
Alguien los definió, con acierto, como hermanos de la vida. Porque esos jóvenes de 1982 que estaban cumpliendo con el servicio militar, que se confunden en abrazos interminables, que posan hombro contra hombro frente a la lente de los celulares, no solo hace rato que son padres, sino que además tienen nietos con edad de entender por qué el abuelo fue a la guerra y valorar ese gesto que a esos hombres les cambió la vida para siempre.
Fue el sábado pasado en la plazoleta ubicada justo en una rotonda frente a la unidad, en la ciudad bonaerense de Mercedes, que para los veteranos del Regimiento 6 tiene un profundo valor simbólico: lleva el nombre del regimiento, hay un monumento a Malvinas rodeado de once mástiles que homenajean a cada uno de los caídos de esa unidad; en el medio una imagen de la Virgen de la Merced, el viejo mástil que estuvo en el cuartel entre 1915 y 1981, una plancha de acero con los nombres de todos los efectivos de ese destacamento que combatieron en las islas y además se exhibe la placa de granito negro de ‘Soldado argentino solo conocido por Dios’, que marcaba la tumba del soldado Balvidares en el cementerio de Darwin, cuyos restos fueron reconocidos en 2018.

Y en esa plazoleta que lucía muy distinta cuatro décadas atrás, allí se agolparon también las familias y amigos que vieron partir a los soldados a la guerra.
Desde mediados de los 90, veteranos de esa unidad —tanto soldados, como suboficiales y oficiales— se reúnen para evocar esa fecha. El líder y el referente es el general Jorge Halperín, al que los excombatientes tratan como una suerte de segundo padre que tuvieron en la guerra. En 1982 era teniente coronel, jefe del regimiento, se retiró en 1997 y en octubre cumplirá 89 años.

Hubo entregas de pequeños mástiles con banderas para los familiares de los caídos y además, como ocurre todos los años, se otorga una estatuilla a veteranos del 6 —en tandas anuales— y a aquellas instituciones o individuos que a su manera contribuyen a difundir la temática Malvinas.
Todo es a pulmón, y cuando las donaciones o colaboraciones de instituciones oficiales o de particulares no alcanzan, el dinero sale del bolsillo de los propios veteranos. Al finalizar el acto formal, previo pago de un modestísimo cubierto, se ofrece locro, bebidas y pastelitos. Todos los comensales participaron de sorteos de mates, cuchillos, boinas y otros objetos alusivos, todo adquirido durante el año con el esfuerzo económico de los propios organizadores.

En el ambiente flotaba el imborrable recuerdo de los caídos, no solo los del regimiento 6 sino también de los del Escuadrón Alacrán, unidad comando de Gendarmería, arma que actualmente ocupa el cuartel. Por eso, siempre hay una mención especial hacia ellos.
Antes del almuerzo hubo un desfile de los veteranos dentro de la unidad: lo hacen como una suerte de reivindicación, ya que cuando en 1982 regresaron al continente los obligaron a hacerlo a escondidas, a espaldas de sus seres queridos y de la gente. Ahora lo hacen con orgullo, ante la mirada de las autoridades y de los familiares.

Luego fue el turno de la foto grupal, esa que nadie se quiere perder, en la que el primero en ubicarse bien en el medio es el general Halperín, que se nota que es de los hombres que no exterioriza demasiado, pero se percibía que estaba feliz de estar entre sus soldados.
Ese lunes 12 de abril de 1982 fue un día particularmente soleado. Los soldados lo recuerdan perfectamente porque los rayos del sol se reflejaban en el escapulario de la Virgen de Luján y del Sagrado Corazón que les repartieron y se colocaron al costado del casco.

Estaban todos reunidos en la plaza de Armas del regimiento donde les otorgaron el equipo y las carpas. Sabían que estaban por ser movilizados al sur. Muchos de ellos habían sido dados de baja y en los primeros días de abril fueron nuevamente convocados. Como sus superiores no les brindaban precisiones, les preocupaba quedarse en el continente y no cruzar a las islas.
Se explicó que durante 44 días el Regimiento 6 estuvo a merced de los ataques enemigos por tierra, mar y aire y que sus soldados combatieron, por un lado, en una posición situada al sudeste de Puerto Argentino y otros lo hicieron en Dos Hermanas, Tumbledown y Supper Hill.

Los caídos
“El sacrificio fue enorme”, se sostuvo durante el acto en el que se recordó que nuestro país tuvo 649 caídos y más de 1600 heridos. En cuanto a los muertos del 6, en las primeras horas del 14 de junio, el último día de la guerra, fue cuando tuvieron la mayoría de las bajas. Ellos son los soldados Héctor Guanes, primer fallecido del regimiento; Jorge Luis Bordón, que murió a las 7 de la mañana del 14 en Tumbledown, luchando contra la Guardia Escocesa; Sergio Omar Azcarate, quien murió producto de un bombardeo, cuando se replegaba del Monte Williams; Ricardo Luna, que cayó en el combate de Tumbledown; Walter Ignacio Becerra, que también murió en Tumbledown; Juan Domingo Horisberger, quien falleció en la mañana del 14; Juan Domingo Rodríguez, quien fue abatido por una ráfaga de ametralladora; Horacio José Echave, que cayó junto a Balvidares producto de la artillería inglesa. El sargento ayudante Eusebio Antonio Aguilar es el único riojano fallecido y enterrado en Malvinas y junto al sargento ayudante Edgar Ochoa, de especialidad cocinero, fallecieron a causa del mismo proyectil.

Los caídos de Gendarmería, todos del Escuadrón Alacrán, fueron el primer alférez Ricardo J. Sánchez; el subalférez Guillermo Nasif; el sargento ayudante Ramón G. Acosta; los cabos primero Marciano Verón y Víctor S. Guerrero; el cabo Carlos M. Pereyra y el gendarme Juan Carlos Treppo.

El cierre del acto estuvo a cargo del general Halperín, que se acercó al estrado con un paso tranquilo y seguro, sabiendo lo que iba a decir. Su audiencia esperaba escuchar lo que evoca todos los años en esas reuniones, que comenzaron a ser una efeméride obligatoria desde que se retiró hace 29 años. El viejo general recordó que el 20 de junio de 1981 le había tomado el juramento a la bandera a sus soldados en la plaza de Chivilcoy y aquel día, como ocurrió más de cuarenta años atrás, volvió a repetir ese juramento, al que invitó a sumarse a todo el público. La tradicional fórmula fue respondida al unísono por esos padres y abuelos que, no importan los 44 años transcurridos, siguen siendo sus soldados.

