Se lo dejamos a la literatura. La vieja máxima de no juzgar a una obra por su tapa no aplica a la música. O, mejor dicho, no cabe en la cultura rock y sus portadas, de las que, por el contrario, tenemos muchísimo para apreciar y sopersar. Porque las tapas completan la experiencia discográfica. Incluso podríamos ir un poco más allá, hasta la contra, el sobre interno, el eventual póster, el contenido desplegable que nos revela el formato gatefold, la etiquea sobre el vinilo o el estampado del CD. Todo un dispositivo de diseño gráfico que aporta información relevante, que siempre da sentido y que a veces hasta puede modificarlo, abrir aristas imprevistas.
Claro, a diferencia del promiscuo mundo editorial, donde un libro puede y parece que debe cambiar de presentación visual con cada sucesiva edición, no hay Abbey Road, London Calling ni Artaud sin las mismas imágenes que todos conocemos de memoria, sin esos triunfos del diseño que millones de fans se han dedicado por décadas a escrudiñar en su último detalle. Sí, a lo largo de la historia no ha faltado quién intentara alterar a fondo (dejemos a un lado ligeros ajustes cromáticos, maquillajes, micro correcciones) el delicado equilibro universal al imponerle un nuevo diseño a un viejo disco. En general, esos F5 arbitrarios de productores temerarios han sido duramente condenados por los fans y directamente despreciados por los coleccionistas.
Son excepciones. Porque, como las buenas canciones, el arte original de un disco captura un momento histórico, una intención, una estética, un mensaje, un clima de época; modificarlo con cada relanzamiento tendría tanto sentido como reescribir el final de una novela para cada idioma al que se la vaya a traducir.
Dijo Peter Blake, responsable de la tapa de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band: “La tapa es el momento inicial del disco. Es la puerta de entrada a la música”. ¿Quién contaría con más crédito para afirmarlo? La imagen de los cuatro Beatles rodeados por un gran elenco de personajes como Edgar Alan Poe, Karlheinz Stockhausen, Carl Jung, Mae West y Bob Dylan es, a esta altura, una obra esencial en la galería del arte del siglo XX, aún más de dominio público que alguna de las canciones del LP, homenajeada y parodiada al infinito; un meme antes de los memes, incluso antes de los Blue Meanies.
Por supuesto que Sgt. Pepper fue algo así como un hito de la pretensión, al que los propios Beatles reaccionaron poco después con el ascetismo de su no menos rupturista Álbum Blanco. Hasta entonces (1967), la tendencia era más bien presentar al intérprete con un retrato vendedor. Sólo en la segunda mitad de los sesenta se instalaría definitivamente la idea de las tapas como instancias creativas de peso propio. Si la música era interesante, diferente, disruptiva, su funda de cartón debía reflejarlo y, por qué no, exagerarlo también. Y habría muchas estrategias para eso: desde la exuberancia de la banda del Sargento Pepper hasta los mundos fantásticos de Roger Dean en las carátulas de Yes; de la irreverencia pop de Andy Warhol y la banana para sus protegidos de la Velvet Underground al uso del gráfico con las ondas de radio de un pulsar tomado de la Enciclopedia de Astronomía de Cambridge para Unknown Pleasures de Joy Division.
Toda colección de discos, toda disquería (y, por extensión, este libro) es el muestreo elocuente, anárquico, ecléctico, brillante y a veces brutal o torpe o locamente tergiversado de la historia, el arte, la moda, la política y la sociedad de su época. Ahí están las históricas protestas callejeras de Brixton, en el Black Market de The Clash, como si el disco fuera un periódico con las últimas noticias; la interminable galería de iconografía psicodélica de los 60; la inspiración situacionista en el Never Mind the Bollocks de los Sex Pistols; la explosión glam californiana del hair metal de los 80; el cuadriculado blanco y negro, símbolo de la integración racial reclamada por el revival ska de The Specials, Madness y The Selecter a fines de los 70.
A veces, esas obras llevaban firmas que eran o serían claves para la cultura de su época. Como el retrato definitivo de Patti Smith, en Horses, por Robert Mapplethorphe; o el vestido de Björk por Alexander McQueen en Homogenic; el cuadrito de cómic por Raymond Pettibon, en Goo, de Sonic Youth; la historieta de Robert Crumb en Cheap Thrills, de Big Brother & the Holding Company; los trabajos de H.R. Giger para Danzig, Debbie Harry y Emerson, Lake & Palmer; y, por supuesto, Andy Warhol, con sus jeans para Sticky Fingers, de los Stones, y la banana para la Velvet Underground.
Uno puede escuchar el color de las guitarras de Mick Ronson cuando mira el callejón de Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, aunque en la imagen no haya arañas ni el planeta Marte, ni siquiera un primer plano de David Bowie. Uno alcanza a sentir el groove del Lower East Side, de Manhattan, en la foto de Paul’s Boutique, el disco tardíamente valorado de los Beastie Boys. ¿Y, sin el entrañable Eddie, cuál sería nuestra percepción de las obras completas de Iron Maiden?
Alex Steinweiss, diseñador norteamericano reconocido como “inventor” del arte de tapa, por su labor a partir de la década del 30 para Columbia Records, dijo que la música hermosa debía ser hermosamente presentada. Claro, el concepto de lo hermoso es muy variado. Y hoy claramente difiera de los principios de Steinweiss. Para algunos, la belleza puede materializarse en las líneas de un encendedor Zippo (Catch-a-Fire, de Bob Marley and The Wailers) o tomar la forma de un hombre en llamas (la foto de Aubrey Powell para Wish You Were Here, de Pink Floyd), dos galgos a la carrera (Parklife, de Blur) o dos chicas cubiertas solo con sangre junto a un enano y un conejo blanco (Drugstore, básicamente la única razón por la que se suele recordar a The Dwarves).
Este libro especial de ROLLING STONE reúne las mejores cien tapas de discos del rock y del pop (en su acepción más amplia, que abarca rap, country, jazz, progresivo, metal, reggae, flamenco, funk, gótico, psicodelia, hardcore y más). Fueron seleccionados y reseñados por periodistas de la edición norteamericana de la revista, como Rob Sheffield, Kory Grow y Andy Greene, entre otras firmas de peso. Hojear estas páginas, igual que dar vueltas sin rumbo por una disquería, es como recorrer un museo sin museología, una exposición loca, en algún punto confusa, incoherente, pero a la vez deslumbrante, tan rica por sus aciertos como por sus “errores”.
Puede ser una operación recurrente, pero esta nómina de “las mejores tapas de la historia” tiene el diferencial de la calidad en los textos que la acompañan, además del cuidado de incorporar artistas y discos actuales, más allá de las habituales vacas sagradas, números fijos en todo ranking para la posteridad. Así es como vamos a encontrarnos con Lil Yachty, en su bote, entre PIL y Grateful Dead, y a Outkast a vuelta de página de The Who (y la hilarante historia detrás de la producción fotográfica para Who’s Next).
Se habla ya desde hace un buen tiempo del “regreso” del vinilo, con un sostenido aumento en las ventas (aparentemente, hasta ahora, que empezó a caer a escala global, según los últimos reportes de la industria). Sin embargo, con gran parte del catálgo de la música universal a disposición de todos de manera rápida, fácil y prácticamente gratuita, ¿cuál es la razón para que en estos años se hayan vendido millones de vinilos, un soporte físico ya dado por muerto hace años? Seguramente no se trata de un motivo sino de varios, pero no parece menor, en este punto, el impacto del arte de tapa en un disco de doce pulgadas. Porque es ese, precisamente, el elemento del LP clásico que la revolución de la música digital todavía no ha sustituido. De hecho, las plataformas de distribución y escucha se han limitado a reproducir a muy pequeña escala el arte de portada tradicional, respetando (innecesariamente) su proporción geométrica, allí donde la tecnología permitiría innovar a gusto.
Los audiófilos debatirán por horas acerca de la superioridad técnica del vinilo por sobre cualquier otro formato, aunque nuevos desarrollos de software y hardware los acorralen cada vez más en sus torres de válvulas y potenciómetros. Sobre lo que no hay mayor espacio para la polémica, en cambio, es que las tapas físicas son un marco imbatible para que el artista apoye, complete o incluso reformule su obra muscial desde lo gráfico. Con la producción de fotos más audaz, con el dibujo de una banana o con un pleno negro cuyo significado desvele a los melómanos por las próximas décadas.
Fuente: Rolling Stone
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