
Futbolítica se titula el libro. Sí, fútbol y política. Y, en él, el exdiputado catalán Ramón Usall repasa, a través de clubes de distintos países, cómo ese vínculo a veces fue dramático: “Hay análisis que, exagerando la relevancia del fútbol en la historia de nuestros días, han llegado a situar el inicio exacto de la transición española el 17 de febrero de 1974, el día en que, con Franco agonizante, el Barça asaltó el Bernabéu y se impuso al Real Madrid por un histórico 0-5 que representó un cambio en el fútbol estatal”, escribe en el prólogo.
Y también: “La obsesión enfermiza del nazismo por perseguir a los judíos provocó la desaparición del Hakoah de Viena, uno de los muchos clubes que profesaban abiertamente esta confesión en la Europa del primer tercio del siglo xx».
Pero hay más. Uno en el Chile de Augusto Pinochet: “Ese mismo Colo-Colo que el dictador instrumentalizaba había posado orgulloso en el Palacio de la Moneda al lado de un sonriente Allende, quien veía en los integrantes del equipo a unos excelentes embajadores del Chile de aquella época”, escribe.
O, más cerca en el tiempo: “Los cruentos conflictos balcánicos de finales de la centuria pasada tuvieron su preludio en un partido que opuso a dos equipos que representaban, de forma respectiva, los nacionalismos croata y serbio que luego se enfrentaron en una guerra abierta. Fue el encuentro que disputaron, el 13 de mayo de 1990, el Dinamo de Zagreb y el Estrella Roja de Belgrado, que acabó en una auténtica batalla campal que escenificaba el inicio de la progresiva desintegración de Yugoslavia: un país étnicamente complejo que durante los años de dominio de Tito había soñado con una convivencia basada en la hermandad entre nacionalidades, la cual representaba a la perfección un club como el Velez de Mostar hasta que la trágica guerra de Bosnia hizo añicos aquel sueño de unidad y fraternidad».

Y en Centroamérica: “Otro partido de fútbol, si bien en esta ocasión no entre clubes sino entre selecciones, se considera origen del estallido bélico entre Honduras y el Salvador, que protagonizaron una guerra relámpago durante el verano de 1969, fruto de la tensión que entre ambos países generó la disputa de una eliminatoria de clasificación para el mundial de México de 1970. La eliminatoria tuvo que decidirse, después de que cada una de las selecciones ganara su partido como local, en un enfrentamiento en terreno neutral que exacerbó los ánimos entre ambos estados hasta el punto de hacer estallar poco después la que el periodista polaco Ryszard Kapuściński bautizó como ‘la guerra del fútbol’“.
El libro recorre distintos países y cuenta casos puntuales. Aquí reproducimos el relato sobre el Liverpool:
Liverpool Football Club: la afición que se enfrentó a la Dama de Hierro
El 13 de abril de 2013, durante el primer partido que el Liverpool disputó cinco días después de la muerte de la antigua primera ministra británica Margaret Thatcher, los aficionados reds que se desplazaron hasta el estadio del Reading para ver jugar a su equipo no tuvieron ningún reparo en celebrar efusivamente la defunción de la política conservadora. Una multitud de cánticos y de pancartas festejó la desaparición de la Dama de Hierro recordando así el atávico enfrentamiento que la ciudad de Liverpool, y muy especialmente los seguidores de su principal equipo, había mantenido con ella durante el período en que Thatcher ocupó el número 10 de Downing Street.

No era la primera vez, aquella temporada, que los aficionados del Liverpool se acordaban de la exprimera ministra. El 15 de septiembre de 2012, durante la visita de su club al estadio del Sunderland, los seguidores del equipo del Merseyside ya habían avisado con sus cánticos que «harían una gran fiesta el día de la muerte de Margaret Thatcher». Era su peculiar forma de celebrar la publicación, pocos días antes, de un informe independiente sobre la tragedia de Hillsborough, que tuvo lugar el 15 de abril de 1989 y en la que murieron 96 aficionados reds. El informe atribuía la responsabilidad de aquellos dramáticos hechos a la actuación incompetente de las autoridades policiales que fue encubierta por el gobierno capitaneado por Margaret Thatcher, quien había acusado a los propios seguidores del Liverpool de ser los culpables de la catástrofe.
Los sucesos de Hillsborough fueron el punto álgido de la tensa relación entre la afición red y una Dama de Hierro que había abanderado la cruzada contra los aficionados al fútbol pertenecientes a la clase trabajadora. Estos seguidores eran a menudo protagonistas de graves incidentes, como los que se vivieron en Bruselas durante la final de la Copa de Europa de 1985, disputada en el estadio de Heysel, que dejaron el triste balance de 39 muertos y que tuvieron a los hooligans del Liverpool como principales responsables. La animadversión de la hinchada red hacia la primera ministra no era un tema exclusivamente futbolístico sino que, en buena medida, se fundamentaba en una cuestión política: la miseria que la Dama de Hierro había provocado en la región de Liverpool con unas políticas de austeridad que, desde 1979, supusieron el acelerado declive de una ciudad que había sido considerada «la Nueva York de Europa» y que vio, a partir de entonces, cómo el paro y la pobreza no paraban de crecer, cómo se extendía la epidemia de la heroína y cómo las huelgas y las revueltas populares sacudían a su sociedad hasta el punto de que, en el imaginario popular británico, Liverpool fue bautizada como el «váter» de Reino Unido. Un inodoro que, para más inri, no tenía ni un triste producto de limpieza.

La primera gran rebelión que se vivió en Liverpool con Thatcher en el poder estalló en 1981, en el barrio de Toxteth, uno de los distritos más castigados por la miseria, y enfrentó a la comunidad negra local con los agentes del orden. Los altercados provocaron una muerte como consecuencia de un atropello policial y unos disturbios que dejaron un balance de casi quinientos detenidos. La posición de la Dama de Hierro en relación a la revuelta, apoyando sin fisuras la actuación de los agentes y desarrollando una cultura de impunidad policial, no hizo sino incrementar el odio que ya empezaba a profesarle una ciudad obrera e industrial que era víctima de las políticas conservadoras de la primera ministra.
En consecuencia, en Anfield Road, el templo futbolístico del Liverpool, pasó a ser habitual escuchar cánticos dirigidos a Thatcher como los que solía dedicarle el Kop, la mítica gradería popular del estadio, que solía clamar «Maggie, Maggie, Maggie. Die, die, die!» deseando así la muerte de la Dama de Hierro. El hecho de que la masa social del Liverpool estuviera formada por esa misma clase obrera a la que las políticas de Thatcher castigaban con dureza propició que la posición contraria al gobierno conservador que ella lideraba se convirtiera en un elemento esencial de la identidad del club. Por consiguiente, durante el mandato de Thatcher y en solidaridad con las muchas luchas sociales que tenían lugar en Liverpool, los gritos contra su figura se convirtieron en recurrentes en Anfield, una situación que se acentuó con los hechos de Hillsborough, que consolidaron el cisma entre la afición red y la primera ministra.
Aun así, antes de la tragedia, la ciudad de Liverpool ya había manifestado de distintas formas su antipatía por la Dama de Hierro. Sin ir más lejos, en las urnas, cuando en 1983 la ciudad llevó una de las corrientes más izquierdistas del Partido Laborista hasta la alcaldía. La facción trotskista que lideraba la corporación municipal, conocida con el nombre de «Militante», fue una de las principales pesadillas de la primera ministra hasta el punto de que llegó a tumbar los presupuestos locales para no avalar los millonarios recortes que el gobierno conservador planeaba para la ciudad.

El odio que la clase obrera de la castigada urbe industrial sentía por Margaret Thatcher llevó incluso a que, en 1984, cuando el Ejército Republicano Irlandés (IRA) atentó contra su vida durante una conferencia del Partido Conservador celebrada en Brighton, fueran diversos los habitantes de la ciudad y seguidores del Liverpool que lamentaran que la Dama de Hierro se hubiera escapado por muy poco de una bomba que causó la muerte a cinco miembros de su partido, entre los que se encontraba uno de sus diputados en Westminster. Paradójicamente, durante esa década de los ochenta en que las políticas conservadoras condenaron Liverpool a una miseria 30 creciente, la ciudad se convirtió en la auténtica capital del fútbol inglés.
Durante el período en el que Margaret Thatcher ocupó el poder, es decir, entre 1979 y 1990, el Liverpool ganó ocho ligas y el Everton, su rival local, dos más. En total, el título viajó a la capital del Merseyside en diez de los doce campeonatos disputados bajo el mandato de Maggie, un consuelo para sus habitantes que veían en el fútbol, que era también una de sus principales expresiones comunitarias, un espacio donde podían desafiar el poder de la Dama de Hierro.
Por si esto fuera poco, el Liverpool añadió dos títulos continentales a la lista: las copas de Europa de 1981 y 1984. Y no la amplió porque, a causa del drama de Heysel, el equipo fue excluido durante una década de las competiciones europeas. Una sanción ejemplar adoptada por la UEFA que, a pesar de ser finalmente reducida a seis años, contó con el aplauso entusiasta de Margaret Thatcher. No en vano, castigaba a uno de sus principales enemigos: los seguidores del Liverpool, aquella afición que se había atrevido a plantar cara a la Dama de Hierro.

