La calle Corrientes es célebre por sus encuentros imprevistos. En una tarde cualquiera, Carmen Barbieri se detuvo al escuchar la voz de Cecilia Encina, una artista callejera que interpretaba “Honrar la Vida” con su guitarra, a solo metros de un restaurante. Lo que comenzó como una coincidencia pronto se transformó en un suceso que trascendió la escena urbana y se volvió viral en redes sociales.
Barbieri, conductora y figura reconocida de la televisión, no dudó en sumarse al canto. El momento fue registrado y compartido por la propia Encina en sus redes. Horas después, la artista relató la repercusión de ese encuentro: “La verdad es que yo no lo puedo creer, todavía no paro de agradecer”, dijo emocionada en un video. La viralización fue inmediata y, como resultado, recibió una invitación para presentarse en el programa de Carmen Barbieri.
La cámara captó el reencuentro en el estudio, donde la emoción del día que se conocieron se multiplicó. Barbieri saludó a la artista: “Cecilia de mi corazón. Ya somos amigas. Tocayas, claro. Porque te llamás Carmen, ¿no?”. Encina explicó: “Yo me llamo Cecilia del Carmen. A diferencia de muchos otros nombres que son o María Cecilia, o Cecilia solo, yo soy Cecilia del Carmen”. El diálogo, espontáneo y distendido, reflejó la conexión que se había gestado en la vereda porteña.
Cecilia Encina relató que su vínculo con la música comenzó a los seis años, sin formación formal ni maestro. Nacida en una familia de doce hermanos, hija de un músico, recuerda los ensayos en casa y la presencia de artistas populares de la escena folclórica. “Mi papá al ser músico… A mí nunca me quiso enseñar. Porque en esa época era, claro… que era una mujer, mejor que cocine”, contó Encina sobre las barreras de género en su entorno. Agregó la anécdota de Coco Díaz, figura del chamamé, y su apodo de infancia: “La Changüita que se sentaba todos los ensayos con tu viejo a escuchar”.
Su carrera callejera lleva más de dieciocho años. Comenzó en la estación Pasteur del subte, donde se convirtió en una presencia habitual. “Hace dieciocho años canto en la estación Pasteur, que es mi querida estación del subte”, explicó. Sin embargo, cambios recientes en la regulación de los espacios públicos afectaron su rutina. “Ahora por cuestiones que todos sabemos, de ahí a los artistas nos corren”, dijo en referencia a los desplazamientos de músicos y artistas urbanos.
Encina aclaró que jamás sufrió faltas de respeto ni por parte de la policía ni del público: “El último chico, que me pidió amablemente que me fuera, me dice: ‘A mí me da pena sacarte, porque yo disfruto mucho cuando estás’”. Reconoce que los agentes cumplen órdenes y destaca la calidad humana de quienes la rodean: “Jamás me faltaron el respeto ni los policías ni la gente del subte”.
El desplazamiento de los músicos de los espacios tradicionales como el subte llevó a Encina a buscar nuevos escenarios. Actualmente, actúa sobre Corrientes, a metros de Rodríguez Peña, donde fue acogida por el dueño de la heladería que allí se encuentra, Gabriel: “Me adoptó con un amor increíble. Me dijo: ‘Mirá, vos cualquier cosa me preguntás a mí’. Todos los días me voy con un heladito riquísimo”.
La presencia de músicos en la calle Corrientes no es casual. “Vos sabés que en Estados Unidos, en Nueva York, los mejores artistas están en el subte. Lady Gaga va y canta en el subte con los artistas callejeros”, comentó Barbieri. Encina coincidió: “Si vos supieras la cantidad de artistas de nivel que hay en la calle, te morís”. Pese a las dificultades, Encina no confronta: “La música para mí es compartirla donde sea, no importa. La música es paz”.

La comunidad que se forma alrededor de estos artistas constituye una red de apoyo fundamental. El público se detiene, escucha, canta y deja colaboraciones. Encina valora el tiempo y el afecto de quienes la acompañan: “El tiempo es fundamental, porque la plata va y viene, todo lo demás es secundario. Pero yo valoro un montón cuando la gente se para a escucharme, a cantar conmigo, a pedirme temas”.
El video del primer encuentro entre Barbieri y Encina superó el millón trescientas mil visualizaciones. Este fenómeno amplificó la visibilidad de la artista y generó una ola de apoyo: “Me escribió mi primo y me dijo… un millón trescientos mil, me están diciendo. Gracias a todos”, expresó Encina.
Esta repercusión se tradujo en oportunidades concretas: la invitación al programa televisivo, muestras de cariño, mensajes y transferencias de dinero a su cuenta.
En el estudio, Encina y Barbieri compartieron música y anécdotas. La artista interpretó fragmentos de “Las simples cosas” y “Merceditas”, y anunció la presentación de su último disco, grabado en homenaje a su padre y dedicado al chamamé. “Voy a presentar ahora el 12 de junio mi último disco, que grabé en homenaje a mi papá”, contó.

Al ser consultada por sus aspiraciones, fue directa: “Mi sueño enorme es poder viajar por el país o por donde sea, compartiendo mi música”. Aunque reconoce las dificultades económicas, especialmente tras el traslado desde el subte a la heladería, resalta el valor del apoyo popular. “Vivo solamente de mi música, no tengo otro trabajo. Es solamente de mi música, los eventos privados que hago”.
El cotidiano de la artista está atravesado por vínculos personales y afectivos. Está casada con Mariana, con quien lleva doce años de relación y casi dos de matrimonio. Comparten su vida con cinco perros y, como regalo de aniversario, recibieron gallinas, lo que les llevó a construir un gallinero propio.
El relato de Encina y su vínculo con la música urbana refleja los matices de una vida dedicada al arte, la persistencia ante los cambios y el poder de la viralización como motor de reconocimiento y nuevas oportunidades.

