La reconciliación de los cubanos

La reconciliación de los cubanos

Los capitales cubanoamericanos pueden invertir y reconstruir la economía de la isla

En las muchas reuniones que sostuve con Fidel Castro durante la guerra civil en El Salvador en los años 80, siempre tuve la impresión de que su enfrentamiento con el “imperialismo yanqui” en el fondo no era una pelea con Washington y los estadounidenses, sino con Miami y sus propios compatriotas asentados en la Florida. Ante la dramática situación que sufre la Isla, algunos ven cerca el final del régimen, otros piensan que este ha aprendido a sobrevivir en condiciones extremas y la izquierda religiosa sigue creyendo que Cuba es el paraíso. El problema central es que el modelo político, económico social cubano está definitiva e irreversiblemente acabado y esa es la causa principal de una hambruna que comenzó antes de que a Trump se le ocurriera ser presidente. Cómo lograr un cambio que construya sin destruir es el gran dilema.

En 1990 terminada la guerra con la Contra el general Humberto Ortega, jefe del Ejército Sandinista, hablándole a un grupo de oficiales que serían desmovilizados, los llamó a convertirse en una nueva burguesía como empresarios de Nicaragua. Días después Fidel Castro me dijo que Humberto había hecho un “cínico llamado a la corrupción”, pero años más tarde Raúl Castro envió una comisión militar a Nicaragua para conocer lo que sus colegas nicaragüenses estaban realizando en el campo empresarial. De esa visita surgió en Cuba lo que ahora se conoce como Grupo de Administración Empresarial Sociedad Anónima (GAESA) que fue mucho más allá de lo que estaban haciendo los militares nicaragüenses. GAESA, dirigida por generales bajo la tutela de Raúl Castro, domina ahora todas las áreas estratégicas de la economía cubana como energía, turismo, hoteles, exportaciones, importaciones, comercio y los bancos que les permiten controlar las remesas y las pequeñas empresas.

En el peor momento del llamado “período especial” Fidel Castro se reunía con empresarios brasileños, mexicanos, españoles, canadienses y de otras partes para invitarlos a invertir y algunos se volvieron sus amigos. Mario Vázquez Raña, un empresario mexicano amigo en común con Fidel, me contó que durante la hambruna de los 90s solía realizar visitas a Cuba con su avión privado, cargado de exquisiteces y llevaba a su propio cocinero de nacionalidad china. Al llegar preparaba banquetes para Fidel, Raúl y otros dirigentes del régimen.

Estas historias dejan claro que los Castro tenían menos rechazo ideológico al capitalismo y a los capitalistas de lo que se cree. Fidel solía insistir en que el crecimiento de empresarios cubanos en la Isla y la invasión de capitales de la Florida pondría en peligro a la revolución. El miedo entonces no es al capitalismo sino a perder el poder político y enfrentar la venganza de los exiliados cubanos.

Los antiguos aliados del régimen están demasiado lejos y con la ruptura del viejo orden su esfuerzo principal es asegurar sus propias zonas de dominio. Cuba ya no les interesa, es lejana, no tiene con qué pagar y está en el corazón de la zona de influencia estadounidense. Ahora cada uno cuida su propio pellejo y a esto se acomodó por la fuerza Venezuela, olvidando el socialismo del siglo XXI. En Cuba difícilmente habrá un derrumbe del gobierno por protestas populares, estas solo dejarían represión, presos, muertos y más hambre. Una acción militar externa no puede quebrar moralmente a las Fuerzas Armadas cubanas. Estas tienen más experiencia y voluntad de combate que los militares venezolanos; pero contra Cuba Estados Unidos no necesita usar fuerza militar porque el cerco energético es un arma suficientemente poderosa.

GAESA es un conglomerado empresarial de los militares cubanos que concentra miles de millones de dólares mientras el país se hunde en la pobreza (Foto AP/Ramón Espinosa)

Cuba no era una economía de rentas como la venezolana donde todos han vivido del petróleo, por el contrario, en la Isla había empresarios generadores de riqueza que al radicalizarse la revolución fueron expropiados y huyeron casi sin nada, pero al llegar a la Florida convirtieron ese Estado en una potencia económica que se volvió tan decisiva en la política estadounidense que se afirma que Cuba en Estados Unidos es política doméstica. Con la emigración la Isla perdió a los empresarios capaces de generar riqueza mientras los revolucionarios se quedaron con el Estado. Los primeros son ricos, pero perdieron su país, los otros son pobres, pero controlan el país. Esta idea puede ser la base de una negociación que sin duda es complicada por la agenda, las concesiones y por lo difícil que es aceptar la legitimidad del contrario en un conflicto. Paradójicamente los daños infligidos entre los cubanos son bajos comparados con lo que ocurrió en Chile, Guatemala o en El Salvador donde hubo más de 80,000 muertos y aun así tuvimos que entendernos.

Cuba urge de una reforma económica y para esto la cercanía de Estados Unidos y la existencia de más de dos millones de cubanos en la Florida son una ventaja y no una amenaza. El reciente enfrentamiento en las costas cubanas refleja que en ambas partes todavía hay enemigos de una negociación, pero después de 67 años la generación que estableció el modelo que fracasó y quienes fracasaron combatiéndolo con violencia desde la Florida están muertos o muriendo. Las nuevas generaciones no tienen nada que ver con ese pasado. Ahora las provocaciones tienen pocas posibilidades de evitar una negociación que es la mejor salida para Estados Unidos y Cuba.

Priorizar la transformación económica por encima de un cambio político es el debate principal en Cuba y Venezuela. Muchos opositores no entienden esto. Reformar primero la economía da prioridad a los ciudadanos que están sufriendo. El cambio político responde más a los intereses de quienes quieren alcanzar el poder. No se puede acabar de la noche a la mañana un régimen político que echó raíces por décadas. Ni siquiera con una guerra como ya se demostró en Irak, Libia y sobre todo Afganistán donde en veinte años no se pudo refundar al Estado ni a las Fuerzas Armadas. Paciencia y cambio gradual o colapso y desastre son las opciones.

Los capitales cubanoamericanos pueden invertir y reconstruir la economía y las Fuerzas Armadas de Cuba son la única institución capaz de evitar el caos y garantizar un cambio ordenado. Este es el punto de encuentro posible. Si esto se lograra Cuba se convertiría en la principal potencia turística del continente, se recuperaría como gran exportador de azúcar, fabricante de los mejores rones y cigarros del mundo y renovaría su antigua condición de poder cultural en música, cine y televisión. Solo una negociación que transforme la economía puede acabar con el hambre y la oscuridad en que ha vivido por muchos años el país. En última instancia, como una paradoja de la historia, ahora estamos frente a un posible arreglo entre cubanos.

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