“No, no va a alcanzar la leña”, va a responder al final de todo esta cantautora inspirada que es Liliana Felipe y se va reír un poco. Desde una casa donde vive en México, en el campo, y por videollamada, se va a reír del guiño: la frase “parece que no va a alcanzar la leña” es parte de una de sus canciones más famosas. Una que dice, da a entender, que somos demasiados los que estamos fuera de la norma y si es por mandar disidentes a la hoguera… la leña no va a alcanzar.
Esto será después de una larga charla en la que Felipe hablará de sus ¿50? años en México, de la desaparición de su hermana, secuestrada por la dictadura en los años 70, de la música de ahora: “A mí la música que hace la gente que no sabe música me parece muy aburrida”. Hablará, también, de que pasó de defender los derechos humanos a defender los de “todos los animales”. Y, entonces, “la especie ésta autonombrada, sensible, racional, inteligente, ha vuelto el mundo un basural, un enorme campo de concentración y un matadero”.
De todo eso, y también del show del Súper Bowl, hablaremos durante un largo rato, y lo haremos porque Felipe está por viajar a la Argentina, su país natal, para dar varios conciertos. Por ahora, están confirmados los del 20 de marzo en el Teatro Real de la ciudad de Córdoba y el 22 de marzo en el Auditorio del Conservatorio Superior Felipe Boero de Villa María, su pago chico. También los del 27 y 28 en el teatro Empire de Buenos Aires. Sí, justo en marzo. El concierto se titula 1976-2026 y se trata de eso: 50 años. Cincuenta años de la dictadura, cincuenta años de la desaparición de Esther Felipe, cincuenta años de vivir lejos, en otro país que ya se ha hecho propio, donde construyó su pareja con Jesusa Rodríguez, donde tuvo un espacio, El hábito, que se convirtió en un punto clave del teatro y la cultura de vanguardia.
Liliana Felipe canta y escribe con ironía, con fuerza, con militancia. Se burló de la religión, de los curas, de la vejez, de Freud (con su famoso “Las histéricas somos lo máximo”). Cantó con ternura al amor con otra mujer que -parece- le rompió el corazón en “Mala” (Mala porque no me quieres, mala porque no me tocas… pero qué bonita chica). Usó en sus canciones palabras como “endodoncia”, habló de ratas en la basura, explicó que a los 80 se iba a “tirar al monaguillo en mitad del evangelio”. Sus shows, aunque sean ella y un piano, son una puesta en escena, un despliegue de desparpajo, de energía, de inteligencia. Un desafío.
Ahora tiene 72 años y se la ve igual de ferviente. La defensa de los animales es su causa y que se los coma le parece no solo un crimen sino uno de los motivos por los que la humanidad ande tan mal. El tema entra de costado a partir del Super Bowl y ese show que dio allí el portorriqueño Bud Bunny, donde reinvindicó la identidad latinoamericana.

“No me emboban a mí las cosas de ver el Super Bowl de Estados Unidos y un discurso que mucha gente progresista siente que ha sido muy adelantado a su época o a favor de la migración. Yo, del Super Bowl, lo que veo son millones de pollos asesinados por un espectáculo innecesario. Eso es lo que veo. Y si un artista, sea quien sea, colabora con eso, para mí no es un artista, es un sicario”. ¿Pollos? Sí: una de las costumbres estadounidenses es sentarse a ver ese partido y ese show comiendo alitas de pollo.
“Para mí, lo único que ocurrió entre 1976 y 2026 es que de los derechos humanos pasé a los derechos de todos los animales, incluyendo los humanos, ¿verdad? Eso ha valido para ser un poquito alejada por ciertos sectores, sobre todo de la izquierda. Y de la gente de derechos humanos también», dice. “Siento que cualquier lucha que no incluya a los demás animales es una pantalla para continuar con su explotación”.
Pero vamos al principio de la charla, vamos a la gacetilla que dice que Liliana Felipe recordará lo que pasó en estos años, vamos a ese tema, el primero del primer disco, que salió en 1980 y que dice “Dónde estás”, “Dónde estás” y uno no puede sino pensar en Esther, la hermana mayor. “Uno llena el calendario de algodón para apagar el ruido de tres años tristes sin tu voz”, canta Felipe allí y se hace un nudo en las gargantas de los que escuchamos.

-¿Cómo ves ahora a esa chica de hace cincuenta años?
-Yo, la verdad, siempre he sido alguien muy inocente. Y lo que ocurrió fue que cerraron la escuela de Artes donde yo estaba estudiando y aproveché para salir de viaje a Perú, a un concierto, y ahí fue el golpe militar. Yo me recuerdo así, entregada al estudio y a recibir de la vida lo mejor.
-¿En qué sos igual ahora y en qué ya no?
-Sigo siendo igual, sigo siendo muy inocente, también muy mal pensada.
-Es un concierto de 50 años… ¿vas a cantar temas muy viejos?
-No, creo que no. Voy a hacer algo de lo que ha ido ocurriendo entre el piano y yo. Porque en mis conciertos no estoy sola… cualquiera diría que el piano es un objeto, que es una cosa. Pero sin el piano yo no existo. Por otro lado, con el veganismo o con el antiespecismo también ha ocurrido algo en mi cerebro y ha ocurrido algo en mi relación con el piano. No sé cómo explicarlo: no he leído nada que diga cómo se modifica tu cerebro cuando dejas de ser cómplice de la explotación.
-Estaba escuchando Milonguita, la primera canción de tu primer disco. Por supuesto que cuando decís “dónde estás, dónde estás” se te pone la piel de gallina. Está cantado en 1980, cuando por ahí pensábamos que iban a volver, que íbamos a abrirles la puerta. ¿Cómo escuchás hoy un tema como ese y en general ese disco?
-Con mi hermana teníamos la voz muy parecida. Yo tengo una grabación de ella cantando; le gustaba mucho cantar, bailar… Y ahora estamos buscando sus huesos en La Perla, que es una acción a la que me uní para dejar testimonio. La desaparición es algo con lo que aprendes a vivir, porque es algo que no es la muerte, no es tratar de encontrar; es algo que simplemente así será eternamente. Pero lo que yo siento que fue mi evolución de derechos humanos a derechos animales, es simplemente tratar de no hacer lo mismo que uno condena. ¿Cómo puedo yo hablar de justicia o de libertad con un cadáver en mi plato?

-En tus discos se ve el humor, la ironía y el uso de palabras cotidianas, raras para una canción, como “endodoncia”. ¿Cómo es esa elección?
-No sé, me parece que debiera exigirse a los compositores de canciones que amplíen un poquito su repertorio, ¿no? Todo se ha ido como estrechando, banalizando. Leí que después de los años cincuenta, después de la Segunda Guerra Mundial, se dejó de lado un poco la educación musical. Lo que vivimos en la música es un poquito el resultado de eso.
-¿Estás escuchando lo que se está produciendo ahora
-Trato, me cuesta, pero trato. Pero a veces me aburro. ¿Por qué? Porque a mí la música que hace la gente que no sabe música me parece muy aburrida. ?
-¿Un músico popular tiene que primero estudiar música
-Totalmente. Si vas a hacer música, hay que estudiar música. Con más razón, si vas a hacer música popular: hay que estudiar música. Si no, es medio una estafa. Esos acordeonistas que solo tocan con la mano derecha, a mí me ponen un poco nerviosa. Es como si yo tocara el piano con una sola mano.

-¿Y las letras?
-Es que a veces no las entiendo bien, no entiendo bien el contexto. Siento toda una regresión en cuanto al tema mujeres, por ejemplo, que son usadas como un culo. Simplemente, las mujeres son vistas como un culo. Y yo me digo: “¿Qué? ¿Fue esa la parte graciosa» Quizás ahí residen algunas de mis preocupaciones en general: ¿Qué es lo que les parece divertido? Esa es la parte con la que cada vez coincido menos, y cada vez me voy más arriba, a la punta del monte.
-¿Cómo es eso de la punta del monte?
-Vivo en el campo y cada vez me cuesta más estar con gente, porque ya son muchos los requisitos. Antes quizás iba a algún sitio donde había cadáveres de animales, pero ahora ya no voy. O me cuesta mucho ver cuál es la diversión: ¿Poner música fuerte? ¿La diversión es poner cohetes? ¿La diversión es torturar animales, comer alitas de pollo? Porque para mí ninguna violencia es independiente. Cuando uno violenta algo, violenta todo, violentás todo el universo.
-¿Por qué nunca volviste a vivir a la Argentina
-Porque me enamoré de Jesusa y construimos nuestra casa aquí, y porque hicimos un teatro que estuvo vivo quince años de mi vida, que fue un trabajo muy fuerte, muy, muy tremendo. Y porque yo no sabía ni sé actualmente dónde meterme bien en Argentina.

-Pasó mucho tiempo.
-Sí, el próximo año se cumplen cincuenta años de mi vida aquí.
-Y te fuiste haciendo mexicana.
-También. Desde fuera, lo que vivo es algo un poco extraño, porque creo que la violencia continúa. Antes nos secuestraban, nos mataban, nos exiliaban por razones como la patria, la bandera, la familia, la libre empresa. Y actualmente es igual. Te matan de hambre por esas mismas razones con la promesa de un futuro mejor, cuando todos hemos visto que eso no funciona.
-José Saramago, en sus últimos años, estaba muy amargado porque creía que dejaba un mundo peor que el que había encontrado. ¿Vamos a dejar nosotros un mundo peor del que encontramos?
-Yo siento que sí, definitivamente, sí. La especie autonombrada, sensible, racional, inteligente, ha vuelto el mundo un basural, un enorme campo de concentración y un matadero. Pero no es una fatalidad meteorológica lo que estamos viviendo, es algo construido, y si es algo construido, lo podemos y lo debemos deconstruir.
-¿Todavía te parece que no va a alcanzar la leña
-No va a alcanzar la leña, no, nunca les va a alcanzar la leña.

