
Prácticamente solo queda Lula. O, para ser más precisos, Lula y Sheinbaum, con la tímida compañía de Arévalo en Guatemala y de Orsi en Uruguay. Después estaría lo de Ortega en Nicaragua, el engendro Frankenstein de Delcy en Venezuela y el ínclito Díaz–Candel de Cuba, que no pueden considerarse gobiernos de la “marea rosa”, sino experimentos totalitarios en horas bajas.
Pero sea como sea, prácticamente solo queda Lula (aunque con dificultades) manteniendo la bandera de una vieja izquierda que llegó a América Latina para salvar al pueblo, y acabó hundiéndolo en la miseria. Con la victoria de Abelardo de la Espriella culmina un círculo virtuoso que empezó con Bolsonaro en 2018, continuó con Lacalle Pou, Bukele, y Noboa, y llegó al cénit con la victoria de Javier Milei en 2023. Después ganarían Mulino y Kast, y finalmente las dos recientes y grandes victorias de la marea azul: Fujimori y de la Espriella. Y así, en poco menos de ocho años, (y con la excepción de Brasil y Uruguay que retornaron momentáneamente al redil de la izquierda), El Salvador, Ecuador, Argentina, Panamá, Chile, Perú y Colombia viraron hacia las posiciones de derecha y certificaron el giro ideológico que está viviendo América Latina. Con la suma de Paraguay que, con Peña en 2023, consolidó su opción conservadora.
Un giro especialmente notable en países como Argentina, Chile o Colombia, que venían de gobiernos con los líderes más fuertes de la izquierda latinoamericana. De ahí lo relevante: Milei, Kast y De la Espriella no solo ganaron las elecciones para las opciones conservadoras, sino que barrieron electoralmente a Cristina Kirchner, y, vía persona interpuesta, a Boric y a Petro, auténticos gurús de las opciones progresistas. Es decir, los sudamericanos han enviado un doble mensaje: sí a la derecha, pero, sobre todo, no a la izquierda. Es el fracaso de una época y, con él, de una oleada ideológica que prometió cambios profundos en sus países, abanderados por el sueño de la justicia social, y acabaron dejándolos como un solar yermo. No es el éxito de los nuevos líderes, sinó fundamentalmente el fracaso de los viejos, arrollados por el poderoso voto a la contra. Es decir, el voto motivado por el hartazgo, la decepción o la rabia, más que por la fascinación, la sintonía o la convicción. Lo cual ha implicado un inevitable efecto péndulo de extremo a extremo, prácticamente desaparecido el espacio centrista o liberal.
¿Por qué? ¿Cuáles son las causas profundas que han motivado este cambio en las tendencias y en el voto de América Latina La primera es de manual: la izquierda que había prometido luchar contra un sistema corrupto, desigual y opresor, acabó convirtiéndose ella misma en un sistema corrupto, desigual y opresor, con Venezuela a la cabeza, pero con Argentina y Colombia a la zaga. Sin duda, el apoyo de la izquierda latinoamericana al régimen opresor de Maduro erosionó profundamente el crédito que tenía como alternativa liberadora, pero no solo fue su alianza táctica con Venezuela lo que erosionó su credibilidad, sinó sobre todo sus malas políticas, sus escándalos de corrupción, su incapacidad para frenar el crimen organizado y su ineficacia para luchar contra los problemas endémicos de sus países. En Argentina se acumularon los escándalos vinculados al latrocinio del erario público, mientras se instalaba un régimen corrupto basado en el populismo, la persecución de la disidencia y el desprecio por las instituciones democráticas. En Chile se agravaba la inseguridad, en Ecuador y Perú arreciaba el poder criminal y en Colombia se disparaba la violencia, mientras se llegaba al récord de producción de cocaína de su historia. Decepcionados, estafados y abandonados a su suerte, la querencia de los ciudadanos mutó hacia la supervivencia económica, la integridad física y la fortaleza institucional. Es decir, querían llegar a fin de mes, no tener ladrones en el gobierno y sobrevivir a la delincuencia. Y nada de ello podía garantizarlo la izquierda que había fracasado en lo económico, había permitido el fortalecimiento del crimen organizado y había protagonizado sonoros escándalos de corrupción. De Maduro a Cristina y de Petro a Castillo, la utopía progresista se convertía en una mueca siniestra que, además de indecente, resultaba inútil. Con ese escenario desolador, los ciudadanos se han sentido atraídos por las bondades del libre mercado (superado el fracaso socialista), y por las políticas de mano dura que se muestran más capaces de controlar la violencia criminal. De ahí que Milei y Bukele sean las dos caras de esta nueva prioridad. ¿Miedo a una derecha autoritaria, como gritan desafinadas las izquierdas? Más bien pavor a sufrir a la izquierda autoritaria que los ciudadanos conocían sobradamente.
Latam está abrazando la marea azul y el giro viene para quedarse, pero solo si esta nueva derecha es capaz de forjar alianzas sólidas en la región, contraponerse al poder de los BRICS, frenar el avance de China y estabilizar la economía. Por supuesto, Trump tiene en ese nuevo panorama un papel sustancial, con Milei ungido como líder regional: una simbiosis que puede dar estabilidad y seguridad al continente. Pero los retos son importantes, primero porque las redes criminales han extendido su poder, segundo porque los problemas económicos son endémicos, y tercero porque se trata de una amalgama de líderes que se mueven en el mismo espectro ideológico, pero no se parecen en nada. Del disruptivo Milei, al ultracatólico Kast o al autoritario Bukele, las diferencias son ciertamente enormes. Pero el giro ideológico se ha producido y hoy se da una oportunidad para el continente, insólita hace pocos años. Saturada de promesas vacías por parte de una izquierda que ha sido catastrófica, la ciudadanía tiene hambre de proyectos nuevos. Ya no sueña con libertadores del pueblo. Solo aspira a vivir con trabajo, sin que le alcance una bala.
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