular. Botana contrató camioneros, a los que tuvo que sumarles una suerte de matones para proteger los ejemplares, y así distribuyó Crítica en lugares en los que nunca se vendía. El resultado fue inmediato: el diario ganó lectores de golpe.
En 1920 Botana compró la primera sede propia, en Sarmiento 1546, y también su primera impresora propia. En 1923 lanzó una quinta edición a las cuatro y media de la tarde y una sexta a las ocho y media de la noche. En 1927 compró un solar en Avenida de Mayo al 1300 y encargó el Palacio Periodístico a los arquitectos húngaros Kálnay: sería el primer edificio dedicado íntegramente a un diario en la Argentina, con imprenta propia, bar y hasta peluquería para el personal.
Ese año el diario ya vendía 145.000 ejemplares. En septiembre de 1939, tras la invasión del Tercer Reich de Adolf Hitler a Polonia, vendió 900.000 en una Argentina de diez millones de habitantes: casi uno de cada diez argentinos leía el diario de Botana todos los días.

Fue un pionero. El primero en poner epígrafes debajo de las fotos, en editar un suplemento deportivo, en incorporar una revista a la edición del fin de semana y en imprimir algunas páginas a color. También fue el primero en enviar a un periodista de gira y el hombre que decidió que había que anunciar las grandes noticias haciendo sonar una sirena desde la azotea de su edificio periodístico. También creó el primer multimedio latinoamericano: prensa escrita, radio, noticiero cinematográfico y productora de cine, todo en una sola empresa.
En la Revista Multicolor de los Sábados, lanzada el 12 de septiembre de 1933 con la dirección de Jorge Luis Borges y Ulises Petit de Murat, publicaron Xul Solar, Juan Carlos Onetti, Horacio Quiroga, Ezequiel Martínez Estrada y Rudyard Kipling. Raúl González Tuñón y su hermano Enrique González Tuñón trabajaron en Crítica. Conrado Nalé Roxlo, Nicolás Olivari, Juan L. Ortiz también. En 1927 Botana contrató a un joven Roberto Arlt, ya autor en ese entonces de El juguete rabioso, para que escribiera los policiales.
Fue Botana quien le encargó a Borges que, a condición de escribir relatos propios, dirigiera la Revista Multicolor. Semana a semana, Borges publicó ahí los cuentos de bandidos y asesinos que en 1935 conformaron su libro Historia universal de la infamia. Borges, sin embargo, no guardaba un buen recuerdo de Botana. Según contó, lo había visto tirando billetes al aire en la redacción y observando con desdén cómo los trabajadores se amontonaban en el piso para levantarlos.
El golpe y la cárcel
Botana participó activamente en la trama que culminó con el golpe del 6 de septiembre de 1930 contra Hipólito Yrigoyen, conducida en la sombra por el jefe del Ejército, Agustín P. Justo. Llevaba años en las antípodas de Yrigoyen, sobre quien cargaba las tintas especialmente, aunque Salvadora lo admiraba y lo frecuentaba.
El nuevo presidente, el general José Félix Uriburu, le ofreció a Botana la embajada argentina en París, a través de un intermediario. Botana respondió: “Dígale al presidente que no me ofenda. Jamás he sido empleado público”.

Uriburu decidió en ese momento que Botana sería una especie de enemigo personal. En su casa de Belgrano, el dueño de Crítica tenía asilados a varios dirigentes yrigoyenistas que la Policía buscaba en el marco de represalias que incluyeron fusilamientos. Botana reclamaba elecciones inmediatas. El gobierno quería reformar la Constitución para instaurar un régimen corporativo. En abril de 1931, Uriburu convocó a elecciones para gobernador en Buenos Aires: ganaron los radicales y Uriburu anuló los comicios.
El 6 de mayo de 1931, un decreto presidencial ordenó la clausura de Crítica y la prisión de Botana, Salvadora y todos los redactores del diario. Botana fue conducido a la histórica Penitenciaría de la avenida Las Heras. Salvadora, a la cárcel de mujeres de la calle Humberto I.
Gobiernos y personalidades de todo el mundo reclamaron la liberación de Botana. Desde la cárcel, Salvadora hizo llegar una carta abierta a Uriburu. Le decía que no autorizaba el pedido de indulto —entre quienes lo habían pedido figuraba Jorge Luis Borges— porque algo así implicaría el perdón de una falta, y ella no recordaba que hubieran cometido ninguna. Le dijo que lo autorizaba a ensañarse con ella si eso lo hacía sentirse más General y más Presidente. Después de esa carta abierta, los Botana fueron autorizados a salir del país. En 1932 asumió Agustín P. Justo y ese mismo año Crítica volvió a imprimirse y a venderse de a miles de ejemplares.
La fastuosa quinta de Don Torcuato
Con el dinero acumulado durante todos esos años, Botana compró terrenos en Don Torcuato. Allí construyó su mansión, Los Granados, y los estudios Baires. Pablo Neruda describió la quinta en Confieso que he vivido: una sala de lectura con el piso cubierto de pieles de pantera cosidas entre sí como un tapiz gigante, una biblioteca de incunables adquiridos por cable en subastas europeas, centenas de jaulas con faisanes de colores que orillaban el camino de entrada. La mesa de las cenas era redonda y se sentaban invariablemente no menos de veinte personas.
Por Los Granados pasaron Neruda, García Lorca, Rafael Alberti, José Ortega y Gasset, Miguel de Unamuno. También el matrimonio Guevara Lynch, que solía llevar a un nene flaquito y asmático llamado Ernesto, y Carlos Gardel.
El deseo máximo de Botana fue encargarle al muralista mexicano David Alfaro Siqueiros, con asistentes de la talla de Antonio Berni, Juan Carlos Castagnino y Lino Spilimbergo, un mural de doscientos metros en el subsuelo de la quinta. La larga estadía derivó en un romance imparable y apasionado entre Botana y la esposa del artista, la poeta uruguaya Blanca Luz Brum.

El mural, una obra exquisita llamada Ejercicio Plástico, fue cubierto con ácido muriático y cal por una propietaria posterior, sobrevivió, estuvo dieciséis años en contenedores en San Justo y hoy, tras un acuerdo con México, se exhibe en el Museo del Bicentenario.
La gran tragedia de los Botana
Botana adoraba a Pitón. Lo llevaba al diario, supervisaba su educación, le regaló un auto Vauxhall y una pistola. Lo veía como su heredero. Carlos Natalio era alto, buen deportista, inteligente, y tenía 17 años en 1928. El martes 17 de enero de ese año, durante una discusión en el chalet familiar de Belgrano R, Salvadora le reveló a Pitón en un momento de furia que no era hijo biológico de Botana sino de un abogado entrerriano que la había abandonado. Unas horas después, el chico tomó su pistola y se pegó un tiro en el pecho. Su novia, al enterarse, también se suicidó.
Natalio no solo perdió a su hijo preferido, al que veía como su sucesor, sino también a su principal colaboradora en el diario. Salvadora jamás se repuso a esa pérdida. Para anestesiar el dolor empezó a consumir primero morfina y después opio. Botana intentó de todo: viajó con ella a Europa, contrató a los mejores psiquiatras del continente. Nada funcionó. Él se sumergió en el trabajo. Ella se apagó de a poco.
El fin de un imperio
Cuando Botana murió en agosto de 1941, la relación con Salvadora hacía años que era solo una formalidad sostenida por los hijos y la tragedia compartida. Había empezado un romance con María del Carmen Vernacci, una escenógrafa española refugiada de la Guerra Civil, y quería divorciarse para casarse de nuevo.
Tras la tragedia en Jujuy, el cuerpo del inventor de Crítica fue traído en tren a Buenos Aires y velado en el Palacio Periodístico de Avenida de Mayo 1333. El cortejo fue seguido por una multitud. Entre los que fueron, había una guardia constante de canillitas que acompañaron a la familia hasta la entrada del Cementerio de la Recoleta. En el cine porteño Ideal, se estrenaba ese mismo día El ciudadano, de Orson Welles, inspirada en el magnate de prensa William Randolph Hearst.

Salvadora quedó a cargo del diario. Lo manejó durante años, hasta que el gobierno de Juan Domingo Perón le cortó la cuota de papel. Cuando finalmente se redactó la escritura de cesión de ese diario que había cambiado la historia del periodismo gráfico argentino, Salvadora no quiso escuchar la lectura. Había llegado al estudio jurídico en tranvía. Se guardó la magra suma que le pagaron y tomó el tranvía de vuelta. Lloró todo el camino.
Crítica dejó de salir en 1961. En el despacho de la Avenida de Mayo donde Botana había construido su imperio funciona hoy la Superintendencia de Administración de la Policía Federal. Salvadora vivió en su petit hotel reconvertido en pensión, modestamente, ignorada, hasta su muerte en 1972.
Leopoldo Marechal inmortalizó a Botana en su novela Adán Buenosayres. En esas páginas, condena al dueño de Crítica al séptimo círculo del infierno y lo define como “el jefe absoluto de una rotativa gigante cuyos rodillos devoran y aplastan hombres hasta convertirlos en papel”.
Roberto Arlt recordó con asco el año que trabajó con él y Borges, según él mismo contó, corría a encerrarse en el baño de la redacción cuando anunciaban la llegada de su director. Pablo Neruda lo llamó, con admiración, “capitalista poderoso y dominador de la opinión pública de Buenos Aires”.
Blanca Luz Brum, la esposa de Siqueiros, le dedicó un libro con estas palabras: “Para unos es un santo, para otros Al Capone, pero para mí será siempre mi emperador”. Murió en una cama rodeado de sus amigos, algo que a él no le pareció tan mal.

