Querían recuperar el metegol para que convocara a grandes y chicos y revolucionaron el juego: así es la versión 2.0 made in Rosario

Querían recuperar el metegol para que convocara a grandes y chicos y revolucionaron el juego: así es la versión 2.0 made in Rosario

Una mesa de mayor tamaño con portavasos, diseño y equipos customizables, pasto sintético, movimientos multidireccionales, redes en los arcos y pelotas de ecocuero, así es el Metegol 2.0 que crearon Juan Martín Uncal y Brian Margenet

Al metegol le falta un portavasos.

Eso fue lo primero que Juan Martín Uncal —concordiense, 36 años, radicado en Rosario desde 2009 cuando decidió irse a estudiar Marketing— observó en algún momento del 2023 mientras se cansaba de perder en el juego. Se considera, sin dudarlo — “no es por agrandarme”, dice— “el peor jugador que pisó esta tierra”.

—Lo bueno es que cuando sos malo tenés tiempo de abstraerte y decir: “Che, podría mejorarlo en algo”, yo vengo del área de Marketing, y el quid de la cuestión nace de que le faltaba un portavasos.

Llamó “al amigo más responsable que tenía”.

Brian Margenet —rosarino, 37 años— atendió. Juan Martín le contó lo que había pensado. Brian asintió: “El que está jugando tiene que dejar el vaso en el piso o en una mesa aparte. Termina de hacer un gol y tiene que irse a buscar la cerveza o la gaseosa que esté tomando: cambiemos eso”.

Querían sumar cuatro portavasos a la mesa estándar de metegol para comodidad de los jugadores. Se juntaron. Anotaron la idea. Y a esa le crecieron más.

—Yo dije: “Para hacerlo un poquito más real tenemos que diagramarlo por lo menos. ¿Con qué lo puedo hacer? Con cartón” —cuenta Juan Martín—. Así que un día lo llamé [a Brian] y cuando llegó a casa vio que era como un programa de Utilísima lo que tenía armado arriba de la mesa. Y se sumó. Ahí estábamos los dos haciendo decoupage. A partir de eso empezamos a jugar: “¿Por qué no lo hacemos más grande?”. Históricamente el metegol nunca mutó en cuestión de jugabilidad, siempre, cuando hubo cambios, se le sumó una maqueta arriba, algo más estético que funcional. La jugabilidad no se tocó casi desde que se creó. Así que dijimos: “¿Por qué no mover los caños?”.

— “Démosle más dinamismo”, pensamos —acota Brian.

Y al diseño de bricolage que Juan Martín había iniciado en su casa con un rectángulo de cartón del tamaño de su mesa de comedor le sumaron ocho palos de escoba que salieron a comprar.

—Dijimos: “Bueno, vamos a ver hasta dónde puede llegar el diseño que estamos desarrollando para que los caños se muevan” —recuerda Brian—. Y así empezamos. Esas fueron las dos primeras ideas. Nunca pensamos en monetizarlo porque tampoco sabíamos si iba a funcionar.

Un hobby de dos amigos en su tiempo libre. Un espacio de creatividad para un licenciado en Comercialización experto en Marketing (Juan Martín) y un contador público (Brian), que se hicieron amigos porque trabajaban en el mismo banco —los dos llevaban unos quince años desarrollándose profesionalmente en el sistema financiero.

Entonces así empezó: con una suerte de maqueta rudimentaria que comenzaron a armar con materiales básicos y un poco de pegamento, una estructura que parecía un intento por copiar un paso a paso de algún instructivo del tipo “Hágalo usted mismo” —o su sigla en inglés, siempre más glamorosa, “DIY” (“Do It Yourself”)—. No tenían idea adónde los llevaría.

Con cartón, papel, pegamento y mucho ingenio y perseverancia los dos amigos comenzaron a construir el primer prototipo del metegol que querían diseñar

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Un paisaje prehistórico, desierto. Un simio golpea sin querer un cráneo. El cráneo rueda, provoca patearlo con el pie. Un segundo simio se lo disputa y comienzan a jugar en la dirección a un tercero que busca atraparlo entre dos montículos. De una patada el cráneo es disparado al espacio donde se convierte en pelota. No es la rueda, no es el fuego, no es la palabra: la evolución es el fútbol.

La escena inicial de Metegol, la película de 2013 dirigida por Juan José Campanella, inspirada en el cuento Memorias de un wing derecho, de Roberto Fontanarrosa —y destacada por haber sido el primer film argentino realizado íntegramente en animación 3D de gran escala— es también un homenaje a 2001: Odisea del Espacio, la película de Stanley Kubrick de 1968 en la que tres astronautas buscan descubrir los orígenes de la humanidad y su evolución. En aquel film, en su escena “El amanecer del hombre”, un fémur utilizado como arma y lanzado al aire por un homínido se transforma en un satélite que cruza el espacio entre la Tierra y la Luna, y el tiempo hacia 1999.

Homenaje, fútbol, evolución. Todo eso también tiene esta historia.

En Metegol, el fragmento del comienzo, ese amanecer, da paso a la historia de Amadeo: un chico que vive en un pueblo pequeño cuya vida gira alrededor del metegol del bar en el que trabaja. Al contrario del concordiense de esta nota, Amadeo juega mejor que nadie. Igual que el entrerriano y el rosarino, Amadeo dedicaba sus días a mejorar ese juego que era centro de desafíos y de momentos compartidos con amigos y vecinos. Customizaba los jugadores, pintaba las camisetas, formaba equipos: les daba una identidad.

Eso es lo que, poco a poco, comenzaron a hacer Juan Martín y Brian en la vida real. Después del cartón y los palos de escoba, de que las mejoras e innovaciones que podían introducir en el metegol formaran una lista impregnada de entusiasmo emprendedor a la que debieron ponerle un límite, el deseo fue claro: ¿y si además de portavasos y dinamismo lograban actualizar el metogol para que volviera a ser el rey de los clubes y las juntadas con amigos?

La meta, entonces, pasó a ser otra: buscaban rescatar o revivir el entrañable juego con el que habían crecido, esa mesa en la que también se juega al fútbol, para que volviera a ocupar el lugar que tenía en el pueblo creado por Campanella. El mismo que había ocupado para ellos en la infancia entrerriana y rosarina. El metegol en el bar, en el club, después del asado del domingo. El que se jugaba “por la Coca”, “por la ficha [de arcade]”.

—Antes se vivía eso —dice Juan Martín—. Esa sensación de “terminamos, vamos a jugar al metegol”. Hay un asado: “vamos un metegol”. Eso es lo que estamos buscando, porque se fue perdiendo. La realidad es que hoy en día es más fácil prender la Play. El hecho de juntarse es lo más importante para nosotros. Muchas veces el programa es cerveza, amigos y metegol; asado, amigos y metegol. Queríamos volver un poco a eso, sumándole tecnología, sumándole comodidades. Queríamos remodelar un clásico que al adulto le interese y con el que pueda volver a la parte de la desconexión, y también pensar en una juventud que no es la misma que la que éramos nosotros cuando lo jugábamos. Hoy capaz un adolescente tira tres molinetes y se va porque no metió un gol. Así que estamos trabajando siempre en diseños para el grande y el chico. Y hoy tenemos un metegol que para el de 30 para arriba es hiperfuncional, y también pensamos en una generación de 20 para abajo que juega todo el tiempo juegos digitales en los que si no gana algo en los primeros 30 segundos se aburre.

—Queríamos traer a esa masa de jóvenes que dejó sin uso el metegol a algo nuevamente analógico, que se aleje de lo digital —precisa Brian— pero entendemos que también tenemos que ofrecer algo de eso digital que los chicos quieren.

Así el hobby se fue transformando en otra cosa.

La primera idea de Juan Martín y Brian fue agregarle a la mesa de metegol cuatro portavasos. La siguiente, fue la que revolucionaría el juego: hacer que los caños se muevan en otras direcciones. Para comenzar a probarlo le añadieron al prototipo de cartón ocho palos de escoba

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Metegol, fútbol de mesa, futbolín, futbolito, fulbito, futmesa, taca-taca, fulbatin, tacatocó, futillo, fulbacho, canchitas, tiragol, fulbote: con cualquiera de sus nombres, dependiendo la cartografía, el juego es el mismo: una mesa, caños transversales con palancas con forma de futbolistas que giran a merced de los jugadores que los manejan para patear una pelota y lograr convertir goles en el arco rival, evitando a la vez que el equipo contrario los meta en el propio.

Se pueden rastrear raíces del juego —con patentes que registraron propuestas análogas— desde fines del 1800 (1880-1890), en España. Pero a la creación del juego que trascendió la historia y las fronteras pueden colocársele dos marcas en el mapamundi. Hay una historia que cuenta que fue inventado por el británico Harold Thornton en 1921, en el Reino Unido, y patentado en 1923. Esta versión dice que Thornton miraba una caja de fósforos y de pronto se preguntó si sería posible imaginar un partido de fútbol dentro de una caja.

Otro relato inicial, quizás el más extendido, es que el metegol que jugamos hoy, ese que Juan Martín y Brian, casi sin darse cuenta, decidieron revolucionar, fue inventado en España en 1930 y tiene, como lo tiene en las memorias de los creadores rosarinos, una esencia social y emotiva.

Esta versión cuenta que el poeta anarquista español, Alejandro Campos Ramírez —conocido como Alejandro Finisterre—, fue herido durante la guerra civil española. Mientras convalecía se dio cuenta de que los niños y adultos heridos o con alguna dificultad no podían jugar al fútbol. Y buscó una solución. Inspirado en el tenis de mesa, trabajó junto al carpintero vasco Francisco Javier Altuna y creó una primera versión de metegol con barras de acero, estructura de madera y una pelota de corcho aglomerado.

Registró su invento en 1937, en Barcelona. Luego del triunfo franquista Finisterre se exilió y con el destierro perdió el control de su patente. El metegol comenzó a popularizarse y a expandirse velozmente por Europa, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial: en un continente arrasado, los ciudadanos buscaban pasatiempos y opciones que estuvieran a su alcance.

Así, el fútbol de mesa empezó a ganarse un lugar en bares, cafés, clubes y sitios donde a su alrededor hubiera amigos o una comunidad dispuesta a defender una camiseta, aunque estuviese pintada. Luego, la migración europea a Latinoamérica hizo lo suyo, permitió que el juego cruzara océanos.

Cuando los jugadores férreos y estáticos, cuando ese estadio emplazable en espacios comunes pisó suelo argentino la historia se escribió sola.

Los jugadores son impresos en 3D y son “hiperrealistas”, pueden tener la cara de cualquier persona y la camiseta predilecta. También se pueden elegir los equipos y formaciones

El sentimiento, los momentos construidos alrededor de esa cancha que cabe en una mesa y recoge la pasión futbolera que, automáticamente, al rodearla, le tansfieren sus jugadores cuando se baten en campeonatos espontáneos por la pizza, la gaseosa o la cerveza, es lo que buscaban reavivar Juan Martín y Brian. Añadiéndole condimentos del mundo actual. Para eso debieron superar varios desafíos.

—Cuando empezamos a probar quedaba claro por qué nunca se habían hecho las modificaciones que pensamos en cada parte del brainstorming que hicimos —dice Juan Martín—. Era una lucha con el diseño porque, además, los dos éramos totalmente ignorantes en esas áreas, tuvimos que estudiar y prepararnos para materializar algunas ideas. En el desenlace de todo eso pudimos concretar otras que surgieron y hacer que los jugadores sean realistas aprovechando la tecnología 3D. En ese momento no sabíamos nada de 3D y era hacer un prueba y error gigantesco. Con todas las cuestiones era: “Bueno, si lo intentamos vamos hasta el tope, hasta lo máximo que podamos, de lo real”. Nuestro metegol tiene esa esencia. Queríamos que se priorizara el juego, que los jugadores tuvieran la cara de quien los comprara o de sus futbolistas preferidos, que las camisetas fueran las que las personas quisieran. Y que no sea como el metegol común donde el que sabe jugar mucho te la pisó y tenés que esperar a que te meta el gol, acá podés adelantar la línea y presionarlo y robarle la pelota. Queríamos que tuviera un rol más activo el jugador. La estética acompaña un montón, pero siempre la idea fue mejorar el concepto de juego y eso hoy no existe en otra parte del mundo.

Juan Martín y Brian le añadieron al juego muchos detalles estéticos, funcionales y customizables: la mesa es de mayor tamaño, “en superficie de juego es casi un 45% más grande que un metegol común”; tiene los portavasos que imaginaron al comienzo; lleva pasto sintético con diseño personalizado —”si te gustas el patrón de pasto circular de una cancha de fútbol, lo hacemos; si lo querés cuadriculado, lo hacemos; si lo querés rectangular porque la cancha de Boca lo tiene así, lo hacemos”—; los jugadores son impresos en 3D y son “hiperrealistas”, pueden tener la cara de cualquier persona y la camiseta predilecta; la pelota, que también se puede elegir, es de ecocuero, idéntica a las reales, en miniatura; los arcos tienen redes; y la mesa puede pararse contra una pared, lo que facilita el espacio de almacenamiento, uno de los factores por los que, dice Juan Martín, nunca había tenido un metegol en su casa —“¿Por qué no se puede parar como una mesa de ping-pong? Y si se para, ¿por qué no lo hacemos hermoso para que en vez de que esté guardado en un placard se pueda exhibir?”, se preguntaron.

Esas fueron las premisas que los guiaron al metegol que ofrecen hoy. Pero, sin dudas, la mayor innovación que introdujeron, por la que se convirtieron en los primeros en modificar la esencia, el concepto del metegol desde que fue creado y alteraron la dinámica del juego, fue lograr que los caños se movieron hacia otras direcciones y no solo hacia adelante y hacia atrás.

—Si bien se había intentado antes —aclara Juan Martín— se había hecho de formas no orgánicas, o sea, se habían movido los caños pero se chocaban entre sí, hubo pruebas que no tuvieron el mismo resultado. La patente es válida por eso, porque llegás a un resultado totalmente distinto, de otra manera. Los caños no solamente se mueven para atrás y para adelante, sino que se crean diagonales de tiro. Por ende, si estás presionado y no tenés margen de tirar, porque estarías rebotando contra el jugador de adelante, podés hacer una diagonal y vas triangulando la jugada.

Además de dinamismo, el juego se vuelve más desafiante.

—Como buen profesional del marketing, dije: “Empecemos a venderlo como ‘Metegol 2.0’ para que la dinámica de la palabra ya te lleve a saber que tiene mejoras”. Brian se va a reír porque hay una frase que la uso hasta el hartazgo que la adopté como metáfora. Yo digo que este metegol es como la bicicleta sin rueditas. Vos usás la que tiene rueditas, cuando se las sacás te vas a caer, no te va a gustar, pero cuando empezás a agarrar velocidad, confianza, a hacer willy, cambia la dinámica. Nuestro metegol es como una bicicleta sin rueditas, en este punto. La bicicleta con rueditas tiene la zona de confort, cuando llega el nuestro las personas van a pensar que es un poco más difícil, pero te estoy abriendo el abanico de oportunidades, también. El otro es un arcade donde vos capaz hacés un molinete y la pelota, sepas o no sepas jugar, entra en el arco. Este requiere una nueva adecuación al juego. Pero si le encontrás el gusto podés explayarte mejor, porque capaz sos muy bueno atacando pero nunca supiste defender y acá podés hacer las dos cosas, podés cambiar la dirección y presionar.

Las pelotas son de ecocuero y replican los diseños de las que se usan en las canchas

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“¿Cómo puede ser que habiendo hecho esto seguimos insistiendo en esta idea”, dice Brian que se preguntaron al mirar dos años atrás y ver los primeros prototipos.

—Era un poco el hambre y las ganas de hacer algo distinto, algo nuevo, lo que nos mantuvo con esta persistencia, con esa perseverancia —se responde ahora.

Ahora: que son una empresa con nombre propio: Capocannoniere (“Máximo goleador”, en italiano). Ahora, que tienen una cuenta de Instagram —@capocannoniere.club— que abre con la foto de Ángel Di María parado al lado de su Metegol 2.0, también parado, que lo supera en altura. Ahora, que tienen una página web aesthetic que muestra su producto estrella y todas las opciones que ofrecen. De aquellos prototipos con decoupage a esto, hubo un trayecto sinuoso y desafiante que atravesaron con el apuntalaminento solidario de muchas personas que allanaron el recorrido.

En el banco en el que se conocieron, Brian y Juan Martín trabajaban en áreas dedicadas a atender a empresas, eso los fue conectando con personas a quienes recurrieron para consultas puntuales o que, al conocer su proyecto, se entusiasmaban y los asesoraban desinteresadamente.

—”Che, mira, tengo que hacer esta pieza, ¿cómo recomendás hacerla”. Y así es que fuimos indagando, aprendiendo, tocando puertas. Y la realidad es que nos encontramos con algo que por ahí no se ve en el ámbito del sistema financiero, donde todo es muy estructurado, muy burocrático, nos encontramos con que hay un gen emprendedor en Argentina y una ganas de ayudar bárbaras, porque nos cruzamos con personas que por ahí ya había hecho el mismo camino que nosotros y nos fueron aconsejando sin ningún tipo de pretensión, simplemente con el deseo de que nos fuera bien y de acompañar y ayudar de esa manera —agradece Brian—. Así fuimos pisando despacito pero con firmeza en cada uno de los ámbitos que nos tocaba explorar: desde cómo pintar una chapa, cómo cortar la madera. Y nos equivocarnos un montón de veces.

El metegol que diseñaron para Ángel Di María lleva grabados los nombres de los campeones del mundo de 2022 y el suyo pintado en dorado

Hoy cuentan con una granja de impresoras 3D donde hacen decenas de pruebas al mismo tiempo, con un diseñador empleado por ellos y con producción propia.

—Las piezas son impresas en 3D con un armazón de metal, para mantener la estética pero no perder la rigidez que requiere el juego, porque el metegol tiene mucha fuerza cinética donde la persona puede romperlo tranquilamente —explica Juan Martín—. Todas las piezas de metegol normalmente son de inyección de plástico o de metal. Nosotros usamos un material muy parecido al que usan los autos en la carrocería, en la parte de defensas, y en el centro una barra de metal. Trabajamos con matricería de corte en láser [N. de la R.: la rama industrial que se dedica al diseño y fabricación de moldes para la producción en serie de piezas] y lo que es el metegol en sí con un router CNC, que es un taladro que va haciendo de forma automática los agujeros, los rebajes. Con eso suplimos todo y mantenemos una estética premium. Después hacemos la parte del ensamblaje, que es artesanal porque tiene mucho detalle estético.

El Metegol 2.0 se ve imponente. Estético e imponente. Mide 1,70 por 1 metro, y el campo de juego es de 1,40 por 96 centímetros. “Un metegol estándar mide en su totalidad lo que es la cancha nada más”, aclara Juan Martín. La medida corresponde al tamaño de la mesa que él tenía en el comedor al momento de fabricar el prototipo: “Si tuviera una mesa más larga capaz el metegol era más largo, no tiene una explicación matemática”. Aunque sí tiene una funcional: para que los caños se muevan en diagonal y los jugadores no se choquen entre sí se necesita más espacio.

Para obtener ese resultado debieron cambiar piezas que se rompían, volverse expertos en planos, en diseño 3D. Y uno de ellos debió brindarle al proyecto dedicación completa: a fines de 2024, Juan Martín apostó a su idea y renunció al banco.

—Enero de 2025, a pleno con el proyecto. El corte se da básicamente porque teníamos que acelerar. Ya teníamos el pago de la patente, teníamos el desarrollo. Yo tenía la oportunidad de avanzar en el banco o irme y dije: “Esta es la ventana, porque si no capaz termino en malos términos y no tiene ningún sentido”. Inevitablemente, como cualquier proyecto, requiere que una de las dos partes esté 100% abocada porque sino es muy difícil que avance cuando estás haciendo algo desde cero. Y por mis condiciones, como yo no tengo hijos, no tengo una familia que sostener, y Brian sí, pude avanzar en la idea, irme y dedicarme por completo. No es que estábamos comprando algo, reubicándolo y cambiando la marca. Estábamos reinventando un juego que requería patente, diseño, un montón de contemplaciones por las que a veces decíamos por qué no nos quedamos en el de cartón. Pero cuando empezamos a evolucionar fue a pasos agigantados: a mediados del año pasado lo dimos a conocer. Después se dieron acciones como la de Ángel Di María y ahora ya estamos en otro nivel de proyección.

De izquierda a derecha: Brian Margenet, Ángel Di María, Juan Martín Uncal y Guillermo Azcurra, diseñador 3D de la empresa, el día que le entregaron el metegol al campeón del mundo

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“El emprendedor da paso ciego. No sabés cuando está el abismo o cuando hay un puente”, dice, con la voz de la experiencia, Juan Martín. Sorpresivamente el puente iba a aparecer en su propia casa. Todavía no había renunciado al banco cuando debió ponerla en alquiler y comenzaron a llegar personas a verla. Los interesados no podían evitar acercarse con admiración a esa gran artesanía futbolera, el prototipo de cartón que tenía instalado.

—La gente que iba a ver la casa se quedaba enamorada del metegol de cartón. Entonces, nosotros decíamos: “Si ven el metegol de cartón y les gusta, cuando hagamos el de madera les va a encantar” —recuerda Brian.

Un día era su hermana quien mostraba la casa. De repente lo llama.

—“Venite ya mismo”. “¿Qué pasó? ¿Qué se rompió?”, dije. “No, no, venite que está el cuñado de Ángel Di María y me está preguntando qué es esto”. Fue un año antes que yo me fuera del banco y no es que le dijimos: “Seguimos en contacto” o “Cuando lo terminemos te lo llevamos”. Lo vio, pero ni siquiera era el producto final; lo que vio en ese momento era un desperdicio de cartón comparado a lo que le llevamos. Nos pusimos a charlar, quedó ahí. Pero las cosas de la vida te vuelven a juntar.

El segundo puente hacia el mismo sitio lo tendió nuevamente su hermana o, más bien, su sobrina: se había confirmado que Di María llegaba a Rosario y se rumoreaba que habían pedido banco, al menos para una de las hijas, en el mismo colegio al que iba ella. Terminaron sentándose al lado.

En esos intercambios de mami de cole a mami- compañera-de-campeón-del-mundo -de cole, la hermana de Juan Martín le mostró el Metegol 2.0 a Jorgelina Cardoso y los puso en contacto.

—Traéselo, le va a encantar —le dijo, tiempo después de ver las fotos.

El día que ella les abrió la puerta de su casa para que le entregaran el metegol a Di María, no se lo olvidan más.

—Era algo que había imaginado tantas veces que, si bien lo disfruté, era como que lo tenía incorporado al momento: tenía que pasar —dice Juan Martín—. [Vivirlo así] es lindo y feo a la vez, porque lo tomás como que vas cumpliendo metas en vez de verlo como una hazaña. Y es una hazaña para nosotros. Además, a partir de eso el proyecto tomó una incalculable magnitud: hoy en día tenemos contacto con clubes de fútbol, con otros jugadores, solamente porque lo vieron por Di María. Lo suyo no tiene nombre: es un campeón del mundo, un tipo que ganó todo lo que se te puede ocurrir en el fútbol y es increíble. Nosotros entrando con un placard, porque estaba embalado. Cuando lo desembalamos la reacción fue totalmente distinta, estaba enamorado, incluso nos ha llamado para decir: “Che, quiero que lo vengan a probar más jugadores del plantel de Central”. Va contra todos los estereotipos: una persona hiperconsagrada de una humildad pura.

—En mi caso fue muy parecido a lo que dijo Tincho —suma Brian—. Obviamente que uno entra con nervios, ahora, le estrechaste la mano y empezaste a hablar y te bajó al pibe de barrio, del club El Torito, inmediatamente. Le preguntamos si había jugado al metegol de chico y nos contó: “Yo lo tenía enfrente de casa, había un kiosquito…”; y un poco lo que él había vivido era lo mismo que habíamos vivido nosotros. Uno lo pone arriba por los logros deportivos que tuvo, pero no deja de ser el pibe de barrio, de acá, de Rosario. Yo soy hincha de Newell’s y me saco el sombrero por Di María, pese a ser del rival. Es algo muy difícil de explicar. Son muy pocas las personas que generan esas cosas.

Eso sucedió a comienzos de este año y las repercusiones fueron inmediatas: ellos subieron foto, video, el campeón del mundo lo reposteó “y eso fue un boom de validación automática”, sentencia Juan Martín.

Sus redes empezaron a sumar seguidores, los llamaron de programas de tv, de empresas de coworking para saber si podían ponerlo en sus oficinas, se lo pidieron para jugar en vivo con futbolistas invitados, incluso están en tratativas con clubes y más jugadores estrella que lo quieren probar.

El producto final: lo que inició en cartón y papel es hoy el Metegol 2.0 de Juan Martín y Brian

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El trabajo no está terminado. Recién empieza.

Juan Martín y Brian todavía exploran muchas ideas para seguir optimizando el juego y atraer a las nuevas generaciones: sumar inteligencia artificial, sonido, una app para armar torneos, que las personas comiencen a adquirir los jugadores como piezas de colección, que los compren aunque no tengan la mesa —son extraíbles y pueden colocarse en cualquier mesa para que siempre se pueda jugar con el equipo de preferencia—, ofrecer palas de diferentes materiales para que el golpe sea más potente y compleljizar el partido, y más.

Bajo el cielo en el que se creó la bandera, una bandera que vibra ante una pelota, los dos amigos continúan trabajando en el juego que revolucionaron. Convencidos de que la meta sigue siendo sacar al fútbol de caja de la caja: romper el molde. Convencidos, también, de que alguien puede ganarse la vida en camisa y corbata, pero cuando el fútbol se impone ya no hay vuelta atrás.

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