El rol de Passarella en la pelea Maradona-Toresani y el gol que evitó la hinchada de Boca el día del retorno de Diego

El recordado cruce entre Maradona y Toresani

La infinita historia de amor entre Diego Armando Maradona y Boca Juniors. Nada más ni nada menos. Un vínculo irrompible, que tuvo idas y vueltas, y dejó miles de historias, muchas de ellas hasta hoy inéditas. Para echar luz sobre estos episodios desconocidos, Luciano Fontenla realizó un trabajo de archivo impecable, una investigación con decenas de entrevistas de envergadura y un relato inspirado y sin freno que da gusto leer.

El libro –Diego y Boca, de Editorial Planeta– le hace justicia a Diego Maradona y a Boca Juniors y a la locura en la que se vieron envueltos durante décadas, esa que concluyó en un amor, tal vez, sin igual. La obra de Fontenla tiene además la particularidad de sorprender hasta a los hinchas más memoriosos, aquellos que habitualmente recuerdan cada detalle. Las revelaciones, nuevos datos y detalles desconocidos son moneda corriente a lo largo de sus páginas.

Así, puede leerse la historia de Maradona el día que salió al campo de juego con una camiseta de Boca debajo del buzo de Argentinos Juniors (y se expone, entonces, a una dura sanción de su club). El Diego que pide una y otra vez para que lo dejen ir a Boca y no acepten las ofertas de River ni Barcelona por su pase. El que participa en el diseño de la camiseta más emblemática del Xeneize. El que convertía los himnos de La 12 en canciones de cuna para sus hijas y en las madrugadas de Nápoles escuchaba por teléfono los partidos de su antiguo equipo. El que fue campeón, el que volvió, el que recibió centenares de patadas, marcó 56 goles y siempre hizo delirar a la Bombonera.

Diego y Boca, el libro de Luciano Fontenla

A continuación, a modo de adelanto, un capítulo entero del libro. Se trata de la descripción minuciosa de aquel recordado regreso de Maradona a Boca, ocurrido el 7 de octubre de 1995, en un partido frente a Colón, en la Bombonera. Aquella jornada se produjo la recordada pelea entre Diego y Julio Toresani ¿con incidencia de Daniel Passarella También la hinchada de Boca hizo lo suyo, evitando un gol del Sabalero. Esta es la historia:

De Brandsen 805 a Segurola y Habana

«Volver a Boca fue como parir después de un embarazo de catorce años», escribió en Yo soy el Diego.

Luego de una década y media viéndolo vestir camisetas celestes, blancas, rojas y negras; de madrugar los domingos para ver cómo guiaba a un pueblo a la gloria en Italia; de verlo comprobar cuánto pesa la Copa del Mundo, al fin volvía a ponerse la azul y oro y a pisar la Bombonera.

Las entradas para ese histórico Boca-Colón se agotaron en apenas tres horas, con una fila que se había formado desde el día anterior. La mañana del partido trajo una sorpresa desde la vereda de enfrente. El Beto Alonso le escribió una cariñosa carta abierta a Maradona. Bajo el título «Sos el fútbol sin traiciones», ese viejo adversario así le daba la bienvenida a un amigo: «Quiero decirte que te voy a respaldar a muerte en este regreso, porque vos sos el último gran sobreviviente de una camada distinta en un fútbol argentino, hoy tan robotizado».

Cuando el plantel salió de la concentración rumbo al estadio, un detalle llamó la atención. Mientras el resto de los jugadores vestía el uniforme oficial del club, Maradona lucía una remera blanca, que tenía estampada una foto suya junto a Caniggia, ambos con la camiseta de Boca, y bajo una lluvia de papelitos azules y amarillos.

Y, en su espalda, un número 12. La historia de esa prenda es una pintura de los tiempos que corrían, y de una filosofía de vida de Diego. La protagoniza un matrimonio de apellido Calabria, que tenía una pequeña empresa de pelotas deportivas que estaba al borde de la ruina, como consecuencia de la apertura de las importaciones, según contó décadas más tarde su hijo, Alejandro.

«Mi viejo decidió fabricar esa remera, que se empezó a vender como pan caliente. Una semana antes del regreso del Diego, recibe un llamado con la voz de una mujer. “Hola, ¿hablo con el dueño de la empresa Usted está usando la imagen de mi marido y no tiene los derechos”. Mi viejo, al principio, creyó que era una joda. Luego comprobó que era la mismísima Claudia Villafañe. Le pidió disculpas y le contó la historia de su empresa. Quedaron en volver a hablar. A los dos días ella lo vuelve a llamar y, solamente, le pidió que donara unas pelotas con cascabel para una instituciónde personas no videntes que amadrinaba. Mi padre donó el doble de pelotas que habían acordado».

A Diego le gustó tanto la remera, que decidió vestirla en ese día tan especial. Ya en el micro, se sentó en la primera fila, en soledad, para contemplar lo que iba ocurriendo a su paso. «Quería escuchar de la gente “hoy vuelve el Diego”. Bueno, acá está “el Diego”, como me enorgullece que me llamen. En ese trayecto hasta la cancha llegué a ver a algunos pibes que se marcaban la banda de River sobre el pecho y me decían “igual te quiero”. Ya está, ese es mi triunfo».

El evento captaba la atención del mundo. Cerca de cien corresponsales de medios extranjeros fueron acreditados. De Suecia a Colombia y de Francia a Israel. Sports Illustrated, el Financial Times, L’Equipe, y otros 18 medios internacionales.

La recepción de la hinchada fue verdaderamente única. A la lluvia de papelitos y el «Boca, mi buen amigo», se sumó el humo azul y amarillo —no tan habitual en esos tiempos— que avanzó desde las áreas hacia el resto del estadio. «A mí nunca me habían temblado las piernas en una cancha, y ese día eran un flan. Y eso que yo ya tenía casi treinta años. Fue impactante», recordaría Fabián Carrizo. «Jamás vi la Bombonera como ese día, ni antes ni después. En la popular estaban todos apretados, en la platea había dos personas por butaca», agrega Darío Scotto.

Y en eso apareció Diego. Y, por unos instantes, la vida en la Bombonera transcurrió en cámara lenta. Emergió del túnel en el mismo estado hipnótico que las 60 mil personas que lo aguardaban. Giró su cabeza para dedicar una breve mirada a quienes lo alentaban desde las primeras filas de la platea baja. Comenzó a caminar con la vista apuntando al suelo.

Se persignó apenas sintió el césped bajo sus botines. Contempló por un instante la tribuna que da a Casa Amarilla y corrió hasta el círculo central. Papelitos, gritos, sonrisas, bengalas, fuegos artificiales, el Diego. El Paraíso en la Tierra. Giró sobre sí mismo, con los brazos en alto, para saludar a su público. Pateó fuerte una pelota hacia arriba. Arengó a sus compañeros, los llamó con un gesto para que se unieran al retrato grupal y, antes de cruzar sus brazos y mirar fijo a los fotógrafos, cargó energías y descargó tensiones con un «Vaaaaamos Boooocaaa».

«Él estaba muy feliz, vibrando como un niño, era un regreso soñado para él. Diego era feliz en Boca. Era todo para él. Boca era la idolatría del pueblo que él había soñado de chico», recuerda el Colorado Mac Allister, quien salió detrás de él por el túnel. Mientras decenas de reporteros gráficos ametrallaban al once inicial, su cara de emoción lo expresaba todo. Estaba viviendo el sueño que esperó catorce años. Ni siquiera le importó que un hincha se acercara e hiciera lo que él más odiaba: agarrarlo del hombro. Siguió en trance, consciente de que nunca olvidaría ese momento.

Volvió al centro del campo con esa particular carrera que es una de sus marcas registradas: Pequeños arranques y frenos, saltitos para un costado y para el otro, sin dejar nunca de avanzar y mareando a los fotógrafos que intentaban seguirlo.

No existe un 10 en el mundo al que el número le quede como a él. El uno y el cero acaparan, gigantes, su pequeña espalda. El cuello amarillo, novedad del modelo de Olan que Boca estrenaba ese día, hacía juego con su mechón repudiador, y con el arito de oro, del que colgaban los primeros dientes de Dalma y de Gianinna, que se hamacaban en su oreja con cada movimiento.

Con el estadio en plena ebullición, Diego se inclina para atarse los cordones, pero su mirada no se dirige a los botines. Sus ojos se fijan al frente y su boca se abre, ante la sorpresa de la tarde. Una caja gigante ha sido llevada hasta la mitad de la cancha, escoltada por dos muchachas que le piden que se acerque.

El

Lo saludan con una sonrisa mientras él, desconcertado, intenta descifrar el misterio. Su expresión lo dice todo: no tiene idea de qué se trata. Casi todos los sueños tienen detalles surrealistas, difíciles de entender cuando uno se despierta. Y ahí estaba Maradona, viviendo su sueño de regresar a Boca, pero frente una caja de madera más grande que él mismo, emplazada en el medio de la Bombonera.

La caja se abre y descubre a Dalma y a Gianinna, que sostienen un cartel que dice «Gracias Papá». Su cara se transforma, su alma se quiebra. Las abraza como nunca abrazó a nadie en un campo de juego. Llora como nunca lloró con botines puestos.

Enrique Macaya Márquez, comentarista de la transmisión, advierte en tiempo real: «Él solo sabrá si esta sorpresa le hace bien o no». Por la noche, Diego develaría esa incógnita: «Con toda la buena voluntad, les agradezco a Claudia y a Guillermo, pero le erraron. Yo estaba metido en el partido, listo para encarar a los defensores y esto me sacó. Estas sorpresas no van. Tardé 45 minutos en entender el partido».

Boca salió a la cancha con Navarro Montoya; Soñora, Gamboa, Fabbri, Mac Allister; Saldaña, Carrizo, Kily González; Maradona; Martínez y Caniggia. «El arma de Chéjov» es un principio de la dramaturgia que el propio autor ruso explicó con un ejemplo: si en una obra se describe un rifle en la pared, ese rifle luego debe ser utilizado. Apelando a ese recurso, por ahora simplemente diremos que en el banco de suplentes se encontraba Darío Scotto.

Los veintidós jugadores ya estaban en el terreno de juego. Los hinchas rebalsaban el estadio y hasta ocupaban el techo de los palcos. Y, finalmente, ocurrió. El árbitro, Francisco Lamolina, hizo sonar el silbato. Y Maradona volvió a jugar oficialmente en Boca.

Sería imposible hablar hoy con los 60 mil hinchas presentes ese día en la Bombonera para comprobarlo, pero, sin dudas, a todos nos pasó lo mismo: no podíamos dejar de mirarlo. No importaba dónde estuviera la pelota, quién la llevaba, si había un lateral o un saque de arco. Todos lo mirábamos a él, todo el tiempo. Tratábamos de convencernos de que eso que veíamos era realidad. Era Diego. Y había regresado.

El juego comenzó parejo y disputado en la mitad de cancha. Los sabaleros quisieron dejar en claro que no venían a ser los testigos del casamiento, y se pusieron ásperos. Enzo Trossero, DT de Colón, dispuso una marca en zona, en la que casi todos los defensores y volantes iban sacando turno para atender al 10 de Boca.

Pronto surgiría el germen de una de las frases más recordadas de Maradona. A los 24 minutos, Julio César Toresani se hace acreedor de una amonestación por un leve foul táctico a Saldaña. Segundos después, Maradona salta a cabecear, Ameli toma envión y lo golpea en la cara con su brazo. Cuando Diego se levanta, por algún motivo, Toresani va a increparlo y provoca una pelea generalizada. El tumulto se desarrollaba a metros del área de Colón, pero incluso Navarro Montoya corrió hasta allí para tratar de llevar paz a ese campo de batalla. Mientras tanto, como banda de sonido, La 12 avivaba el fuego con un «No pasa nada / adentro pega Boca / y afuera pega la hinchada».

Lamolina, hombre con una fe en el diálogo que emociona, llama aparte a Maradona y a Toresani. Ambos escuchan al juez, ensayan alguna tibia queja, pero parecen terminar fumando la pipa de la paz. Sería solo un breve período de calma entre guerras. Minutos después, cae la pieza del dominó que generaría la reacción en cadena que haría famosa la esquina de Segurola y Habana.

Caniggia fue a presionar la salida de Unali con una plancha que, si los bosteros debiéramos declarar bajo juramento, no nos quedaría otra que confesar que merecía expulsión. Pero está claro: Lamolina prefiere revolear su tarjeta de crédito en una joyería de Mónaco, antes que una roja para un jugador local. Y, sobre todo, si se trata de Claudio Paul Caniggia en el día del regreso de Maradona.

Pero incluso antes de que el árbitro le exhibiera el magro cartón amarillo al Pájaro, Toresani ya estaba nuevamente increpando al juez. «Si esto es un partido homenaje a Maradona, avisanos», le recriminaba, según recuerda su compañero Saralegui. Y termina discutiendo, otra vez, con el 10 de Boca. Lamolina los vuelve a juntar, pero esta vez los amonesta a ambos. Toresani ya tenía tarjeta amarilla, por lo que recibe la roja. Se enfurece, pero no con el árbitro. Se la agarra con Diego, que intentaba ser apartado por sus compañeros.

De lo que vino después, solo quedó para la posteridad la furia de Maradona, condensada en la mera verbalización de su domicilio postal. Sin embargo, apenas terminado el partido, esa guerra nuclear no estaba en el horizonte.

Cumpliendo con la máxima de que «lo que pasa en la cancha, queda en la cancha», el primer reflejo de Diego fue bajarle el tono a la discusión. Por la noche, en una cena-fiesta que fue transmitida en vivo en Fútbol de Primera, ante la pregunta inicial, elogió a quien pronto fulminaría: “Creo que nos equivocamos los dos. Lo que pasa es que al Huevo Toresani le habían sacado la amarilla antes y, bueno, la ligó él. Pero yo le pedí a Pancho que no lo echara, por más que eso nos beneficiara, porque el Huevo estaba jugando bárbaro”.

Pero claro, Diego aún no sabía que, por la tarde, en los vestuarios de la Bombonera, Toresani había dejado una bomba de tiempo. En una nota grabada para Fútbol de Primera, este soldado raso del fútbol le declaraba la guerra al Gran Almirante del balón mundial: “A mí me echó Maradona, y lo que él diga cuando escuche esto no me importa un carajo. Quisiera tenerlo enfrente, a ver si me dice las cosas como las que me dijo, que después del partido me iba a agarrar. Yo me la banco. Lo iría a buscar hasta la casa”.

Apenas vio y escuchó eso, Maradona respondió con artillería pesada. En uno de sus discursos memorables de todos los tiempos, este barrilete cósmico de la palabra disparó: “A Toresani le dije en la cancha que yo vivo en Segurola y Habana 4310, séptimo piso. Yo le digo que llevo 20 años en el fútbol y él no se puede hacer el sheriff adentro de la cancha. Yo no lo eché a él. Al contrario, a ver si este Toresani, que no existe, le pregunta a Lamolina si no es verdad que yo le dije que no lo eche. Y esto lo juro por mis hijas. Entonces le vuelvo a repetir: Segurola y Habana 4310, séptimo piso. Y vamos a ver si me dura treinta segundos”.

Mucho se ha hablado, visto y recordado sobre esta pelea con Toresani. Revisando detalles y archivos, 30 años después, sobresale un asombro general ante la actitud del Huevo. Como si hubiese ido esa tarde a la Bombonera directamente con el objetivo de pelear y provocar al gran protagonista de la tarde. «La actitud que asumió Toresani contra Maradona fue una sorpresa: censuró cada intervención de Maradona, lo insultó de arriba abajo cada vez que se cruzaron», advirtió la crónica de Clarín. «Toresani no vino a jugar un partido de fútbol, vino a pelear. Su objetivo era Diego. Analizando bien todas las imágenes me atrevo a decir que Toresani no vino a jugar un partido común», remarcó Quique Wolff en su informe para Telefé.

¿Por qué Toresani actuó así? No lo sabemos. Pero, visto a la distancia, aparece sobre la escena la sombra de Daniel Passarella, por entonces entrenador de la Selección y muy enfrentado con Maradona desde hacía unos diez años.

Marcelo Araujo, en su relato en vivo para la televisión, cuando Toresani tocó una de sus primeras pelotas, soltó: «¿Qué hacés, Huevo? ¿Así que te llamó Daniel Alberto hoy a la mañana». Passarella había dirigido a Toresani en River. Dos días más tarde, en una declaración que tuvo escasa repercusión, Toresani lo desmintió: «Passarella no habló conmigo, sino con Trossero y él solamente me transmitió sus saludos».

Lautaro Toresani es hijo del Huevo, vive en Italia y lleva la firma de Maradona tatuada en una pierna. Y, a treinta años de la pelea entre su padre y el hombre del autógrafo indeleble, revela las charlas que tuvo con su papá sobre el tema: «Mi viejo me contó que esa mañana Passarella lo llamó para decirle que lo tenía en la lista para jugar en la Selección. Y que lo volvió a llamar unos días después para aconsejarle que parara la mano, que no siguiera la pelea con Maradona. Passarella lo quería mucho a mi papá, tenían una muy buena relación».

¿Qué habrá pasado entonces aquel día ¿Passarella le habrá pedido que provocara al 10 en ese partido tan especial? ¿Toresani habrá querido quedar bien con el DT peleándolo a Diego? ¿O habrá sido una simple calentura, de un jugador justamente reconocido por su temperamento?

La única respuesta posible a estas preguntas descansa en la memoria del recordado Julio César. Dos cosas sabemos hoy, con este diario del lunes. Una, que Toresani nunca fue convocado a la Selección Argentina. Y la otra que, afortunadamente, su relación con Maradona tuvo un final feliz y bostero, como veremos más adelante en estas páginas. Por lo pronto, algo no muy recordado, es que la primera paloma de la paz fue soltada por Diego, apenas cinco días después del partido: «Quiero pedirle perdón a Toresani y a la gente, porque en un momento de calentura dije algo muy feo. Lo voy a invitar a mi casa, pero a comer, con toda su familia».

El emotivo festejo de Diego, ganador en su regreso a la Bombonera

“Coppola lo llamó al representante de mi viejo para organizar un asado, que al final no se concretó —cuenta Lautaro—. Yo no creo que ese llamado de Passarella haya influido en la pelea que tuvieron, aunque tampoco lo puedo asegurar. Lo cierto es que después Maradona lo pidió a mi papá para Boca y que, cuando estaba dirigiendo en Sinaloa, lo quiso llevar a su cuerpo técnico porque se enteró de que la estaba pasando mal. Para nuestra familia, el Diego es lo más grande que hay».

En cambio, hubo dos personas que tomaron como propia la invitación de Maradona y esa semana sí se acercaron a Segurola 4.310. Uno fue Julio Ramos, fundador del diario Ámbito Financiero. Días antes, el periódico había llamado «bocón» a Maradona, quien respondió calificando a Ramos de «cornudo» en la conferencia de prensa posterior al partido contra Colón. El martes, Ramos se acercó al edificio de Villa Devoto para invitarlo a pelear.

Lo hizo acompañado de un escribano, para que diera fe de todo lo que ocurriera, y de una médica «por si alguno salía lastimado». Tocó timbre y, como era de esperarse, solo encontró indiferencia. El otro fue un niño de once años de edad llamado Carlos Alberto Martínez, aunque años más tarde cambiaría su apellido por otro, con el que se haría famoso en todo el mundo: Tevez. Era fanático de Boca y solía ir a los entrenamientos para conseguir autógrafos de los jugadores. Al día siguiente de que Maradona diera su dirección por TV, convenció sus amigos Leo, Rulo y el Colorado, y juntos se tomaron el colectivo con la misión de obtener una firma del DIEGO (10). Tal como cuenta Sebastián Varela del Río en su libro Tevez, corazón apache, Carlitos tocó el timbre, pero Claudia Villafañe respondió que su gran ídolo se había ido a la casa de un amigo. Con el tiempo, Boca se encargaría de unirlos.

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A diferencia del incidente con Toresani, hay otro hecho absolutamente trascendental de aquel Boca-Colón, pero que no quedó en la memoria. Y es que ese día, la hinchada xeneize evitó que le hagan un gol a su equipo. Más que nunca, un Jugador Número 12.

Fue en una jugada que comenzó con una rareza: Mac Allister apareciendo en posición de 8. Claro que no se trató de un avance con pelota dominada, sino que el Colorado se tiró a los pies de un rival para intentar cortar el juego. No lo consiguió y, además, dejó libre su callejón, el del lateral izquierdo. Por allí terminó ingresando al área Marcelo Saralegui, sin marca. Un mano a mano con Navarro Montoya que, con el encuentro 0 a 0, tenía destino de aguar la fiesta del regreso de Diego.

Intentó definir de primera y al primer palo, pero su remate se fue muy desviado. Sin embargo, lo que pareció simple impericia del volante uruguayo, tiene muchos años después otra explicación por parte del propio protagonista:

«Perdí de vista la pelota porque el césped estaba lleno de papelitos que había tirado la gente. Sé que suena a excusa, pero es la verdad. Yo no solía errar cuando enfrentaba al arco. La verdad que ese día la cancha era una caldera», afirma Saralegui, quien, además, se quedó con una de las camisetas que usó Maradona aquella tarde.

Saralegui persiguiendo a Diego. El uruguayo se quedó con una de las camisetas que el Diez utilizó ese día

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En ese primer partido oficial, Maradona asumió su rol natural de conductor, asociándose con el Kily, con Saldaña, con Caniggia, con un Mac Allister que se proyectaba una y otra vez. Y no solo mostraba su magia en sus pases milimétricos, sino que también se animaba a encarar y a llegar hasta la línea de fondo para tirar centros.

Pero faltaba apenas un minuto para el final de ese Boca-Colón, y el 0 a 0 parecía indestructible. Hasta que el héroe de la tarde, «el arma de Chéjov» de esta obra, entró en acción. Darío Scotto había ingresado por Manteca Martínez a los 16 minutos del segundo tiempo. En una de sus primeras intervenciones, saltó a cabecear y Ameli le dio un golpe en la cara. Quedó tendido en el suelo con la nariz sangrando. «Me fracturaron el tabique, después me tuve que operar. Hoy no me dejarían seguir en cancha», rememora treinta años después. Lo sacaron en camilla y, tras ser atendido por los médicos, volvió convertido en nuestro Rocky Balboa herido y dispuesto a darle el golpe de gracia al Apollo Creed sabalero.

Llega el minuto 90. Al Kily González le queda la pelota por izquierda, y tira un centro esperando el milagro, que por fin sucede. Solo eso explica que, por primera vez en el día, haya un jugador de Boca sin marca en el área chica, y a punto de impactar la pelota. Scotto cabecea a la gloria, celebra de cara a la hinchada y solo se acordará de volver a limpiarse la sangre de la nariz cuando termine de atender la fila de abrazos.

Maradona corre a festejar el gol hacia los palcos, de frente a una bandera azul y amarilla que lleva grabados los nombres de Claudia, Dalma y Gianinna, que la sostienen entre gritos y llantos. «Cuando vi que la pelota entraba, giré, quise correr y gritar, pero no me salía nada. Desde arriba del palco un pibe me gritaba «¡Sos un animal, sos un animal!» y a mí no me salía la voz…

Entonces empecé a pegarle a los carteles con las manos», relataría un rato después. En su camino, abraza a Gamboa, de quien luego dirá que fue la figura de la cancha, y a quien le regalará el premio Chamigo.

Los pocos minutos del descuento pasan, el partido termina y la Bombonera es feliz. Maradona corre dando saltos. Los fotógrafos se arremolinan. En medio de esa marea, dice sus primeras palabras para la televisión. Su voz y su cara irradian felicidad, pero sus palabras aconsejan prudencia: «Tengo que reconocer que Boca jugó mal, pero buscó siempre. Tenemos que corregir muchísimos errores», alcanza a decir antes de que la entrevista sea interrumpida por 60 mil personas que braman: «Vení, vení / cantá conmigo / que un amigo vas a encontrar / que de la mano / de Maradona / todos la vuelta vamos a dar».

«Boca es el amor de mi vida. Y quiero agradecerle a toda la gente que vino a la cancha», alcanza a agregar como remate. Aún sobre el césped, se abraza a sus compañeros, y juntos saludan a la hinchada. Sonríe y se retira del campo de juego tal como había ingresado: se acerca al túnel, se persigna, mira a la gente que le agradece desde la platea baja y a punto de sumergirse rumbo el vestuario exclama, aliviado: «Vaaaaamos Boooocaaaa».

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Luciano Fontenla con la emblemática popular que ocupa habitualmente La 12 de fondo

El autor

Luciano Fontenla (Buenos Aires, 1978 – 2026) se recibió de periodista en TEA en 2001. Trabajó como productor y redactor en diversos programas de televisión y radio, como Troesma, Historias verdaderas, La cornisa, Rayos X, Data, eSe, H/M/S, El disparador, Tormenta de ideas, Terapia (Única Sesión), 4G, en la radio Delta 90.3 y en el portal Haceinstantes. Fue gerente periodístico de DK Group. Hincha de Boca al igual que el 75 por ciento de los habitantes de la Argentina, según datos estadísticos aportados por Diego Maradona en 2015. Luciano murió pocos días antes de la publicación en librerías de “Diego y Boca”.

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