¿Cuánto dura una sesión de psicoanálisis? ¿Cinco minutos está bien?

¿Cuánto dura una sesión de psicoanálisis? ¿Cinco minutos está bien?

Vicky (Griselda Siciliani) de

Hace un tiempo se viralizó una secuencia de la serie Envidiosa en la que la protagonista —representada por Griselda Siciliani— salía de una brevísima sesión con un psicoanalista de orientación lacaniana —en la piel de Sebastián Wainraich.

Independientemente de las risas que despertó la escena, junto con los comentarios más o menos maliciosos, el acierto de la misma está en que invita a reflexionar sobre la función del tiempo en un espacio psicoterapéutico.

“El tiempo en el espacio”, he aquí una formulación sobre la que cabe decir algo, ya que desde hace unos años muchas sesiones dejaron de transcurrir en consultorios físicos, cuando se abrieron las puertas de las consultas virtuales.

Hay personas que toman sus sesiones en automóviles, mientras caminan por la calle, en un pasillo del trabajo —ya que de otro modo no podrían hacerlo—, incluso recuerdo la situación que me comentó un colega: el paciente se conectó en el baño.

Sin duda la virtualidad vino a flexibilizar el “encuadre”. Ya no vivimos en esa época en que los psicoanalistas se vestían con el mismo traje toda la semana para evitar estímulos que alterasen el proceso terapéutico.

A partir de la pandemia, diferentes autores se dedicaron a pensar la cuestión del espacio analítico (desde el punto de vista de su materialidad) para llegar a la conclusión de que lo más importante es encontrar el encuadre para cada caso.

Freud fijó un tiempo, pero lo hizo sin dar un motivo, quizá más orientado por el estándar de la consulta médica (Crédito: Wikimedia)

Además, la vía remota habilitó que muchas personas que no habrían consultado de otro modo, se animaran. No solo por dificultad objetiva, sino por inhibiciones, vergüenza, etc., al punto de que una conversación “a la distancia”, paradójicamente, acercó a esta gente.

Encontrar el encuadre para cada paciente implica discernir que hay casos para los que es preciso un espacio fijo y de cuatro paredes —por ejemplo, que funcione como superficie de proyección de su espacio psíquico—, mientras que para otros una caminata por la plaza puede ser más habilitante que una conversación cara a cara.

Esto por no mencionar lo ocurre en algunos hospitales públicos, en los que, a falta de consultorios, algunos colegas llevan adelante las sesiones en el bar o en el estacionamiento de la institución. Por lo tanto, sobre el espacio no hay mayores desacuerdos ni motivos para la discusión. El tiempo, en cambio…

Por cierto, hay personas que es lo primero que preguntan: ¿cuánto dura la sesión? ¿Hay una diferencia real, o justificable teóricamente, para decir 40, 45 o 50 minutos? Y si no, ¿cuál es la diferencia entre 40 y 30, entre 30 y 15, entre 15 y 5?

No lo digo en broma. Por mi parte, nunca leí un ensayo que diera argumentos taxativos para atribuirle una duración determinada a una sesión. En términos generales, pareciera haber un acuerdo tácito de que el tiempo de la sesión depende del profesional (con criterios más o menos personales) o de la institución en que trabaja.

En el interior de la práctica del psicoanálisis, Freud fijó un tiempo, pero lo hizo sin dar un motivo, quizá más orientado por el estándar de la consulta médica. Como con todo lo que no se explica, hubo una ortodoxia que fijó los 50 minutos como un canon.

Con inclinación tendenciosa alguien dijo alguna vez que a Lacan se lo expulsó de la Asociación Internacional de Psicoanálisis porque con sus sesiones breves podía ver a más pacientes que los demás colegas y eso implicaba una “competencia desleal”

Pero también hubo transgresiones: desde las sesiones extensas de Donald Winnicott, que podían prolongarse durante horas; hasta las sesiones más bien breves de Jacques Lacan. Con inclinación tendenciosa alguien dijo alguna vez que a Lacan se lo expulsó de la Asociación Internacional de Psicoanálisis porque con sus sesiones breves podía ver a más pacientes que los demás colegas y eso implicaba una “competencia desleal”.

No sé si esto último es así, tampoco me interesa en esta ocasión. La cuestión es cómo el espacio no parece generar tantas controversias como sí lo hace el tiempo. En efecto, en la serie Envidiosa, Vicky (el personaje de Siciliani) rápidamente increpa al analista por el costo de una sesión tan breve. Lo acusa de estafa. Es interesante tomarse en serio esa consecuencia: el corte de sesión produjo una fantasía, la de robo y una versión del otro (interesado solo en el dinero) asociada a un reproche (solo querés mi plata y no a mí).

¿Podría decirse, entonces, que fue una mala sesión? En cierta medida, sí, porque generó ese efecto de un modo en que difícilmente se lo pueda trabajar. Quizá el caso de Vicky sea el de una paciente lo suficientemente grave como para un tratamiento de psicoanálisis lacaniano y precise otro tipo de abordaje. El psicoanálisis lacaniano también se convirtió en una especie de ortodoxia con las décadas.

De todos modos, lo que me importa desarrollar en este artículo es que, si el tiempo es una fuente de tantas controversias en psicoanálisis, es porque el psicoanálisis mismo está hecho de temporalidad. El tiempo en psicoanálisis no es una cuestión meramente técnica, sino la materialidad misma con que se concibe la idea de un tratamiento. Un análisis es una invitación a hacer una experiencia del tiempo, ¿cuál?

Para muchas personas es una preocupación la duración del análisis; si será muy largo el tiempo que tendrán que dedicarle. Esa inquietud por la extensión tampoco se mide según una cantidad, porque esta da cuenta de un dato cierto: el análisis dura. Analizarse es vivir durante un tiempo en análisis.

Esto último es lo que puede generar temor. ¿Podré salir? Así como Vicky se preocupa por la ecuación tiempo/dinero, también hay quienes sufren de sentir que siempre les queda algo por decir y, por ejemplo, quieren agregarlo en el ascensor, la puerta, un mensaje después de la sesión. Podrían tener sesiones de horas, pero igual les parecería poco. Vicky siente que le robaron, pero también hay personas que lo dicen explícitamente “No te quiero robar más tiempo”.

Robarle tiempo al otro puede ser un modo de posicionarse en la vida; contar siempre con el tiempo ajeno. O ser amigo de lo ajeno del tiempo, en una vida impersonal. Vivir en análisis es asumir el “sigamos la próxima” no como una privación, sino como una invitación a continuar, como una especie de “ya habrá tiempo para eso”. Y aquí es donde surge la urgencia, ¿cuánto va a durar esto?

El análisis es una experiencia del tiempo, diferente a la venta de un servicio: cantidad de minutos a cambio de un monto regular de dinero. Por eso para algunas personas puede ser muy frustrante que haya sesiones en las que no pasa demasiado —preparatorias de esa sesión en que pasa todo—, o bien prefieren otro tipo de opciones terapéuticas en que el tiempo (no solo de la sesión, sino el número de sesiones) esté pautado de antemano.

Esto es algo completamente legítimo. Si algo entendí yo en estos años es que no todas las consultas son para psicoanálisis. No es que haya casos no analizables, sino que en cada caso es fundamental que el analista tenga presente qué beneficio podría obtener esa persona del análisis y eso depende de la experiencia del tiempo que esté en condiciones de hacer.

Voy a comentar tres libros que considero fundamentales para situar la importancia del tiempo en psicoanálisis.

“El aprés-coup”, de Jean Laplanche

“El aprés-coup”, de Jean Laplanche

Que el título de este libro se conserve en su idioma original, a pesar de la traducción, es un indicador de los problemas que transmite. ¿Se trata de un a posteriori, un efecto diferido o retardado, una resignificación? Por esta vía es que Laplanche intenta cernir lo que en Freud se nombra como Nachträglichkeit.

En particular, el riesgo está en creer que el psicoanálisis avanza por resignificación –palabra de moda hoy, comodín para hacerle decir al pasado lo que no dijo–; la cuestión es más sutil. Más bien se trata de situar el modo en que el tiempo funciona como una fuente de revelaciones que nunca son del todo sincrónicas.

Es un lugar común del psicoanálisis plantear que Freud habría abandonado su teoría del trauma efectivamente acontecido, para darle lugar a las fantasías. En una célebre carta, Freud dijo que ya no creía en “Meine neurótica”, es decir, en mis neuróticas. ¿Quiere decir esto que Freud dejó de creerles a los traumas de sus pacientes?

No, la cuestión es más compleja. Lo que Freud notó es que vivencias accidentales de la pubertad convocaban un desprendimiento de afecto que tomaba el relevo de una circunstancia infantil que solo era eficaz a través del recuerdo. Por lo tanto, lo traumático para Freud no es la vivencia, ocurrida o fantaseada, sino el recuerdo.

Los neuróticos enferman por sus recuerdos, por el modo en que recuerdan. Por eso no se puede decir livianamente que Freud abandonó la teoría de la seducción temprana, sino que la generalizó a través de una teoría del tiempo, según la cual todo ocurre dos veces; esto es, para cualquier vivencia psíquica se precisa una inscripción en dos tiempos.

Por esto último es que Freud tematiza el aparato psíquico como un dispositivo basado en el registro, de acuerdo con el modelo de la traducción. Y esta traducción no es simple, sino a partir de lo que resta como intraducible en cada inscripción. Para Freud es fundamental este planteo para rebatir cualquier intento de memoria retrospectiva.

En efecto este fue el motivo principal de su pelea con discípulos que decían que en los neuróticos las vivencias sexuales infantiles eran solo una proyección en la infancia, hacia el pasado, de ocurrencias posteriores. Para criticar esta posición es que Freud redacta uno de sus casos más importantes, el del Hombre de los Lobos, en disputa con Jung.

El libro de Laplanche es excelente para ubicar cómo el tiempo es un problema teórico de gran valor en la obra freudiana, asociado a la concepción del psiquismo y al modo en que se manifiestan las vivencias en el tratamiento.

“El tiempo fragmentado”, de André Green

“El tiempo fragmentado”, de André Green

En este segundo libro que me interesa comentar, Green parte de la misma discusión que propuso Laplanche: la teoría del tiempo en la obra de Freud. Sin embargo, la continuidad que despliega es la de cómo el tiempo se imbrica en los tratamientos.

Con mucha lucidez, Green destaca la manera en que después de “descubrir” el trauma en dos tiempos, Freud se dedica a los problemas técnicos y, para el caso, ubica cómo durante el tratamiento el paciente deja de recordar para “actuar” sus recuerdos.

Por esta vía, lo que adquiere el estatuto del trauma es el vínculo con el analista. Esta es la fuente de la noción de transferencia que, cuando se la entiende mal, se la piensa como la mera inclinación –positiva o negativa– hacia el profesional. La transferencia, más bien, es la vía de retorno de un pasado que no termina de pasar, inactual, que incluso quizá nunca fue del todo un presente.

Green desarrolla el camino minucioso y argumentativo por el que, a través de la noción de transferencia, Freud deja de ir hacia las vivencias del pasado efectivamente acontecido, para construir un pasado in-memorial. Por un lado, introduce una teoría de la pulsión que reivindica la sexualidad infantil y, por otro lado, apuntala una teoría de fantasías originarias y filogenéticas, de la especie, para las que alcanza muy poco de lo vivido para que se activen (seducción, escena primaria, el Edipo mismo).

Digámoslo ahora con Green: no es que Freud haya abandonado la teoría traumática y la seducción efectiva, porque no les creía a sus pacientes, sino que formula una complejísima teoría de la fantasía que se apoya en una noción del tiempo latente y a la espera de manifestar sus efectos. Por otro lado, Green dice algo muy interesante sobre el fin de la sesión:

“El término de la sesión es una experiencia reveladora. No sólo por ser sentida y soportada como un momento de ruptura, sino también a causa del destino de este encuentro interrumpido. Si, con toda seguridad, es imposible evitar que el paciente le dé el sentido de una voluntad de significar por parte del analista, todavía es más importante que el analista, por su lado, no haga nada que pueda dar pie a la autentificación de un deseo semejante de su parte, lo cual es inevitable cuando el momento de la interrupción varía.”

Green no es muy amable con los lacanianos. Más bien pareciera decir que el corte más o menos abrupto tiende a funcionar como un acto sugestivo que no da tiempo al despliegue en el interior de la sesión –quizá esto se debe a su concepción de la transferencia–, así como también es desaconsejable en pacientes graves (no necesariamente psicóticos, pero sí con una dificultad para la integración y el reconocimiento de sus bordes).

Más allá de su crítica, que por momentos es maliciosa –eso no puede escapar a disputas de escuela y/o institucionales, casi todos los psicoanalistas creen que los de su parroquia son los trabajan bien y el resto no–, me quedó con esta idea que sugiere entre líneas: lo básico es encontrar el tiempo propio para cada paciente. Lo importante es encontrarlo y dejar que se desoville. Así habrá pacientes que se analicen bien con sesiones de unos pocos minutos y otros que puedan requerir sesiones más bien prolongadas.

Pensar el tiempo como una cuestión técnica no es fijarlo en una resolución burocrática sino articularlo al proceso psíquico del paciente en análisis. Ahora bien, para no quedarnos con una sola campana –lo que siempre es un acto de injusticia– leamos lo que propone un lacaniano sobre el tiempo y las sesiones breves.

“Los usos del lapso”, de Jacques-Alain Miller

“Los usos del lapso”, de Jacques-Alain Miller

Elegirlo a Miller para este comentario es una decisión. ¿Por qué él y no otro? Lo diré de un modo simple: porque empecé a leerlo sistemáticamente y estoy fascinado con la forma en que se anticipó a problemas actuales.

Los usos del lapso es un seminario que continúa a otros dos que se llaman El partenaire síntoma y La experiencia de lo real en la cura psicoanalítica, que son extraordinarios. Miller no es un lacaniano más; incluso es casi un post-lacaniano, porque propone una concepción del análisis que le pertenece absolutamente. En otra ocasión ampliaré esta cuestión.

En este artículo me detendré en este seminario sobre el lapso, cuyo eje es el tiempo y está atravesado por la cuestión de la sesión analítica y su duración.

A Miller le importa poner en un primer plano una diferencia sustantiva entre Freud y Lacan: mientras que para el primero el inconsciente siempre está ahí, a la espera, para el otro la cuestión gira en torno a su irrupción. Esta diferencia se verifica en un cambio de modelo, ya que para Freud el inconsciente encuentra su formación privilegiada en el sueño, mientras que para Lacan el protagonismo pasa a tenerlo el lapsus.

¿Qué tiene este último de fundamental? Su irrupción contingente, que es garantía de conmoción del automatismo y los sentidos consolidados. “El inconsciente freudiano es aquel que restablece la continuidad […] el abordaje de Lacan es otro: la forma esencial del inconsciente como fenómeno es la discontinuidad”, dice Miller.

Leamos un poquito más:

“Así podemos apreciar bien cuál es la diferencia de la sesión lacaniana. No es que reniegue el automaton de la sesión, sino que demuestra cierta inclinación a estructurarse como el inconsciente-sujeto […] en el interior de la regularidad casi burocrática […] Nunca es exactamente igual a la otra.”

Esto es lo que justamente critica Green. ¿Tiene razón? Más bien debería pensarse que ambos tienen razones diferentes. Miller y Green tienen concepciones muy distintas del vínculo analítico y de lo que esperan de un análisis. Tienen ideas incompatibles de la transferencia. Miller dice lo siguiente:

“El inconsciente como sujeto nos obliga a pensar una temporalidad que es, por cierto, muy diferente de la temporalidad de la repetición [aquella en que hacía foco Green]. La temporalidad de la repetición es siempre una temporalidad de la primera vez. Cuando ponemos el acento en la repetición, subrayamos precisamente el hecho de que ella no modifica eso que repite. No es algo del orden de usted ya lo hizo, ya lo dijo, entonces, pase a otra cosa.”

En la sesión lacaniana, el tiempo es subordinado a una concepción de la transferencia que va de la mano de ese “pasar a otra cosa”. Miller y Green tienen nociones diferentes del tiempo porque piensan de manera distinta la relación entre repetición y transferencia. Podría decirse que Green es más freudiano (aunque también haya sido discípulo de Lacan) y Miller es más lacaniano —aunque le haga decir a Lacan lo que él mismo piensa, como corresponde que haga un lacaniano.

Freud discutió con Jung por la noción de tiempo. Lacan discute con Freud y entre los lacanianos también piensan distinto. Podríamos plantear una versión del célebre aforismo y decir “Dime qué concepción del tiempo tienes y te diré qué clase de psicoanalista eres”. Y no porque se trate de una cuestión teórica, sino porque según cómo se piensa el tiempo se piensa la relación analítica (transferencia) y el fin de (un) análisis.

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