VIAJE EN CAMPER: Capítulo 8 “¡Sigo y la lucho!”

Así pase algunas noches y días, viajando, frenando en alguna caleta, pueblo o gasolinera para dormir, por ahí llevaba a alguien que hacía dedo algunos km, lo único que compraba era pan y frutas algunas que ni siquiera conocía.

En una de esas paradas conocí a una pareja viajeros chilenos Nico y Mica muy jóvenes de 19 y 22. Era la ciudad de Ballenar en el medio de Chile, a ellos se le había averiado la van en la cual estaban viajando, hacía apenas una semana que habían salido de Santiago. Yo también estaba arreglando la camioneta, hacia 10 días que no arrancaba por sí sola, desde Maitencillo. Pero siempre la dejaba en una pendiente, entonces con el impulso la arrancaba. 

Con solo verlos a ellos me di cuenta enseguida de qué clase de personas eran, maravillosas, aunque estaban un poco desanimados por tener el vehículo roto. Les cocine algo y aparque junto a ellos para cuidarnos mutuamente, la ciudad no inspiraba buenas vibras, alrededor de la gasolinera donde estábamos había gitanos que continuamente nos pedían cualquier cosa, lo que sea que tuviéramos en la mano o plata o comida, no les importaba. Y el ambiente se tornaba incómodo.

Al día siguiente ambos vehículos estuvieron listos para seguir viajé. Recuerdo que esa noche dormí en una caleta pesquera donde a la noche el pueblito se quedaba sin luz. Seguí conduciendo al despertar y tome la ruta costera del desierto, paisajes soñados, rutas de película y una desolación que solo el desierto te puede dar.

Esa tarde me volví a encontrar con los chicos en Bahía inglesa, ya mucho más contentos por el lugar y que los vehículos de ambos marchaban bien. Donde paramos era al otro extremo de la bahía a donde se encontraba la ciudad, a unos 8km por ruta pero a unos 4km en línea recta sobre el agua.

Junto a nosotros había estacionados en forma de herradura 6 motorhome de una sola familia, abuelos hijos y nietos, que venían a pasar los fines de semana y era justo fin de semana largo, por unos días nos agregamos a su familia, eran muy agradables, comimos asado, tomamos vino, tenían Fernet o comíamos unas jabas a la parrilla recién traídas del puerto. Álvaro que fue con el que más onda pegamos, nos traía por la mañana pan fresco y mantequilla. Nos llevó a recorrer algunos lugares por medio del desierto.

Como no había mucho para hacer y pienso… no me puedo quedar, acomode algunas cosas de mi Camper y de la van de Mica y Nico.

Tomaba la bici e iba hasta el pueblo, esto me tomaba un largo tiempo, solo para comprar algo en el mercado. Así que pensé que para cortar camino mejor tomaba el Kayak y cruzaba la bahía.

Empecé a remar en línea recta al pueblo, hacía calor, pase unos veleros anclados, seguí remando y cuando había hecho un km note que al agua dejaba de estar calma, el reparo del viento de la costa ya no estaba. Seguí tenía el viento a favor y siempre me gustó remar con un poco de olas, lo hace más entretenido.

Las olas a medida que me alejaba de mi costa y me acercaba al pueblo eran cada vez más grandes. Justo antes de la playa hay unas enormes rocas, donde rompían las olas y para bajar al llegar era muy tranquilo. Ahí sobre la playa estaba de ensueño, hice las compras y retome la vuelta.

Al pasar las rocas, las olas empezaron a romper sobre mí, llegaban una tras otra. El agua empezó a entrar por el agujero del comic por donde uno se introduce. Cada vez rompían más olas y el agua se empezaba a acumular. Cuando llegue a la mitad del recorrido tenía el agua casi tapándome las piernas, no podía controlar el Kayak, ya que el agua se balanceaba de un lado a otro, sumado al movimiento de las mismas olas, era agotador mantener el equilibrio, pensé que tal vez era mejor girar y volver al pueblo con el viento a favor, pero cuando lo hice perdí completamente el control, casi me tumbo. Como pude gire y retome el sentido, el agua dentro producía un desequilibrio total, solo quería llegar a la costa, vire un poco y tome rumbo hacia la costa. Pero no recto hacia ella, ya que una sola ola de costado me tumbaría a la primera. Tenía que tomarlas lo suficiente de frente como para que no me tiren y lo más de costado posible para llegar a la costa rápido. Iban unos 40 minutos de remada sin una palada de descanso y mi cuerpo no respondía tan bien, el agua seguía entrando y cada vez era más difícil. Ahí tuve miedo, tenía miedo de pasarla mal. Sabía que en cualquier momento me podía dar vuelta y me estaba preparando para eso. La costa estaba ya a unos 600 mts. de un mar picado. El Kayak lo iba a perder, yo lo iba a pasar jodido un rato hasta llegar nadando hasta la costa, el chaleco lo tenía pero no puesto y mientras pensas todo esto, te desconcentras un momento y cuando volves… sacas un plus de energía con el cual pude llegar a la costa temblando por el frío de estar todo mojado y el miedo que todavía recorría mi cuerpo.

Ya en la costa camine un rato con el bote de tiró, no me quería volver a subir, pero sabía que lo tenía que hacer para llegar a donde estaba el camper y para superar el miedo lo mejor era hacerlo. Me acerqué lo más posible caminando para que el reparo del viento calmara las aguas y pudiese llegar tranquilo.

Así con tranquilidad, procuré pasar los siguientes días, al irme de bahía inglesa, pare frente al Pan de Azúcar, que es una isla, aislado de todo. Donde en un camping abandonado encontré cosas que reutilice, en necesidades que el viaje me demandaba, una estructura para el toldo, una mesa, un tender y hasta un lavarropas manual.

El siguiente paso era llegar a Antofagasta pero  para ello tenía que atravesar el desierto y no pude elegir peor momento para hacerlo, salí cerca del medio día, el problema de Chile es que sobre la costa está siempre nublado, pero te alejas unos km y se despeja, todo ese sol me tomo en una subida de 49km de largo. Tenía que ir parando 20 minutos cada 5 o 7 km por qué se me calentaba el motor, al cual le pedía siempre un km más.

Me empezó a perder aceite, más de lo normal, y no me quedaba más reserva, el consumo de combustible se disparó, no iba a llegar con lo que tenía, pero la suerte estaba de mi lado, había un campamento de trabajadores viales, que me obsequiaron combustible y aceite para seguir. Ese día hice tan solo 220km, me tomo 7hs y un tanque de combustible. Pero había atravesado el desierto de Atacama.

Marco Fassa

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