
Al momento de colgar para siempre sus zapatillas de punta, Olga Ferri tenía 49 años. Sí, casi cinco décadas. Corría el año 1977. Y la recordada figura del Teatro Colón se despidió de los escenarios con una inigualable versión de Coppelia. Definitivamente, su talento era fuera de serie. Y su estricta disciplina le había permitido extender su carrera profesional mucho más de lo que cualquier otra bailarina pudiera imaginar, teniendo en cuenta el desgaste físico que implica la danza clásica. Aunque, ejecutada por ella, cualquier coreografía parecía simple.
“Me gustaría ser recordada simplemente como Olga, una persona íntegra”, decía. Y así sucedió. Pero también fue recordada como una de las principales referentes de la danza clásica en la Argentina. Falleció el 15 de septiembre de 2012, cinco días antes de cumplir los 84 años. Pero su nombre siguió ligado al ballet. Al punto que, con motivo de cumplirse el primer aniversario de su desaparición física, hasta el buscador Google le rindió homenaje. Y, al conmemorarse una década de su partida, se realizó una gala en su honor en el Teatro Astral, de la que participaron artistas del Colón, del Argentino de La Plata y otras destacadas figuras invitadas.
Había nacido el 20 de septiembre de 1928 en Buenos Aires. Y, desde muy chica, supo cuál era su vocación. “Quiero ser bailarina”, fue la respuesta que le dio a sus padres cuando le preguntaron qué quería ser cuando fuera grande. Pero se sabe: la danza es un camino de sacrificio que muy pocos logran soportar. No obstante, ingresó al Instituto del Colón -que por entonces tenía otro nombre- cuando tenía 12 años. Y, cuando cumplió los 15, ya era convocada como refuerzo para el cuerpo de baile. Según recordaba, le pagaban “dos pesos con cincuenta” por su trabajo en cada función. Pero, a esa edad, para ella representaba mucho dinero.
Además de su capacidad física, Olga tenía una habilidad que la destacaba a la hora de tener que cubrir a sus colegas. “Yo tengo memoria fotográfica y podía aprender los pasos muy rápidamente”, contaba. Y esto hacía que, frente a cualquier imprevisto, los directores recurrieran a ella. De todas formas, estaba claro que Ferri estaba para más. A los 17 años se presentó en un concurso. Así fue como, con 18, ya estaba debutando como bailarina solista. Y, desde entonces, desplegó una carrera nacional e internacional pocas veces vista en su rubro.

Junto a Esmeralda Agoglia, María Ruanova, Violeta Janeiro y Norma Fontenla, integró el notable grupo de primeras bailarinas del teatro porteño entre las décadas del 50 y 70. Su carrera internacional la llevó a Brasil, luego a París donde se perfeccionó con Víctor Gsovsky, Nicolás Zverev y Boris Kniaseff, a Munich y a Berlín, para luego quedar como solista del Ballet del Marqués de Cuevas y del London’s Festival Ballet en 1960, 1961, 1963 y 1966. Giselle y La muerte del cisne juegan en punta entre sus mejores interpretaciones. Aunque también es recordada la actuación que tuvo en 1971, cuando el bailarín soviético Rudolf Nureyev la invitó a bailar con él El Cascanueces y otras obras más, marcando un hito en la historia de la danza clásica.
Pero, sin lugar a dudas, si algo vivía Olga como una verdadera pasión, era la docencia. “Es como la jardinería, pero una jardinería humana. A un cuerpo hay que ponerle un tutor, al otro hay que correrlo un poco del sol, a aquél hay que recortarlo por acá… La danza es pintura, escultura, música. Es un arte compuesto”, decía. Y sus discípulos la recordaban tan rigurosa como afable. Sin ir más lejos, en Una intensa vida, la autobiografía de Paloma Herrera, la describió como una maestra por la que sentía devoción. Y recordaba cómo la miraba íntegra, del tocado a las zapatillas, para corregirla. Reconocía los celos que se le despertaban al ver que alguna otra compañera podía llamar su atención. Y señalaba los tantos paraguas que había roto de niña imitando a Ferri marcando el tiempo con su bastón.

Su vida sentimental estuvo ligada, como no podía ser de otra manera, también a su profesión. Se casó con Enrique Lommi, primer bailarín del Colón. Juntos interpretaron obras como El lago de los cisnes, Las Silfides, Apolo y La bella durmiente. Y, en 1971 abrieron juntos su propio estudio de danzas, Ballet Estudio, desde donde se dedicaron a formar una nueva camada de bailarines, entre los que además de Paloma figuran Julio Bocca, Ludmila Pagliero e Iñaki Urlezaga. De esta manera, siguieron trabajando mucho tiempo después de haber dejado los escenarios, manteniéndose siempre vigentes.
De hecho, hay quienes aseguran que el retiro de Olga se dio de manera demasiado silenciosa y sin la pompa que hubiera ameritado. Pero ella lo decidió así. Sentía que, a esa altura de su vida, estaba dejando demasiadas cosas de lado para poder bailar muy poco. Y sintió que era el momento de empezar a disfrutar un poco más. Sin embargo, no quería un último aplauso ni la presión de la despedida. Así que guardó el secreto hasta después de la función. Y el anuncio de que ya no volvería a bailar fue, para muchos, un shock. Pero ella estaba decidida. A tal punto que luego le llegaron muchos contratos para bailar en los Estados Unidos y los rechazó a todos.
Lommi murió el 13 de marzo de 2019, a los 96 años y 7 después de haber perdido a su esposa. Él había ingresado al Teatro Colón de la mano de su mujer. Y también se había despedido del coliseo junto a ella. No tuvieron hijos. Así que la encargada de continuar su legado al frente del “templo de la danza” fundado por ambos fue la sobrina de la bailarina, Marisa Ferri. “Olga elevaba, era una persona etérea. Cuando bailaba era algo parecido a la magia. Dejaba de ser ella para ser el personaje, era una artista. Hacía sentir al público una sensación indescriptible y por eso la amaban”, dijo, describiendo a su tía, que falleció hace ya 24 años pero se mantiene viva como un ícono de la danza.

