
No le gustaba que le dijeran que había sido un pionero de la televisión porque, tal como él decía, el medio había debutado en la Argentina mucho tiempo antes de que él lo conquistara con su impronta. Pero la realidad es que pocos conductores, o tal vez ningún otro, estuvo dispuesto a dar tanto por un programa como Pipo Mancera. Y por eso, a más de seis décadas de su estreno, sus legendarios Sábados Circulares siguen siendo considerados un ícono en ese mundo tan particular que rodea a la pantalla chica.
Fue capaz de montarse a un elefante, de arriesgarse a una prueba de escapismo al estilo Houdini, de tirarse en paracaídas y unas cuantas locuras más, con tal de sorprender a su audiencia. También fue el encargado de transmitir en vivo la boda de Palito Ortega y Evangelina Salazar en 1967 y fue el autor de la primera entrevista que le hicieron a un juvenil Diego Armando Maradona en 1971, por mencionar solo algunos de sus hitos. Y, así, logró superar los 80 puntos de rating, convirtiéndose en la figura más importante de la farándula local de su época.
Sin embargo, no hay nadie que pueda garantizar un éxito eterno. Y ese 29 de agosto de 2011, cuando murió en su casa a los 80 años de edad después de un largo tiempo peleando contra sus problemas de salud, Mancera estaba lejos de ser aquel ídolo que alguna vez había logrado ser. Obviamente fue despedido por una multitud y recibió incontables homenajes por parte de sus colegas. Pero la realidad es que el mundo había cambiado demasiado. Y que él se había quedado aferrado al pasado, ya que su última aparición al aire había sido un fracaso.

Había nacido el 20 de diciembre de 1930, en el barrio porteño de Flores, con el nombre de José Nicolás Mancera, aunque desde muy chico lo apodaron Pipo por su contextura menuda. Cuando tenía apenas 2 años, su familia se mudó a Rosario donde se crío, hasta que terminó el secundario y regresó a Buenos Aires para estudiar en la Universidad. Entonces pasó por las carreras de Abogacía y Filosofía, pero luego se dio cuenta de que su gran pasión era el periodismo cinematográfico y se abocó a él.
Era una época en la que, aprovechando su carnet de cronista, miraba tres películas por día. Y, a veces, se escapaba el fin de semana a Montevideo para ver otras tantas más como corresponsal. Debutó como crítico en la revista Set y, con el tiempo, trabajó en Noticias gráficas, La Razón, Tiempo de cine, Gente de cine, y Film, de Uruguay. En televisión, hizo el ciclo Pantalla Gigante y condujo un programa musical llamado La Noche. Y participó de varias emisiones radiales de Mitre y Splendid.
Pero tanto le gustaba el cine, que en un momento decidió pasar del otro lado de la pantalla y actuó en el film El crack, de José Martínez Suárez, y Bicho raro de Carlos Rinaldi, donde compartió set con Luis Sandrini. Fue productor en el filme La calesita, de Hugo del Carril. Y hasta participó en la serie Las aventuras de Hijitus. Pero, definitivamente, si por algo se lo recuerda a Mancera, es por ser el creador del primer programa ómnibus de la Argentina.

Corría el año 1962. Y los sábados a la tarde eran, por sobre todas las cosas, aburridos. Por eso Pipo se encargó de convencer al director de Canal 9, Manuel Alba, de que le permitiera hacer un ciclo diferente. De varias horas, con cantantes en vivo, entrevistas, humor y sorpresas de todo tipo…Es más: le propuso no cobrar sueldo durante los tres primeros meses, hasta lograr los niveles de audiencia exigidos por la emisora. Y así fue como, el 6 de enero, debutó con Circulares con Mancera.
El éxito fue total. La gente aguardaba ansiosa cada fin de semana, para sentarse en familia frente al televisor a ver ese programa de cinco horas y media de duración en el que todo podía pasar. Y, como era de esperar, todos los canales quisieron tenerlo en su grilla. Así que, en 1964, pasó a llamarse Sábados Circulares con Mancera y desembarcó en la pantalla de Canal 13, primero, y Canal 11, después, donde se mantuvo hasta el 11 de noviembre de 1974. Fueron 12 años al aire, llevando a figuras de la talla de Sophia Loren, Alain Delon, Marcello Mastroianni, Pelé, Raphael o Joan Manuel Serrat, entre muchas otras. En algún momento, el programa llegó a durar 8 horas. Y siempre con la misma recepción por parte del público.
Pero después llegó una página oscura de la historia argentina. Y Mancera la sufrió en carne propia. En 1976, tras el golpe militar de Jorge Rafael Videla, se vio obligado de exiliarse del país. Y partió con destino a Francia, Italia, Brasil y, finalmente, Estados Unidos. Cuentan que, por aquellos duros años, se vio en la necesidad de recurrir a aquellos a los que tanto había ayudado desde su programa, a los que les había dado su primera oportunidad y a los que, desde su pantalla, les había permitido trascender. Pero, según él mismo reconoció, la gran mayoría de ellos le dio la espalda.

No podía creer que todo se hubiera terminado. Que nadie lo rescatara. Y que se hubieran olvidado de él. Por eso, en 1983, cuando regresó la democracia, Mancera decidió volver a la televisión con un ciclo llamado Videoshow. Pero el programa duró solo 29 días al aire. Y esta experiencia no hizo más que dañar el ego del conductor, que una vez más se sintió defraudado por aquellos a los que tanto había ayudado cuando estaba en la cima.
En ese momento, además, se enteró de que su esposa, María del Rosario Calviño, conocida como Charito, tenía cáncer. Así que se dedicó a cuidarla hasta que la mujer falleció, el 25 de abril de 1989, con 44 años. Y entonces cayó en una profunda depresión, de la que solo pudo salir cuando se reencontró con la bailarina Esther Ferrando, ex bailarina del Teatro Colón que había sido coreógrafa de Sábados circulares, con quien se casó en segundas nupcias.
Tuvo reconocimientos públicos. En 1996, recibió el premio Martín Fierro a la trayectoria. Y le hicieron varios reportajes hablando de su carrera. Pero fue recién en el año 2007, que pudo volver a la televisión. Había sido convocado por su amigo Héctor Ricardo García para reeditar su clásico programa ómnibus en la pantalla de Crónica TV. Y estaba feliz. Sin embargo, el Sábados circulares renovado con el que se presentó, no logró captar al público. Ni a aquel que en su momento lo había llevado al estrellato. Ni al nuevo, que no entendía de qué iba este hombre, que se había codeado con las principales figuras del mundo y que ya no parecía entender a ese medio tan ingrato por el que había dado su vida.

