
“Mis cenizas no deben tampoco conservarse en nicho del cementerio, por razones estéticas. Prefiero que sean arrojadas al viento, en algún lugar apropiado o donde pueda resultar menos molesto a quienes deban ocuparse de tan engorrosa tarea”, escribió Juan José Sebreli en 1982 y leyó este viernes su amigo Marcelo Gioffre. El lugar apropiado que eligieron sus amigos fue la plaza Constitución, en la ciudad de Buenos Aires. Un árbol de la unos de los lugares más concurridos, más de mezcla, más frenéticos y más plebeyos de la ciudad. Sebreli había vivido muchos años cerca de ahí.
El texto, cuenta ahora Gioffre a Infobae, estaba en un sobre que el ensayista dejó sobre el escritorio cuando murió, en 2024. Aunque había sido escrito mucho antes.
“Hallándome en pleno uso de mis facultades, deseo dejar algunas disposiciones e indicaciones dirigidas a aquellos que deban ocuparse de mis exequias”, había escrito Sebreli el 14 de diciembre de 1982, cuando apenas tenía 52 años. Murió a los 93, en el Hospital Italiano de Buenos Aires.

Era filósofo, sociólogo, crítico literario e historiador. Había escrito libros como Buenos Aires, vida cotidiana y alienación (1964), El asedio a la modernidad (1991), El vacilar de las cosas (1994) y El olvido de la razón (2006), además de sus memorias El tiempo de una vida. (2005).
Había dicho cosas como: “La vuelta al origen es una utopía reaccionaria […] el pensamiento arcaico puede ser todo lo auténtico que se quiera, pero el retorno a lo arcaico es inauténtico porque no podemos olvidar lo que ya sabemos”.
O también: “Una de las contradicciones fundamentales del relativismo cultural consiste en que el respeto a las culturas ajenas, el reconocimiento del otro, lleva inevitablemente a admitir culturas que no reconocen ni respetan al otro”, una frase que es de 1991 pero hay quien la dice, palabras más palabras menos, hoy en día.
Este viernes, frente a la tipa de Constitución se reunieron, entre otros, el director del Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierda, Horacio Tarcus; el fotógrafo Facundo De Zuviria, el ministro porteño de Desarrollo Hernán Lombardi, el historiador Roberto Azaretto, la profesora Graciela Melgarejo, el historiador Emilio Perina, la cineasta Carolina Azzi, la periodista Cristina Mucchi y la socióloga Liliana De Riz.
Marcelo Gioffre -que fue el referente cultural de Patricia Bullrich durante la campaña presidencial- leyó la carta:
“Hallándome en pleno uso de mis facultades, deseo dejar algunas disposiciones e indicaciones dirigidas a aquellos que deban ocuparse de mis exequias”, decía. “Deseo que mi cadáver sea utilizado para estudios o trasplante de órganos(…). No deja de consolarme la idea de que algo tan inútil como un cadáver, pueda seguir sirviendo en alguna medida para investigaciones que contribuyan al mejoramiento del hombre, o al menos para resolver algún problema individual».

Además, decía: “este destino evita las dos alternativas igualmente desagradables para mí que tienen los cadáveres: convertirse en objeto fetiche de un ritual fúnebre, de un absurdo ‘culto a los muertos’ o, en caso de una muerte solitaria, anónima y olvidada, volverse un trastorno insuperable e incómodo con el que no se sabe qué hacer”.
También pensó qué pasaría si la donación no se podía hacer. En ese caso, dijo: “si quedan restos irrecuperables, estos serán quemados. La destrucción del fuego es más digna que la descomposición y asimilación por organismos inferiores».
¿Eran raros todos estos detalles? Un poco, sí: “No dejo de advertir el aspecto grotesco de estas reglamentaciones y planificación macabra, pero quienes me conocen saben que están en total acuerdo con mi vida, en la que he tratado siempre de planificar la contingencia, de organizar el azar, por lo que debe asombrar que trate ahora de racionalizar en lo posible esta irracionalidad de la muerte», escribía un Sebreli en total plenitud.
Y mandaba: “Debe evitarse el velorio y si este es imprescindible procurar que sea lo más funcional, evitando todo tipo de ritual o ceremonia, o solemnidad o protocolo o pompa, a la que siempre he sido adverso. No debe permitirse la instalación de ningún crucifijo u otros símbolos religiosos ni ninguna actitud o sacramentos (…)
Y cerraba, clarísimo: “Mi deseo de no dejar vestigio de mi cuerpo, no significa de ningún modo una actitud autonegativa. Por el contrario tengo la esperanza de no ser olvidado, de seguir viviendo en el recuerdo de quienes de uno u otro modo, me han querido, y si fuera posible trascender mi época, sobrevivir en la memoria de mis libros, que es lo mejor que queda de mi mismo».
Así se hizo.

