La nigeriana que se volvió negra en Estados Unidos: un libro leído a destiempo

La nigeriana que se volvió negra en Estados Unidos: un libro leído a destiempo

Para Chimamanda Ngozi Adichie la raza no era un tema.. hasta que emigró.

Hay una regla básica en el periodismo, una regla de esas que son la columna vertebral de la profesión: se habla de cosas de actualidad. Algunos dicen por ahí que el periodismo es la primera versión de la Historia, esa que se escribe con mayúsculas. Primera versión, en caliente. Eso es el periodismo: perdón, voy a hacer lo contrario.

Bueno, a veces hablamos de cosas que pasaron hace mucho, pero sobre todo cuando es un aniversario. Cuando fueron de esas cosas que cambiaron el mundo -el curso de la Historia-, que vale la pena volver a contar. Perdón: voy a hablar de un libro que salió hace más de diez años, en 2013, y que no cambió el destino del universo. Pero qué libro. Qué sutileza, qué mirada profunda sobre nuestro mundo, qué narración a la que te quedás pegada.

Voy a hablar de Americanah, el novelón -tiene 603 páginas- de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie. Lo leí ahora, tarde, a destiempo, simplemente porque lo tenía pendiente y me lo llevé a las vacaciones. Con tiempo y sin la obligación de escribir nada. Bueno, acá estamos.

Chimamanda Ngozi Adichie nació en 1977 y creció como la hija de un profesor de Estadística de la Universidad. Creció en un ambiente académico, rodeada de libros, de relatos, de ideas, de discusiones. ¿Era negra No, para nada. Empezó a ser negra cuando se ganó una beca y, a los 19 años, se fue a estudiar a los Estados Unidos. O eso dice ella.

Una calle en Lagos, Nigeria. (REUTERS/Sodiq Adelakun)

Quince años vivió fija en Estados Unidos (ahora va y viene entre ese país y Nigeria). En Estados Unidos maduró, anduvo por las mejores universidades, publicó sus libros, le fue bien, muy bien, cada vez mejor. Cada tanto su nombre aparece en la lista de candidatos al Premio Nobel. Y hace poco el escritor argentino Ariel Magnus escribió Soy la peste, un libro que hizo en colaboración con la Inteligencia Artificial. Le preguntó a la IA quiénes eran los mejores autores, el nombre de la nigeriana apareció entre los cuatro o cinco principales. Supongo que Americanah debe haber pesado en esa elección.

La nigeriana que se volvió negra

Americanah es una expresión nigeriana que señala a quienes se fueron del país y volvieron con costumbres, expresiones, mirada “de allá”. No es spoilear: apenas empieza el libro ya sabemos que Ifemelu, la protagonista -taaan parecida a Chimamanda- se vuelve a Nigeria. Pero lo que nos va a contar, sobre todo, es qué pasó antes de irse y la vida allá. Y cómo fue que se volvió negra, claro.

Contra cualquier cliché, lo que cuenta Americanah es la vida de una familia de clase media bastante educada, aunque su madre va cambiando de iglesia y su vida se adapta a las interpretaciones de distintos pastores.

Ifemelu estudia, piensa, en la adolescencia tendrá un novio inesperado, un novio que no era para ella sino para una amiga, un novio de familia intelectual, un poco más refinada, un hombre tranquilo, inteligente, desprejuiciado: Obinze.

Las complicaciones económicas de la casa de Ifemelu a veces las salva su tía Uju, que es la amante de un general. El dato no es menor: la historia transcurre durante los gobiernos de generales como Ibrahim Babangida y el brutal Sani Abacha. La arbitrariedad pero sobre todo la corrupción mandan. Los jóvenes sienten que no hay futuro ahí, no el futuro que los libros les prometen. Y, uno tras otro, saldrán a buscarlo a Occidente.

Las frases con que explica lo que pasa son fáciles de entender para muchos de nosotros: “El país carecía de esperanza, los coches permanecían días enteros en largas y sudorosas colas para llenar el depósito, los jubilados enarbolaban pancartas ajadas exigiendo sus pensiones, los profesores universitarios se congregaban para anunciar una huelga más”.

La nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie suele ser mencionada para el Premio Nobel de Literatura. ( EFE/Friedemann Vogel/Pool)

Ifemelu, dijimos, se va a Estados Unidos y hará lo imposible por adaptarse. Allí percibe, por primera vez, el tema de la raza. ¡Es un tema la raza! En las grandes cosas y en los detalles, como que en las revistas de belleza no hay modelos negras ni productos que vayan con su piel, porque cuando se habla de las características de un ser humano se está pensando en los blancos. En cambio, cuando se hablar de que alguien anda en drogas o vende drogas enseguida se sospecha del negro o la negra de la escuela. Porque, como son parte de la clase media, ella y sobre todo el hijo de Uju-que también termina en Estados Unidos- viven en barrios “blancos”. Van a colegios “blancos”.

Chimamanda señala, también, la diferencia entre negros estadounidenses y los que no lo son. Cuando ya lleve un tiempo en su nuevo país, la chica empezará a escribir un blog: Raza o Diversas observaciones acerca de los negros estadounidenses (antes denigrados con otra clase de apelativos) a cargo de una negra no estadounidense“. El blog es frontal, brutal.

Lo de las drogas, por ejemplo: “Y en Nueva York la policía detuvo al profesor Hunk. Pensaron que tenía drogas. Los negros estadounidenses y los blancos estadounidenses consumen drogas en igual proporción (consúltese), pero pronunciad la palabra «droga» y veréis qué imagen acude a la cabeza de todo el mundo“.

Aunque el personaje se apasiona por la posibilidad de que Obama gane las elecciones, también escribe que sólo puede ganar si es “el Negro mágico”. Explica Ifemelu: “El Negro que es sabio y benévolo a perpetuidad. Sometido a grandes sufrimientos, nunca reacciona. Nunca se enfurece, nunca se muestra amenazador. Siempre perdona toda clase de mierda racista. Enseña al blanco a disgregar el prejuicio triste pero comprensible que anida en su corazón. Vemos a ese hombre en muchas películas. Y Obama va que ni pintado para el papel”.

Para la escritora nigeriana, Barack Obama era

Pero no hay que creer que Americanah es un libro de denuncia, aunque denuncia. Hay mucha historia, varios amores, la búsqueda desesperada de un trabajo, el conflicto -no para ella, pero sí para varios amigos- de los papeles. La obsesión de los papeles, que no es una fantasía paranoica: alguno se irá de Nigeria a otro país y volverá esposado.

Como nigeriana, Chimamanda marca mucho la diferencia entre africanos y negros estadounidenses. Hay una que es clave y el padre de Ifemelu se lo dirá en la cara cuando ella esté saliendo con un muchacho nacido en América: “¿Un descendiente de esclavos?” Si, como ella dice, los negros estadounidenses conocen una cara más fea y más áspera del país (aunque de eso no se puede hablar), los africanos llegan sin esa carga. Muchos, como dijimos de familias de gran formación, de buen pasar. El día que a uno le toque limpiar un baño donde a alguien se le ocurrió defecar sobre la tapa del inodoro, simplemente colgará los guantes.

Las grandes y las pequeñas cosas que la hacen negra, distinta, “minoría”, eso es lo que descubrirá Ifemelu, que tendrá un novio blanco y tan rico que puede pensar de repente que por qué no ir a pasar este fin de semana a París, y chan, dar el saltito como quien va a hacer picnic al lado del río. y el negro estadounidense, que es profesor universitario. Y algún otro que le interesa menos. Toda buena gente, pero pasan cosas.

Con ese blanco rico está todo bien, ¿quién se atrevería a molestarla Pero ella tiene una antena: “En esa fiesta, mientras Curt la llevaba cogida de la mano, la besaba a menudo, la presentaba a todo el mundo, lo que al principio la divertía al final la agotó. Las miradas habían empezado a traspasarle la piel. Estaba cansada incluso de la protección de Curt, cansada de necesitar protección”.

O cuando le digan que no exagere, ella contestará cosas como esta:

Yo vengo de un país donde la raza no era motivo de conflicto; no pensaba en mí como negra, y me convertí en negra precisamente cuando llegué a Estados Unidos. Cuando eres negro en Estados Unidos y te enamoras de una persona blanca, la raza no importa mientras estáis los dos juntos y a solas, porque estáis únicamente vosotros y vuestro amor. Pero en cuanto salís a la calle, la raza sí importa. Pero no hablamos de ello. No comentamos siquiera a nuestras parejas blancas los pequeños detalles que nos sacan de quicio, ni las cosas que nos gustaría que entendieran mejor, porque nos preocupa que digan que exageramos, o que somos demasiado susceptibles. Y no queremos que digan: Fíjate en lo lejos que hemos llegado, hace solo cuarenta años, habría sido ilegal el mero hecho de que tú y yo fuéramos pareja, bla, bla, bla, porque ¿sabes qué pensamos cuando dicen eso? Pensamos, por qué coño ha tenido que ser ilegal alguna vez“.

George Floyd, el racismo en Estados Unidos llevado al extremo. ( EFE/EPA/CRAIG LASSIG/Archivo)

Hace muy poco Chimamanda tuvo una tragedia: murió su hijo de 21 meses. Fue una clínica privada en Lagos, Nigeria. Y la escritora cree que tuvo que ver con fallas en el sistema, con que le dieron una dosis excesiva de anestesia, con que lo atendieron mal. “El anestesiólogo fue criminalmente negligente. Fue mortalmente despreocupado con la preciosa vida de un niño. No se siguió el protocolo adecuado”, dijo ella. El ministro de Salud reconoció “desafíos sistémicos”. Algo que pasaba más allá del caso individual.

Esta posibilidad de señalar lo colectivo en lo individual tal vez tenga algo que ver con Americanah, una novela que se disfruta por su sutileza, por sus detalles, por la verdad impúdica que exhibe y por la posibilidad de leer hasta las publicidades para cuidarse el pelo en clave social.

Y por la historia de amor que no estoy contando pero que quién no quisiera vivir.

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