Los presos políticos de Venezuela: la libertad y la fuerza

Los presos políticos de Venezuela: la libertad y la fuerza

Familiares de presos políticos se manifiestan en las inmediaciones de la Zona 7 de la Policía Nacional Bolivariana (CPNB), este lunes en Caracas (Venezuela). Familiares de presos políticos exigieron atención de las autoridades del comando Zona 7, de la Policía Nacional venezolana en Caracas, en medio de un proceso de excarcelaciones iniciado por el Gobierno de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, el pasado 8 de enero. EFE/ Miguel Gutiérrez

Hemos pasado mucho tiempo intentando encontrar una justicia diferente, una que no permitiera la existencia de presos políticos, una que restaurara una energía moral continua; fracasamos en cada intento, y todos condujeron al mismo resultado: las dinámicas autoritarias encontraron siempre grados de permisividad y de indulgencia. Mientras Venezuela intentaba deshacer su propio orden social, político y económico, otros liderazgos políticos se lo tomaban en serio, como si fuera un proceso que podía llevar a Venezuela al definitivo desarrollo. Miles y miles de presos políticos, torturados y ejecutados pagaron ese precio.

Nunca se podrá olvidar la destrucción del país que hizo la dictadura Venezolana pero además nunca debemos olvidar la destrucción de las personas que perpetró esta dictadura. El otro día veíamos a Oscar Castañeda en el momento de su liberación, no podía caminar, no podía reconocer a su familia. El no representa a tantos es igual que tantos. Como Juan Pablo Pernalete es tantos asesinados. Es imposible reconstruir el país si no hay justicia para ellos, si no hay justicia para todos y si nunca reciben las reparaciones que merecen.

Las acciones de Trump en Venezuela y en Irán, así como pegaron duro en la psicología dictatorial de esos países, su efecto sobre otros Estados autoritarios como Cuba y Nicaragua también desencadenó la posibilidad de justicia, el desenlace que libera presos políticos, pero la energía que da a la democracia la liberación de los presos políticos dependerá de los principios del sistema, de la capacidad de construir Derechos a partir de allí y de la intensidad de la justicia en cada país, depende de la sociedad construida por el sistema y de la toma de decisiones políticas que puedan hacer sustentables estas liberaciones. La práctica política depende de esto, porque si la justicia se presenta en forma de liberación de presos políticos, todavía falta que las personas sean amparadas por la justicia, cada una con pleno goce de sus derechos, signo de igualdad, causalidad de las garantías fundamentales. Esta es una justicia que ha sido imperfecta desde el punto de vista del procedimiento, pero la excarcelación ha sido justicia para muchos en este contexto. Y también debemos tener en cuenta que los cambios políticos, en la región o en los Estados Unidos, pueden cambiar el contexto.

Esto ha tenido un efecto sobre los demás Estados autoritarios y ello tiene perfecto sentido porque cada uno ejecuta crímenes de lesa humanidad y los presos políticos han sido sus rehenes y su mecanismo de intimidación; en Cuba, Nicaragua y Venezuela han ocurrido las crisis de Derechos Humanos más significativas de la región, con asesinatos, desapariciones, torturas, intimidación y presión social.

Tomar acciones que induzcan la liberación de los presos políticos contribuye directamente a la causa de la democracia venezolana. Ese esfuerzo equivale prácticamente a aplicación de la justicia, no solo a los presos políticos que dejan las celdas, sino como pega en la radiación autoritaria jerárquica que se propaga por el sistema político; la justicia está torturada, los presos políticos también. Este fue el mérito de la acción de Trump, no un cambio de política, sino la acción, porque la misma es lo único que produce efecto real sobre las dictaduras.

El tiempo demostró que los presos políticos eran reales, debemos recordar que por mucho tiempo hubo quienes hablaron de políticos presos y no de presos políticos, hubo quienes catalogaron a cada preso político como golpista o magnicida. Venezuela no se creyó eso nunca, siempre supo el venezolano a que se enfrentaba. Incluso después de que varios gobiernos seguían pensando que la crisis de derechos humanos era de alguna manera errónea, incompleta o mal entendida y que quienes denunciábamos estábamos “radicalizados” y que nuestro problema con las dictaduras era “personal”.

Quien impone autoritarismo en el orden social de su país debe ser quien tiene más que perder; la reputación de los dictadores cubanos, venezolanos y nicaragüenses se construyó sobre el viejo paradigma de violación de los derechos humanos, el mismo que las dictaduras de los 70 del cono sur, sus intuiciones están entrenadas en el fascismo para la toma de decisiones, toda su identidad está invertida en una visión que amenaza a la sociedad y al individuo. Estos dictadores amenazan al disidente porque se resisten a él, porque los disidentes los minimizan, los consideran como lo que son, aberraciones humanas y políticas.

Al asesinar y torturar la dictadura logran transformarse en algo físicamente real para el disidente, o por lo menos en una aproximación real útil a través del amedrentamiento. Lo que ocurre a los demás nos duele también a nosotros. Nuestras generaciones en el cono sur, libres del entrenamiento de reflejos condicionados en la toma de decisiones y las intuiciones construidas sobre las viejas dictaduras, vemos la necesidad de la democracia donde hoy falta y donde la vemos sentimos la necesidad de protegerla. Por supuesto que hay excepciones, no solamente de nostálgicos de la tentación autoritaria sino en los eternos alcahuetes ideológicos que en su momento justificaron a Stalin o el fracaso del régimen cubano (y sus crímenes de lesa humanidad).

Una persona se manifiesta frente a la Zona 7 de la Policía Nacional Bolivariana (CPNB), este lunes en Caracas (Venezuela). Familiares de presos políticos exigieron atención de las autoridades del comando Zona 7, de la Policía Nacional venezolana en Caracas, en medio de un proceso de excarcelaciones iniciado por el Gobierno de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, el pasado 8 de enero. EFE/ Miguel Gutiérrez

Las ideas sobre la democracia, la justicia y los presos políticos, siempre tienen un largo camino por recorrer antes de convencer. Venezuela estaba en medio de una crisis de derechos humanos, pero mientras los presos políticos estaban entre las paredes de los peores centros de tortura, nos encontrábamos con los indiferentes a la justicia política; la frecuencia de la justicia demoró mucho en ser sintonizada. TODAVÍA HAY HOY QUIENES AGRADECEN A LOS CARCELEROS Y TORTURADORES Y SE OFRECEN PARA COOPERAR CON ELLOS. Hay gente que olvida que la política y los políticos para servir mejor tienen que ser dignos y que ello conlleva asumir posiciones de dignidad institucional y personal.

Mientras algunos fueron capaces de mirar para otro lado, mientras algunos aún son capaces de mirar para otro lado, tenemos la obligación hoy de mirar a los presos políticos y decir esto que es real, necesita una solución real. El país que ordena hoy la mecánica de la política mundial se convirtió en el que finalmente tomó acción contra las dictaduras, y la tragedia, la verdadera tragedia, no es que nos equivocáramos, es que teníamos razón, existe el poder, existe la capacidad de cambiar, existe la prueba de que la energía política puede proteger bienes más altos que la impunidad de los dictadores, que la “soberanía” de quienes cometen crímenes de lesa humanidad. Puede proteger también Derechos Humanos, puede proteger la Democracia, puede liberar presos políticos.

Enfrentarnos a crímenes de lesa humanidad y a la persecución política todavía es demasiado fuerte. Es la realidad de hoy. Ojalá fuéramos un continente que no tuviera crímenes de lesa humanidad, pero la realidad es más triste, más hiriente, más avergonzante, todavía tenemos esa clase de crímenes impunes en nuestra región. Todavía tenemos a quienes pretenden hacer como que ignoran eso.

Entre las decisiones tomadas surge la continuidad de personajes, es indudable que la identidad de Delcy está demasiado ligada a la continuidad, así que debemos actuar contra su propio orden político que impone lentitud y desgano en la liberación de presos políticos. Un orden político interno venezolano severamente afectado y que no es exclusivamente de ella, ni ella maneja, pero que ella necesita, aunque exponga absolutamente las fracturas del chavismo. Sin una cohabitación con la oposición al régimen esta transición corre aun más riesgos y enfrentará aún mayores problemas. Fui el primero en hablar de cohabitación en tiempos tan tempranos como 2017, hablé incluso de Gobierno colegiado con integración de unos y otros. Pocas veces fui tan denostado teniendo tanta razón. La oposición al régimen tiene que demostrar racionalidad política, el régimen tiene que demostrar espíritu de colaboración. La política siempre requiere la estatura moral de hacer lo que necesitan los pueblos, aunque las entrañas pidan continuar con la confrontación. Quisiera volver a los artículos de Gobierno colegiado y cohabitación que escribí y recuperar el tiempo perdido. Venezuela necesita comenzar a andar su camino democrático y no hay todo el tiempo del mundo.

La necesidad de liberar a los presos políticos debe ser parte de la realidad que no negocia, sino impone y la política mundial lo hizo, una vez ordenada no debería volver a ser desordenada ni siquiera por el proyecto que la ordenó. Ni por los intereses detrás del proyecto que la ordenó. Los Estados autoritarios (y otros también) no hacen que algo bueno pase porque sean inteligentes o porque terminan teniendo buenas intuiciones o intenciones, los Estados hacen lo que debe ser solo porque su realidad lo exige.

Venezuela comenzó a ordenarse por la política mundial en el presente, por la acción directa sobre la misma; este proceso podría haber hecho una revolución que le diera más derechos a más gente, pero en cambio, pasó años intentando deshacer su propio orden social de democracia y Derechos, y la “revolución bolivariana” destruyó todo a su alrededor, a pesar de ella misma y gracias a ella misma; luego que esa “revolución” destruyó todo es necesario destruir la misma.

Venezuela necesita encontrar un nuevo paradigma democrático mientras resuelve la liberación de los presos políticos, necesita reencontrar su propósito como país, necesita avanzar en capacidades institucionales hoy completamente destruidas y que los continuadores del régimen no están en condiciones de implementar y ni remotamente de lograr. Las políticas de Derechos Humanos necesitan instituciones fuertes para su implementación y necesitan definitivamente un compromiso distinto que el que pueden dar los continuadores del régimen.

Pero la región debería encontrar también un nuevo paradigma que la mostrara más comprometida, que fuera más fuerte a la hora de exigir y lograr soluciones para crímenes de lesa humanidad y violaciones sistemáticas de Derechos Humanos en el hemisferio. No aparecer tímidamente, a último momento, con un doble discurso después de haber dicho lo contrario, bañados en ideología permisiva. Sin un propósito ético.

Además, en definitiva, quien impone el orden internacional llevó al régimen a que o bien acepta el cambio o cae. Venezuela optó por la aceptación. De un lado y del otro. Ambas posturas, la de la oposición a la dictadura o la de los continuadores del régimen son comprensibles, pero ninguna cambia los principios. Por lo tanto, esto es lo que se ha aprendido de la lucha por la democracia, cuando tus acciones son radicales, cuando tus valores exigen conclusiones que contradicen tu intuición ideológica no te resistas, no busques una explicación que te haga un mero artificio retórico-político, existe la obligación moral de ser fiel a esos principios de democracia y Derechos Humanos.

En estas instancias más que en ninguna otra debemos confiar en los principios, incluso si eso significa abandonar todo lo que los políticos o la ideología creían cierto, porque las crisis de Derechos Humanos hacen saber cosas que los países desconocen y los principios hacen percibir patrones que la intuición o el conocimiento social pueden no captar naturalmente. A la realidad de Derechos Humanos no le importa si los países se sienten incómodos con ella.

Asimismo, hoy se debería estar exigiendo por todos los Estados el retorno de la CIDH a la Venezuela para informar sobre la situación de los presos liberados y los que aún están en prisión. María Alejandra Aristeguieta reclamaba el ingreso de la Misión de Determinación de Hechos de UNHRC a ese respecto, lo cual también constituye un camino posible y que daría igualmente certezas.

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