
El canto del mirlo común obtuvo la calificación más alta de agrado entre 123 especies de aves europeas analizadas, mientras que el de la lechuza común quedó en el último lugar, según un estudio publicado en la revista Frontiers in Bird Science.
La investigación, liderada por la Universidad de Tubinga, en Alemania, identificó por primera vez qué combinación específica de características acústicas determina que un canto de ave resulte agradable al oído humano, un hallazgo con implicaciones directas para el diseño de espacios verdes y la promoción de la conservación de especies.

El equipo, encabezado por la Dra. Nadine Kalb, reclutó a 84 participantes alemanes de entre 19 y 81 años y les hizo escuchar grabaciones de 15 segundos correspondientes a 123 especies de aves silvestres comunes en Alemania.
Cada participante calificó el agrado de los sonidos en una escala de uno a cinco, mientras los investigadores medían de forma paralela la amplitud, la frecuencia, la complejidad y el ancho de banda de cada grabación. El mirlo común (Turdus merula) obtuvo una calificación promedio de 4,52 sobre 5, la más alta de toda la muestra, mientras que la lechuza común (Tyto alba) recibió 1,32, la más baja.
El análisis estadístico, que incluyó un modelo de componentes principales sobre las variables acústicas, permitió aislar tres factores con peso significativo sobre la percepción de agrado: la amplitud, la frecuencia y el ancho de banda combinado con la frecuencia alta.

Los cantos con frecuencias bajas y máximas más altas, pero con menor amplitud y un ancho de banda más estrecho, recibieron las calificaciones más favorables. Los sonidos con mayor complejidad —medida como la cantidad de elementos distintos dentro de cada vocalización— también obtuvieron puntuaciones más altas, mientras que el número total de elementos, por sí solo, no resultó un predictor significativo.
Uno de los hallazgos más llamativos del estudio tiene que ver con la relación entre la frecuencia del sonido y la sensibilidad del oído humano. Según el trabajo, los cantos que evitaban el rango de frecuencia comprendido entre 2,4 y 5,5 kilohercios —la banda en la que el sistema auditivo humano presenta mayor sensibilidad y percibe los sonidos como más intensos— fueron calificados de manera más positiva.
Esa coincidencia refuerza hallazgos previos que vinculan las frecuencias muy bajas con sensaciones de molestia o incluso agresividad, mientras que los sonidos ubicados fuera de la zona de máxima sensibilidad auditiva tienden a percibirse como más placenteros.
La variable “conocimiento sobre aves” no tuvo ningún efecto significativo sobre las calificaciones de agrado, un resultado que sorprendió a los propios investigadores. “No es necesario ser una ‘persona de pájaros’ para encontrar hermosos los sonidos de las aves”, afirmó Kalb, citada en el estudio. “Ser capaz de reconocer aves por su apariencia o su canto no afectó la forma en que las personas calificaron las vocalizaciones. Esto sugiere que el disfrute del canto de las aves está conectado con algo más fundamental que simplemente saber qué se está escuchando”, agregó la investigadora.

Sí se detectó un vínculo significativo con otra variable subjetiva: cuánto valoraban los participantes a las aves en general. Quienes manifestaron mayor aprecio por estos animales tendieron a calificar los cantos de manera más favorable, en una correlación estadísticamente significativa. En cambio, ni la edad, ni el género, ni el año en que se realizó la encuesta mostraron efectos relevantes sobre los resultados.
El equipo comparó además sus datos con los de un estudio anterior sobre el potencial restaurador percibido de los cantos de aves, es decir, su capacidad para ayudar a las personas a recuperarse de la fatiga mental o el estrés. De las 21 especies incluidas en ambos trabajos, aquellas con mayor puntuación de agrado en el nuevo estudio también obtuvieron los valores más altos de potencial restaurador, lo que sugiere que ambos conceptos podrían estar relacionados, aunque los autores advierten que se necesita investigación adicional para confirmar si el agrado se traduce de manera directa en beneficios medibles para el bienestar humano.
“Podríamos estar programados para preferir sonidos más variables, con amplitudes y frecuencias moderadas, porque señalan un entorno seguro, saludable y restaurador en el que podemos relajarnos”, explicó Kalb.
El coautor senior del estudio, Dr. Christoph Randler, también de la Universidad de Tubinga, señaló que su próximo objetivo es ampliar la muestra a poblaciones más diversas, con mayor presencia masculina, distintas culturas y observadores de aves con más experiencia, además de estudiar cómo los cambios en la biodiversidad —como la pérdida de especies— podrían alterar la experiencia humana de los entornos naturales. “Me encantaría investigar cómo los sonidos de las aves influyen en las personas en entornos reales”, afirmó Randler.

