
En los últimos días, dos osas de Brooks River, en el Parque Nacional Katmai, mataron crías que no eran suyas y dejaron a la vista una conducta poco registrada en ese lugar.
Mike Fitz, naturalista residente de Explore.org, la organización que opera las cámaras del parque, señaló en una transmisión citada por Popular Science que estos episodios resultan difíciles de interpretar y recordar que la ferocidad de los osos también forma parte de su vida silvestre.
Naturalistas del área consideran que se trata de los primeros casos documentados allí de infanticidio cometido por hembras. El interés del caso no reside solo en la escena.
También importa porque los episodios ocurrieron en uno de los entornos de observación de fauna más seguidos del mundo, con cámaras en vivo que exponen comportamientos que antes podían pasar inadvertidos.

Esa visibilidad convirtió un hecho puntual en una pregunta más amplia sobre cuánto se sabe, en realidad, acerca de la relación entre hembras adultas y crías ajenas.
Parte de esa respuesta surge de un estudio publicado en la revista Ursus y de las observaciones del investigador Stephen Stringham, citadas por Popular Science.
La hipótesis que gana peso es que una cría ajena, después de mezclarse con otra camada, puede pasar de ser tolerada a convertirse en una competidora por leche, cuidado y protección.
En determinados contextos, esa cercanía también podría activar una respuesta predatoria, esto es, un ataque en el que el animal mata y consume a otro individuo.

Un registro inusual en un lugar bajo observación constante
Uno de los episodios involucró a la osa identificada como Bear 806, que ya estaba al cuidado de dos crías propias. Un cachorro ajeno permaneció cerca de esa camada y compartió momentos de interacción antes de que la hembra lo persiguiera y lo matara.
El segundo caso ocurrió fuera del alcance directo de las cámaras instaladas en la zona, aunque fue registrado por una visitante y luego confirmado por guardaparques.
El infanticidio, nombre que recibe la muerte de crías a manos de un adulto de la misma especie, fue documentado en osos, sobre todo en machos no emparentados. Los registros de hembras que atacan cachorros ajenos son mucho menos frecuentes. Esa diferencia explica por qué los episodios de Katmai despertaron atención entre naturalistas y observadores del parque.

Qué explicación proponen los especialistas
La interpretación se apoya en trabajos y observaciones de Stephen Stringham, investigador especializado en osos. Su planteo parte de una situación habitual cuando coinciden varias camadas: cachorros de distintas madres que juegan entre sí, se rozan y pasan tiempo cerca unos de otros.
En ese contacto, además, comparten olor, una señal importante para el reconocimiento entre madres y crías. Si esa mezcla se prolonga, una cría no emparentada puede intentar mamar, buscar protección o reclamar atención de una hembra que ya reserva esos recursos para sus propios descendientes.
“Estas crías no emparentadas compiten con sus cachorros por su leche y por su atención”, afirmó Stringham. En esa lógica, el conflicto no surgiría de una agresividad general, sino de la disputa por recursos maternos limitados.

De acuerdo con esa hipótesis, el pasaje de la tolerancia al ataque no siempre responde al mismo mecanismo. En el caso de Bear 806, Stringham explicó al medio que la osa había permitido antes la cercanía de una cría ajena.
La cobertura sumó otro elemento que vuelve la escena más compleja: meses antes, esa misma osa había aceptado a una cría abandonada por su madre. “No se conoce por completo”, dijo Stringham, según el medio, al referirse a qué inclina la balanza entre tolerar a una cría extra o atacarla.
Qué aporta el estudio y cuáles son sus límites
El estudio citado como respaldo no se centró en Alaska, sino en una observación realizada en Alberta, Canadá. Allí, según se detalla en el trabajo, una hembra adulta solitaria de oso pardo mató y consumió a un ejemplar juvenil de un año que la había seguido durante varios días.

“La muerte y el consumo de crías en los úrsidos suele ser llevado a cabo por machos no emparentados”, indica el estudio, que al mismo tiempo aclara que las observaciones de esa conducta en hembras siguen siendo limitadas.
Ese caso no prueba de manera directa lo ocurrido en Katmai, pero aporta un antecedente pertinente para leerlo. El autor sostiene, según se detalla en el estudio, que la proximidad prolongada del juvenil pudo haber activado un ataque predatorio.
Stringham también planteó, en declaraciones recogidas por Popular Science, que en algunos casos donde pudo observarse una diferencia de dominancia entre hembras, la agresora tendía a ser la más dominante. Esa relación no fue confirmada en los episodios de Brooks River.

Lo mismo ocurre con la disponibilidad de alimento: el especialista indicó que una menor abundancia podría volver menos tolerantes a algunas madres frente a crías ajenas, aunque atribuir estos casos concretos a ese factor sería especulativo.
Los registros recientes de Katmai y el antecedente publicado en Ursus no resuelven por completo la pregunta, pero sí muestran que en un escenario de observación continua estas conductas raras empiezan a quedar documentadas con mayor precisión.

