
“Desde que tengo memoria, mi padre estaba escribiendo su libro”, recuerda Dorothy Roberts en sus memorias, The Mixed Marriage Project. Robert Roberts, antropólogo en Roosevelt College, Chicago, dedicó cinco décadas al estudio del matrimonio interracial, pero murió en 2002 sin finalizar su proyecto, dejando 25 cajas con transcripciones de entrevistas y materiales de investigación.
La autora, profesora de sociología en la Universidad de Pensilvania, guardó las cajas durante varios años antes de dedicar un verano a examinar su contenido, con la esperanza de descubrir la razón detrás del bloqueo de escritor de su padre. En el proceso, descubrió más de lo que esperaba sobre los orígenes de su propia familia.
Siempre había supuesto que el interés de su padre blanco por las parejas interraciales surgió de su relación con su madre, una inmigrante jamaicana negra que fue su alumna. Sin embargo, los documentos revelaron que el proyecto de su padre comenzó décadas antes de su matrimonio, lo que generó inquietantes preguntas: ¿Su padre se casó por amor? ¿O ella —y, por extensión, sus tres hijas— formaban parte de su investigación?
“Las entrevistas no solo iluminaron la historia”, escribe Roberts; “me arrastraron de lleno a misterios que destrozaron la comprensión que tenía de mi familia”.

La autora ocupa una posición peculiar: es socióloga y analiza el intento de su padre antropólogo por influir en la opinión pública a favor de las parejas mixtas. Es la directora fundadora del Programa sobre Raza, Ciencia y Sociedad de la Universidad de Pensilvania, y ha escrito extensamente sobre la intersección de género, raza y clase. Su libro más conocido, Killing the Black Body (1998), examina los controles sistémicos sobre la libertad reproductiva de las mujeres negras.
En “The Mixed Marriage Project”, parece observar con escepticismo las palabras de su padre, tratando de descifrar la verdad detrás de ellas. Se incomoda al ver que usaba el término “negroide” para describir a niños birraciales, pero valora su énfasis en las semejanzas humanas en una época en la que muchos antropólogos defendían teorías de superioridad blanca.
Cuando Robert Roberts realizó su primera entrevista en 1937, la mayoría de los estados aún prohibía el matrimonio entre blancos y personas de color, y los científicos advertían que los hijos de esas uniones serían “humanos híbridos” defectuosos.

A menudo colaboraba con su esposa Iris, quien abandonó su doctorado en antropología tras el nacimiento de la autora. Encontrar parejas en el Chicago profundamente segregado no era sencillo; se enteraban de una pareja interracial y se presentaban en su puerta sin previo aviso. Muchas accedían a ser entrevistadas; Iris hablaba con la esposa en una habitación, mientras los maridos conversaban en otra. En total, casi 500 parejas participaron en el estudio.
Con el tiempo, los motivos para casarse cambiaron. En los años treinta, la mayoría decía que se casaba por amor. Para los sesenta, muchos consideraban su matrimonio un símbolo de la integración social.
Las transcripciones recogen numerosos relatos tristes de una época vergonzosa. La policía de Chicago organizaba redadas en clubes y hasta en casas particulares donde socializaban negros y blancos, para hacer cumplir la segregación hasta bien entrada la década de 1960. En una entrevista, una esposa blanca contó que fingía que su marido negro era su chofer para evitar miradas humillantes y ocultaba su matrimonio en el trabajo por miedo a perder su empleo. En otra, una mujer relató el terror de ser expulsada de su barrio por una turba cuando supieron que su hijo era birracial.
Incluso la propia familia Roberts enfrentó adversidades. Su padre esperó a que su madre muriera para casarse con Iris, por temor a su reacción, y luego fue desheredado por su hermano menor. En los viajes familiares, recuerda que su padre hacía el check-in en los hoteles mientras su esposa e hijas esperaban en el auto para evitar que un recepcionista racista los rechazara.

Leer sobre estas dificultades llevó a la autora a recordar sus propias experiencias en Indiana en los años setenta y ochenta, creciendo con un hermano negro. El racismo abierto incluyó insultos, negativas de servicio en restaurantes y agresiones físicas fuera de una piscina pública, donde otros niños acusaban a su hermano David de “contaminar” el agua. Pero peor que estos hechos aislados era el ostracismo cotidiano y la hostilidad permanente.
Enfrentar el constante desgaste que produce el racismo, sumado a las tensiones habituales del matrimonio, resultó insostenible para muchas de las parejas del estudio. “Sus uniones no lograron trascender ni destruir la línea de color, como mi padre esperaba”, escribe la autora.
A pesar de ello, su padre continuó las entrevistas hasta los años ochenta, sin cumplir plazos, sin editor y agotando sus propios años.
Roberts concluye que la razón por la que su padre nunca terminó el libro es más simple de lo que parece. “Creo que papá no quería terminar su proyecto sobre matrimonios mixtos, un proyecto que se volvió sinónimo de su vida y de la nuestra”.
Que su hija haya completado el trabajo, a su manera, es un verdadero legado.
Fuente: The New York Times

