
Las lesiones de ligamento cruzado anterior (LCA) afectan de forma desproporcionada a mujeres y niñas que practican deportes, según un análisis de National Geographic. Desde la década de 1990, los expertos advierten que las atletas tienen entre 2 y 8 veces más riesgo de sufrir este tipo de lesión que los hombres en disciplinas comparables. Aunque este fenómeno se reconoce desde hace años, las causas que explican tal diferencia siguen siendo materia de debate y estudio.
Factores físicos, hormonales y biomecánicos
Algunas de las deportistas más reconocidas atravessaron esta experiencia. Liz Kitley, exjugadora de básquet universitario, sufrió rupturas en ambas rodillas durante su carrera. Casos similares se documentaron entre atletas de élite como JuJu Watkins, Cameron Brink, Lindsey Vonn, Sue Bird y Megan Rapinoe, quienes compartieron públicamente el desafío de la recuperación tras una rotura.
La magnitud del problema trasciende el ámbito profesional. Estudios reseñados por National Geographic indican que una atleta adolescente que practica varios deportes tiene cerca de un 10% de riesgo de romperse el LCA durante la secundaria o la universidad. Los especialistas coinciden en que se trata de una tendencia ya establecida, aunque subrayan que la comprensión de sus causas aún está lejos de ser completa.

Entre los factores físicos señalados destaca la anatomía femenina. El cuerpo de las mujeres presenta una cadera más ancha y un ángulo Q (relación entre el muslo y la rodilla) que implica mayor inclinación, característica que, según la fisioterapeuta Nina Freitas, podría incidir en el patrón de movimiento y el control motor durante el deporte. Estas diferencias, sumadas a posibles factores genéticos y a una menor fortaleza en grupos musculares como los isquiotibiales y los cuádriceps, configuran un entorno de mayor vulnerabilidad.
La biomecánica resulta fundamental en este análisis. Freitas, responsable del Centro de Deportes Femeninos de la UCSF, detalla que la forma de desplazarse y aterrizar después de un salto puede influir decisivamente en el riesgo de lesión. La implementación de programas de entrenamiento destinados a corregir estos patrones es una de las estrategias clave señaladas por los expertos.
El papel de las hormonas, y en especial del ciclo menstrual, añade complejidad al fenómeno. Deportistas como Sue Bird y Megan Rapinoe relataron que sus lesiones coincidieron con el periodo menstrual. Kitley también vincula sus dos roturas a fases del ciclo femenino o al uso de anticonceptivos. Sin embargo, la evidencia científica en torno a la influencia hormonal sigue siendo inconclusa, tal como sostiene la científica deportiva Georgia Brown.

Recientes investigaciones, como la liderada por Blake Rivers en la Universidad de Kingston (financiada por la FIFA), examinan cómo varía el riesgo a lo largo del ciclo menstrual. Rivers identifica dos fases especialmente sensibles: la fase folicular tardía y la fase lútea intermedia, en las cuales se producen mayores fluctuaciones hormonales. El aumento de estrógeno antes de la ovulación incrementa la laxitud de los ligamentos, mientras que el pico de progesterona puede afectar el control neuromuscular.
Emily Parker, médica residente y exjugadora universitaria, ha enfocado su investigación en la relaxina, hormona que facilita el parto al descomponer el colágeno y que también podría debilitar los ligamentos de la rodilla. La interacción entre estrógeno, progesterona y relaxina podría resultar en periodos de mayor vulnerabilidad, especialmente durante la fase lútea intermedia.
Brechas de género y acceso a la prevención
A pesar de la gravedad de estas lesiones, la literatura científica prestó poca atención a las atletas mujeres. Estudios citados por National Geographic muestran que solo entre el 6% y el 9% de las investigaciones deportivas se han centrado en mujeres hasta fechas recientes. Esto ha limitado el avance en la comprensión y prevención del problema.
La situación comienza a cambiar. Freitas observa un “impulso creciente de los deportes femeninos” y destaca proyectos como el Project ACL. Iniciativas como las de la Universidad de California en Berkeley ya priorizan la salud de la mujer atleta en sus agendas científicas.

Las secuelas pueden ser graves y duraderas. La ortopedista Sara Edwards señala que el tratamiento estándar supone cirugía y entre nueve y doce meses de fisioterapia intensiva, aunque muchas mujeres enfrentan recaídas o molestias persistentes. Edwards advierte que las consecuencias pueden convertirse en una limitación de por vida, tanto emocional como deportiva.
Estrategias de prevención y rol social
Existen estrategias de prevención demostradas. Programas internacionales como el FIFA 11+, que incluyen ejercicios pliométricos y de fortalecimiento, pueden reducir hasta en un 60 % el riesgo de lesión.
El mayor reto radica en la puesta en práctica: muchos entrenadores no los implementan con regularidad y existe poca formación sobre entrenamiento de fuerza desde edades tempranas. Edwards señala que la prevención puede iniciarse a partir de los seis años si se educa adecuadamente a deportistas, familias y entrenadores.

Los factores sociales desempeñan también un papel crucial. La profesora de fisioterapia Joanne Parsons, junto con Sheree Bekker y Stephanie Coen, apunta que las diferencias en la socialización y en el acceso al entrenamiento de fuerza amplían la brecha entre chicas y chicos.
Muchas jóvenes no reciben el mismo estímulo para desarrollar fuerza muscular ni acceden con facilidad a gimnasios, lo que aumenta el riesgo y mantiene desigualdades potencialmente modificables.
El consenso científico sostiene que no hay una causa única detrás del mayor riesgo en mujeres; la combinación de factores físicos, hormonales y ambientales explica el fenómeno. La cultura, la educación y el entorno de entrenamiento pueden ser tan determinantes como la biología.

