Las cinco etapas del crecimiento neuronal y una duda: ¿hasta qué edad se extiende la adolescencia

Las cinco etapas del crecimiento neuronal y una duda: ¿hasta qué edad se extiende la adolescencia

Imágenes de resonancia magnética revelan que el cerebro humano sigue reorganizándose hasta pasados los 30 años (Imagen Ilustrativa Infobae)

Muchas veces se menciona como comentario, incluso crítico, que los jóvenes dejan la adolescencia cada vez más tarde, de hecho en diversa encuestas en la franja etaria de 30/35 años se encuentra la percepción de recién empezar a ser adulto en esa época.

Esto va en contra de parámetros clásicos en los cuales se es adulto a los 18 o 21 años y aún más si incluimos criterios relativos a la responsabilidad.

Quizás la pregunta no sea en tono crítico o imaginando una alteración del desarrollo sobre lo que les pasa a los jóvenes, sino qué cambió para que la adultez se perciba como una puerta que se abre más tarde.

Es muy habitual que ante una condición mental nos pregunten si se trata de algo que la persona trae familiarmente, o sea si es genético, o si se va instalando por factores externos, culturales, educativos económicos etc.

Esto es un debate o dilema que viene desde la antigüedad, pero que el polímata Sir Francis Galton, sin olvidar su perfil eugenista que quizás hace a la cuestión, le puso nombre “Naturaleza versus Crianza, en un libro que publicara en 1874 o quizás podemos decir más coloquialmente ¿Se nace o se hace?

En el caso de la madurez aparece el mismo dilema. Es decir, también en la madurez hay dos medidores de tiempo: uno es biológico, la naturaleza, lo que traemos, y el otro sin duda es lo que adquirimos.

Y es respecto a los aspectos biológicos de la maduración del sistema nervioso, que una investigación reciente ha llamado la atención a tal punto que fue citado en publicaciones en todo el mundo.

Los hallazgos de un nuevo estudio

Los científicos detectaron cambios topológicos en el “cableado” neuronal a los 9, 32, 66 y 83 años, marcando cinco épocas en el ciclo vital

El estudio publicado en la prestigiosa revista Nature, mostró los resultados del análisis de la conectividad cerebral estructural realizado con neuroimágenes, la resonancia por difusión (diffusion MRI) en miles de personas a lo largo del ciclo vital desde el nacimiento hasta la vejez (de 0 a 90 años), y encontró coincidencia en puntos de cambio en el desarrollo de la arquitectura de redes neuronales aproximadamente a los 9, 32, 66 y 83 años, con periodos intermedios de latencia.

La “Topología” en neurociencias, significa cómo está organizado el “mapa de conexiones” del cerebro visto como una red. En este caso no se habla de personalidad ni de madurez psicológica, sino se trata de datos que se conocen popularmente como cableado neuronal.

En los últimos años, esta técnica de neuroimágenes viene mostrando trayectorias no lineales del “cableado” cerebral a lo largo de toda la vida. La idea central es simple y contraria con los relatos clásicos: la reorganización de la conectividad estructural no se “cierra” en la adolescencia tal como es percibida habitualmente, sino que mantiene cambios detectables hasta fines de los 20 años y muestra un punto de inflexión en los primeros años posteriores a los 30 años.

Esto mismo es aplicable a las otras etapas del ciclo vital, dato que permite interesantes investigaciones, por ejemplo, en el terreno de la longevidad. Ese cambio de dirección en la organización de la conectividad neuronal implica una fase comparativamente más estable de creciente integración y eficiencia en ese circuito y ocurre en promedio según el estudio, a los 32 años.

La maduración neurobiológica y fin de la adolescencia

La resonancia por difusión permitió observar que la conectividad del cerebro humano experimenta reorganizaciones hasta la cuarta década de vida (Imagen Ilustrativa Infobae)

La publicación del trabajo en los diferentes medios del mundo y con una síntesis seguramente ligada a la lectura rápida llevó a conclusiones apresuradas: hoy la adolescencia es hasta los 32, pero el trabajo no concluye que “a los 32 se es adolescente”; significa que ciertos rasgos globales de la organización cerebral siguen una trayectoria que cambia de forma notable alrededor de esa edad.

La maduración neurobiológica no es un evento, sino un conjunto de procesos con cronologías diferentes según qué se mida, ya que hay estudios sobre los cambios en la sustancia gris cortical y otros sobre la sustancia blanca que evolucionaría de manera diferente.

Lo novedoso en este trabajo que instaló el número 32, es que no mira un solo tracto ni un solo parámetro, sino que combina múltiples métricas. En ese esquema, la fase 9–32 se caracteriza por un movimiento hacia mayor integración y eficiencia y a partir de aproximadamente los 32 se observa un giro hacia patrones de cableado neuronal en los que la sustancia blanca alcanza máximos o puntos de inflexión, y luego comienza lentamente otro régimen de cambio.

En un plano más coloquial más que si se madura más tarde o cambió la biología humana o el modo de medirla, es quizás más certero esto último, el cambio de técnica. Durante años se enseñó una narrativa simplificada (“cerebro maduro a los 18/21/25”) más basada en estudios exclusivamente ligados a lo social, o psicológico se usaban marcadores parciales y se confundía madurez legal con madurez neurobiológica.

El estudio identificó cinco momentos clave en la arquitectura neuronal a lo largo de la vida, con un punto de inflexión a los 32 (Imagen Ilustrativa Infobae)

Con herramientas actuales, vemos que hay procesos que se estabilizan temprano y otros que siguen ajustándose hasta la cuarta década. El número 32 o el que fuera, no es un sello de “inmadurez”; sino que nos recuerda que el sistema nervioso conserva plasticidad estructural y reorganización de conectividad más allá de la juventud típica.

Esta mirada apoyada en datos concretos y no especulaciones tiene varias implicancias. Primero, nos obliga a hablar con precisión: la conducta no se explica con un número, los circuitos de control, recompensa y regulación emocional se apoyan en un cableado que sigue refinándose por años, y esto implica incluso diferencias interpersonales.

Esta mirada más dinámica tiene implicancias de todo tipo, por ejemplo, nos ayuda a interpretar por qué ciertos perfiles de personalidades en busca de riesgo con impulsividad, consumo de sustancias, o dificultades de control inhibitorio, presentan ventanas temporales heterogéneas. Por último, nos permite reforzar con datos concretos una mirada evolutiva de los seres humanos y, por ejemplo, evita un error frecuente: patologizar el retraso en la adquisición de ciertas habilidades sociales con argumentos simplistas.

Las trayectorias de maduración del cerebro varían según el contexto cultural, económico y educativo de la población estudiada (Imagen Ilustrativa Infobae)

¿De qué se trata este hallazgo de los 32 años? No significa que antes de esa edad no exista responsabilidad ni que después aparezca de golpe la sabiduría, sino que es un dato que muestra que en el promedio poblacional, la arquitectura neuronal cambia de fase alrededor de esa edad.

Simplificando, el cerebro no se comporta como un edificio terminado a los 18 o a los 21 años, sino como un sistema que sigue refinando conectividad de alto nivel durante más tiempo del que suponía previamente y con variaciones que no nos deben hacer pensar necesariamente en patología sino invitarnos a una mirada más dinámica.

Por otro lado, y para no caer en simplificaciones, los autores del estudio citado son explícitos en que estas “épocas” dependen del contexto (por ejemplo los datos provienen de países occidentales) y que la transición a la adultez no puede definirse solo por biología, ya que porque intervienen factores culturales e históricos. Es decir, la neurobiología aporta datos y lo social (crianza/nurture), nos va dando los elementos que actúan sobre esa arquitectura neuronal.

El debate revela que el

Es así que diversos temas de índole social, económica, etc, se están corroborando en todo el mundo respecto a ese retraso en el acceso a la vida adulta independiente. En Argentina, un informe de Tejido Urbano, estimó que 38,3% de las personas de 25 a 35 años vivían con sus padres en 2025, con persistencia del fenómeno en la última década. En Estados Unidos, un análisis de Pew Research Center titulado “Los jóvenes están llegando a niveles de adultos más tarde”, muestra que “hitos” como independencia residencial, matrimonio e hijos se alcanzan más tarde que en cohortes de 1980.

Estos datos no demuestran que lo social sea más importante que lo estructural, sino que ayudan a entender por qué el debate muestra que “el reloj” social se movió y, al mismo tiempo, la neuroimagen refinó la capacidad de medir ritmos biológicos con más precisión. Es decir, el debate naturaleza vs crianza no es tal.

El riesgo final es usar estos hallazgos como etiqueta o coartada (“todavía no soy adulto”) o buscar implicancias médico legales. El enfoque clínico-científico sugiere lo contrario y abre interesantes líneas de abordaje a investigar. Si la conectividad tarda más en estabilizarse, la prevención, la educación y la salud mental deberían considerar mejor las transiciones (estudio-trabajo, autonomía, consumos, regulación emocional, etc.), y no infantilizar. La biología no quita responsabilidad; describe ventanas de vulnerabilidad y de plasticidad. Y eso, bien leído, es una herramienta de salud pública.

* El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista

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