A 40 años de uno de los mejores partidos del fútbol argentino: nueve goles y la insólita calificación a Francescoli

¿Por qué Loustau? ¿Por qué la decisión de ese pitazo final que dejó a todos con ganas de más? Es cierto, Juan Carlos, que como árbitro tenías que darle fin en algún momento a ese partido. Pero vamos a coincidir que era para adicionarle un par de días. El aplauso surgió espontáneo, desde las siempre exigentes plateas del Monumental, unido con el eco que se descolgaba de la popular visitante. Ellos habían sido testigos de un espectáculo esplendoroso, único, con nueve goles que pudieron ser veinte y algunas actuaciones individuales para colocar en el olimpo. En la tarde del domingo 26 de enero de 1986, River Plate y Argentinos Juniors disputaron uno de los mejores partidos de la historia.

El 5-4 de River a Argentinos. Cualquier reseña contemporánea lo ubica en esa mesa chica de los encuentros inolvidables. Y no es un arcaísmo sentimental, sino un recuerdo diáfano para los amantes de este deporte. De esos cotejos que todo el mundo evoca, cuando en el asado, el bar, la oficina o en la charla informal de la sobremesa, se confecciona el ránking. Por eso el desconsuelo con el silbato de Juan Carlos Loustau, que le bajaba el telón. Y el silencio que llegó a continuación, sabiendo que sería muy complejo, en el tiempo venidero, volver a vivir algo así.

Las dos grandes figuras de la tarde, que atravesaban brillantes momentos en sus carreras: Enzo Francescoli y Claudio Borghi

Después llegaría, inexorable, el tedio de cada domingo. Las imprecisiones, las infracciones, la desaprensión en el trato del balón en las canchas de nuestro país. Era una sensación de vacío, como esos músicos que pierden el don de componer o ese poeta que ve siempre el mismo crepúsculo. Fueron 90 minutos de inspiración, de permanentes situaciones de gol en los dos arcos, con algunos actores brindando su mejor función. En ese reparto descollaron Claudio Borghi y Enzo Francescoli, a quien la revista Solo Fútbol calificó con 11 puntos, en una disrupción absoluta para los medios de la época. Detalle que repetirían cinco meses más tarde con Diego Armando Maradona frente a Inglaterra.

Argentinos Juniors atravesaba el mejor momento de su historia. Era el doble campeón vigente del fútbol local (torneo de primera división 1984 y Nacional 1985), tres meses antes había conquistado la Copa Libertadores y venía de disputar una extraordinaria final en Tokio de la Copa Intercontinental frente a Juventus, anotada con letras de molde en los más destacados renglones de los fanáticos. Después de algunos tropiezos en temporadas precedentes, River era el sólido líder del torneo, con ocho puntos de ventaja sobre sus escoltas. Atrás estaba aquel ’83 de terror, con huelga de jugadores por falta de pago y la ignominia del anteúltimo puesto en la tabla. El ’84 fue un poco mejor y el despegue definitivo comenzó con la contratación de Héctor Veira como entrenador.

La increíble reacción de Nery Pumpido, agrediendo a Mario Videla y que le valió la tarjeta roja que le muestra Juan Carlos Loustau

Cuando el Bambino asumió, ya con la segunda rueda avanzada del torneo ’84, la situación no era cómoda en la tabla y se miraban de reojo los promedios. Rápidamente acomodó las piezas, sacando a Francescoli de la insólita posición de volante por derecha, donde lo había encarcelado Luis Cubilla, el DT anterior, para darle libertad por todo el frente de ataque, que propició su explosión. El Negro Enrique jugaba como media punta, perdido en un sitio inapropiado para sus características y lo reubicó en el medio por el costado derecho, donde su rendimiento fue tan alto que llegó a ser campeón del mundo en México, como titular indiscutido.

Ambos presentaron sus mejores hombres, las formaciones que sabemos de memoria, 40 años más tarde, apenas con la salvedad en la defensa del local, de Saporiti por Borelli, lesionado. River alineó a Nery Pumpido; Jorge Gordillo, Eduardo Saporiti, Oscar Ruggeri, Alejandro Montenegro; Héctor Enrique, Américo Gallego, Roque Alfaro, Claudio Morresi; Luis Amuchástegui y Enzo Francescoli. Argentinos puso en la cancha a Enrique Vidallé; Carmelo Villalba, José Luis Pavoni, Jorge Olguín, Adrián Domenech; Mario Videla, Sergio Batista, Emilio Commisso; José Castro, Claudio Borghi y Carlos Ereros.

El testimonio de la increíble y original calificación de Solo Fútbol para Francescoli

El torneo 1985/86 se había reanudado la semana anterior, luego de un parate de casi un mes y ambos habían ganado. River 1-0 a San Lorenzo en cancha de Vélez con gol de Morresi, dejando en el camino a un adversario que se había encaramado en los primeros puestos gracias a una buena racha de triunfos. Argentinos Juniors, en un partidazo, derrotó por 3-1 a Independiente en el estadio de Ferro, en la reedición de la extraordinaria semifinal de Copa Libertadores de octubre anterior.

La cobertura de los medios también dejó su huella en esa jornada. De manera increíble, Fútbol de Primera, que atravesaba sus primeros seis meses al aire, no lo eligió como el partido principal, cuando lo era sin discusión y, además, le hubiese permitido mayor tiempo para editarlo, ya que se jugó por la tarde y el programa iba a las 21. El designado fue Boca frente a Ferro en la Bombonera, que culminó empatado en un tanto. También fue terreno para el segundo capítulo de la batalla de las radios, como se la había denominado, a partir del pase de Víctor Hugo Morales, de Mitre a Argentina a comienzos de ese año, que cambió el mapa de la competencia. Su lugar en esa emisora fue ocupado por el colombiano Paché Andrade, que no logró cautivar a la audiencia. El tercero en disputa era el legendario José María Muñoz, que ya llevaba más de 30 años en Rivadavia.

La tarde gris del Monumental, no tan calurosa pese a lo que indicaba el calendario de fin de enero, mostró a los Bichitos más ofensivos, con variantes, pero sin poder concretar en los metros finales. Los locales esperaban, reagrupándose, a la espera de poder dar el golpe. Porque era un equipo con gran vocación ofensiva, pero también que sabía replegarse a la expectativa de poder dar el golpe de contra.

La portada de Solo Fútbol con un título a su estilo

Y de esa manera se dio. Con una ráfaga impactante de 9 minutos donde se puso 3-0. A los 24 se fue Gordillo por la derecha hasta el fondo, sacando un centro medido para la cabeza de Amuchástegui, que la puso en el poste más lejano de Vidallé. Apenas 120 segundo más tarde, Francescoli la recibió al borde del área, ingresó con potencia y con su calidad única, hizo un recorte hacia adentro, dejando desairado a Domenech. Y allí, cuando muchos se nublan, los distintos despejan el panorama: la depositó suave en la red, con la parte interna del botín derecho. Y a los 33, Héctor Enrique se desenganchó de su posición de volante por derecha y, dando muestra de su dinámica, apareció por el sector opuesto, para recibir la habilitación de Morresi y definir con gran categoría.

El Monumental era el delirio imaginable. Y el inimaginable también, porque le estaba ganando con autoridad al otro gran equipo del fútbol argentino, dando un paso más, casi definitivo al título, aunque aún faltaban 10 fechas. Sin embargo, una mueca atravesó a los hinchas Millonarios sobre el final del primer tiempo, cuando Nery Pumpido descolgó fácilmente un centro y Mario Videla se le fue encima, cometiéndole infracción, que enseguida cobró el árbitro. De manera inexplicable, el arquero respondió con una agresión, lo que le valió la tarjeta roja, dejando a su equipo con 10 jugadores y sin posibilidades de cambios. En aquel tiempo solo había dos por equipo y ya había ingresado Karabín por el lesionado Saporiti y allí tuvo que entrar Goycochea por Alfaro.

Esta situación promovió dos momentos increíbles. El primero de ellos fue cuando Luis Amuchástegui, sin mirar el cartel, emprendió el camino al túnel, suponiendo que Goyco ingresaría por él, ya que para Veira él siempre era el primer cambio. El otro fue la bronca del Beto Alonso, que ocupaba un lugar en el banco de suplentes y le recriminó a Pumpido, no tanto su agresión a Videla, sino que, con la expulsión, River quedó sin poder hacer más modificaciones y él no pudo ingresar…

Desde la tapa de El Gráfico ya quedaba claro que era un partidazo para la historia

Desde el instante inicial del complemento, fue otro partido. Argentinos Juniors salió confiado en su fútbol, con ganas de revertir la historia, pero no con pelotazos y centros, sino con esa mágica obstinación del buen trato del balón, a ras del piso, con toque y circulación. Y así llegó el descuento. Batista se la dio a Videla, quien metió un quirúrgico pase al Pepe Castro que fue derribado en el área por Ruggeri. El Panza demostró que era un experto en los penales, pero Goyco también, porque la tocó, pero no pudo desviarla.

Era un partido frenético, jugado de área a área, pero con enorme y admirable precisión. Pudo aumentar River con un remate de Morresi que se estrelló en el poste y Argentinos Juniors estuvo cerca de un nuevo descuento, porque Borghi era indetectable e imparable para los rivales. De ese modo llegó el 2-3, cuando el Bichi arrancó por la derecha, se metió en el área y ante la salida de Ruggeri, resolvió con su gran talento, haciéndole un caño. Tuvo tiempo de levantar la cabeza y acariciar la pelota para que aterrizara en la cabeza de Ereros, que, de palomita, redujo la distancia a solo un tanto. No había manera de reposar ni la mente ni el cuerpo, tanto para los jugadores, como para los espectadores o quienes lo seguían por radio.

Al inolvidable partido no le faltaba nada. O quizás una polémica. Y esa llegó a los 76 minutos, con un gran golpe de cabeza de Morresi que superó la estirada de Vidallé, estrellándose en el travesaño. La pelota picó a metros del arco, por donde llegó Amuchástegui, quien cabeceó hacia la valla. En una gran reacción, el arquero se incorporó y le dio un manotazo salvador. O no tanto. Porque el juez de línea, salió corriendo hacia el centro del campo, marcando el gol, que convalidó Juan Carlos Loustau. Ni la televisión, a través de Fútbol de Primera o Todos los goles, aportó demasiada claridad, lo mismo que las fotos de diarios y revistas.

Enzo Francescoli y José Luis Pavoni disputan la pelota en el segundo tiempo. Detrás, Jorge Olguín

Lo concreto es que River, con un hombre menos, sacó otra vez dos goles de ventaja. Y pudieron ser tres, a los pocos minutos: con su habitual velocidad, Amuchástegui quebró el achique que intentó la defensa, eludió a Vidallé y remató al arco vacío, pero con poca potencia, lo que permitió la recuperación de Batista, que la mandó al córner. El ritmo no se detenía y enseguida llegó la respuesta de Argentinos Juniors, con ese Borghi iluminado, el que deslumbraba en tardes así. Llegó hasta el borde del área, levantó la vista y se la puso como con la mano a Videla, que sacó un cabezazo de pique al piso que se le escurrió a Goyco entre las manos.

A falta de cuatro minutos, el cuadro local quedó con 9 por la expulsión de Enrique. Argentinos más a tiro que nunca, sintiendo que era el momento. Pero una vez más, Francescoli. Para ir en busca de esa pelota en el borde del área, trabar y ganar ante la salida desesperada de Vidallé y definir con un puntazo. Era 5-3 en el score y 9 contra 10 en la cancha, porque Domenech vio la roja por protestar. No se podía pedir más, pero había más. Sobre la hora, Borghi la recibió en la medialuna y cómo le quedó un poco atrás, la enganchó con el taco para hacerse un autopase, que fue interceptado por la mano de Gordillo. Un claro penal, que Videla cambió por gol.

Y allí sí, ese pitazo de Loustau. El que nadie quería escuchar. El que determinaba que la fiesta había concluido. Al unísono, las dos hinchadas brindaron el testimonio del agradecimiento a sus jugadores. River siguió su camino al título, manteniendo hasta el final, sus 10 puntos de ventaja. Argentinos Juniors comenzó a deshilacharse, casi de manera inexplicable, pese a mantener la misma base, los resultados le dieron la espalda. Volverían a verse las caras en tres tremendos partidos de la zona semifinal de la Copa Libertadores, donde los Millonarios avanzaron con lo justo.

Pasaron 40 años y ver aquellas imágenes sigue siendo un manantial de adrenalina. Algo que rompió los moldes. Como los 11 puntos que le dieron a Enzo, que también valdrían para calificar uno de los mejores partidos de todos los tiempos.

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