Ocuparse del alma hoy: el sorprendente auge de Viktor Frankl

Ocuparse del alma hoy: el sorprendente auge de Viktor Frankl

El sentido en crisis: Viktor Frankl y las preguntas olvidadas de la vida contemporánea

“Ocúpate del alma, dijo el gordo vendedor de carne”, propone una hermosa de Joaquín Sabina. A través de sus versos plantea el encuentro con el propio reflejo en el espejo, cuando ya no hay ninguna máscara. “Déjame solo conmigo, con el íntimo enemigo que malvive de pensión en mi corazón”, continúa la letra que, en un primer momento, desarrolla una serie de órdenes contradictorias (“Corre, dijo la tortuga; atrévete, dijo el cobarde”) que ponen de manifiesto que la relación con uno mismo no es tan diáfana y transparente como creemos o quisiéramos.

Ocuparse del alma era un imperativo clásico de los estoicos, en la línea del “Conócete a ti mismo” de los griegos. No es raro que hoy se publiquen muchos libros de aquellos filósofos (Cicerón, Séneca, etc.), así como se editan manuales de introducción, que pusieron en un primer plano el valor de la existencia. En tiempos de crisis y decadencia social (como lo fue el derrumbe del Imperio Romano) queda volver a uno mismo y preguntarse por lo más básico de la buena vida.

Sin embargo, nosotros no somos filósofos. Somos consumidores, personas con atención distraída, con vínculos frágiles. Cuando volvemos a nosotros, nos encontramos desgarrados, como el personaje de la canción de Sabina: “El caprichoso, el orgulloso, el otro, el cómplice, el traidor”. Que un carnicero –en lugar de un filósofo– tenga que recordar el valor de alma es una paradoja bien propia de esta época.

Esta época, ¿qué época Una en la que proliferan los diagnósticos, en la que todas las semanas tenemos una nueva etiqueta para nombrar lo que nos pasa. Detrás de cada máscara siempre hay otra máscara. Así pasan las modas. Y así como una semana somos especialistas en devaluaciones y a la siguiente en política internacional; de la misma manera una semana nuestros padres son narcisistas y a la siguiente todos tenemos alguna cuestión que se puede interpretar desde el funcionamiento del cerebro.

El cerebro es la nueva alma, en una época de existencias débiles. “Sabés que no aprendí a vivir” dice otra canción –una de Charly García– que también podría medir la temperatura de la crisis actual. ¿En qué punto los diagnósticos nos están quitando la capacidad de vivir, en la medida en que la codificación anticipada de la experiencia reemplazó su descubrimiento? Una categoría diagnóstica es mucho más valiosa por las distinciones que permite establecer con otras categorías que por la cantidad de fenómenos que agrupa bajo su nominación, dado que el riesgo en este último caso es que se generalice y, como ocurre hoy en día, se divulgue de una manera –redundantemente– vulgar y se aplique a casi todas las personas.

“El hombre en busca de sentido” de Viktor Frankl

¿Qué es la logoterapia

¿Qué se “cura” en un proceso psicoterapéutico? ¿Un diagnóstico? ¿Se trata de que, en primer lugar, alguien se identifique con un término y, luego, “aprenda” lo que de sí mismo dice ese término? Si este era el caso, estaríamos ante una etiqueta, una máscara detrás de la que habita el sufrimiento real, el de la vida, el de la existencia. En un mundo decadente, en el que los sentidos están en crisis, la mejor alienación –su forma más sutil– ya no es la de la explotación en el trabajo, sino la de la identidad, para hacerse solo las preguntas que ya tienen una respuesta estandarizada.

Nada de esto es reciente. De este tipo de constataciones es que nació la aproximación terapéutica de Viktor Frankl. Sobreviviente de un campo concentración, Frankl tenía el coraje de preguntarle a sus pacientes: “¿Por qué no se suicida usted?”. Antes que invitarlos al acto, su interés estaba en poner de manifiesto lo que une más íntimamente a la vida. En efecto, uno de sus libros más conocidos comienza con un capítulo titulado Un psicólogo en un campo de concentración. Este es un texto que debería leerse en las escuelas secundarias.

El hombre en busca de sentido se publicó en 1946. Su lección es dramática: cuando un hombre es capaz de intercambiar su trozo de pan por un cigarrillo, es porque ya se entregó. La peor condena no es la que ejecuta el verdugo, sino uno mismo cuando cede en sus fuerzas y deja de persistir en la capacidad de vivir. “La búsqueda por parte del hombre del sentido de la vida constituye una fuerza primaria y no una ‘racionalización secundaria’ de sus impulsos instintivos”, propone Frankl.

En este punto, su postura es diferente a la del psicoanálisis clásico que siempre puso en primer plano las pulsiones. ¿No habría descuidado Freud el valor del sentido? Quizá lo dio por sentado y lo dejó sin tematizar. Aunque el carácter sombrío de la obra freudiana a partir de la experiencia de las dos guerras mundiales, con una apuesta por la civilización, tal vez dé cuenta de un cambio de punto de vista.

En cualquier caso, ese primer gran libro de Frankl –que al día de hoy conoce miles de reediciones– concluye con la promoción de la logoterapia. ¿En qué consiste este método? “Según la logoterapia, la primera fuerza motivante del hombre es la lucha por encontrar un sentido a la propia vida. Por eso hablo de voluntad de sentido, en contraste con el principio de placer en que se centra el psicoanálisis freudiano y en contraste con la voluntad de poder que enfatiza la psicología de Adler”. Por esto, suele decirse que la logoterapia es la “tercera escuela vienesa de psicoterapia”.

Frankl fue un neurólogo y filósofo austríaco fallecido en 1997 que fundó la logoterapia (Crédito: Wikipedia)

Ahora bien, continúa Frankl: “Ese sentido [para la vida] es único y específico en cuanto es uno mismo y uno solo quien tiene que encontrarlo”. Dicho de otro modo, no se trata de que haya una cosmovisión o sistemas de valores abstractos a los que adherir, como no sea la pregunta por lo humano en su dimensión más radical. ¡Qué extraño parece decir esto en un tiempo en que se celebra el post-humanismo y el animalismo como nuevas formas de vida, a veces superadoras!

¿Será que hemos perdimos el sentido de la vida humana Esta es una pregunta que se hizo el mismo Frankl en una conferencia de 1974 que se publicó recientemente con el título ¿Neurotización de la humanidad o rehumanización de la psicoterapia Allí el pensador hace una crítica del movimiento hacia el que se dirige la humanidad y vuelve a insistir en la clave del descubrimiento del sentido único: “El carácter único e irrepetible del sentido tiene como consecuencia la imposibilidad de transmitirlo. Los universales de sentido, que podríamos definir como valores, pueden transmitirse. El sentido único, en cambio, debe ser captado por la persona misma”.

Entre 1946 y 1974 hay casi tres décadas, el tiempo suficiente para que la logoterapia adquiriese carta de ciudadanía y la figura de su promotor se haya consolidado. En efecto, en 1986, la Universidad de Viena le otorgó a Frankl el título de Doctor Honoris Causa. Para ese entonces, ya llevaba publicados 27 libros, muchos traducidos a más de 20 idiomas (con una edición al japonés de su obra completa). Reconocer el valor de Frankl para la psicología no requiere justificación.

Si el lector quisiera introducirse en los fundamentos de la logoterapia, el mejor libro es Logoterapia y análisis existencial, una compilación de diversos artículos cuyo subtítulo es “Textos de cinco décadas”. De este conjunto, destaco las siguientes palabras de un ensayo que problematiza la actitud que debe tomar un psicoterapeuta: “Estoy convencido de que algunas terapias de la psicología individual deben su efecto menos al descubrimiento de conexiones reales que a un llamamiento radical a la moral del enfermo que, por así decir, no quiere seguir ‘soportando’ que el médico le califique”.

Es bien interesante este proceso de curación: el paciente quiere recuperar su vida de las garras de un diagnóstico y de la mirada del terapeuta. El proceso de comprensión desde la vía teórica es poco al lado de la comprensión que el enfermo consigue de sí mismo. En última instancia, un buen proceso terapéutico conduce a que el enfermo decepcione al psicoterapeuta respecto de las expectativas, anticipaciones y previsiones que el profesional se forma sobre la enfermedad del paciente.

Viktor Frankl murió en 1997. Desde entonces, sus libros se siguen reeditando y mucho más en los últimos años. En lo que sigue comentaré algunas de las apariciones más recientes, que ponen en circulación un autor que interpela en su raíz el movimiento clasificador en que estamos envueltos: queremos ser libres, no queremos que nada nos determine, pero enseguida nos ponemos a hablar con el vocabulario de la neurociencia para describir nuestros procesos anímicos como si fueran impersonales, nos pegamos etiquetas para reclamar una singularidad que escapa a la pregunta existencial por excelencia: ¿cuál es el sentido de mi vida

El dolor no es una enfermedad

Un libro de reciente publicación en castellano es El hombre doliente, que contiene en un único tomo dos libros de la década del ’70: El hombre incondicionado y Homo patiens. El primero de ellos retoma la relación entre el cuerpo y el alma para centrarse en uno de los temas más caros del existencialismo: la libertad.

¿Qué significa ser libre? Que incluso en la máxima determinación, condicionado hasta el extremo, podré elegir. Seamos sinceros: si cualquiera de nosotros regresa a su casa y pesca a su pareja con un amante, jamás admitiría que la explicación fuese “Es que hoy no tomé esa pastilla…”. Ninguno de nosotros renunciaría al reproche cierto: “Vos tenías que saber que yo iba a sufrir”.

Cada día la medicina descubre nuevos genes, neurotransmisores, etc., pero si los seres humanos renunciamos a la descripción de nuestras acciones en términos de voluntad (que no necesariamente tiene que ser consciente) estamos dejando de lado lo específico de una vida humana. Esta aclaración recuerda el chiste –de dudoso sentido del humor– según el cual un hombre visitaba a su esposa enferma hasta que el médico le dice: “La sonrisa de ella se debe a una parálisis facial” y, entonces, el marido deja de ir.

En una época en que se habla tanto de la empatía, de la responsabilidad, etc. ¿no es una contradicción que nos apeguemos tanto a las descripciones científicas para explicarnos? Que la libertad sea una noción irrenunciable no quiere decir que somos amos absolutos de nuestra vida, sino que incluso cuando fuésemos títeres del destino, tendríamos la posibilidad de hacer una experiencia con lo que nos ocurre en función del sentido.

Homo patiens, por su parte, es un bellísimo ensayo sobre la importancia del dolor en la vida humana. El humano no solo sufre (como los animales) sino que también siente dolor, un dolor que lo educa –aunque a veces no enseña nada, salgamos del didactismo continuo– y abre el camino hacia lo espiritual.

Leamos un poquito: “Lo espiritual es precisamente lo que el psicologismo ignora. De ahí la insuficiencia de toda psicoterapia en sentido estricto, tradicional, en el sentido psicologista; esta no ve lo espiritual. Esa insuficiencia deriva en incompetencia cuando la psicoterapia psicologista afronta la problemática espiritual. Nunca verá en la problemática espiritual algo simplemente humano, sino algo psíquicamente patológico. No toma en serio al hombre, sino que lo toma como enfermo”.

De este modo, Frankl critica las aproximaciones que todo lo clasifican, que en todo ven un diagnóstico y olvidan la experiencia iniciática que impone el dolor en la vida humana. Así llegamos a otro libro de reciente reedición, que se lee bien con el anterior: Teoría y terapia de las neurosis (cuya primera aparición fue en 1987). En este ensayo, Frankl plantea que, junto a la neurosis de origen psíquico, también está la neurosis debida a la frustración existencial.

Para la neurosis existencial, la logoterapia acuñó el término “neurosis noógena”, ya que esta tiene su origen no en lo psicológico sino en la dimensión noológica (del griego noos, que es “mente”) de la existencia humana. Este término denota que pertenece al núcleo espiritual de lo humano.

Transcribo un breve fragmento para situar mejor de qué nos está hablando Frankl: “Una paciente nos consulta a causa de su nerviosismo, tendencia al llanto, tartamudeo, sudores, temblores, oscilaciones de párpados y una pérdida de peso de 7 kilos en 4 meses. Todo ello es debido a un conflicto de conciencia entre matrimonio y fe: ¿qué debe hacer, sacrificar el matrimonio a la fe o viceversa Ella da mucha importancia a la formación religiosa de sus hijos, mientras que su marido, ateo declarado, se opone a ello decididamente. El conflicto, en realidad es humano y no patológico. Solo el efecto del conflicto, la neurosis, es una enfermedad. Por esta neurosis no puede ser tratada sin que abordemos un problema de sentido y valor, puesto que la misma paciente asegura que podría tener la mejor vida, tranquilidad y su paz si se adaptase a su marido y en general a su ambiente social. Pero su problema es este: ¿hay que adaptarse a cualquier precio?”.

Frankl para todos

Otra de las reediciones interesantes de la obra de Frankl es la de un volumen que tuvo su primera aparición en 1980 y se reeditó en el 2003, con una nueva edición actual en estos años; me refiero a su gran texto de divulgación: La psicoterapia al alcance de todos.

Mucho antes de la época de los influencers y los cortos de redes sociales en que alguien comenta recetas y tips para ser felices, Frankl se comprometió con la comunicación para el público amplio, con una perspectiva existencial. Este libro tiene en su base las conferencias que, de 1951 a 1955, nuestro autor dictó en la radio vienesa Rot-Weiss-Rot.

Este es un material introductorio muy bello para descubrir el tono amable y risueño de un pensador que trata temas durísimos. Cualquiera podría creer que, para hablar del sentido de la vida, la libertad, la responsabilidad, etc., hace falta un personaje al estilo de Jean-Paul Sartre o Albert Camus, taciturno y sombrío…

Por el contrario, lo primero que Frankl discute es la actitud fatalista. Desde un punto de vista filosófico podemos decir que la vida es absurda, que son más los momentos de dolor que de alegría, etc., pero un terapeuta nunca podría asumir el nihilismo. Eso no quiere decir que vaya a convertirse en un gurú del bienestar. La idea es más simple: donde hay dolor, es que hubo vida; esa que no debe perderse y que a veces se queda atrapada en remordimientos y sufrimientos que pueden tratarse.

Por ejemplo, el recuerdo el caso de una mujer que, en el momento de parir a una hija, ante un riesgo de vida, pensó que no quería morirse. ¿Eso quiere decir que afirmó su propia vida contra la de la hija Durante mucho tiempo vivió con culpa, por ese acto espontáneo de auto-conservación. Acaso, ¿podemos ser más culpables por vivir que por un deseo amoroso?

Esto último lo demuestra también el caso de un hombre que dejó una familia de la que no tenía de qué quejarse, pero que lo sumía en una depresión y que, durante mucho tiempo, sufrió por el reproche cierto “Te salvaste solo”. Como puede verse, la culpa del sobreviviente no solo aplica a un campo de concentración y se la puede encontrar en los más diversos casos de la vida cotidiana.

De este libro, destaco un breve fragmento en el que Frankl habla de lo que denomina “nosofobia”, esa enfermedad “que provoca [y] atrae precisamente lo que se teme. Se ha dicho en cierta ocasión que la mayoría de los casos de personas que mueren ahogadas se debe a que las víctimas sentían temor a ahogarse. Si el deseo es el padre del pensamiento, se puede decir que la ansiedad es la madre del acontecimiento”.

Con mucha sutileza, Frankl ubica el pasaje en nuestra época de la angustia –afecto del conflicto interno– a la ansiedad, reacción ante el miedo que, muchas veces, tiende hacia una actitud confirmatoria.

Por esta vía, llegamos al último eslabón de este artículo: el mayor de todos los miedos, el miedo a la muerte.

El miedo a la vida

Es algo constatable que quienes se realizan en su vida cotidiana tienen menos miedo a morir. Entonces, ¿es el miedo a la muerte o la vida el fundamento último de los síntomas e inhibiciones que nos detienen?

En 1984, en una de sus últimas apariciones públicas, Frankl dictó una conferencia que se tituló: Asumir lo efímero de la existencia. Con este mismo nombre fue establecida en 2022 y recientemente publicada en castellano.

En este breve texto, tenemos la voz del profesional reflexivo junto con la sabiduría del hombre que se prepara para el fin: “De lo que se trata es de que aprendamos a ver lo humano en el ser humano y de que no nos olvidemos de verlo”.

Y luego insiste: “Hasta el final, hasta su último aliento, e incluso en un individuo con una enfermedad mental, o en un individuo que hace ya mucho tiempo cayó en el crimen. Lo humano sigue siempre ahí”.

Con un giro sorpresivo, después de toda una vida dedicada a valorizar el sentido de la vida, Frankl se pregunta cuál es el sentido del sentido. Y la respuesta es que el mundo busca la felicidad, sin tener en cuenta que estar orientados por un sentido es lo que hace que seamos capaces de una tolerancia que no conseguimos de otro modo.

Las personas que quieren ser felices, viven frustradas porque no lo son. Mientras que quienes viven en busca del sentido, son felices a pesar de las adversidades. En este punto, Frankl recuerda su noción de “neurosis de desempleo”, que ilustra que lo difícil para quien perdió su trabajo no es solo no tener un ingreso, sino sentirse inútil.

A continuación, Frankl propone la noción de “neurosis de domingo”, correlativa de la sociedad del ocio, en la que ya nadie sabe en qué ocupar su tiempo. Y luego usa una imagen muy bella, la del calendario: “Hay personas que cada día arrancan la correspondiente hoja y van viendo, con melancolía, cómo el calendario va haciéndose más fino […] pero también hay otro tipo de persona, la que arranca la hoja y hace apuntes en el reverso”.

Al concluir, dice que eso es lo que hacen los viejos, como él: escribir la vida como un apunte incesante y finito. Cada quien sabrá qué obra deja para los que vienen.

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