
América Latina tiene más de 300 volcanes activos. Concentra el 22% de todos los volcanes del planeta. Aunque hubo avances en la protección de la población, millones de personas que viven cerca de un volcán aún no cuentan con sistemas de alerta suficientes.
Once investigadores de instituciones científicas de la región publicaron un reporte en la revista Journal of South American Earth Sciences en el que advierten que la región produce una de cada cinco erupciones del mundo, y aun así no está totalmente preparada para proteger a su población.
El diagnóstico de los científicos de Argentina, Chile, Puerto Rico, México, Ecuador y Costa Rica es directo: la respuesta de los Estados ante los volcanes fue, durante décadas, reactiva. Eso significa que los gobiernos actuaron después de los desastres, no antes de que ocurrieran.
La noche que un volcán borró una ciudad

Para entender el problema, basta con recordar lo que pasó en Armero, Colombia, en 1985. La erupción del volcán Nevado del Ruiz fue pequeña, pero generó lahares, es decir, ríos de lodo volcánico caliente que bajan por las laderas a gran velocidad y arrasan todo a su paso, que sepultaron la ciudad mientras sus habitantes dormían. Murieron al menos 23.000 personas. Fue la cuarta erupción más mortífera de la historia.
El informe de los once científicos señala que esa tragedia “expuso fallas en múltiples niveles” y se convirtió en el punto de partida para que la región comenzara a tomarse en serio el riesgo volcánico.

Antes de Armero, el primer observatorio volcánico permanente gestionado por un país latinoamericano recién se había creado dos años antes, en 1983, en Ecuador.
El dato contrasta con Europa y Estados Unidos: el Observatorio Vesubiano de Italia lleva funcionando desde 1841, y el de Hawái desde 1912.
Qué tan preparada está la región hoy, y qué falta

Desde la tragedia de Armero, América Latina avanzó. Hoy concentra alrededor del 25% de los observatorios volcánicos del mundo, con 16 instituciones en nueve países que vigilan los volcanes de forma permanente. Pero hay vacíos que persisten.
En diálogo con Infobae, el científico Pablo Forte, primer autor del trabajo, señaló: “La región avanzó en el monitoreo volcánico, pero aún tiene deudas pendientes. Además, la vulnerabilidad y la exposición al riesgo varían de un país a otro, e incluso de un volcán a otro”.
El ex presidente de la Asociación Latinoamericana de Volcanología (ALVO) e investigador del CONICET agregó que también se debe tener en cuenta que no todos los volcanes tienen actividad o están en áreas muy remotas con respecto a localidades en las que viven las personas. “El monitoreo a través de satélites también ayuda. Pero el monitoreo con instrumental en el volcán debería ser aumentado”, aseguró.

Bolivia es el caso más llamativo: es el único país de América del Sur con volcanes activos que no tiene ninguna institución dedicada a vigilarlos. Si uno de esos volcanes entrara en actividad, no habría sistema de alerta temprana. Esto significa que no hay allí un mecanismo oficial para avisar a la población con tiempo suficiente para evacuar.
El estudio también encontró que en varios observatorios de la región los recursos económicos y humanos son escasos, y que no existe un protocolo de alerta unificado para toda América Latina.
Los que más saben tienen menos voz

Hay otra brecha que el informe puso sobre la mesa: los científicos latinoamericanos están subrepresentados en los organismos internacionales donde se deciden las estrategias globales de prevención de desastres volcánicos.
“Los volcanólogos latinoamericanos han estado históricamente subrepresentados en las organizaciones internacionales globales, tanto en términos de participación como en roles de liderazgo”, advierte el artículo. Las razones van desde barreras económicas hasta la dificultad de publicar en inglés, el idioma que domina la ciencia mundial.
Esa exclusión tiene consecuencias reales: las prioridades de investigación y los fondos globales para reducir el riesgo volcánico se definen sin la voz de quienes viven y trabajan en la zona más expuesta del planeta.

Los científicos plantearon que los próximos pasos deben apuntar a colaboraciones internacionales más equitativas. También propusieron las siguientes medidas:
- Fortalecer el monitoreo regional. La propuesta no es crear una red única, sino apoyar y mejorar lo que cada país ya tiene.
- Prepararse antes, no después. Apoyar el desarrollo de protocolos de emergencia conjuntos entre países vecinos que comparten volcanes en sus fronteras, y de simulacros para que las instituciones estén listas antes de una crisis.
- Llegar a las comunidades. Capacitar docentes en riesgo volcánico, usar redes sociales y herramientas móviles para informar más, y diseñar planes de evacuación construidos junto con los propios vecinos.
Además del doctor Forte, los otros coautores fueron Daniel Bertin (Servicio Nacional de Geología y Minería de Chile), Lizzette Rodríguez (Universidad de Puerto Rico), Mariana Patricia Jácome Paz (Instituto de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México), Silvana Hidalgo (Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional de Ecuador), Guillermo Alvarado de Costa Rica y Mariano Agusto, de la Universidad de Buenos Aires, Argentina.
“Esperamos que nuestras conclusiones contribuyan a que se tomen mejores decisiones para reducir el riesgo de desastres volcánicos en la región y al logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas vinculados a la protección de poblaciones vulnerables», subrayó el científico.

