La conmovedora historia de Sergio Denis antes de convertirse en ídolo popular

La conmovedora historia de Sergio Denis antes de convertirse en ídolo popular

Hay recuerdos que parecen escritos con la madera áspera de una carpintería de pueblo. Esos en los que el hambre, el frío y las tormentas no alcanzan para borrar el calor de una cocina a leña ni el amor silencioso de una familia.

La historia de Sergio Denis empezó mucho antes de los escenarios, de los aplausos y de las canciones que marcaron generaciones enteras. Empezó en una casa humilde de Coronel Suárez, entre el olor a aserrín, el recuerdo de las manos curtidas de un padre trabajador y las canciones que se entonaban los domingos interminables de campo.

Allí nació Héctor Omar Hoffmann. Hijo de Feliciano Hoffmann y María Esther Fenzel. Nieto de inmigrantes alemanes del Volga y de una abuela española que terminaría siendo uno de los grandes amores de su vida. Mucho antes de convertirse en el creador de éxitos inoxidables, fue simplemente “El Negro”, el chico morocho del pueblo, el hijo del carpintero, el que cantaba folclore en reuniones familiares mientras soñaba, todavía sin saberlo, con escaparle a la pobreza a través de la música.

“Sé que nací a la mañana, a las 8.30, pero de eso nunca hablamos con mis viejos”, recordaría alguna vez con esa mezcla de ternura y melancolía que atravesaba cada uno de sus relatos, sobre lo ocurrido en esa casa el 16 de marzo de 1949, sobre su llegada al mundo. En cambio, había otro tema que sí habitaba permanentemente la memoria familiar: la muerte de Alicia, la beba que su madre perdió con apenas tres meses de vida.

Un joven Sergio Denis con un saco a cuadros y una camisa abierta, se sienta sobre el pasto con una expresión pensativa

“Se hablaba mucho de la beba que murió, y eso me impresionaba muchísimo. Creo que hasta recuerdo a mi madre sufriendo… aunque yo tenía dos años”, confesaría. “Finalnente somos tres hermanos, Carlos, es mi hermano mayor, de un año más, y mi hermana menor Nora, de cuatro años menos”.

Aquella tristeza quedó suspendida para siempre dentro de la casa familiar. Una vivienda mínima, “que la compartíamos con la familia de un camionero, separada por un tabique y chapadur”. De un lado ellos. Del otro, los vecinos. Todos respirando las mismas necesidades.

“Era una espacio muy humilde. Una cocina y una pieza grande donde dormíamos todos”, recordaba. Hasta los siete años estuvieron allí, apretados, sobreviviendo. Después, gracias a un crédito y a años enteros de sacrificio, Feliciano pudo comprar una casita a catorce cuadras.

Pero incluso en medio de las carencias, Sergio siempre hablaba de felicidad. No de una felicidad idealizada. No de una infancia perfecta. Sino de algo mucho más profundo: la sensación de hogar.

El recordado artista en sus años de juventud, reflejando la imagen que cautivó a miles de fans y marcó su trayectoria musical

“Vivimos una infancia de muchas necesidades, pero para mí fue fantástica”, decía. Y entonces aparecían las imágenes que lo acompañaron toda la vida: la cocina de hierro encendida, la leña sobrante de la carpintería, el olor a torta caliente, el ruido del viento golpeando los techos. “Una vez escuché que un escritor decía que la felicidad era el olor a torta caliente… y yo entendí perfectamente lo que quería decir”.

La pobreza no necesitaba explicaciones en aquellos años. Se sentía. Estaba en cada comienzo de clases en marzo, en cada lista de útiles imposible de comprar: “Recuerdo la incomodidad que había en mis viejos cuando llegaba el momento del inicio de clases, porque no se llegaba nunca a comprar libros. Y uno no quería traer problemas, pero por ahí lo que te daban anotado para llevar al colegio era demasiado y no había ninguna posibilidad. Y nos arreglábamos como podíamos, quizás algún vecino nos prestaba algún manual de otro tiempo y con eso zafábamos más o menos». El colegio Sarmiento fue su espacio en la primaria, en tanto que la secundaria fue en el Manuel Estrada.

No había lugar para dramatizar. La palabra “depresión” todavía no existía en el lenguaje cotidiano de los trabajadores, o al menos no lo hacía notar. “Mi viejo era un hombre callado, pero muy sabio. Sufrió muchísimo, pero jamás se quejó. Me enseñó el amor al trabajo. Podías estar triste, pero había que salir adelante porque las cosas no podían esperar”.

Feliciano Hoffmann era carpintero. Un hombre silencioso, duro y noble. En aquella carpintería el joven Héctor descubrió uno de los olores más importantes de su vida: “El recuerdo más conmovedor que tengo es el olor a madera de la carpintería de mi papá y el olor a pasto mojado del campo”. Esos perfumes quedaron tatuados en su memoria incluso cuando ya era famoso.

Un joven Sergio Denis posa sonriente para un retrato en blanco y negro con un look típico de los años '70

La otra gran figura de su infancia fue su abuela: “Era uno de los seres más importantes de mi vida. Chiquita, flaquita, pero inmensa. Poderosa. Trabajadora. Me llamaba a las cuatro de la mañana para ordeñar”. Cierra los ojos y recuerda la casa de sus abuelos, pero no sólo por la nostalgia de lo que fue, dino de lo que padeció: “A veces cuando escucho las tormentas, agradezco tener un lugar seguro, porque la casa de mis abuelos era de paja y adobe, más de una vez se le volaba el techo y se le llovía adentro, arriba de la cama. Y yo recuerdo eso y me provoca una emoción muy grande. El campo de mi abuelo era chiquito, pero tenía eso; primero, rogar que llueva, porque para el sembrado era fundamental, pero a la vez el terror por las tormentas y el granizo. En esa época el cielo se ennegrecía, se ponía oscura la ciudad y podía arrasar hasta con palos de teléfono”.

En ese universo áspero nació la música.

Los domingos familiares en el campo se convertían en verdaderas celebraciones populares. Se cantaba durante horas. Su abuelo tocaba el acordeón, mientras sus tíos interpretaban canciones alemanas y rancheras mexicanas que llegaban gracias a las películas de ese país que en un momento fueron furor en el pueblo, y esas melodías terminaron atravesando también la sensibilidad del pequeño Héctor: “Crecí en un ambiente donde se cantaba siempre”.

“Mis padres siempre nos apoyaron mucho, fuimos bastante independientes, bastante libres en la elección del repertorio, incluso mi papá me hizo un bombo y ahí toqué la primera chacarera”, rememoraría.

A tal punto atravesó su vida, que a los doce años ya tenía un conjunto musical junto a su hermano Carlos y un amigo apodado “El Negro Ruiz” con el que ensayaban todo el tiempo, porque la perfección tenía que estar siempre. Y a los 16 empezaron las giras.

Sergio Denis de joven en la portada del disco

En realidad, eran pequeñas aventuras ferroviarias por pueblos vecinos: Pigüé, Coronel Pringles, localidades perdidas de la provincia donde viajaban con los instrumentos cargados a mano en el tren “y después desarmar todo y esperar al otro día el tren a la 1 o las 2 de la tarde para volver. Para nosotros eso era un sueño, y hacer 80 kilómetros era ser internacionales”, recordaría entre risas.

Comenzaron cantando folclore y tangos. Y su gran escuela sentimental fue Atahualpa Yupanqui: “Yo tuve una escuela de oreja. Aprendí escuchando”, pero luego llegaría el sonido beat, y Los Jokers comenzarían, además de hacer temas propios, covers de Sandro y Los Beatles.

La primera guitarra llegó gracias a un episodio que parece salido de una película costumbrista. “De más está decir que en casa no había plata para comprar un instrumento”, entonces apareció el abuelo del Negro Ruiz, que tenía abandonada en un galpón una vieja guitarra de gaucho destruida por el tiempo. “Era una cosa descalabrada, rota por todos lados”, pero que me la dieron con la condición de que mi padre a deje en condiciones. Así, Feliciano la reconstruyó pieza por pieza en su carpintería.

“Yo esperaba todos los días que papá terminara de arreglarla… aunque después el viejo Ruiz me la pidió de vuelta cuando quedó linda”, contaba muerto de risa.

La música comenzaba a ocupar cada rincón de su vida, pero él tenía otro sueño continuar el legado de su padre en la carpintería, aunque reconocía que no tenía habilidades para eso, pero lo intentaba, y lo vovía a intentar. hasta que… “Papá me tuvo que echar de la carpintería”, tras una escena que lo perseguiría toda la vida. “Vino un cliente y me vio martillando un tornillo… ahí mi viejo entendió que yo no servía para eso”. Después remataba la anécdota con una frase demoledora: “Más que tocar la guitarra y escribir canciones, no sé hacer nada”.

En esas peimeras presentaciones empezó a notar algo que le cambiaba el ánimo: cuando cantaba, la gente reaccionaba: “Veía que gustaba. Que tenía aceptación con las chicas. Y empecé a pensar que quizá podía pasar algo más grande”.

En ese momento de la historia, su padre, que trabajó haciendo arreglos nen el hotel de un amigo, le habló sobre su hijo y el canto, y éste le respondió que vuelva a los días, que tenía alguien para presentarle. No sería otro que un productor llamado Arturo Gómez Ferrán, quien escuchó hablar de “un pibe que cantaba” en Coronel Suárez. Tras el cara a cara en el hotel: “Cuando me vio me dijo: ‘Ah, le vas a gustar a las chicas’. Y ni siquiera quiso escucharme cantar”.

Pasaron casi dos años sin novedades, pero la ilusión intacta, por lo que emprendió el viaje. Llegó en 1968 con una cintadebajo del brazo -grabada a voz y piano con un amigo-, y el miedo pegado al cuerpo. Venía de una ciudad de veinte mil habitantes y la Capital Federal lo paralizaba.

Un muy joven Sergio Denism actuando junto a su banda; era un clásico en los bailes de carnaval

“Yo no sabía moverme en Buenos Aires. Me aterraba, pero seguía buscando a ese hombre que me crucé en el hotel”. Hasta las cosas más simples le parecían enormes: “No me animaba ni a tirar la soga del colectivo para pedir la parada porque pensaba que lo iba a hacer mal y me iban a echar”.

Ahí empezó la verdadera pelea. En marzo de 1969 se instaló definitivamente y entró al grupo Los Bambis, de Paso del Rey. Grabó por primera vez para CBS el disco Los Bambis también cantan. Pero la estabilidad duró poco.

Cuando dejó el grupo, en noviembre, terminó viviendo en una pensión de La Reja de la que tuvo que escaparse porque no podía pagar. “Le dejé ropa, unas frazadas y una carta pidiéndole disculpas a la dueña porque era una mujer buenísima”.

Tras ello llegaría el tiempo de habitar un hotel de Talcahuano y Mitre que apenas un año y medio después sería clausurado por insalubre y disturbios. “Conocí gente fantástica, pero el hotel era fatal. Tengo recuerdos de ese lugar que son lindísimos, mucha gente sola hay en Buenos Aires”, destacaría sobre las noches de compañías anónimas, salvo por un nombre que siguió mucho tiempo después en su memoria y en su corazón.

Un joven Sergio Denis en época de Los Bambis

“Recuerdo de ese tiempo a Marga, una mujer mayor que trabajaba y volvía tarde a la noche. Yo en ese momento dejaba la puerta abierta de mi habitación porque quién me iba a robar algo si no tenía ni para el sánguche. Lo único que tenía era un trajecito colgado para cuando hacía los shows. Y Marga pasaba a la noche y me dejaba comida en la mesa de luz. Y después cuando ese lugar cerró empecé a ir por otros hoteles”.

En medio de esa incertidumbre volvió a cruzarse a Fernando Iborra, representante de Los Bambis, quien insistía en que tenía condiciones para triunfar como solista. La respuesta del joven Héctor fue inmediata: “Si me conseguís una prueba en CBS, sigo”. La prueba llegó.

En las oficinas del sello lo esperaban Hugo Piombi, el directivo de la compañía, y el productor Francis Smith. “Me aceptaron a los dos o tres meses, y en ese momento apareció Francis con Te llamo para despedirme’, que fue mi primera canción, y cuyo lado B fue Fui un soñador”.

Y junto con aquella oportunidad llegó también una transformación definitiva. Porque “Héctor Hoffmann” no sonaba comercial. Entonces, en esa reunión, nació el nombre artístico que lo acompañaría hasta el final de su vida: Sergio Denis. “Al principio me daba vergüenza. Sentía que era como traicionarme”.

Pero después entendió algo. Que detrás de Sergio Denis seguía viviendo el mismo chico de Coronel Suárez que se le estrujaba el corazón escuchando la lluvia. El hijo del carpintero. El nieto de inmigrantes. El muchacho que aprendió a cantar rodeado de rancheras, acordeones y guitarras rotas.

El chico que alguna vez llegó con miedo a Buenos Aires sin saber siquiera cómo pedir una parada de colectivo… y terminó convirtiéndose en una de las voces más queridas de la música argentina.

El hombre que estaba cantando Te llamo para despedirme en el teatro Mercedes Sosa de Tucumán el 11 de marzo de 2019 cuando, al volver al escenario desde la platea, cayó hacia el foso de orquesta, sufriendo graves heridas y que luego de 14 meses determinarían su muerte, el 15 de mayo de 2020.

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