
El regreso de “Aquí no podemos hacerlo” representa un acontecimiento clave en la cartelera porteña. El musical, ideado y dirigido por Pepe Cibrián, considerado pionero del género en Argentina, debutará en el Teatro Regina desde el sábado 7 de febrero de 2026. Estrenada por primera vez en 1978, la obra rompió con el escepticismo de la época, demostrando que era posible crear una producción de gran escala en el país. Fue un espacio de referencia para el musical argentino y, en palabras del propio Cibrián a Teleshow, significó “una proclama sobre las capacidades creadoras locales en el género”. Este regreso invita a reflexionar nuevamente sobre el papel del teatro nacional y el valor de sus propuestas frente al predominio de los espectáculos internacionales.
Junto a Cibrián estarán Juan Pablo Ragonese como director musical, Tomás Luna encargado de la coreografía, con música original de Luis María Serra y producción artística de Emiliano Miguez, según se informó en el comunicado oficial de la obra.
La entrevista con Pepe Cibrián con Teleshow aborda no solo los desafíos y logros de “Aquí no podemos hacerlo”, sino también el panorama actual del teatro musical argentino, y sus proyectos en el exterior. Además, incluye su posición frente a la obra “Come from Away”, su crítica al uso de anglicismos en escena y la evolución del proceso judicial con los herederos de Ángel Mahler.
—Después del susto del año pasado, ¿cómo estás hoy y cómo fue tu recuperación?
—Bien, gracias a Dios, estoy bien. A pesar de la enfermedad, me sentí espléndido. El año pasado ocurrieron cosas que me afectaron mucho, pero hoy el día es estupendo y me siento muy bien.
—¿Por qué decidiste volver a montar “Aquí no podemos hacerlo”?
—Porque para mí es icónica, el placer de toda una vida. Fue mi primer musical, un éxito, y me marcó profundamente. La hice por primera vez en 1978, cuando el género casi no existía en el país. Lo que yo hice fue retomar la corriente musical que había en las décadas del 40 y el 50, que después se dejó. Quise demostrar que también se podía lograr en Argentina.

—¿Cómo surgió “Aquí no podemos hacerlo”?
—En el 78 yo estaba en Londres para ir a ver A Chorus Line, que a mí me fascinaba, lo escuchaba en long play y me lo imaginaba. Y me sorprendió la estética que vi. Entonces, tomé esa idea de despojo y de musical conceptual. Cuando lo vi, dije: ¡Guau! Qué maravilla ser el director en mi país. Pero no de un grupo de actores que de uno a uno cuentan su vida. No. Como la historia de un hombre que vuelve de Europa, que era yo, para tratar de demostrar en su país que aquí sí podíamos hacerlo. Esa fue la búsqueda. Estuvimos ensayando ocho meses. Conmigo empezaron Sandra Mihanovich, Ana María Cores, Graciela Pal, Dalma Milevos. Y finalmente, luego de ocho meses de ensayos, con la producción de mis padre, música de Luis María Serra y una coreografía maravillosa de Ana Itelman, estrenamos en el Teatro Embassy
—¿Qué recuerdos tenés de ese momento?
—Estrenamos y, eh, fue una locura el día del estreno. Me acuerdo que Pinti y Antonio Gasalla subieron al escenario . Pero no venía nadie. Recuerdo el apoyo de mis padres, que sin tener fortuna, y a punto de levantarla, me dijeron “Mirá, te bancamos un mes músicos y actores, pero más no podemos”. Pero salió una doble página en el diario La Opinión, de Jacobo Timerman, que firmó Daniel López titulada “El primer gran musical argentino”, y se llenó el teatro durante dos años.
—Era 1978, estaba la dictadura, se aplicaba la censura. ¿Tuvieron problemas?
—En relación a la dictadura no, porque no era una obra comprometida políticamente. Sí lo fue Calígula, que terminó también en dictadura, en el 83. Pero no se enteraban de nada, porque como era un musical, venían a los ensayos, eh, con los anteojos negros y todo. Pero teníamos un ensayo A y un ensayo B. Cuando venían ellos, era un ensayo que parecía Walt Disney, cuando se iban, era la obra real. Pero además, ahí la dictadura estaban en decadencia. Esta obra, “Aquí no podemos…”, tiene que ver con un nacionalismo, es una joyita la palabra. Yo siempre aposté por mi país, por mi gente, por mis talentos, por mis músicos, por todo lo nuestro. Porque hay cosas geniales de otros que también son nacionales y muy buenas, por cierto, o mejores. Es una obra muy despojada. Son diez sillas, ropa de ensayo, nada más. Pero en la historia, por ejemplo, hay un tema, “A vos ciudad”, que lo cantó y lo grabó Sandra Mihanovich, que es un tango muy bello y que inclusive en Melo y Callao hay un baldosón donde está la letra. Imaginate, pues es un orgullo.

—Y ahora que sí podemos hacerlo, ¿por qué no hay más musicales escritos en Argentina en las grandes marquesinas de la calle Corrientes?
—Obras hay, pero eso hay que preguntarle a los empresarios, que prefieren lo que viene de afuera. Mirá, si yo no hubiera tenido el respaldo de Tito Lectoure para “Drácula”, nada de lo que vino después habría sido posible. Gracias a “Drácula”, surgieron otros musicales y se crearon escuelas de teatro musical. Si no, no le prestan atención a lo nacional; solo apuestan si hay figuras conocidas o éxitos previos. No estoy hablando mal de las figuras, aclaro, pero quiero decir que estos jóvenes que ahora están acá en “Aqui no…” todos son nuevos talentos, porque yo siempre aposté por los jóvenes y lo nacional. Y lo mismo para los que estarán en Drácula porque el 15 de abril presentaré la segunda parte, que se llama Drácula la Resurrección, treinta años después, y con treinta y cuatro protagonistas.
—En relación al musical “Drácula” y sus efectos, ¿cómo evaluás su rol en el teatro argentino?
—“Drácula” fue fundamental. Mostró que un musical nacional podía llenar estadios y convocar multitudes. Muchos jóvenes talentos se integraron y siguen en nuevos proyectos porque siempre aposté por lo nacional y las nuevas generaciones.
—Cuando criticaste a la obra Come from Away, ¿esperabas la reacción que se produjo con Enrique Piñeyro, esposo de Carla Calabrese, la directora
—No, pero fue un error mío,yo dije que no fue nadie. Eso fue el error, porque da igual si no va nadie. Ya pedí disculpas, tanto en público como en privado. Lo primero que hice fue mandarles un audio pidiéndoles mil disculpas porque tenían razón y lo entendieron. Los dos me dijeron ‘Pepe, no tiene importancia, son cosas que pasan’. El año pasado hice Oscar Wilde y no fue nadie. Y lo digo, no tengo miedo. En este caso lo dije porque lo que me afectó, y me afecta, y lo sigo manteniendo, es que no me gusta que se hable en inglés. O sea, por qué tengo que decir stage manager si es asistente de dirección, por qué coach si es entrenador. ¿Vos te imaginás al entrenador de River, al DT, diciéndole coach? Se caga de risa la hinchada. Entonces, me imagino que si, suponte, hacen una obra sobre la historia de mi vida y la estrenan en Londres, dirán The Story of My Life. No van a decir “La historia de mi vida” porque lo ponen en su idioma. Afuera nadie pone el título de su obra en otro idioma. En España, “Pretty Woman” es “Mujer Bonita”. ¿Por qué aquí debería ser distinto? Hay que defender nuestro idioma y lo nacional, desde la palabra y desde la identidad.
—Tus obras hoy se presentan en España y pronto en Inglaterra. ¿Cómo vivís esas adaptaciones?
—Es especial ver cómo adaptan mi trabajo a otros idiomas; no es una traducción literal porque la poesía exige una métrica. Cada país y lengua requieren una reescritura y un ritmo diferente para cada personaje y verso.

—En España se presenta “Dos reinas, dos tronos” y en Inglaterra se prepara “Juana la Loca”. ¿Participás en las adaptaciones?
—Sí, pero prefiero quedarme en Argentina. Disfruto llevar mis obras a cada provincia y compartir con la gente; no necesito viajar al exterior para sentirme libre ni realizado con mi trabajo.
—¿Cómo surgió la decisión de que dos hombres interpreten a las reinas Isabel I y María Estuardo en “Dos reinas, dos tronos”?
—Porque me pareció interesante, sobre todo Isabel, que decían, entre comillas, que era un hombre por su carácter, su personalidad. Al hacerlo un hombre, me parecía bien que hiciera a María Estuardo otro hombre, con otras características de personalidad, por supuesto. Y yo quiero hacerlo acá en Buenos Aires, pero con todo el trabajo que tengo, aprenderme esos choclos, no sé si tengo fuerza. Cuando hice Marica, lo hacía como leyéndola y poco a poco me la fui aprendiendo, pero literalmente, acá no puedo hacerla leyéndola. Yo tengo 68 años. De verdad, quiero estar de vuelta de ciertas cosas. Espero vivir mucho, no lo sé. Pero yo siempre he hecho lo que me dio la gana. Porque para hacer lo que te la gana, no hace falta ir al Nacional. Hacía lo que me daba la gana en un sótano con pis de gato y yo prendiendo sahumerios. Veinte años en el sótano. Pero hacía lo que me daba la gana. Un sótano de mierda, a lo mejor, para mí era el Colón. Y vuelvo a decirle gracias a Lectoure, porque ese hombre creyó en el delirio de Pepe.
—Por último, ¿cómo avanza el proceso judicial con los herederos de Ángel Mahler y qué impacto tuvo en tu vida
—El proceso sigue adelante y es una cuestión muy seria. Me duele porque pasaron, entre que lo conocí y el año pasado, 42 años, desde el 83. Y yo nunca pensé el lo que me decían: Pepe, pasa esto, pasa aquello. No, no, no quiero ver nada. Y una vez me traía un papelito escrito, que yo ni leía, pero ¿cómo no voy a confiar en eso? Si era como un hijo, si le puse a todo Cibrián-Mahler. Se lo puse yo. Con todo orgullo y lo volvería a hacer, porque creo que se lo merece. Pero, por ejemplo, cuando estuvo en Cultura de la Ciudad, viste que puso estrellitas con nombres en la calle Corrientes. No puso la mía, la pusieron el año pasado. Él no. Pero cada uno tiene que saber qué hace de su vida. Yo cuando me entero que pasa de todo esto, le pido una auditoría. Pero si todo estaba bien, que me dieran los papeles, no había problema. Pero resulta que no me dieron nada y me contestó diciendo que él nunca había sido mi socio, que es como si yo te dijera ‘no, yo nunca hice este reportaje’. Ahora debo pedir una rendición de cuentas por lo que me corresponde. No es que me tienen que pagar, me tienen que devolver. Es un duelo difícil, pero siento que tengo que seguir adelante.

