
Comer pescado y mariscos con frecuencia sigue asociado a beneficios cardiovasculares y nutricionales, aunque incorporarlos de manera sostenida a la alimentación cotidiana no siempre resulta simple.
La novedad no pasa por un cambio brusco del consumo, sino por una señal más persistente: incluso cuando la salud gana centralidad, la distancia entre las recomendaciones nutricionales y lo que efectivamente llega al plato sigue abierta.
La pregunta de fondo no es solo si el pescado hace bien, sino qué factores favorecen o dificultan que ese hábito se vuelva parte regular de la dieta, desde el precio y el acceso hasta la costumbre y la preparación.

Un estudio publicado en la revista Foods indica que el consumo se mantuvo relativamente estable durante la primera etapa de la pandemia, aunque con una leve mejora insuficiente para modificar el cuadro general.
El dato adquiere relevancia porque ordena una discusión de salud pública. Si el problema no fue una caída súbita, la dificultad parece estar en cómo se combinan el costo, el acceso y las prácticas domésticas para volver más o menos posible una recomendación alimentaria.
Un alimento valorado por sus nutrientes
El trabajo analizó una encuesta realizada en junio de 2021 a 1.200 adultos sobre el consumo de productos del mar antes de la pandemia y durante su primera etapa, entre marzo de 2020 y marzo de 2021.

Según se detalla en el estudio, el 90% de los adultos consumía este tipo de alimentos, pero solo el 18,9% alcanzaba la meta oficial de ingerirlos al menos dos veces por semana. Antes de la pandemia, esa proporción había sido del 16,6%.
La mejora existió, pero fue acotada. La diferencia fue suficiente para que los investigadores la consideraran válida desde el punto de vista estadístico, aunque no alteró la escena principal: la mayoría siguió lejos del objetivo.
El paper también muestra que casi tres de cada cuatro personas mantuvieron su consumo sin cambios durante ese período. Más que un vuelco general, lo que aparece es una dificultad sostenida para incorporar estos alimentos con la frecuencia sugerida.

Qué beneficios explican esa recomendación
Entre quienes modificaron el hábito, el estudio detectó movimientos en direcciones opuestas. Un 13,9% declaró que había reducido el consumo, mientras que un 13% dijo que lo había aumentado. Según se detalla en el estudio, entre quienes comieron más, el 44,5% lo hizo por razones de salud.
Ese dato coincide con el material de Cleveland Clinic, donde se explica que el pescado aporta proteínas, omega-3, vitamina D y otros nutrientes vinculados con la salud del corazón, el cerebro y el sistema óseo.
Julia Zumpano, dietista matriculada, afirmó que “los omega-3 tienen muchos beneficios desde el punto de vista cardiovascular y de la salud”, según el comunicado de prensa.

La coincidencia entre ambas fuentes permite entender por qué el pescado conserva un lugar destacado en las recomendaciones nutricionales. Los beneficios sanitarios aparecen tanto en la explicación de los especialistas como entre las razones de una parte de quienes lo consumen con mayor frecuencia.
Según el trabajo, la probabilidad de cumplir con la recomendación oficial era más alta entre quienes conocían mejor las guías alimentarias y entre quienes elegían pescado por motivos de salud, aunque esa ventaja no alcanzó para revertir el déficit general.
Qué dificulta incorporarlo a la dieta
Del otro lado aparecen las barreras. Entre quienes redujeron el consumo, pesaron el encarecimiento del producto, una menor disponibilidad de dinero y las dificultades para prepararlo en casa.

En otra capa del problema, entre quienes no lo adquirían para cocinar, surgían rechazos vinculados con el sabor, el olor y la incomodidad de la preparación. La brecha no parece explicarse por un único factor sino por la superposición de costo, hábito y experiencia doméstica.
Uno de los aportes más concretos del paper fue mostrar qué ocurrió cuando el consumo se desplazó al hogar. La mayoría de los hogares que compraban productos del mar los llevaba para prepararlos en casa.
Entre las especies analizadas, el salmón fresco, el camarón congelado y las ostras cocidas fueron las variantes más mencionadas.
El estudio también examinó la compra por internet y los servicios de entrega. Entre quienes usaban pedidos de supermercado, el 64% incluía pescado o mariscos. En los kits de comida, una modalidad menos extendida, el 61,1% incorporaba esos productos entre los hogares que recurrían a ese sistema.

El estudio también examinó la compra por internet y los servicios de entrega. Entre quienes usaban pedidos de supermercado, el 64% incluía pescado o mariscos. En los kits de comida, una modalidad menos extendida, el 61,1% incorporaba esos productos entre los hogares que recurrían a ese sistema.
Cuando quedaban afuera de la compra, una razón frecuente era la preferencia por elegir personalmente el producto, además del temor a que llegara dañado o en mal estado.
Ese tramo de la investigación muestra que la decisión de comer pescado depende también de condiciones concretas de compra, presupuesto, confianza y cocina.

El estudio incorpora otra dimensión que también incide en esa elección: no alcanza con que el pescado sea visto como saludable si persisten dudas sobre qué variedad conviene comprar y en qué condiciones integrarla a la alimentación habitual.
En ese marco, Julia Zumpano sostuvo que “los beneficios de comer pescado suelen superar los riesgos, sobre todo si se elige bien”.

