
Resulta notable observar el nivel de ignorancia que muestran ciertos funcionarios públicos, algunos sectores de los medios de comunicación y diversos analistas al evaluar la lógica detrás de la operación militar conjunta estadounidense-israelí contra Irán.
Para los estadounidenses, es natural percibir a Rusia y China como amenazas principales, dado que el pensamiento estratégico de Estados Unidos ha estado profundamente moldeado por la Guerra Fría. Sin embargo, esta perspectiva suele pasar por alto a otro adversario que opera mediante guerra asimétrica y que puede representar peligros comparables —o incluso mayores— que los planteados por China o Rusia: los movimientos islamistas radicales.
Los atentados del 11 de septiembre ocurrieron hace casi veinticinco años. El paso del tiempo, sin embargo, no significa que la amenaza haya desaparecido, como algunos comentaristas han sugerido.
Irán continúa avanzando en el enriquecimiento de uranio en su intento por desarrollar armas nucleares. Asimismo, fabrica misiles capaces de alcanzar a aliados de Estados Unidos en el Golfo Pérsico y en Europa, mientras el régimen sigue siendo uno de los principales patrocinadores del mundo de la guerra asimétrica.
El uso de Hezbollah por parte de Irán para llevar a cabo ataques contra militares estadounidenses en Beirut en 1983, así como los atentados contra la Embajada de Israel y la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en Buenos Aires a comienzos de la década de 1990, ayudaron a moldear e inspirar tácticas terroristas que posteriormente serían adoptadas por Al Qaeda.
De hecho, los atentados del 11 de septiembre contra Estados Unidos deben entenderse dentro de la evolución más amplia del terrorismo de víctimas masivas que surgió durante las décadas de 1980 y 1990. Ya sean suníes o chiíes, cuando el adversario es Estados Unidos, Occidente o Israel, estos rivales religiosos tradicionales no solo se han inspirado mutuamente, sino que en ocasiones incluso han cooperado.
Tras los ataques del 11 de septiembre, varios líderes fundadores de Al Qaeda huyeron a Irán, donde vivieron durante años antes de que algunos regresaran posteriormente a Pakistán para reincorporarse a la organización. Irán también ha desarrollado vínculos con Hamas y con la Yihad Islámica Palestina —ambos movimientos suníes— lo que permite a Teherán proyectarse como una potencia islamista más amplia y no exclusivamente chií. La división entre suníes y chiíes es real, pero el papel político del islam ha demostrado a menudo ser más importante que las diferencias sectarias.
En el pasado, el Sudán suní Islamista mantuvo estrechas relaciones con Teherán, mientras que en años recientes la Turquía suní del islamista Recep Erdogan y el Irán chií han ampliado su cooperación en varias áreas, a pesar de encontrarse en lados opuestos del conflicto sirio.

La república islámica también ha extendido su alcance a Europa. Operativos iraníes han utilizado presuntamente organizaciones criminales para llevar a cabo actividades terroristas y de vigilancia. Solo en el Reino Unido, las autoridades han identificado alrededor de veinte complots vinculados a Irán dirigidos contra ciudadanos y residentes británicos. Preocupaciones similares han surgido en Alemania y Francia, donde agentes iraníes utilizaron redes criminales para realizar labores de vigilancia sobre individuos y negocios judíos.
Irán también ha cultivado relaciones con varios gobiernos de izquierda radical en América Latina, incluidos Venezuela, Nicaragua, Cuba y Bolivia. A través de estas alianzas, Teherán parece buscar una presencia estratégica en el hemisferio occidental que podría fortalecer su capacidad de disuasión frente a Estados Unidos.
Este desarrollo genera preocupación debido a la proximidad geográfica de algunos de estos países con Estados Unidos. Informes indican la existencia de instalaciones en Venezuela dedicadas al ensamblaje de drones diseñados por Irán, como parte de una cooperación militar de larga data entre Caracas y Teherán. Según el ex vicepresidente de Colombia Francisco Santos, Irán ha proporcionado apoyo logístico y entrenamiento relacionado con misiles a personal venezolano, y también ha entrenado a grupos guerrilleros colombianos en el uso de drones.
El continuo desarrollo de las capacidades iraníes en materia de misiles y drones plantea la posibilidad de que estos sistemas puedan algún día desplegarse desde territorio latinoamericano, aumentando así los riesgos estratégicos potenciales para Estados Unidos.
Las actividades regionales de Irán se ven además reforzadas a través de Hezbollah, que ha construido amplias conexiones con redes criminales involucradas en narcotráfico, contrabando y lavado de dinero en toda América Latina.
El proyecto Cassandra de la Administración para el Control de Drogas de Estados Unidos (DEA) documentó extensos vínculos entre las redes financieras de Hezbollah y los carteles de la droga sudamericanos, mostrando cómo operativos vinculados al grupo facilitaron el tráfico de cocaína hacia Europa y Estados Unidos.
Los vínculos de Hezbollah con poderosas organizaciones criminales contribuyen aún más al caos y la anarquía en el hemisferio occidental. Asimismo, aumentan la posibilidad de que estos grupos criminales puedan ser utilizados, como ha ocurrido en Europa, para actuar contra objetivos estadounidenses u otros aliados en la región.
Dado este extenso historial, resulta difícil justificar la oposición a una acción militar contra Irán basándose en el argumento de que el régimen no constituye una amenaza inminente. Ese razonamiento corre el riesgo de dejar al mundo libre peligrosamente vulnerable.
El derecho internacional reconoce el derecho a la legítima defensa, aunque las guerras preventivas sigan siendo controvertidas. Sin embargo, la pregunta sigue siendo: ¿debemos esperar otra tragedia de la magnitud del 11 de septiembre antes de actuar para reaccionar?

