
En el tercer piso de la Grande Bibliothèque de Québec (BAnQ), Canadá, entre el silencio sepulcral de los archivos y el zumbido eléctrico de las computadoras, hay un puesto que desafía la lógica de la era digital. No hay pantallas táctiles ni procesadores de última generación. Solo hay una mesa, una silla y un hombre de 77 años, Hervé Simoneau, con la mirada curiosa y el gesto de quien ha visto pasar mucha agua bajo los puentes de Quebec.
El cartel —para mayor coherencia, escrito a mano— es modesto pero magnético: “Consulta a una persona mayor por 25 centavos”. El precio es simbólico, pero lo que se intercambia allí es un valor que no tiene cotización en el mercado. Es un servicio que la BAnQ ofrece regularmente desde hace dos años y que se ha convertido en un fenómeno de inesperada popularidad.
Un antídoto contra la frialdad del algoritmo
Vivimos en la era de la inteligencia artificial, esa promesa tecnológica que asegura tener respuestas para casi cualquier interrogante de la existencia. Sin embargo, el éxito de Hervé y sus colegas demuestra que hay una grieta en el sistema: la IA puede procesar datos, pero no puede empatizar, puede ofrecer estadísticas, pero no puede sostenerte el antebrazo mientras te tiembla la voz.

Caroline Malo, jefa de desarrollo de servicios para personas mayores de la BAnQ, lo define como un enfoque “beneficioso para todos”, en un artículo de Mathias Marchal para Radio Canadá. Por un lado, el usuario encuentra un refugio de escucha activa y calidez. Por otro, se rescata a una generación cuyos conocimientos y experiencia a menudo se desvanecen en el olvido debido al edadismo imperante en las sociedades occidentales.
“Hervé es un auténtico quebequense con una vasta experiencia vital”, explica Malo. Y es precisamente esa “autenticidad” la que atrae a los concurrentes a la biblioteca. En un mundo de filtros y apariencias, la honestidad de una cara amable y un corazón forjado en el activismo sindical y la paternidad resulta ser la mejor publicidad.
De lo general a lo profundamente íntimo
El proceso siempre empieza de la misma manera. Un usuario se acerca con una pregunta trivial, quizás una duda sobre el funcionamiento de la biblioteca o una opinión general sobre el clima. Pero, como bien observa Caroline Malo, el muro cae casi de inmediato. “Rápidamente se percibe que las preguntas se vuelven más personales”, cita Radio Canada.
La diversidad de las consultas es un espejo de las ansiedades de la sociedad actual:
Una universitaria duda de si eligió la carrera adecuada.
Una estudiante de doctorado africana, perdida en los códigos sociales de una nueva cultura, pregunta por las reglas de seducción en Quebec.
Un padre, con el cansancio pintado en las ojeras, busca consejo porque su hijo de dos años todavía no duerme solo.
Incluso hay espacio para la picardía: un grupo de octavo grado pregunta, entre risas, si Hervé alguna vez se copió en la escuela.
Simoneau escucha a todos con la misma atención. Aclara que no está allí para sesiones de terapia. Aunque tiene formación en psicología y recursos humanos, prefiere dejar el manual profesional en casa. “Escuchar debería guiarse por nuestra experiencia vital, no por la psicología”, afirma con la convicción de quien sabe que, a veces, un consejo técnico es menos efectivo que una mano abierta.

El origen: Una lección de convivencia en el Cégep
Aunque hoy brilla en la Gran Biblioteca, esta iniciativa no nació de la nada. El concepto de “senior por 25 céntimos” tiene sus raíces en una experiencia de hace veinte años en el Collège de Maisonneuve, gracias a la organización Éducation 3e âge (tercera edad).
Hervé y su esposa formaron parte de este programa de mentoría para nuevos estudiantes, donde descubrieron que la brecha generacional es más delgada de lo que parece. El impacto fue tal que, en 2017, cuando la universidad atravesaba una crisis profunda tras la radicalización de algunos estudiantes que partieron hacia Siria, las personas mayores fueron piezas clave para restaurar el tejido social.
“Nuestros mayores lograron conectar con los jóvenes norteafricanos con una facilidad sorprendente”, recuerda Simoneau. ¿El secreto? El respeto cultural que muchas comunidades inmigrantes tienen hacia la figura del abuelo, una autoridad emocional que trasciende las barreras del idioma y la religión.
El caso del joven autista
De entre todas las anécdotas acumuladas, Hervé recuerda una con especial nitidez. Un joven universitario con autismo acudió a él, profundamente desconcertado. Una chica, también autista, le había puesto la mano en el hombro. Para alguien que lucha con las normas del contacto físico y las relaciones interpersonales, ese gesto era un jeroglífico indescifrable.
“No sabía qué hacer”, relata Hervé. En lugar de darle una lección teórica sobre habilidades sociales, Hervé simplemente conversó con él. Al final de la charla, el joven se sentía tan cómodo que permitía que Hervé le sujetara el antebrazo. “Simplemente necesitaba ánimo”, concluye. Esa pequeña chispa de confianza es la que permitió al joven dar el siguiente paso en su relación personal, algo que ningún manual de autoayuda habría logrado con la misma eficacia.

Mucho más que libros
La BAnQ lleva más de una década experimentando con formas de humanizar sus servicios. Desde las “Bibliotecas Vivas”, donde uno puede “tomar prestada” a una persona para que le cuente su historia de vida, hasta este puesto de consultas por 25 centavos, el objetivo es el mismo: combatir el aislamiento.
A sus 77 años, Hervé Simoneau no solo ayuda a los demás; se ayuda a sí mismo. En una etapa de la vida donde el riesgo de exclusión social aumenta, el programa le otorga un sentido de pertenencia y utilidad. Es la prueba viviente de que la jubilación no debería ser un retiro del mundo, sino una redistribución de la sabiduría acumulada.
Cuando la jornada termina y Hervé recoge su cartel, queda claro que esos 25 centavos son la inversión más rentable de Quebec. No compran una respuesta mágica, sino algo mucho más escaso en 2026: el tiempo de otro ser humano que, sin juzgar, está dispuesto a decirte: “Te escucho”.

