La brecha generacional se puso a prueba en Otro Día Perdido (El Trece), cuando Mario Pergolini sorprendió a la audiencia con una propuesta tan nostálgica como divertida: invitar a chicos de la Generación Alfa, es decir los nativos digitales, a experimentar por primera vez con tecnología analógica. En pleno streaming y bajo la mirada de los adultos que crecieron rodeados de cassettes, televisores de tubo y máquinas de escribir, los pequeños se enfrentaron a objetos que para ellos resultan casi misteriosos, desatando reacciones desopilantes, asombro y carcajadas tanto en el estudio como en las redes.
El segmento, titulado “Laboratorios ODP”, arrancó con Pergolini rodeado de niños y de una colección de objetos analógicos: una televisión de tubo, un grabador de casetes, una máquina de escribir y un tocadiscos. “¿Entienden más o menos lo que están viendo?”, preguntó Mario, abriendo el juego. Benja, uno de los chicos, fue el primero en reconocer algunos elementos: “Por ejemplo, esa tele o esa máquina de escribir”. Vita, por su parte, se sorprendió al ver “casetes y un teléfono”. .
El primer gran desafío llegó cuando intentaron manipular un casete. “¿Cómo se mete?”, se preguntó Vita, intentando descubrir el mecanismo. Benja fue más osado: “Esto se abre”. La paciencia de Pergolini fue clave para guiarlos. “El que rompe, paga, ¿eh?”, advirtió el conductor, entre risas. Tras algunos intentos y miradas de asombro, lograron abrir el grabador y meter el casete. “Y dale play”, celebró Benja, mientras Mario festejaba: “Muy bien”.

El siguiente objeto de asombro fue un televisor antiguo. “Mi abuela siempre tuvo una tele así”, recordó Benja, aportando la primera referencia familiar a un mundo en el que la televisión era una caja pesada y sin control remoto. Luego, Pergolini los invitó a probar un tocadiscos. Emilia, otra de las chicas del grupo, lo miró con desconfianza. “No son cosas que yo conozco”, admitió. Sin embargo, con ayuda de sus compañeros, logró poner en funcionamiento el aparato y escuchar el sonido del vinilo. “Eso ahí me sorprendió”, confesó Benja al escuchar la música salir del “mueble marrón”. Pergolini aprovechó para explicar: “Antes se escuchaba así. En vez de ahora ponerle Spotify, vos antes ibas y tenías que agarrar un disco, sacarlo, ponerlo y bajar la perilla”.
Pero el momento más divertido y caótico llegó cuando los chicos intentaron usar una máquina de escribir. Benja y Emilia se preguntaron cómo funcionaba y dónde quedaba lo que tipeaban. “Acá adentro”, arriesgó el nene. “Lo que me llama la atención de esta computadora es que no tiene mouse”, agregó, confundiendo la máquina con una notebook moderna. Mario los guió: “Había que meterle un papel ahí”. Tras varios intentos y risas, Benja logró finalmente insertar la hoja y descubrir el funcionamiento mecánico del rodillo. “¡Ah!”, exclamó, al ver la hoja aparecer. “Es como una impresora que sale como…”, intentó definir. El conductor aclaró: “Es como una impresora, exactamente, pero habría que meterle un papel ahí”. Con ayuda, el pequeño giró el rodillo y la hoja apareció. “Es como una computadora que tiene las teclas que la tenés que impulsar fuerte para abajo”, resumió, mientras el equipo aplaudía el logro.

La experiencia dejó frases para el recuerdo y reacciones espontáneas. “Me cuesta mucho poner la hoja porque no sabíamos cómo”, confesó Benja. Pergolini, entre risas, remató: “Vos estás acostumbrado a que haya un botón y haga… No, en esta época todo había que hacerlo uno. No había cosas automáticas”. Los chicos, que nunca habían visto un disco de vinilo ni un VHS, se maravillaron con la mecánica de los objetos y el ritual que implicaba cada acción cotidiana.
Las imágenes del programa, con los niños rebobinando casetes, intentando cargar VHS y asombrándose con la falta de controles remotos, despertaron nostalgia y diversión entre los adultos, que recordaron su propia infancia y el mundo sin pantallas táctiles ni streaming. De esa manera, el segmento no solo terminó por convertirse en una lección de historia tecnológica, sino también en un puente entre generaciones, demostrando que la curiosidad y la capacidad de asombro siguen intactas, más allá de la época.

