
La crisis energética y turística en Cuba ha llevado a un punto crítico a miles de familias que dependían del sector de los servicios y el turismo internacional, tras la drástica reducción de combustible y visitantes que vive la isla desde que Estados Unidos reforzó las sanciones económicas bajo la administración Trump.
El colapso actual no es un fenómeno aislado sino el desenlace de años de fragilidad estructural, acentuada por la política exterior de Estados Unidos que ha buscado restringir el acceso de Cuba a recursos estratégicos y limitar aliados que proveían petróleo a precios subsidiados.
El fin de la era de apoyo de la Unión Soviética y la posterior relación con Venezuela, convertida en la última gran fuente de energía barata, sentaron las bases para una dependencia crítica.
El impacto del desabastecimiento y el aislamiento internacional
Bajo la presión de medidas que buscaron bloquear la entrada de petróleo y forzar cambios políticos en la isla, el gobierno cubano ha enfrentado la imposibilidad de asegurar nuevas fuentes de combustible. El resultado ha sido inmediato: hoteles cerrados, suspensión de vuelos internacionales desde Rusia y Canadá por falta de combustible para aeronaves, y una caída sostenida del turismo, un sector que proveía ingresos directos a miles de trabajadores como Mandy Pruna, conductor de autos clásicos en La Habana.

El sector privado, dependiente tanto del turismo como de importaciones de productos alimenticios y combustibles, ha resentido en primera línea el colapso. Sherrit International, empresa clave en la minería de níquel y cobalto, comunicó la pausa de sus operaciones en la isla debido a la escasez de energía, según informó la agencia AP. Las autoridades suspendieron actividades escolares y laborales para ahorrar recursos y, en hospitales estatales, se limitaron servicios esenciales. El propio gobierno británico y Canadá recomendaron a sus ciudadanos posponer cualquier viaje no esencial a Cuba.
El desabastecimiento repercutió de inmediato en la vida cotidiana. Los cubanos comentan en cada esquina los horarios de apagones y la progresiva paralización en sus comunidades. Basura amontonada y noches a oscuras en barrios de La Habana ilustran la nueva realidad, mientras el gobierno de Miguel Díaz-Canel insta a una “resistencia creativa”, pidiendo a la población adaptar la dieta a lo que sea posible producir localmente e internalizar una mentalidad de tiempos de guerra.
Presiones políticas y fractura en la diáspora
El endurecimiento de la postura estadounidense, expresado por funcionarios como el presidente Donald Trump y el senador Marco Rubio, buscó sobre todo emplazar al gobierno cubano para abrir su economía y forzar el relevo de la dirigencia comunista.
Rubio, de origen cubanoamericano, declaró en la Conferencia de Seguridad de Múnich que el régimen “sobrevivió casi exclusivamente gracias a subsidios: primero de la Unión Soviética, luego de Hugo Chávez”. Ahora, “por primera vez, no recibe subsidios de nadie y el modelo ha quedado al desnudo”, remarcó el senador al medio AP.

Mientras tanto, sectores de la diáspora se han mostrado divididos entre la urgencia humanitaria y la apuesta al cambio político. La congresista republicana María Elvira Salazar llamó abiertamente a detener cualquier tipo de asistencia financiera o flujo de remesas y turismo que sostenga al gobierno cubano. “Este es el momento de parar todo: no más turismo, no más remesas, no más mecanismos que financien y sostengan la dictadura”, indicó Salazar desde Florida a periodistas.
Estas demandas han elevado el debate en Miami y otras comunidades de exilio sobre el equilibrio entre aliviar el sufrimiento inmediato de los cubanos y presionar por reformas de fondo en la isla. “Pensar en una madre hambrienta o un niño que necesita ayuda desesperada es desgarrador, pero ese es el dilema brutal que enfrentamos como exiliados”, reconoció la congresista.
Crisis social y perspectivas internas
La escasez de alimentos ha colocado al sector agropecuario nacional bajo intensas presiones. Anayasi, vendedora de alimentos en mercados agropecuarios de La Habana, afirmó al medio AP que los precios de abastecimiento se han multiplicado y que la distribución de frutas y vegetales desde el campo se ha tornado cada vez más inviable. “Pagamos dos o tres veces más para conseguir productos y conforme la situación empeora no hay comida, el impacto será terrible”, manifestó.
Empresas privadas han advertido que la cadena de frío para mantener comida importada se rompió por los cortes de electricidad, lo que llevó a suspender operaciones. El propio presidente Díaz-Canel advirtió que, mientras dure la escasez de combustible, habrá municipios cuyos alimentos no podrán trasladarse a otras zonas.

El clima de desesperanza golpea al sector turístico, otro símbolo de apertura. Mandy Pruna, quien durante veinte años vivió de pasear famosos y turistas en su Chevrolet rojo, suspendió su licencia y ya explora la emigración junto a su familia: “Todo es incertidumbre ahora mismo. No hay combustible. No sabemos si volverá ni cómo pagarlo. Si tengo que comprar gasolina en dólares, ¿cómo recupero si no hay turismo?”.
El festival anual de Habanos, evento que solía recaudar millones de dólares para la economía, fue cancelado hace solo una semana.

