
*Grupo INECO es una organización dedicada a la prevención, diagnóstico y tratamiento de enfermedades mentales. A través de su Fundación INECO, investiga el cerebro humano.
El autismo no aparece en la adultez. Lo que suele aparecer tarde es su reconocimiento clínico.
Desde la neurociencia, se entiende como una variación en la organización y el funcionamiento del sistema nervioso, presente desde etapas tempranas del desarrollo y relativamente estable a lo largo de la vida. Lo que cambia no es el cerebro, sino las demandas del entorno y la forma en que este órgano debe responder a ellas.
“El autismo se caracteriza por diferencias persistentes en la comunicación social, la flexibilidad cognitiva y el procesamiento sensorial, asociadas a patrones atípicos de conectividad cerebral. No se trata de una enfermedad adquirida ni de un cuadro que ‘aparece’ más tarde, sino de una trayectoria neurobiológica específica. En la infancia, muchas veces el sistema compensa; el desajuste emerge cuando las demandas sociales, académicas o emocionales superan esa capacidad compensatoria” precisala doctora Andrea Abadi, directora del Depto Infanto Juvenil de INECO.

“A lo largo del desarrollo, el mismo sustrato neurobiológico se expresa de maneras distintas. En la infancia predominan las dificultades en la integración social temprana y la regulación emocional», agrega Abadi.
“En la adolescencia, el aumento de la complejidad social suele traducirse en ansiedad y conductas de evitación. En la adultez, la carga acumulativa sobre los sistemas de autorregulación puede manifestarse como fatiga crónica, depresión o burnout. El cerebro es el mismo; la exigencia contextual, no”, completa.
Un concepto clave es el de camuflaje social. Muchas personas desarrollan estrategias cognitivas conscientes para compensar dificultades sociales, con un uso intensivo de redes ejecutivas y de control. Este sobreesfuerzo sostenido no es gratuito: se asocia a agotamiento y mayor vulnerabilidad a trastornos internalizantes.
Las diferencias en el procesamiento sensorial también son centrales. No se trata de hipersensibilidad emocional, sino de umbrales neurobiológicos distintos: ciertos entornos activan de manera persistente sistemas de alerta, interfiriendo con la regulación emocional y cognitiva.
El autismo no define un nivel intelectual único. Existen múltiples perfiles cognitivos, con frecuencia inteligencia promedio o superior, y dificultades localizadas principalmente en la flexibilidad cognitiva, la pragmática del lenguaje y la integración social. Confundir autismo con déficit intelectual ha sido uno de los errores clínicos más persistentes.

En adolescentes y adultos, es habitual la coexistencia con ansiedad, depresión, TDAH o trastornos del sueño. Muchas veces, estos cuadros reflejan las consecuencias funcionales de un cerebro expuesto durante años a demandas mal calibradas para su modo de procesamiento.
“El diagnóstico no es una etiqueta reductora, sino una herramienta de reorganización: permite ordenar la historia evolutiva, comprender patrones repetidos y ajustar intervenciones. La evidencia muestra que lo más eficaz no suele ser ‘normalizar’ a la persona, sino modular el contexto: mayor previsibilidad, claridad comunicacional, reducción de la sobrecarga sensorial y adecuación de expectativas” explica la doctora Silvina Domínguez, coordinadora médica y miembro del Departamento de Psiquiatría de INECO.
Qué ayuda (y qué no)
Comprender el autismo desde el neurodesarrollo permite hacer algo fundamental: dejar de intervenir contra el funcionamiento del cerebro y empezar a trabajar a favor de él. Muchas de las cosas que ayudan no son sofisticadas; son coherentes con cómo procesa la información un sistema nervioso con este perfil.

Entornos previsibles. La previsibilidad no es rigidez, es regulación. Un cerebro que procesa con mayor costo la incertidumbre necesita anticipación para no permanecer en estado de alerta. Rutinas claras, cambios anunciados y reglas explícitas reducen la carga cognitiva y liberan recursos para aprender, vincularse y disfrutar. No se trata de controlar la vida, sino de bajar el ruido de fondo.

La ambigüedad social es uno de los mayores generadores de estrés. Vínculos con expectativas explícitas, mensajes directos y menor dependencia de lo implícito facilitan la comunicación y reducen malentendidos. La claridad no empobrece el vínculo; lo vuelve neurobiológicamente accesible.

Exigir un desempeño social constante —mirar a los ojos, participar siempre, responder rápido, adaptarse sin pausa— implica un uso sostenido de sistemas de control ejecutivo. Reducir esa exigencia no aísla: protege la energía mental. Dar permiso para retirarse, regular tiempos y elegir contextos es una forma concreta de cuidado.

La corrección permanente mantiene al cerebro en modo error. La comprensión, en cambio, permite regular. Entender que ciertas conductas no son desinterés, desafío o falta de voluntad, sino respuestas neurobiológicas, cambia la intervención: se acompaña, se ajusta el entorno, se explica. Y el sistema nervioso responde mejor.
Qué no ayuda:
● Forzar “normalidad”. Intentar que la persona actúe como si su cerebro funcionara de otra manera implica un esfuerzo continuo y poco sostenible. Forzar normalidad no integra: agota. La adaptación real ocurre cuando el contexto se flexibiliza, no cuando la persona se desborda intentando encajar.
● Minimizar (“a todos nos pasa”). Frases bien intencionadas suelen tener un efecto paradójico: invalidan la experiencia. Si bien todos podemos sentirnos incómodos o cansados, no todos lo vivimos con la misma intensidad ni con el mismo costo neurobiológico. Minimizar impide comprender y posterga ajustes necesarios.
● Comparar trayectorias. Cada cerebro tiene su ritmo y su recorrido. Comparar con pares, hermanos o ideales externos introduce una variable de presión que no aporta regulación ni desarrollo. Las trayectorias no son lentas ni rápidas: son distintas. Y necesitan ser leídas como tales.
Ayudar no es hacer más, es hacer compatible. Cuando el entorno deja de pelear con el modo en que el cerebro procesa, muchas dificultades se atenúan sin necesidad de grandes intervenciones. A veces, lo más eficaz no es intervenir más, sino intervenir mejor. Pensar el autismo a lo largo de la vida no implica detectar más, sino entender mejor. Cuando la comprensión llega, aunque sea tarde, no cambia el cerebro. Cambia la relación con él.
La importancia de la validación clínica en la adultez

En la actualidad, el acceso masivo a la información a través de las redes sociales ha permitido que muchos adultos se sientan identificados con rasgos del Espectro Autista (TEA). Si bien esta visibilidad es un avance valioso para la concienciación, es fundamental subrayar que el autodiagnóstico basado en contenidos digitales no reemplaza la evaluación formal.
El diagnóstico de autismo en la vida adulta es un proceso profundo que debe ser realizado por profesionales especializados, y esto responde a necesidades clínicas fundamentales:

- La complejidad del diagnóstico diferencial: Muchos de los indicadores que se asocian al TEA pueden solaparse o confundirse con otras condiciones de salud mental. Es imprescindible la intervención de un psiquiatra o profesional capacitado para distinguir el autismo de cuadros de ansiedad social, trastornos de la personalidad, TDAH o respuestas a traumas complejos. Un ojo clínico experto es el único capaz de discernir el origen y la naturaleza de estos rasgos.
- Una evaluación integral, no una lista de chequeo: El diagnóstico médico no se limita a marcar “casillas” de síntomas actuales. Requiere un análisis exhaustivo de la historia del desarrollo y del funcionamiento global de la persona. El objetivo no es solo poner una etiqueta, sino comprender la arquitectura neurobiológica del individuo en su totalidad.
- De la sospecha a la certeza médica: Aunque las redes sociales pueden ser el motor que impulse la búsqueda de respuestas, la instancia del diagnóstico médico es el paso indispensable para obtener una comprensión real y científica de uno mismo. Esto permite que la persona acceda a intervenciones terapéuticas precisas y a un marco de validación que solo la medicina basada en evidencia puede otorgar.

