
Los gatos domésticos pueden ser compañeros terapéuticos activos para niños con discapacidades del desarrollo, como en casos de condiciones que afectan el aprendizaje, la conducta, el movimiento o la comunicación, y no simples animales convivientes.
Científicas de los Estados Unidos postularon que un programa de entrenamiento con gatos en el hogar mejoró la salud de los niños y fortaleció el vínculo con los animales. Los efectos se midieron hasta un año después de terminado el programa.

La investigación fue realizada por Delaney Frank, Saethra Darling, Kristen Moore, Kristyn Vitale y Megan MacDonald, bajo la dirección de Monique Udell, de la Universidad Estatal de Oregón y del grupo Maueyes Ciencia y Educación Felina.
Publicaron los resultados en la revista Animals, con financiamiento del Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano Eunice Kennedy Shriver de los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos.
Perros, caballos y el gato olvidado

Existe un tipo de terapia con animales que se usa para ayudar a las personas a sentirse mejor física, emocional o socialmente. Durante años, los animales elegidos para eso fueron casi siempre perros y caballos.
Esa elección dejó afuera a millones de familias que tienen gatos en casa pero no tienen acceso a perros entrenados ni a caballos, o que simplemente prefieren la compañía de un gato.
En los Estados Unidos, más de 49 millones de hogares incluyen a un gato, lo que los convierte en uno de los animales de compañía más comunes del mundo.
Pese a eso, durante años fueron considerados como una presencia decorativa en relación a esas terapias, sin que se estudiara si los gatos podían tener un rol activo.

Esa falta de investigación motivó el diseño de un programa original llamado CAT, que significa “Entrenamiento Asistido por Gatos”, por sus siglas en inglés—, pensado para niños con discapacidades del desarrollo.
Las investigadoras se propusieron evaluar si ese programa lograba que los niños adoptaran hábitos más saludables, como hacer más actividad física y ocuparse más del cuidado de su gato, y si fortalecía la relación entre ambos.
Al mismo tiempo, la investigación intentó medir si la intervención también le hacía bien al gato, al mejorar su sociabilidad y su sensación de seguridad con el niño.
Seis semanas, un gato, un año de cambios

El estudio incluyó a 36 niños y sus respectivos gatos, reclutados en la región del Noroeste del Pacífico de Estados Unidos. Las parejas niño-gato se dividieron al azar en dos grupos: uno participó en el programa CAT y el otro quedó en lista de espera, es decir, no recibió ninguna intervención durante el estudio.
El programa consistió en seis sesiones de 45 minutos, realizadas semanal o quincenalmente en espacios preparados para que el gato estuviera cómodo, con escondites, postes para arañar y difusores de feromonas tranquilizantes.
Cada sesión incluyó aprender a leer el lenguaje corporal del animal, practicar modos apropiados de interactuar con él y entrenarlo con refuerzo positivo, un método que enseña conductas nuevas a través de premios, sin castigos.
Los niños también recibieron tareas para practicar en casa: identificar qué le gusta a su gato y enseñarle a sentarse, a acudir cuando se le llama y a seguir un blanco con la vista. Los datos se recogieron en tres momentos: antes del programa, seis semanas después y un año más tarde.

Los resultados mostraron que los niños del grupo CAT se hicieron más responsables del cuidado de su gato y reportaron más actividades juntos, como salir a pasear con él. Ambos cambios fueron estadísticamente significativos.
Del lado de los gatos, los animales del grupo CAT buscaron más la cercanía del niño durante las primeras seis semanas, un cambio que los investigadores tomaron como una señal de mayor sociabilidad.
Un año después, seis gatos del grupo CAT pasaron de tener un apego inseguro a uno seguro con los niños, una señal de que se sienten más tranquilos y confiados con él. Ese cambio no se observó en el grupo de control.
La asistencia al programa fue del 100% y casi todos los participantes completaron las evaluaciones al finalizar la intervención, con una tasa promedio de cumplimiento de las tareas del hogar del 81%.
Qué falta probar y qué viene después

El equipo concluyó que “los gatos de familia tienen el potencial de actuar como compañeros activos en las intervenciones asistidas por animales, al menos en algunos contextos”.
El tamaño de la muestra (36 parejas niño-gato) fue reconocido como una limitación importante, ya que con tan pocos participantes los resultados deben tomarse como una primera pista, no como una conclusión definitiva.
Otra limitación es que los participantes sabían en qué grupo estaban, lo que pudo haber influido en sus respuestas a los cuestionarios.
Para futuras investigaciones, el equipo señaló que “se necesita más investigación para determinar qué elementos de la intervención son más determinantes para alcanzar estos resultados”.

Entre los pasos siguientes, las científicas esperan replicar el programa en otras poblaciones y entornos, e investigar qué conductas concretas de cuidado —como respetar las señales del gato o mantener rutinas estables— son las que más fortalecen el vínculo.
La investigación también abre la puerta a estudiar los beneficios físicos de las actividades conjuntas entre humanos y gatos, como los paseos, “una área de investigación actualmente poco estudiada”.

