Uno de cada cinco niños en Argentina quedó sin atención médica en 2025, según un relevamiento

Uno de cada cinco niños en Argentina quedó sin atención médica en 2025, según un relevamiento

El 19,8% de los niños y adolescentes no asistió al médico o al odontólogo durante 2025 por razones económicas
(Imagen Ilustrativa Infobae)

El Barómetro de la Deuda Social de la Infancia de la Universidad Católica Argentina presentó los resultados más recientes de su relevamiento sobre bienestar infantil en contexto urbano, y la evidencia es contundente: casi dos de cada diez niños y adolescentes dejaron de recibir atención médica o dental en 2025 por problemas económicos, una señal de alerta sobre cómo la pobreza no solo limita el acceso a bienes básicos, sino que también erosiona la salud física y emocional e incide directamente en la experiencia escolar. Esta nueva medición incorpora ángulos postergados en el debate público argentino, indagando la salud mental infantil, la vestimenta, los vínculos sociales y el disfrute escolar, para mostrar cómo las privaciones y desigualdades se superponen, multiplicando sus efectos en la vida cotidiana de millones de chicos.

El Observatorio de la Deuda Social Argentina lleva desde 2010 midiendo privaciones estructurales como alimentación, vivienda, acceso a información y escolaridad. Ahora expande su marco de análisis para incluir dimensiones mucho menos exploradas —en especial la percepción de problemas nutricionales y emocionales, carencias en vestuario, dificultades relacionales y nuevos fenómenos escolares—, habilitando una radiografía integral de las condiciones materiales y simbólicas que atraviesan la infancia urbana.

Las huellas de la precariedad en el acceso a la salud

Las estadísticas del informe Dimensiones postergadas del bienestar infantil: Salud, vestimenta, vínculos y escuela en la infancia urbana argentina son elocuentes: el 19,8% de los niños y adolescentes no asistió al médico o al odontólogo durante el último año por razones económicas, según el testimonio de sus adultos responsables.

En el Conurbano Bonaerense, el 21,1% de los menores reconoció no haber recibido atención médica o dental
(Imagen Ilustrativa Infobae)

La postergación impacta con mayor fuerza en la adolescencia (27,5%) y exhibe su cara más regresiva en la atención odontológica, donde el 17,4% no pudo acceder a la consulta.

En el Conurbano Bonaerense el 21,1% reconoció esta privación, y en el interior urbano la cifra trepó al 25%, números que demuestran que las barreras trascienden la existencia de un sistema público: los costos de traslado, la organización doméstica y la coordinación con las jornadas laborales son obstáculos cotidianos.

En los hogares del estrato más bajo, un niño o adolescente multiplica por tres el riesgo de postergar su salud respecto de sus pares de mejor posición, una distancia que se acentúa aún más en la atención bucal. El informe advierte que esta postergación, aunque muchas veces pasa inadvertida, tiene consecuencias acumulativas sobre el desarrollo y la calidad de vida, dejando marcas que persisten en la transición hacia la edad adulta.

Una cita del documento refuerza la gravedad de este fenómeno: “Las decisiones de postergar la atención médica no son elecciones libres, sino estrategias de supervivencia que responden a la falta de recursos y demandas en competencia”.

El malestar emocional y la salud mental, una dimensión desatendida

El 18,1% de los chicos de 5 a 17 años presentó síntomas de tristeza o ansiedad, un indicador en aumento
(Imagen Ilustrativa Infobae)

La incorporación de la perspectiva sobre salud mental infantil constituye uno de los rasgos más novedosos del estudio.

El 18,1% de los chicos de 5 a 17 años mostraron síntomas de tristeza o ansiedad, cifra que crece al 21,2% en la adolescencia, donde el impacto recae principalmente sobre las mujeres (24,7% frente al 18% de varones), lo que evidencia una brecha de género que también está presente en las formas de socialización y los mandatos culturales.

Los niños y adolescentes del estrato más pobre tienen el doble de probabilidades de experimentar malestar emocional respecto a los de mayores ingresos.

En áreas metropolitanas del interior, el fenómeno alcanza al 22,8%, con picos del 30,1% entre adolescentes. Las causas, según el informe, son multifactoriales: reactividad biológica al estrés, exposición a violencias y conflictividad familiar, además de la influencia de los valores y estereotipos de género.

El aislamiento social afecta al 27,3% de los chicos, quienes tienen más dificultades para establecer vínculos de amistad
(Imagen Ilustrativa Infobae)

El malestar emocional no implica solo sufrimiento subjetivo: quienes experimentaron tristeza o ansiedad tuvieron un 46% más de probabilidades de no aprender mucho en la escuela, una asociación directa entre emocionalidad, motivación y capacidad cognitiva.

“La tristeza y la ansiedad consumen recursos atencionales, afectan la memoria de trabajo y disminuyen la motivación”, advierte Ianina Tuñón, investigadora del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA.

Según el Barómetro de la Deuda Social de la Infancia 2025 de la UCA, casi el 20% de niños y adolescentes carece de acceso a salud, junto a problemas de malestar emocional, obesidad, exclusión social y ausentismo escolar. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El cuerpo como marca de la desigualdad: nutrición y percepciones sociales

La salud nutricional revela una divergencia clave entre lo objetivamente medido y lo percibido: la última Encuesta Nacional de Nutrición y Salud reportó un 41,1% de exceso de peso en chicos de 5 a 17 años, pero solo el 4,1% de los adultos identificó esta condición como problemática en 2025.

Solo el 4,1% de los adultos identificó el exceso de peso como un problema en los chicos, pese a que la obesidad infantil afecta al 41,1% (Imagen ilustrativa Infobae)

La identificación del sobrepeso se vuelve más frecuente a mayor nivel socioeconómico —posiblemente por mayor acceso a información, controles o mandatos estéticos—, mientras que en los hogares más pobres la preocupación central es por la delgadez: entre quienes padecen inseguridad alimentaria severa, la inquietud por peso insuficiente llega al 8,2%.

Esta desigualdad perceptual tiene raíces sociales y culturales: en contextos de pobreza, el cuerpo robusto puede asociarse con fortaleza y salud, y la delgadez es vista como signo de debilidad o enfermedad, lo que puede inducir a subestimar el problema del sobrepeso.

“Que el sobrepeso sea más reconocido en sectores altos mientras la delgadez se vuelve motivo de preocupación en hogares pobres —donde además se correlaciona con inseguridad alimentaria— sugiere que las representaciones sobre el cuerpo y la salud operan como mecanismos de distinción de clase”, apunta Tuñón.

La consecuencia de esta variabilidad es que las políticas públicas deben entender los marcos interpretativos locales, y no apelar solo a criterios biomédicos abstractos.

El informe destaca cómo los niños y adolescentes con obesidad son especialmente vulnerables al estigma y al bullying escolar, fenómeno que —según un metaanálisis internacional citado— aumenta un 46% el riesgo de acoso entre quienes tienen exceso de peso, reforzando la importancia de abordar la discriminación y la exclusión social desde temprana edad.

Vestimenta, la otra exclusión

Otra dimensión invisibilizada, y ahora puesta en escena, es la de la vestimenta. El 37,5% de los chicos enfrentó dificultades para adquirir ropa o calzado en 2025 por razones económicas, cifra que trepa al 58,3% en el estrato más humilde.

Pero más allá de la carencia material, el aspecto distintivo del estudio es visibilizar la dimensión emocional: el 12,3% de los niños y adolescentes no puede vestirse como sus pares y el 6,9% sufre por esta diferencia, con incidencias que aumentan en la adolescencia y en el Conurbano Bonaerense.

La ropa opera como un marcador visible de pertenencia e identidad. Las familias más pobres atraviesan no solo la escasez, sino también la vergüenza o el aislamiento social por no cumplir con los códigos de apariencia del grupo”, sostiene una de las líneas argumentales del informe, remarcando que este factor se asocia a dificultades para construir amistades y a menores oportunidades de aprendizaje, profundizando el círculo de desventaja.

En los hogares más pobres, un niño o adolescente triplica el riesgo de postergar consultas médicas respecto a los de mayor ingreso

Vínculos y aislamiento: el impacto en el aprendizaje

La ausencia de redes de amistad emerge como un predictor central del bienestar infantil. El 27,3% de los niños y adolescentes tiene pocos amigos o enfrenta dificultades para establecer vínculos de amistad, con mayor incidencia en mujeres (31,8%) y en sectores socioeconómicos bajos.

El aislamiento social no es solo un dato afectivo: quienes no logran insertarse en redes de pares tienen 1,8 veces más probabilidades de no aprender mucho en la escuela.

La evidencia recogida confirma que la escuela no solo transmite conocimientos, sino que provee el espacio fundamental para la socialización y para ensayar habilidades cognitivas y comunicativas indispensables en la vida adulta.

El 30,6% de los alumnos sufrió ausentismo docente o suspensión de clases, cifra que trepa al 44% en los sectores más pobres
(Imagen Ilustrativa Infobae)

La experiencia escolar: disfrute, ausentismo y acompañamiento

La medición también incorpora dimensiones poco consideradas en las estadísticas nacionales, como el disfrute de la escuela, la ayuda en tareas y el ausentismo docente. Uno de cada diez chicos no disfruta de ir a la escuela, cifra que asciende al 15,6% en la adolescencia, y quienes no disfrutan tienen más del doble de probabilidades de no aprender mucho.

En materia de ayuda económica, el acceso a becas es muy limitado: solo el 6,3% recibe alguna ayuda para estudiar, con una mayor concentración en secundarios y sectores populares. Aunque cabría esperar que los alumnos de mejor posición recibieran más apoyo familiar, el 64,3% recibe asistencia de adultos en las tareas escolares, siendo mayor en estratos bajos —probablemente por modalidades distintas de acompañamiento entre clases sociales.

El dato más preocupante se vincula al ausentismo docente y la suspensión de clases, que afecta al 30,6% de los estudiantes y se dispara al 44% en el estrato más bajo, más de 2,5 veces respecto al nivel más alto. Según el análisis estadístico incluido, el ausentismo docente es el factor que más impacta en la probabilidad de “no aprender mucho”: los chicos afectados tienen 5,4 veces más riesgo que sus pares.

En las escuelas estatales, el 42% de los niños no aprende mucho según la percepción de los adultos, mientras que en las privadas la cifra baja al 19%
(Imagen Ilustrativa Infobae)

La segmentación entre escuelas estatales y privadas también marca una brecha profunda: en las estatales, el 42% no aprende mucho (según la perspectiva de los adultos), mientras que en las privadas la cifra baja al 19%.

“Los NNyA pobres no aprenden menos porque sean pobres “en esencia”, sino porque asisten a escuelas con peores condiciones institucionales, porque su mundo afectivo está más afectado, porque tienen menos amigos, porque padecen situaciones de privación alimentaria y porque no cultivas prácticas como la lectura de textos impresos, entre otros», analiza Tuñón.

El bajo aprendizaje y las mediaciones de la pobreza

Consultados sobre los resultados de aprendizaje, el 36,8% de los chicos aprende algo, pero podría aprender más, de acuerdo a la percepción de sus adultos. Esta proporción aumenta significativamente entre adolescentes y en el Conurbano Bonaerense, donde alcanza el 42,5%.

Sin embargo, lo disruptivo del análisis reside en cómo la investigación desmonta la relación directa entre pobreza y rendimiento: cuando se consideran los factores sociales, emocionales y escolares (ausentismo docente, malestar emocional, falta de amigos, inseguridad alimentaria y baja lectura), el nivel socioeconómico deja de ser significativo. Es decir, la pobreza opera a través de esas mediaciones, no como una “esencia”. A la vez, esto revela dónde se juega la posibilidad de revertir desigualdades con políticas activas.

(Imagen Ilustrativa Infobae)

Una de las frases más contundentes del estudio resume el punto: “Los niños, niñas y adolescentes pobres no aprenden menos porque sean pobres ‘en esencia’, sino porque asisten a escuelas con peores condiciones institucionales, su mundo afectivo está más afectado, tienen menos amigos y padecen privaciones alimentarias”.

Desafíos para las políticas públicas: intervenir en las mediaciones

El informe concluye que la lucha contra la desigualdad debe atender estas nuevas dimensiones: incentivar campañas informativas que consideren las diferencias culturales en la percepción de problemas nutricionales, incorporar la vestimenta como parte del derecho a un nivel de vida adecuado, fortalecer la salud mental en las escuelas, mejorar la estabilidad institucional y reducir el ausentismo docente, e integrar sistemas de alerta temprana para el malestar emocional y social.

Todo cambio requiere que las agendas de política e investigación dejen de ignorar estas dimensiones invisibles: la subjetividad, los vínculos y las experiencias cotidianas son tan determinantes como la falta de ingresos o infraestructura a la hora de comprender cómo se produce la desigualdad en la infancia argentina.

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