Dulce y amargo, dulce y amargo, así será el sentimiento durante las casi dos horas que dura Parque Lezama, la película de Juan José Campanella que hoy se estrena en los cines y el 6 de marzo, en Netflix. Risas, lágrimas, lo dulce y lo amargo a veces a la vez. Eso es lo que hacen Luis Brandoni y Eduardo Blanco en un film que viene de una obra teatral y se le nota: los actores interpretan a dos hombres que sólo se ven en un banco de ese parque porteño. La cámara nunca se va de ese lugar.
Es que Parque Lezama, por supuesto, fue una obra teatral de enorme éxito en la Argentina y en España. Con los mismos actores y el mismo director. Basada en la obra I’m Not Rappaport, que escribió el estadounidense Herb Gardner y se estrenó en Broadway en noviembre de 1985, con Judd Hirsch y Cleavon Little. Hay cosas que, se sabe, no pasan de moda. Conflictos, miedos, emociones que resisten el paso del tiempo. Es el caso.
La base de la historia se puede contar en pocas palabras. En un banco de Parque Lezama se encuentran ¿todos los días? dos hombres grandes. Uno -Antonio Cardozo, interpretado por Eduardo Blanco- ha sido en los últimos 52 años encargado de un edificio. Se ufana de ser el único que sabe manejar la vieja caldera y confía en que por eso conservará su puesto, que está en peligro porque ha pasado largamente la edad jubilatoria. Vive en un cuartito en el sótano, junto a la caldera. Se pasó al turno noche para no cruzarse con nadie. Cuanto menos lo vean, menos lo dejarán en la calle. Pero ahora hay una nueva administración, una nueva dirección del consorcio y… quién sabe.

El nombre del otro, el que hace Luis Brandoni, no lo sabremos hasta el final. Porque el personaje de Brandoni combate la vejez con garra, con imaginación, inventando mundos y esquivando a la hija, que lo quiere internar en un geriátrico o llevárselo con ella a La Horqueta. Exmilitante comunista, vecino de San Telmo: La Horqueta no es para él.
El personaje de Brandoni lo vuelve un poco loco al otro. Le cuenta historias que el otro ya sabe que son falsas, así como puede decirle a un comerciante del barrio que es descendiente de comechingones (pese a su acento polaco) y a un vecino que forma parte de un sindicato combativo cuyas siglas se leen S.E.A.C.A.B.O. Sí, se acabó.
Cardozo está a favor de ir negociando con la adversidad: le paga a un muchacho (Alan Fernández) para que lo acompañe así nadie -en particular él mismo- lo asalta, y considera la propuesta de retiro cuando le llega. Una indemnización, piensa, es mejor que ninguna.

El personaje de Brandoni es todo lo contrario: lo que está bien está bien y las injusticias, injusticias son. Si no tiene la fuerza tendrá el ingenio y la audacia; así va a enfrentar al joven abusador, a un dealer (Matías Alarcón), a un hombre moderno dispuesto a pasar por encima de la vida de quien corresponda con buenos modales y palabras técnicas.
Lo de Cardozo, claro, tambalea. Corren nuevos tiempos y el consorcio quiere sangre joven. ¿Y la caldera Bueno, seguro que después de tantos años habrá algún equipo que se maneje de otra manera, ¿no? ¿Y el cuartito del sótano? Ni me pregunten: la respuesta me hizo acordar a cuando en Las viudas de los jueves las señoras del country deciden vender la ropa usada en vez de regalársela a las mucamas, que esperan la renovación de cada temporada.
Más que una trama
Por supuesto, y aunque el final es toda una opinión sobre la mejor manera de estar en el mundo, Parque Lezama no se hace en esta trama sencilla sino en los muchísimos diálogos que sostienen los personajes.
Ahí, está la gracia, ahí está la ternura, ahí está lo amargo. En cómo se hablan, en qué se dicen, en cómo se van haciendo cargo de una vejez que avanza y decide por ellos. No es la vida que eligiría cada uno, pero el tiempo ya no ha dejado mucho margen para elegir.

Hay momentos memorables. Me quedo con uno: cuando Brandoni le cuenta a su hija Clara (Verónica Pelaccini) el por qué de su nombre: es por Clara Lemlich, dirigente de la huelga de las camiseras de Nueva York de 1909, una huelga que empezó el 23 de noviembre y que terminó en que, en febrero de 1910, se acordaron mejores salarios y condicones de trabajo. Brandoni arranca a contar cuando era chico y el padre lo llevó a una asamblea, lo puso sobre sus hombros y le pidió que levantara la manito para votar por él. Y la hija lo sigue, al mismo tiempo, diciendo con él palabra por palabra. Miles de veces a lo largo de su vida habrá escuchado ese relato. Esos cuentos que nos hacen quienes somos.
Amamos, amé, al personaje de Brandoni, que hace una interpretación sutil y con muchos matices de ese viejo polaco que resiste. Cuando sueña, cuando se indigna, cuando se sienta con esa hija a la que ama y a la que ve como una amenaza. En ese clima de ahogo, el personaje de Brandoni refresca, trae aire. Aunque en alguno de esos embates termine en el piso y vuelva al parque con uno de esos andadores que ayudan a caminar cuando el equilibro falla.

Amé a Brandoni aunque la mayoría de nosotros seguramente somos más como Cardozo: aceptamos que el mundo es como es, nos acomodamos en el sótano y tratamos de verle el lado bueno a la indemnización.
¿Es una película la vejez? Claro que sí y claro que no. Lo es: la vejez está acá y es la espada que pone a los protagonistas contra la pared. Y no lo es: probablemente Cardozo siempre haya sido así; probablemente el polaco de Brandoni, también. Por eso sí, es la vejez, pero es, sobre todo, una película sobre la dignidad, sobre un mundo mejor, sobre la manera de pararse frente al mundo. Eso está en el centro. Ganar, perder, son circunstancias.
Ficha
Director: Juan José Campanella
Guionista: Juan José Campanella
Productores: Muriel Cabezas, Laura Eliosof
Elenco: Luis Brandoni, Eduardo Blanco, Verónica Pelaccini, Agustín Aristarán, Manuela Menéndez, Alan Fernández y Matías Alarcón.

