
Y el comandante “mandó a parar”: parar la luz, parar la salud, parar la alimentación, parar la recolección de basuras… parar todo. Lo único que el comandante no paró fue la implosión económica y social de la isla, que hoy pone a Cuba en un índice de pobreza aún mayor que el de Haití; es más, incluso quienes reciben remesas, lo único de lo que viven hoy los cubanos, no tienen nada que comprar, pues el comandante paró absolutamente todo hasta las importaciones, pues allá no producen nada.
Finalmente, la narrativa del paraíso cubano, que tanto daño le hizo a Latinoamérica y que tantos muertos causó en nuestra región, se derrumbó. La realidad y la contundencia de los hechos, sumados a la viralidad de la información que muestra todos los días el desastre económico y social de la isla, puso fin a décadas de mentiras y de manipulación de la opinión pública, con muchos periodistas comprados o alquilados, que crearon ese mito del que se nutrió tanto la izquierda legal como la ilegal y violenta.
Fue el bloqueo de Estados Unidos, gritan a cuatro vientos los defensores a ultranza, que no quieren ver la realidad del desastre del régimen cubano. Se les olvida, o más bien no se quieren dar por enterados, que con Europa y con el resto del mundo el régimen cubano tiene relaciones políticas y económicas normales.

El fracaso de Cuba es el fracaso de un sistema que en 67 años no produjo nada, solo pobreza, y que siempre vivió de los demás. Hasta la caída del muro de Berlin y la disolución de la Unión Soviética, en 1990, vivieron de lo que ese país les daba. Luego de unos años de penuria económica, lo que llamaron “el período especial”, se les apareció la virgen de nuevo con Hugo Chávez, que les regaló petróleo a borbotones, lo que les permitió seguir viviendo a costa de los otros.
La destrucción de la economía venezolana y de su industria petrolera, comenzó a disminuir los recursos que le regalaban a la isla. En los últimos años, México comenzó a suplir a Cuba de petróleo; en estas casi siete décadas, el régimen cubano no construyó nada y vivió como un mendigo de los regalos de los demás.
La migración masiva de jóvenes, que entre el 2022 y el 2024 fue de 1 millón de cubanos, dejó a ese país con una crisis brutal de mano de obra que, de todas maneras, no tenía en qué y en dónde emplearse. Por eso finalmente se fueron.

Ahora que se quedaron sin el petróleo mexicano, la implosión se aceleró y 67 años de caos económico, corrupción y cleptocracia alrededor de los Castro quedaron al descubierto. Hoy no hay ni luz en la isla y la crisis económica y social es aún mayor que la de Venezuela en su peor momento. El paraíso socialista hoy es un infierno sin salida… hasta que Donald Trump y Marco Rubio les tiendan la mano.
Ya comenzaron las negociaciones y, por ahora, lo que se sabe, según dicen funcionarios del gobierno americano, es que lo que propone la dictadura cubana no es suficiente para cambiar la actual política estadounidense hacia ese país. Claro, los Díaz-Canel y los Castro quieren ganar tiempo, como Delsy en Venezuela, pero con Trump la cosa es otro precio.
Ya pidieron claramente la cabeza de la marioneta que está al frente de la dictadura, y que la verdad no representa a nadie. El problema, es que los Estados Unidos no tienen en Cuba una Delsy, que les maneje una transición, como si la tienen en Venezuela; con un agravante, no tienen partidos de oposición, porque quienes se han opuesto a la dictadura o están en la cárcel o están en el exilio.

Hace apenas 12 años Estados Unidos le tendió la mano a los Castro y a Cuba y no se dieron cuenta de que esa iba a ser la última oportunidad para sobrevivir en el poder. Hoy, le queda claro al mundo, a Estados Unidos y a los cubanos que el futuro de una Cuba libre es sin los Castro y sin la cleptocracia con la que se robaron durante décadas la riqueza y los recursos de la isla, e incluso los de la Unión Soviética, Venezuela y México. Los Castro y su entorno son los responsables de esta crisis.
Apenas está comenzando este nuevo proceso de liberación de una isla que estuvo bajo el yugo de una dictadura brutal durante 67 años. Lo que sucede en Venezuela, donde también vemos el final de una dictadura que duró 27 años, nos muestra el camino de lo que va a ser posible en ambos países. Nunca nos imaginamos ver a una Cuba libre y democrática. Tampoco pensé que veríamos a una Venezuela en estas mismas condiciones de libertad.
Esto se da, en primera instancia, por la corrupción, el desgobierno y el desastre que dejaron los Castro en Cuba; el mismo que dejaron Chávez, Maduro y su entorno mafioso en Venezuela. En segunda distancia, y quizás más importante, este sueño de libertad es posible, porque Donald Trump decidió romper con la tradición americana de aceptar dictaduras y decidió enfrentarlas.

Recuerdo cuando en nuestro gobierno, el presidente Álvaro Uribe hablaba de los peligros y riesgos del “castro chavismo”. Todo el mundo le decía que estaba loco, y hasta se burlaban de él. El tiempo le dio la razón, y ese par de países se convirtieron en un cáncer para la región. Cuba y Venezuela fueron el epicentro de la desestabilización democrática del continente. La injerencia de estos dos países a lo largo y ancho de América Latina durante décadas, hoy les pasa la cuenta de cobro, pues hablar de intervención o injerencia por parte de Estados Unidos, luego de lo que ellos han hecho durante muchos años, no deja de ser una absoluta hipocresía.
América Latina, sin las dictaduras cubana y venezolana, y ojalá también la nicaragüense, es una región que va a prosperar y, sobretodo, que va a profundizar su vocación democrática. Por eso, lo que pasó en Venezuela y lo que está por pasar en Cuba es una buena noticia para todos los que creemos en la libertad y la democracia.
Sí, el comandante mandó a parar. El comandante Trump mandó a parar esas dictaduras tenebrosas. La región y el mundo se lo van a agradecer para siempre. Les guste o no.

