
Aislamiento casi absoluto, vigilancia permanente y contacto reducido al mínimo. Esa es la rutina del narcodictador venezolano Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores desde que fueron trasladados al Metropolitan Detention Center, en Nueva York. Lejos del poder que ejercieron durante años, hoy cada movimiento está regulado por un sistema que no deja margen para decisiones propias.
El día empieza y termina en el mismo lugar: una celda de aproximadamente dos metros de ancho por tres de largo. Un espacio reducido, con cama metálica, inodoro y lavamanos. No hay mucho más. La puerta permanece cerrada la mayor parte del tiempo. En este tipo de régimen, el encierro puede extenderse hasta 23 horas diarias.
La comida no llega a una mesa. Se pasa por una ranura en la puerta. No hay comedor, no hay contacto con otros detenidos. El intercambio humano es prácticamente nulo.

Cuando la celda se abre, no es sinónimo de libertad. Es un traslado controlado. Puede ser para ducharse o para un breve período fuera del encierro. Ese momento suele darse en espacios delimitados, vigilados, que algunos describen como «jaulas al aire libre».
El tiempo dentro del penal no se organiza en actividades, sino en esperas. La llegada de la comida, una salida breve o una llamada autorizada marcan el ritmo de la jornada.
Maduro y Flores están en el mismo edificio, pero separados. No pueden verse. No pueden hablarse. El sistema federal divide a hombres y mujeres en pabellones distintos. A eso se suma otra restricción: al estar imputados en la misma causa, cualquier comunicación queda limitada o directamente prohibida.
El contacto con el exterior también es mínimo. Las llamadas son cortas y supervisadas. Las visitas deben ser aprobadas previamente. No existe acceso libre a internet. Todo está controlado, registrado, limitado.

Desde su entorno familiar se intenta mostrar otra imagen. Su hijo sostiene que Maduro está “fuerte” y que entrena todos los días.
“Vamos a ver a un presidente delgado, atleta, haciendo ejercicio todos los días, a una primera combatiente también muy firme y alerta”, dijo Nicolás Maduro Guerra, conocido como “Nicolasito”
Dentro del penal, esa actividad, si ocurre, es básica. No hay gimnasio. El ejercicio se limita a lo que se puede hacer en pocos metros: flexiones, abdominales, caminar en círculos.
Según fuentes con conocimiento de su situación, Nicolás Maduro ha gritado desde el interior de su celda: “¡Yo soy el presidente de Venezuela! ¡Díganle a mi país que he sido secuestrado, que aquí se nos maltrata!”
El lugar donde están detenidos arrastra cuestionamientos desde hace años. El centro alberga a más de mil internos y ha sido señalado por condiciones deficientes. Abogados y detenidos han denunciado problemas con la calidad de la comida, falta de atención médica y fallas en el mantenimiento.

En expedientes judiciales se han mencionado alimentos en mal estado e incluso contaminados. También se han reportado dificultades para acceder a servicios médicos y condiciones de higiene irregulares.
Las autoridades han anunciado medidas para mejorar las condiciones del centro, como refuerzo de personal y ajustes operativos. Sin embargo, las restricciones que definen la vida diaria dentro del penal se mantienen sin cambios.
En este contexto, la rutina no varía. Las horas se repiten dentro de la celda. El margen de acción es mínimo. Las decisiones las toma el sistema.
El entorno físico es implacable. El Metropolitan Detention Center es una mole de concreto, con pasillos oscuros, ruido constante y hacinamiento. Las deficiencias en calefacción y control de temperatura han dejado registros bajo cero durante olas de frío, según informes oficiales, exponiendo a los internos a condiciones que intensifican el castigo del encierro y eliminan cualquier confort posible.

La cárcel está ubicada en Sunset Park, al sur de Brooklyn, en una zona rodeada de edificios judiciales. Todo el perímetro está blindado: barreras de acero capaces de frenar vehículos pesados, sistemas electrónicos que monitorean cada movimiento y cámaras que no dejan puntos ciegos. Incluso existen pasillos internos que conectan directamente con tribunales, lo que permite trasladar detenidos sin exposición pública.
No es un lugar cualquiera: en esas mismas paredes aguardan juicio algunas de las figuras más buscadas del narcotráfico internacional. Entre los internos de alto perfil están Rafael Caro Quintero, fundador del Cártel de Guadalajara y extraditado a Estados Unidos en febrero de 2025; Ismael “El Mayo” Zambada, histórico líder del Cártel de Sinaloa, arrestado en julio de 2024; y Néstor Isidro Pérez Salas, alias “El Nini”, jefe de seguridad de Los Chapitos, extraditado en mayo de 2024.
Este jueves, Nicolás Maduro y Cilia Flores comparecerán por segunda vez ante la justicia estadounidense desde su captura durante una operación militar en Caracas ordenada por la Casa Blanca.

La audiencia abordará el avance procesal del caso, el financiamiento de la defensa legal y la admisión de pruebas por parte de la fiscalía. Se espera que sea la primera ocasión en que la pareja sea vista públicamente desde su traslado.
Mientras tanto, la vida de Maduro y Flores está determinada por puertas cerradas, horarios impuestos y vigilancia permanente.

