
*Grupo INECO es una organización dedicada a la prevención, diagnóstico y tratamiento de enfermedades mentales. A través de su Fundación INECO, investiga el cerebro humano.
El abrazo es uno de esos gestos simples que aparecen en lo cotidiano, pero que sostienen mucho más de lo que parece. Surge al llegar a casa, al despedirse, al encontrarse después de tiempo, incluso sin motivo aparente. No siempre busca consolar una crisis; su función puede ser silenciosa: construir vínculo, regular el cuerpo y generar sensación de cercanía.
En el amor, un abrazo no es solo afecto: es decir “estoy acá”. En la vida diaria, cumple una función silenciosa: baja tensiones, repara pequeños roces y vuelve a acercar cuando nos fuimos alejando sin darnos cuenta. En momentos intensos —dolor, reencuentros, despedidas— el abrazo condensa emociones que las palabras no alcanzan a transmitir. Por eso recurrimos tanto a los emoticones: corazones, caritas y manos que abrazan son intentos de traducir al mundo digital lo que el cuerpo siente de manera natural.
Qué le pasa al cuerpo cuando abrazamos

El abrazo activa cambios muy concretos en cuerpo y mente:
- Reduce el estrés: la respiración se vuelve más lenta, la tensión muscular se afloja y el corazón desacelera.
- Se libera oxitocina: conocida como la “hormona del vínculo”, indica al cerebro que el entorno es seguro. Esto disminuye la actividad de la amígdala, centro de alarma, y baja el cortisol, la hormona del estrés.
- Aumenta la serotonina: contribuye a estabilizar el estado de ánimo y genera sensación de calma.
- Activa el sistema parasimpático: el de descanso y recuperación, favoreciendo el bienestar y la regulación emocional.
- Fortalece vínculos y la sensación de pertenencia.
- Confirma existencia y reconocimiento: “alguien me registra, alguien está conmigo”.
- Regula emociones difíciles: dolor, miedo, tristeza o alegría intensa.

En conjunto, estos efectos no son puntuales: crean un estado corporal más regulado y permiten que la mente también se ordene. Por eso, cuando alguien recibe un abrazo, deja de sentirse tan solo, aunque la situación problemática persista.
El abrazo como co-regulación
“El abrazo funciona como co-regulación emocional: el sistema nervioso de una persona ayuda a regular al de la otra. Por eso calma más que decir “tranquilizate” o “está todo bien”, y funciona incluso cuando no sabemos qué decir.
No todas las personas necesitan la misma cantidad ni la misma forma de contacto: algunas se regulan mejor con distancia, y eso también está bien. La clave está en la experiencia de sentirse acompañado, no en el gesto en sí” sostiene Delfina Ailán, licenciada en Psicología y miembro del equipo de Psicoterapia de INECO.
Una función evolutiva

Desde la evolución, el abrazo no surgió para expresar amor romántico: es una señal de seguridad. Durante miles de años, estar cerca de otro significó estar a salvo. El tacto apareció antes que el lenguaje; los bebés no entienden palabras, pero sí sienten el contacto. Como dicen los especialistas: “Primero aprendimos a calmarnos con el cuerpo del otro, después con el lenguaje.”
Más allá de las personas
El contacto físico regulador no se limita a abrazar humanos:
- Mascotas: acariciar o abrazar a un perro o gato disminuye el cortisol y aumenta la oxitocina.
- Objetos: abrazar un peluche o una almohada pesada activa la sensación táctil profunda, regulando el sistema nervioso y mejorando el descanso.
- Naturaleza: abrazar un árbol puede reducir el estado de alerta mediante contacto, quietud y respiración más lenta.
Nada de esto reemplaza la co-regulación humana, pero puede ofrecer alivio cuando no hay otra opción disponible.
Recomendaciones para aprovechar el abrazo

Los estudios sugieren que a partir de 20 segundos se potenciaría la liberación de oxitocina, pero la calidad importa más que el tiempo.


Decir “¿me abrazás un segundo?” puede cambiarlo todo.

También se puede usar una manta pesada, almohadón, caminatas, respiración lenta o estiramiento.

Abrazo cotidiano: saludar con más presencia, sostener una mano o un abrazo breve fortalece vínculos sin necesidad de grandes gestos.
El abrazo no es un mero gesto de afecto: es regulación emocional en el cuerpo. Es como decir sin palabras: “no estás solo”, “estoy acá”, y permitir que el cuerpo y la mente encuentren calma en medio del caos cotidiano.

