
Noelia Petti no encaja en el molde clásico del alto rendimiento. No fue una promesa precoz ni una figura moldeada desde la infancia en la lógica del podio. Su recorrido se construyó desde otro lugar: el de quien llega más tarde, pero decide quedarse.
Nació el 9 de noviembre de 1974 en Lomas de Zamora, en la provincia de Buenos Aires, y encontró en el agua un territorio donde desarrollar una carrera que, con los años, la convertiría en una de las referentes argentinas de la natación en aguas abiertas y en pileta.
Su trayectoria combina constancia, resultados y una manera propia de entender la competencia. Entre sus hitos más relevantes se encuentran el cruce a nado del Río de la Plata en 2014, múltiples participaciones en competencias nacionales de larga distancia y su inserción en el circuito internacional, con un tercer puesto en una prueba de 15 kilómetros en Lac-Mégantic, Canadá, dentro del calendario de la Federación Internacional de Natación (FINA).

También cuenta con una extensa participación en pruebas de aguas abiertas en Argentina y en el exterior, afianzando un perfil de nadadora de resistencia más asociada al recorrido que a la velocidad.
Actualmente radicada en Adrogué, Petti combina su rol de deportista con el de entrenadora y formadora, acompañando a nadadores que participan en competencias de larga distancia como Santa Fe-Coronda o la Capri-Nápoles. Su vínculo con el deporte trasciende la competencia y se expresa también a través de la transmisión de experiencia y la construcción de una comunidad en torno al agua.
El encuentro tiene lugar días después de su participación en el Desafío de la Ribera en San Nicolás de los Arroyos, una prueba de ocho kilómetros que tuvo su primera edición y reunió a nadadores de distintos niveles. Petti finalizó en el octavo lugar de la clasificación general, en una competencia que ganó Gonzalo Guidi y que tuvo como primera mujer en llegar a la meta a Mai Azul Roldán.

Más allá del resultado, la carrera funcionó como punto de partida para una reflexión más amplia: cómo se transita el deporte cuando el cuerpo cambia, cuando la competencia ya no se mide en los mismos términos y cuando la exigencia se vuelve más interna que nunca.
En ese clima, la entrevista abarca no solo su presente, sino también los momentos decisivos de su carrera: el inicio tardío, el salto al plano internacional, los costos del alto rendimiento y la necesidad de redefinir objetivos con el paso del tiempo. La conversación revela a una deportista que sigue compitiendo y también se observa a sí misma en ese proceso.
El deporte como medida personal
—¿Qué lugar debería ocupar el deporte en personas que atraviesan los 50 años?
—Es algo que me repito muchas veces a mí misma. Cuando uno hizo alto rendimiento durante tantos años, después cuesta correrse de esa lógica. Es difícil dejar de sentir que cada vez que uno compite está rindiendo examen. Pero hay algo que trato de sostener: cumplir conmigo misma. Cada persona que llega a una línea de largada hizo un esfuerzo para estar ahí. No importa el nivel.
Todos, en mayor o menor medida, rompieron un límite, vencieron un miedo o dejaron algo de lado. Entonces, lo importante es salir de la carrera con la sensación de haber estado a la altura de ese esfuerzo.

—¿Ese enfoque se puede trasladar a cualquier persona que compite, más allá del nivel?
—Sí, completamente. A veces se piensa que esto es solo para el alto rendimiento, pero no. Incluso en competencias como la de San Nicolás, donde hay muchos nadadores amateurs, aparece algo muy fuerte que es el prejuicio. El miedo a lo que van a decir los demás. “¿Qué pasa si llego última”, “¿qué van a pensar si soy lenta”. Es algo que escucho mucho. Y es una barrera importante.
—¿Vos también atravesaste ese proceso?
—Sí. Yo empecé grande y desde muy abajo. Cuando me empezó a ir bien a nivel nacional, tuve que tomar una decisión. Podía quedarme ahí, siendo competitiva en ese ámbito, o dar un paso más y salir a competir internacionalmente, sabiendo que iba a estar entre las últimas. Y elegí eso. Al principio perdía, salía última, pero menos mal que me animé a perder. Si no, no hubiera hecho todo el recorrido que hice después.
Empezar tarde, insistir igual
—Vayamos a ese momento de tu carrera: cuando decidiste dar el salto al plano internacional más allá de haber empezado “de grande”. ¿Cómo viviste ese punto de inflexión?
—Empecé grande para lo que es un deportista. Hoy lo pienso y era joven, pero dentro de la lógica del alto rendimiento, iniciar a los 28 años es ir a contramano de todo. No solo por una cuestión física, sino por el contexto: entrenadores, gente del ambiente, incluso discursos instalados que te marcan un límite antes de empezar. Escuché muchas veces que era tarde, que los deportes de resistencia llevan años de formación, que no iba a llegar a tener un buen nivel. Todo eso estaba presente.

Lo más difícil fue convivir con esos prejuicios sin dejar que definieran mi camino. No voy a decir que no me afectaban, porque sería negar una parte del proceso. Pero había una convicción más fuerte: sabía que eso era lo que quería hacer. Y cuando uno tiene esa claridad, empieza a ordenar todo lo demás en función de ese objetivo.
Dar el salto al plano internacional fue una decisión consciente. Yo sabía que no iba a competir para ganar, que probablemente iba a estar en el fondo del pelotón, que incluso podía salir última. Pero también entendía que ese era el único camino posible si quería crecer.
—¿Qué implicaba esa decisión en términos de vida cotidiana
—Y ese costo fue alto. Muy alto. No solo en términos deportivos, sino en la vida cotidiana. Las horas de entrenamiento, la exigencia física, la disciplina, pero también todo lo que quedaba afuera: lo social, los tiempos de ocio, incluso momentos familiares. El alto rendimiento no es solo lo que se ve en la competencia; es todo lo que se resigna para poder estar ahí.
Había algo muy claro en esa etapa: estaba dispuesta a pagar ese costo. Porque más allá del resultado, lo que estaba en juego era la posibilidad de intentarlo en serio. De no quedarme con la duda. Y en ese aspecto, aceptar que al principio iba a perder fue parte del aprendizaje. Entender que estar entre los mejores no siempre implica ganarle a los demás, sino animarse a medirse en ese nivel, aunque eso signifique empezar desde atrás.
El salto internacional
—¿Qué encontraste cuando empezaste a competir a nivel internacional?
—Al principio fue duro, pero con el tiempo empecé a sentirme parte de ese nivel. Nunca gané una carrera internacional, pero logré un tercer puesto en Canadá, en una prueba de 15 kilómetros en Lac-Mégantic, que para mí fue como ganar. Porque venía de empezar tarde, de haber sido última muchas veces, y de repente estar en un podio.

—¿Cómo se resignifica el resultado en ese contexto?
—Depende de la historia de cada uno. Para mí ese tercer puesto fue un logro enorme. Después vino todo lo demás: experiencia, aprendizaje, crecimiento personal. El deporte me dio mucho más que resultados. Me dio herramientas para la vida.
Competir con el paso del tiempo
—¿Cómo viviste la carrera reciente en San Nicolás?
—Estoy en una etapa en la que me cuesta aceptar que ya no gano las generales. Es algo que estoy trabajando. En esta carrera me ganó una chica de 23 años, y es lógico. Es la ley natural. Pero igual cuesta. Porque la cabeza sigue siendo competitiva, pero el cuerpo no responde igual.
—¿Cómo se atraviesa esa transición?
—Es un proceso. Trato de aceptarlo sin que afecte mi disfrute. Porque sigo teniendo un buen nivel para mi edad, pero ya no es el mismo que antes. Y eso hay que asumirlo. A veces cuesta reconocerse en ese lugar.
—¿Sentís que este momento puede ser un momento bisagra en tu carrera
—Sí, puede ser. Y no lo digo solo por mí: conozco muchos deportistas que en esta etapa directamente abandonan, porque no toleran esa sensación de ya no estar en el mismo lugar que antes. No es fácil. En mi caso, hace muchos años que trabajo esto desde lo personal, incluso a través del psicoanálisis. Intento reubicar a la natación en el lugar que hoy tiene en mi vida. Entender que una carrera no me define, que salir segunda o tercera no borra todo lo anterior. Pero eso no significa que sea un proceso lineal o resuelto.

También aparece la necesidad de encontrar referencias, de mirar trayectorias que hayan pasado por lo mismo. Y ahí hay algo: en mujeres no encuentro tantos espejos en esta etapa. No porque no existan, sino porque no me siento identificada; la mayoría son más jóvenes o tomaron otros caminos. Entonces, en parte, es un recorrido bastante propio.
—¿Encontraste referentes en otros casos?
—Sí, por ejemplo, miro mucho el caso de Claudio Pitt. Es un nadador marplatense con una trayectoria enorme, muy respetado en el circuito internacional. Tiene cerca de 70 años y sigue participando en carreras. Obviamente ya no gana, pero su presencia tiene otro peso: lo invitan, lo reconocen, lo escuchan. Y a mí me pasa algo cuando lo veo. Lo admiro, me acerco, quiero hablar con él, aprender. Entonces me pregunto: ¿qué les pasará a los demás cuando me ven a mí en una carrera
Ahí empiezo a entender que, quizás, lo que yo siento como una pérdida de rendimiento, desde afuera no se vive igual. Para muchos, mi presencia sigue siendo valiosa. Me invitan, me reconocen por lo que hice, incluso sabiendo que no soy la misma competitivamente. Y ahí aparece algo interesante: tal vez la exigencia más fuerte no viene de afuera, sino de mí misma. Esa necesidad constante de demostrar quién soy, qué nivel tuve, cuánto puedo sostener de eso.
—Hay una diferencia entre la Noelia del rendimiento y la identidad deportiva.
—Exacto. No soy la misma en términos de resultados, pero sí en la esencia. Y aunque parezca una diferencia sutil, es enorme. El problema es que una parte de mí sigue midiéndose con la vara de antes. Y ahí aparecen tensiones.
—¿También influye la competencia con las nuevas generaciones?
—Sí, y mucho. Me pasa que los más jóvenes quieren ganarme. Y está bien, es lógico. Pero a veces escucho comentarios como “le gané a Noelia”, y la persona tiene 18 años. Por un lado, lo entiendo como un reconocimiento: soy alguien a vencer, y eso tiene un valor. Pero al mismo tiempo aparece otra lectura interna: a esa edad, yo estaba en otro momento físico, con otra capacidad. Es una comparación inevitable.

Y ahí vuelve la cuestión de la mentalidad competitiva. Yo sigo siendo competitiva. No me da lo mismo perder. Eso hay que decirlo. Esa incomodidad, esa tensión, es también lo que me mantiene activa, lo que me empuja a seguir entrenando, a querer mejorar o al menos sostenerme. No hay indiferencia en eso.
—¿Cómo convivís con esa contradicción?
—Entendiendo que es parte del proceso. No tengo muchas referencias claras dentro de mi propio ámbito, porque muchas nadadoras de mi generación tomaron otros rumbos. Entonces voy construyendo mi propio recorrido, con estas contradicciones incluidas. Hay días en los que pesa más la frustración, otros en los que aparece el disfrute. Pero todo forma parte de la misma etapa.
Más allá de la competencia: vida y proyectos
—¿Cómo era tu vida antes de la natación?
—Siempre estuvo ligada al deporte. Antes hice waterpolo y llegué a la selección. Y desde chica supe que iba a ser profesora de Educación Física. Nunca dudé. Soy una persona que cuando empieza algo lo lleva hasta el final.

—En 2014 realizaste el cruce del Río de la Plata. ¿Qué representó ese momento?
—Fue el cierre de una etapa. También estaba la decisión de ser madre. Sabía que no podía seguir postergándolo. Entonces hice ese cruce como un desafío final en ese ciclo. Al año siguiente nació mi hijo.
—¿Cómo es tu vida hoy?
—Vivo en Adrogué con mi familia. Mi esposo, Nacho, y mi hijo álvaro. Mi vida se reparte entre el entrenamiento, el trabajo y ellos. Sigo muy vinculada al deporte, también desde el rol de entrenadora.
—¿Tu hijo sigue el mismo camino?
—No. Sabe nadar, pero no le interesa. Le gusta el fútbol. Y está bien. Es otra de las cosas que hay que aceptar.
El agua como espacio común
—¿Qué le dirías a alguien que no se anima a nadar?
—Que el agua es un espacio muy inclusivo. No hace falta competir. Cualquier contacto con el agua suma. En una misma carrera conviven muchos objetivos distintos. Eso es lo valioso. Cada uno puede encontrar su lugar.
Noelia Petti evita hablar de retiro. Es una palabra que no la representa. Prefiere pensar su presente como una transformación. El término no es casual: implica continuidad, pero también cambio. En ese vaivén transcurre hoy su carrera, ya no desde la búsqueda exclusiva del resultado, sino desde una relación diferente con el deporte. Una relación en la que el tiempo deja de ser un límite y se convierte en una variable más dentro de un recorrido que todavía sigue en marcha.


