“Entre la pena y la nada, elijo la pena”: lo que cuenta la novela “Los días perfectos” (y la obra no)

“Entre la pena y la nada, elijo la pena”: lo que cuenta la novela “Los días perfectos” (y la obra no)

Composición Los días perfectos

Esto es un aviso para todos los que vieron la obra Los días perfectos, que protagonizó Leonardo Sbaraglia: la obra es una adaptación de la novela de Jacobo Bergareche y una adaptación en forma: si en el escenario el protagonista le habla, le escribe una carta, a Paula, su mujer, en el libro hay dos cartas a dos mujeres. Es más: la primera carta ocupa algo así como dos tercios del libro y la segunda, el tercio restante. La primera, la larga, no es para Paula, es para Camila, una amante que el protagonista se supo conseguir allende los mares y que lo acaba de dejar con una oración. Así las cosas.

Bergareche es español, como su protagonista, Luis, que es español y periodista. Como su protagonista, Bergareche fue a Austin y ahí, en los archivos del escritor estadounidense William Faulkner guardados en el Harry Ransom Center, encontró las cartas que Faulkner le mandaba a Meta Carpenter, que fue su amante durante unos 30 años. Cartas de amor desesperado, de pasión, cartas acompañadas por dibujos en los que Faulkner retrataba situaciones que ellos vivían. Cartas a corazón abierto.

Y, entre ellas, una que Luis considerará la descripción de un día perfecto. Y es así: “No ven el Taj Mahal, no comen en un tres estrellas Michelin, no les hacen una visita nocturna y privada a un museo, no se meten mdma mientras follan en el Standard, no escuchan a los Rolling en directo, no se beben un Krug de treinta años mientras abren una lata de caviar, no se ponen un esmoquin y les reciben con antorchas en la casa de un príncipe italiano arruinado, no pasa absolutamente nada que no pueda pagarse cualquiera, cualquier día en cualquier sitio, y sin embargo, no hay más que ver la carta para saber que fue un día perfecto. Just a perfect day”.

El actor Leonardo Sbaraglia, en el Teatro Cervantes.

¿Qué han hecho ese día William y Meta Desayunaron, jugaron al ping pong, anduvieron en auto, se tiraron en la playa, tomaron unas cervezas… no mucho más. A contramano de tanto deseo de ser raro y tanta publicidad viral. Just a perfect day: los que hace mucho que estamos en pareja con la misma persona sabemos que un día perfecto es así.

Pero no se trata acá de las parejas estables sino, justamente, de un día perfecto con un/a amante. Luis, el personaje de Bergareche, es periodista y la primera vez que se ven es, claro, en Austin donde él fue a un congreso de periodismo cultural y ella, que es mexicana, a un seminario de arquitectura. La atracción es inmediata, tardan dos minutos en estar comiendo tacos que ella dice que no son tacos, cuatro en hacer planes para ir a bailar música country, seis en besarse. Luis recuerda muchas veces una frase que Faulkner escribe al final de una de sus cartas: “He de verte mañana. Mañana. Mañana”.

Los días perfectos, la novela de Bergareche.

Mañana, mañana: verte. La emoción, la ilusión, la ansiedad, el corazón disparado y a los saltos, la vida viva. Eso es lo que ve Luis en las cartas de Faulkner. Eso que le pasa con Camila.

Se encuentran, desde entonces, una vez por año. Él consigue que el periódico lo mande a cubrir Congresos a costa de viajar precariamente, alimentarse a sandwichitos y traer alguna gran nota de vuelta. Está bien, está bien. Todo por esas emociones, todo por la locura de gastarse cientos de dólares en un traje de cowboy que le sirva para bailar como los locales pero que ¿cómo hará para llevar a casa ¿Con qué excusa

“Pero el apasionado -escribe- no es muy diferente en su egoísmo: cuando pone su vida en el espejo no ve ya su casa, ni sus hijos, ni su pareja, ni su trabajo. Por eso es capaz de jugarse todo lo que tiene en la vida, hijos, casa, pareja, por satisfacer la imperiosa necesidad de mandar un whatsapp erótico-cariñoso a las tres de la mañana a una persona que solo conoce desde hace siete días y que probablemente acabará odiando en el momento en que lo pierda todo por ella”.

Leonardo Sbaraglia y Jacobo Bergareche.

La luz de ese encuentro anual, esa llamita, esa zanahoria, parece mantenerlo vivo. Y entonces, a punto de viajar, llega el mensaje: “Mi marido decidió acompañarme en el último minuto, por favor ya no me escribas más. Dejémoslo aquí, quedémonos el recuerdo. Adiós, te quiero”. Y adiós traqueteo del corazón, adiós adrenalina, y la llamita, psss apagada con dos dedos.

Así se despide Luis: “Me has ahorrado el desgaste y el agotamiento, a cambio me queda este dolor tan real y tan físico, como prueba irrefutable de todo lo que me diste, y yo creo que me compensa, y con gusto lo acojo dentro de mí. Te quiero, Camila, te quiero mucho. Adiós adiós adiós”.

¿Y por casa

Porque ¿qué pasa en casa De eso se ha ocupado Sbaraglia, en la obra que adaptó y dirigió Daniel Veronese. En casa el agua se viene enfriando. Porque alguna vez ardió o prometió arder. Al comienzo, tantos años y sin hijos atrás, Paula, que ahora es su esposa, le había regalado un libro, Las palmeras salvajes, justamente de Faulkner. El libro terminaba: “Entre la pena y la nada, elijo la pena”. ¡Y claro! Todo lo contrario de los consejos new age de soltar, de ser cool; todo lo contrario del pavor al compromiso. Entre la pena y la nada compro diez penas que también son diez amores, vivencias, cercanías, deseos.

William Faulkner también tuvo una pasión de amor. Y larga.

Eso que prometía Paula con ese libro, ¿dónde se fue? ¿Se lo comió el día a día, la cuenta del gas, los pañales, las salidas frustradas, la obligación de estar siempre haciendo algo más?

Bergareche contrapone ese amor sin espacio, sin otros, con un contexto inventado, a la realidad de la vida entre dos. Pero, claro, ahí está su modelo simple de días perfectos. ¿Cómo hacer para que existan, cada tanto?

En la carta a Paula, la descripción que hace Luis de su relación no puede ser más amarga: “Ya no nos quedan juegos, pero nos acostamos y nos despertamos en la misma cama, lo hacemos al menos una vez a la semana porque es lo que toca, nuestros polvos son siempre iguales, variaciones de los mismos elementos, el mismo repertorio de posturas, la cuota mínima de sexo oral para no sentirnos mojigatos, y lo hacemos tan mecánicamente como negociamos cada año tres o cuatro escapadas que aspiran a ser románticas (…)

Luis habla como en cascada, habla con pasión del fin de la pasión. Y, casi, casi, dice que hay otra persona: “Ya no alimentamos esa narración compartida, no salimos a navegar en sus aguas cuando estamos solos, no pescamos nada nuevo en ellas, porque esas aguas se han secado. Son otras las historias que yo me cuento en mi soledad, no se mezclan ya con las que tú debes de contarte a ti misma. Y estas otras historias me llevan a otros lugares, con otra gente, imaginaria o real, y tengo que decirte que tengo miedo de que algún día el manantial de mi fantasía termine topándose con el manantial de otra fantasía, y que juntas se hagan un río (…)»

El escritor Jacobo Bergareche.

Soledad es la palabra clave. Luis no está solo todo el año porque la fantasía de Camila lo acompaña, en cambio sí está solo todo el año porque Paula es, como dice mi amiga Gabriela Szalkowicz, una presencia ausente. “Llegaré un sábado muy de mañana y nadie vendrá a recoger”, escribe en esa carta en la que vuelve de un viaje en el que su amante ya no estuvo. “He leído esa carta y a pesar de no entender bien qué dice, algo en ella me hace sentir muy lejos de ti, y profundamente solo, y me ha entrado la angustia de volver a casa, y de seguir estando solo y lejos (…)

El diagnóstico es crudo: aburrimiento. “Me aburro. Me aburres. Nos aburrimos. Probablemente no sea más que eso, aburrimiento. Tedio. Ni más ni menos que la mayoría de parejas que conocemos”. Porque los años pasan y la vida es esto y ¿hay manera de inventar otra cosa ¿Es menos aburrido vestirse de policía para jugar al sexo o a cierta altura ya es una ridiculez que da risa

Bergareche es diestro y lo escribe de mil manera, como los enamorados que miran un vínculo como un diamante de mil caras y lo lustran y lo lustran para sacarle un significado tras otro a una piedra inmóvil: “Creo que tú y yo estamos ya tan cerca de la nada, que apenas sentiríamos pena de perdernos el uno al otro”, escribe, y suena a derrota.

La avería, aquí, es tan extrema como en la carta a Camila lo era el entusiasmo: “Sospecho que mi falta de capacidad para diagnosticar lo que nos pasa con exactitud se debe a que no nos pasa nada juntos, sino que a mí me pasa una cosa y a ti otra”.

Pero hay historia y ahí viene la memoria al rescate. Lo que él extraña son cosas como esta: “(…) un día de perderse paseando por la ciudad, uno de comilonas que se encadenan sin salir jamás de nuestra cocina, otro día de quedarse remoloneando en la cama desnudos, un día de planificar viajes que nunca vamos a hacer y de diseñar casas que nunca vamos a tener, un día de construir, lijar, pintar o empapelar algo, de tirar cosas, cambiar los muebles de sitio, un día de ebriedad encerrados en un hotel, un día de vestirnos de otras personas”.

No estoy acá para contar finales y mucho menos para darles ideas a quienes han leído, en las palabras de Bergareche, sus propios sentimientos.

Con una escritura a la vez elegante y ansiosa, capaz de decir “follar” y “polvos” al mismo tiempo que hace una imagen delicada, Bergareche nos pone frente al amor idealizado y al amor real. Al amor de encuentros en hoteles y al de las noches de insomnio en la cocina. ¿Con cuál vivimos? ¿Cómo hacemos un blend?

No me pregunten, esto es un comentario sobre una novela, literatura. Y feliz San Valentín para todos.

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