
Las segundas vueltas electorales entre proyectos incompatibles han continuado en la región, las dos últimas Perú y Colombia, las dos decididas nuevamente por ínfima cantidad de votos, pero la balanza se inclinó hacia la derecha, dando continuidad a una visión ideológica que se afirma en la región a partir de la ola Trump 2. Así como en su momento hubo una ola Trump 1. Pero el punto que afecta a los países en sus políticas de desarrollo o subdesarrollo es que van a hacer los países consigo mismos, quienes a veces parecen más proclives a sumar con sus afines ideológicos que han ganado en otros países y que son parte del momento histórico presente, más que iniciar un proceso que consolide una inteligencia colectiva funcional interna dentro del propio país. El mismo error cometió la izquierda también cuando fue su turno. Podemos “graficar” esto con dos fracasados procesos regionales como Unasur y el Grupo de Lima, cuyas visiones ideológicas excluyentes, uno para la izquierda y otro para la derecha los llevó en poco tiempo a ser disfuncionales. En este momento no puedo evitar recordar una frase de Mujica pronunciada en una reunión de Unasur en Mendoza, era una época de discursos fuertes y de mucha verdad ideológica, especialmente desde la izquierda en esos tiempos, entonces Mujica al ver la escalada que llevaba eso dijo “el más radical acá no es el que haga el discurso más fuerte, es el que sume más”. Y el que haga las cosas mejor en la región en esta coyuntura será también el que sume más.
Esto no quiere decir que todo deba ser resuelto por consenso, ya que el consenso como única forma de toma de decisiones ha sido fatal para varias organizaciones y en algunos casos simplemente ha conducido la neutralización de proyectos políticos. En los diez años en la OEA aprendí que cuando los adversarios políticos querían consenso es porque no querían que se adoptara ninguna resolución ni decisión sobre el tema en particular. Podríamos llamar a esta inquietante claridad de la neutralización de la acción el nacimiento de un sentido disfuncional de consenso en el que las soluciones procuran ser anuladas. Puede ocurrir en cualquier momento, a menudo cuando las organizaciones menos lo esperan. Pero definitivamente es necesario sumar esfuerzos y aunar las contradicciones, ya que radicalizar proyectos excluyentes no aporta a la inteligencia colectiva del país ni al proceso de desarrollo que eventualmente puede tener el mismo.
Debe de haber una ecuación positiva de sumar esfuerzos, ideas y capacidades. Las realidades de competencia en la política permiten aunar diferentes dinámicas y no todo necesita ser funcionalmente productivo y se puede ganar aun yendo a pérdida. Muchos resultados de la construcción política se logran en la adición de elementos disfuncionales cuya negatividad dispara nuevas realidades de inteligencia colectiva y a partir de las mismas se ingresa en ciclos virtuosos. Los empresarios exitosos que tienen éxito en la política es por su potenciar sus capacidades de absorción de costos políticos y no porque procura hacer valer sus métodos de hacer sus métodos empresariales de hacer funcionar el dinero, en tal caso lo más probable que le pase es que no encuentre la mejor forma de hacer funcionar el papel del dinero en la política, porque su sistema que funciona en el mercado no funciona en un sistema de interacciones políticas. La política no tiene dinámicas de en qué aplique la lógica o que la logística de las acciones y pensamientos políticos tengan una aplicación estricta de las reglas de la lógica. Alguien que parece especialmente preparado para un cargo de primer ministro quizás tenga que irse al poco tiempo porque no entiende que a veces se suma restando en la política. Cuando uno suma con gente que parece restar o con ideas que parecen restar a veces se está construyendo sustentabilidad y fortalezas con las que no se contaban. Suma una idea socialista en un contexto neoliberal o viceversa, a partir de esto se pueden crear dinámicas de mayor intensidad y tener impactos perceptibles que la opinión publica absorberá y proyectará.
El método político puede ser que no exija estrictamente el sacrificio personal o de reflexionar sobre el valor de los sacrificios hechos por los aliados en un mundo que desaparece permanentemente porque la agenda es absurdamente volátil y cambiante; un creyente podría preguntarse si sus oraciones realmente llegan a alguien y lo mismo le puede pasar a alguien que pide cosas a la política. Es aquí donde existe la necesidad de concentrarse y en los sacrificios que es necesario hacer para avanzar esas realidades necesitadas o queridas. También el método político describe realidades burocráticas, como ser a un oficinista que, sintiendo que el poder ha estado en sus manos durante años, repite la misma rutina día tras día, sintiendo una seguridad indefinible a la vez que una vulnerabilidad permanente pero que es incapaz de sumar al proceso de soluciones nuevas que se necesitan. Los autoritarios latinoamericanos han sido expertos en restar dentro de nuestras sociedades por su incapacidad de absorción de nuevas o diferentes ideas, nuevas o diferentes personas, por su incapacidad de sacrificio; no hay nada que reste más que ser pocos pero sectarios.
Esta perspectiva captura el momento en que las escenas familiares de la política se vuelven extrañas, y cuando quienes mejor conocen la situación —personas e instituciones— parecen desempeñar solo un papel que las arrastra inexorablemente a repetir errores, problemas, crisis, disfuncionalidades. Las instituciones dejan de tener sentido cuando el sistema evoluciona hacia estructuras a-sistémicas donde no existe un hilo conductor en experiencias positivas y el significado y el propósito que daban coherencia e importancia al juego institucional se derrumban repentinamente. Pero, aquello que es exactamente el consenso tiene una tremenda complejidad política, muchos malinterpretan este término, pensando que indica que el juego es fútil o carece de sentido, cuando en realidad se refiere a una cualidad del mundo de las ideas humanas; surge del conflicto entre las necesidades humanas y las necesidades de la política, esta contradicción debe ser resuelta a favor de las primeras.
Las instituciones son entidades que cumplen una función y tienen un significado último por el cual se busca comprender la razón de su existencia, su papel en las vidas del sistema y tiene un impacto duradero sobre nuestras acciones de contenido social y político. Sin embargo, hasta donde saben, el sistema internacional puede no responder si existe un diálogo donde solo resuena una voz. Esto puede precisamente ahondar la brecha entre las preguntas que planteamos y la incapacidad del mundo para responderlas.
A primera vista, la política regional se debate buscando una identidad y con ello un determinado sentido. Los hijos que criemos se enfrentarán a peores dificultades que nosotros, las construcciones sistémicas son olvidadas demasiado pronto en el mejor de los casos, aunque también se destruyen por acción humana o simplemente por dejar pasar el tiempo. Lo mismo ocurre con principios y valores. Lo mismo ocurre con propósitos éticos básicos. Sin embargo, día tras día, una y otra vez, se debe continuar el esfuerzo, seguir para alcanzar determinados objetivos cuya clave reside en reconocer que la igualdad en el destino humano no es el fin de la historia, sino el comienzo del real funcionamiento sistémico. Pero para ello se requiere especialmente aunar esfuerzos.
La mayoría de las personas, al darse cuenta de esta interconexión de la existencia, caen rápidamente en diversas formas de negación o escapismo, se refugian en generalidad y abstracciones, abrazan creencias políticas de la manera más dogmática posible o se hunden en el cinismo. Pero las instituciones necesitan otra vía, deben aceptar la interconexión causa-efecto y elegir acciones políticas que produzcan efectos positivos, esto tiene que ver esencialmente con aportar Derechos Humanos a la gente. La fórmula política latinoamericana de que 50%+1+100% es completamente disfuncional en la política, quizás sirve para concentrar poder, pero eso también es disfuncional a la construcción de políticas sustentables y desarrollo. Vemos claramente que las dinámicas políticas regionales carecen de un significado global, aun aquellos que han pretendido reiteradamente ser globales no han encontrado la forma de ser valiosos para la comunidad internacional, especialmente por su adicción a construir sociedades divididas y polarizadas, de rechazar todo lo que proponen adversarios políticos o ideologías diferentes, o aun rechazar lo que ha hecho el antecesor.
No es posible aceptar que las preguntas pendientes nunca tendrán respuesta y seguir las dinámicas político-institucionales con compromiso. En cambio, se debe asumir la plena responsabilidad de crear nuestro propio significado y valor. Cuando los políticos dejan de fingir que sus acciones tienen un significado que en realidad no existe, son capaces de descubrir el verdadero significado de las crisis y problemas estructurales que enfrentan y eventualmente acercarse a las soluciones de los mismos. Trabajar estas características sistémicas también revela un aspecto esencial de la existencia humana ser capaces de desapegarse de su situación y cuestionar sus errores.
Si una continuidad de acciones pudiera realmente dinamizar a la región, sería apoyar a la inclusión social, así como a la inversión y al comercio, pero recurrentemente hemos visto la aplicación prácticas de políticas anti-inversión o la aplicación práctica de políticas anti-comercio, esto quiere decir la aplicación práctica de políticas anti-desarrollo. Los países están bajo una presión inmensa dada la lentitud económica, incertidumbre financiera y una sensación generalizada de vulnerabilidad. La región está siendo atacada, no solo verbalmente, sino también mediante acciones que destruyen oportunidades de negocio. Sin embargo, hoy se pueden construir posibilidades tangibles directamente a través de la proyección de la región aun cuando como tal la misma existe, sino que cada país está buscando su puesto en el mundo. Estos paquetes económicos de inserción contienen artículos elaborados por empresas que están ancladas en sistemas políticos ineficientes y en democracias frágiles con institucionalidad débil. Quizás muchos de estos productos son exquisitos, inspirados en la naturaleza, no producidos en masa en grandes fábricas ni por corporaciones multinacionales, pero llevan consigo el estigma del subdesarrollo, de políticas públicas fracasadas y de incertidumbre económica. El cambio que se requiere entonces es sistémico.
Explicar por qué esto es tan importante ahora. la región enfrenta muchos problemas, no solo los que se mencionan en los medios, sino también debilidades estructurales económicas y sociales. La presión internacional dificulta aún más la supervivencia de nuestra gente. Las pequeñas empresas familiares son el alma de la región; proporcionan empleos, alimentos, fortaleza y una base sólida para comunidades enteras. Cuando muchas tiendas y países se niegan abrir los mercados, dejan a estas empresas sin poder seguir vendiendo sus productos, su futuro —y el futuro de sus familias— está en juego. El empresario latinoamericano sensato, necesita ahora más que nunca sistemas políticos que funcionen, cada empresa y emprendimiento refleja el pragmatismo sistémico que puede existir y respeto por las leyes de la economía y de la democracia que tenga el mismo.
Hemos visto a la izquierda y a la derecha auto celebrándose en reiteradas ocasiones en estas condiciones pendulares de un lado al otro que lleva la política latinoamericana, sin entender que la oportunidad en el poder es en realidad una oportunidad de construcción y ello funcionará mejor cuanto más gente haya poniendo ladrillos y cemento. Además, definitivamente no hay un concepto más relativo en este mundo que una “gran verdad” ideológica.
Se debe enfatizar la palabra “asociación” y recordar que la región es vital para todos, y deben tomarse el tiempo para preocuparse por todos y comprender que no existe una posibilidad de alcanzar el desarrollo en dinámicas de ratas luchando por su vida. Las dinámicas empresariales eclécticas pueden quizás inspirar esta vez un crecimiento cualitativo y cuantitativo determinante en la creación de la riqueza y ello realmente es susceptible de una transformación de los valores que genuinamente pueden hacer algo significativo por las sociedad y por la región. No se está comprando más que un simple regalo para un esfuerzo que debe enfatizar que el espíritu de solidaridad no es estático, aunque la mayor parte del tiempo, los países están ocupados con emergencias y asuntos institucionales de revisar facturas, cenar con amigos, lidiar con atascos de inseguridad o ayudarse mutuamente en la supervivencia política, sin que los proyectos país converjan o sumen, sino que al contrario son fruto de la resta permanente y de la deshonra política continua.
Estos momentos son incómodos precisamente porque son reales; desmantelan las narrativas convencionales que nos contamos sobre el progreso, el propósito y el significado último, y se presentan ante nosotros. Ahora que entendemos lo que implica sumar, podemos redescubrir el funcionamiento de la política bajo una nueva luz; el deber de proyectar una imagen que cambie la comprensión del poder y la derrota. El poder tiene que ver con un liderazgo real que tiene capacidad de hacer a partir de sumar esfuerzos y no con la ineficiencia de llegar con apoyos que impiden la acción y dejan al sistema inoperativo. A primera vista, lo más frecuente que ocurre con estos inútiles es que se puede transformar en un completo perdedor, traicionado por los dioses de la política, despojado del poder y condenado a realizar los trabajos más inservibles. Caer en eso es como negar cada día el propósito moral de la política que es servir a la gente, y por el contrario se ve cada día caer a los políticos en la repetición de éxitos no vividos y fracasos que se transforman en inevitables.
Nadie sabe cómo se propagaron estas dinámicas de subdesarrollo, ni cómo curarlas, y el grupo más afectado fue precisamente el que se podía imaginar, la cultura hedonista democrática experimental latinoamericana que surge de década después de violencia, guerrilla, disturbios, dictaduras de los 60 y 70s. Fue un mundo lleno de oportunidades, emoción y creatividad, un lugar para explorar nuevas formas de juego y comunidad, pero más pronto que tarde se convirtió en una zona muerta. Todo este proceso de la cuarta ola democrática iba acompañado de su característica intensidad emocional, analítica, pero a la vez profundamente comprometida por viejas prácticas, esos compromisos lamentablemente estaban puestos en el lugar equivocado para llevar adelante políticas equivocadas, ello ocurrió en tiempo real, con consecuencias devastadoras. La definición de subdesarrollo se redefinió en democracia, según nuevos criterios, pero inmediatamente atacada por los viejos vicios de la política latinoamericana, entre ellos la corrupción y la falta de capacidad para crear justicia sistémica, entre los afectados esta la memoria de los crímenes de lesa humanidad perpetrados por las dictaduras. Las democracias dejaron de ser liberadoras, sino patológicas, el subdesarrollo y la pobreza pegaron sobre los vulnerables como una enfermedad contagiosa. Nuestras democracias retornaron a ser lo que siempre habían sido imperfectas, excluyentes, marginalizadoras, incapaces de construir tejido social y fortalezas humanistas. Pero eran democracias, su gran ventaja ventaja sistémica, y eso permitió y permite seguir buscando.
La expresión misma “defender la verdad” se ha incorporado al vocabulario de la defensa de los sistemas autoritarios, frente a opresores cuya legitimidad interna o externa está profundamente arraigada en la práctica permanente de la opresión, la gente es impotente para resistir a “la verdad”. Pero dado que transformarse para comprender la verdad implica ser transformado por ella, este proceso no se debe centrar en la información, sino en la transformación política del sistema en función de las visiones y necesidades diversas de la gente y de visiones contradictorias dentro de los pueblos.
Un público diverso y pluralista siempre va a estar en busca de la verdad. Ello evita que cada acción sea preparada meticulosamente por la ineficiencia. Liberarse de las limitaciones autoimpuestas por la ideología y por prácticas políticas perimidas, ese debe ser el plan desde el principio. No se trata de buscar un “dogma político verdadero” por descubrir, sino de criticarse a uno mismo, de perfeccionarse, de transformarse, de convertirse en alguien distinto de aquel moldeado por prejuicios, formulas fracasadas y hábitos políticos fosilizados. Pensar no consiste solo en recopilar opiniones correctas, sino también en practicar la capacidad de pensar. Y de actuar sobre esa base.
En cuanto a los riesgos hacia el futuro estos son muy ciertos, nuestros sistemas están plagados de incertidumbre. Este enfoque exige una crítica fundamental de las doctrinas que construyeron ideologías dominantes en la región, tanto el actual giro hacia la derecha que está basado en los fracasos de la izquierda, como el anterior giro a la izquierda que estaba basado en los fracasos de la derecha. No es posible centrarse únicamente en las declaraciones de líderes o grupos dominantes, sino que se deben explorar los discursos marginales, aquellos que cumplen una doble función: exponer la propia marginalidad política y social, así como revelar los supuestos subyacentes de la narrativa impuestas y como las mismas muchas veces son disfuncionales. Las reglas excluyentes deben verse como una forma de marginar a ciertos grupos. La civilización democrática es un “diálogo humano”, pero históricamente algunas personas han sido excluidas; ello se debe evitar. El otro principio —que es muy práctico— es evitar las rupturas sino construir institucionalmente encima de lo ya construido. Esto significa asumir continuidades, conclusiones lógicas de funcionamiento institucional, la aceptación de todas sus posibilidades, interrupciones y sucesos extraños. Esta cooperación implica que la verdad también depende de aunar todos los elementos y contradicciones políticas, sociales y económicas.

