
La medicina en la Roma antigua se caracterizó por una combinación de audacia, ingenio y carencias estructurales que hoy resultan tanto fascinantes como inquietantes. En un mundo donde el dolor era inherente a la vida cotidiana y la figura del médico profesional distaba mucho de estar regulada, quienes requerían atención médica se enfrentaban a una realidad en la que la supervivencia dependía tanto de la destreza del cirujano como del temple del paciente.
Uno de los procedimientos más llamativos de la medicina romana era la reversión de la circuncisión, una práctica motivada principalmente por razones sociales. La circuncisión, común entre los judíos y algunos pueblos del oriente, generaba en Roma una estigmatización que podía obstaculizar la integración en la sociedad.
De hecho, muchos hombres circuncidados buscaban modificar su apariencia genital para acceder sin prejuicios a los baños públicos y evitar el rechazo social.

Según la historiadora Patty Baker, este método consistía en realizar una incisión en la piel por encima del glande y, posteriormente, colocar pesas sobre esa piel para estirarla gradualmente. “La idea es que, si quieres ir a los baños romanos y parecer más romano, haces una incisión en la piel por encima del glande y luego cuelgas pesas sobre esa piel”, explicó en el pódcast de HistoryExtra.
La medicina romana también abordó situaciones extremas con procedimientos quirúrgicos impactantes. Tal es el caso de la embriotomía, una intervención practicada cuando un feto moría durante el parto y quedaba atascado, poniendo en grave peligro la vida de la madre.
Este procedimiento consistía en extraer el cuerpo del bebé, para lo cual los médicos utilizaban con frecuencia ganchos y debían desmembrar al feto. “A veces tienen que usar ganchos y desmembrar [al feto]. Y el objetivo es salvar la vida de la madre. Desafortunadamente, es muy espantoso”, relató Baker.
En la mayoría de los casos, la ausencia de anestesia agravaba la experiencia de la madre, que debía soportar el dolor con apenas la ayuda de remedios rudimentarios.

La falta de anestesia efectiva era una constante en la práctica médica romana. Los recursos disponibles para mitigar el dolor se limitaban a sustancias como opio o vino, cuya eficacia era relativa. “Se habla un poco de que existen medicamentos a base de opio que las personas podrían haber tomado, pero generalmente se trata de vino o de intentar relajarse”, añadió la historiadora.

En este contexto, la pericia del médico era crucial: debía actuar con la mayor rapidez posible para reducir el sufrimiento del paciente, pero sin sacrificar la precisión. Baker citó a Celso, quien afirmaba: “Un cirujano realmente bueno es aquel que trabaja lo suficientemente rápido para intentar aliviar el dolor del paciente, pero lo suficientemente lento para que los gritos del paciente no le molesten y así poder hacer un buen trabajo”.
El entorno social y legal de la Roma antigua permitía que cualquier persona se autodenominara médico. “Cualquiera podría decir que es médico”, subrayó Baker. En ausencia de regulaciones oficiales o títulos reconocidos, abundaban los impostores y las prácticas negligentes. Los pacientes quedaban a merced de la buena fe del supuesto profesional, quien podía desaparecer sin consecuencias si el tratamiento resultaba fallido, tal como describió la experta en el pódcast.

A pesar de sus notorias limitaciones, los romanos demostraron cierta preocupación por la higiene, especialmente en el tratamiento de heridas. Empleaban sustancias como miel, vino o vinagre, recomendadas por sus propiedades antisépticas. “Hablan de limpiarla. Dicen que hay que usar miel y, a veces, vino o vinagre, que son antisépticos… definitivamente lo recomiendan, y simplemente mantener la limpieza”, describió Baker.
No obstante, su comprensión sobre el origen de las infecciones era limitada, ya que atribuían las enfermedades al “miasma”, una concepción difusa sobre vapores dañinos, sin relación con los microorganismos.
A pesar de los numerosos riesgos y carencias, la medicina romana sentó precedentes que sorprendieron a generaciones posteriores. Su legado revela tanto la capacidad de adaptación como la osadía de una civilización que no dudó en enfrentar lo desconocido, aún a costa del dolor extremo y la incertidumbre.

