Bifo Berardi en Proyecto Ballena: del deseo en crisis al fascismo del agotamiento

Berardi habl en el auditorio del Centro Cultural Kirchner
Berardi habló en el auditorio del Centro Cultural Kirchner.

¿Cómo interpretar la avanzada neofascista en todo el mundo? ¿Es el fin? ¿Estamos frente a una depresión generalizada? ¿Hacía dónde va la humanidad? Sobre estos y otros temas reflexionó esta tarde el pensador italiano Franco “Bifo” Berardi, en el marco de una videoconferencia organizada por el Proyecto Ballena que realiza el CCK: “Tenemos que disolvernos como minúsculas partículas que participan de un proceso que no podemos gobernar pero que podemos sentir”, propuso.

Domingo cuatro de la tarde, hora Argentina. En el auditorio del Centro Cultural Kirchner, el politólogo argentino Diego Sztulwark, y en una pantalla en streaming desde Bolonia, Bifo. Durante más de una hora, el intelectual reflexionó sobre la humanidad, el capitalismo y la pandemia. Reconoció fracasos, diagnosticó presentes -como el de una generación que ha desertado- e imaginó futuros posibles: uno post humano, distinto. Pero toda transformación inaugura un fin y “sólo si miramos la muerte a los ojos podemos vivir la vida como una vida feliz”, consideró.

De tradición marxista, Berardi (1949) es uno de esos pensadores lúcidos e integrales – escritor, filósofo y activista- que mira los procesos a escala global y se atreve a interpretarlos en voz alta. Para él, el rol del filósofo no es transformar nada -como promulgó Marx- sino “interpretar el presente para identificar la tendencia hacia el futuro”. Claro ejemplo de este posicionamiento devino cuando se desató la pandemia y su “Crónica de la psicodeflación” -reunida en la famosa compilación “Sopa de Wuhan”- fue muy iluminadora en el caos de lo desconocido y a esa reflexión le dio más vueltas en el libro “El tercer inconsciente: la psicoesfera en la época viral”, editado a principios de este año por Caja Negra, el sello que motorizó que sus ideas circularan en nuestro país por fuera del ámbito académico, a través de libros como “Futurabilidad: la era de la impotencia y el horizonte de la posibilidad” y “Fenomenología del fin: sensibilidad y mutación conectiva”, entre otros.

En esta edición del festival Proyecto Ballena la idea fue explorar los conceptos libertad y democracia, tan tironeados y reinterpretados por distintos sectores, al punto de que la palabra “libertad” hoy suena mediáticamente más ligada a la ultraderecha. Una atribución de la que la izquierda no parece reaccionar. El italiano propuso, primero, pensar la relación entre libertad, potencia y política: “Hoy nos encontramos claramente con una limitación creciente de la voluntad, con una impotencia reciente de la política”, diagnosticó.

“El pensamiento moderno atribuyó una importancia exagerada a la facultad humana que llamamos voluntad. Cuando hablamos de libertad, hablamos de una potencia de la voluntad y se piensa como una potencia sin límites. La libertad como posibilidad de hacer cosas, se determina, se manifiesta al interior del espacio de la potencia. Es la potencia la dimensión en que la libertad se hace posible. Eso significa que la limitación de la voluntad humana es algo que no existe. La voluntad es el fundamento de la política en la modernidad. La importancia que hemos atribuido a la política ha sido exagerada. Hoy nos encontramos claramente con una limitación creciente de la voluntad, con una impotencia reciente de la política”, sostuvo.

En su opinión, “en las ultimas décadas, después de la revolución neoliberal, se ha demostrado una impotencia creciente de la política y particularmente de la voluntad. Contra el sistema tecno financiero, la acción política no puede casi nada; contra los automatismos técnicos, contra el cambio climático, la voluntad política no existe”, de modo que “esta percepción de una impotencia de la política ha desencadenado reacciones que son esencialmente reacciones de agresión, y de lo que llamamos nacionalismo y esta vuelta del fascismo. La voluntad política frustrada reacciona de manera agresiva a esta impotencia. Si seguimos atribuyendo a la voluntad política una fuerza determinante vamos a perder todo y vamos a perder la posibilidad de descubrir una facultad nueva de relación con el otro”.

“El pensamiento moderno atribuyó una importancia exagerada a la facultad humana que llamamos voluntad. Cuando hablamos de libertad, hablamos de una potencia de la voluntad y se piensa como una potencia sin límites”.“Bifo” Berardi

Caso paradigmático sobre esta reacción, que se expresa en las urnas o en atentados como el que sufrió la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, está ocurriendo en su país, luego del triunfo en septiembre pasado de la ultraderechista Giorgia Meloni. Bifo, advierte, que no se trata de la imagen que tenemos del fascismo del siglo XX al estilo “expansivo” y “conquistador” (en palabras de Sztulwark), éste tiene una naturaleza distinta y el pensador italiano la llama “fascismo del agotamiento”.

“No es el fascismo de Mussolini; ese fascismo era de jóvenes y de expansión”, en cambio el de hoy es un “movimiento esencialmente viejo” de personas mayores de 40 años. “Mi consideración no es sobre la edad de los fascistas de hoy sino sobre el horizonte del fascismo de hoy: es el horizonte de una humanidad que ha agotado su expansión. El crecimiento económico no puede continuar sin destrucción total de la naturaleza, la expansión territorial no puede continuar sino produciendo guerras catastróficas. Me parece que la época del fascismo futurista se ha acabado. Hoy tenemos un fascismo del agotamiento, de la desesperación que el agotamiento está produciendo en la población blanca del mundo”.

Como plasmó en su libro “El tercer inconsciente”, publicado en nuestro país a principios de este año, el pensador italiano se abocó a analizar el trauma y el sufrimiento en el umbral histórico actual, marcado por la pandemia viral y el colapso catastrófico del capitalismo dando lugar a una nueva forma del inconsciente y “metafórica”, como aclara, porque el inconsciente no tiene historia.

Si para Sigmund Freud era necesaria “una represión sexual para desarrollar una sociedad civilizada”, esa “primera interpretación -dijo Bifo- entre inconsciente, sexualidad y vida social cambia en los años 60 y 70 durante la revolución sexual y sobre todo durante el cambio social que se prepara y explota en los 80 con la afirmación del neoliberalismo. El neoliberalismo vinculado con la aceleración informativa de la tecnología digital produjo un efecto que es el contrario de la represión freudiana: fue una obligación al goce, al consumo, al exceso, al placer”. Sin embargo, ese mandato no se cumplió porque “con la incrementación del deseo se encontraba una situación de constante limitación del placer: la precariedad, el trabajo, la economía. Todo eso estimulaba el deseo pero hacía imposible el placer”.

Bifo considera, entonces, que en la época viral se ingresa en una “tercera fase de la psicoesfera”. “De repente se verificó una destrucción de la interactividad social, de la interacción política, económica, sexual. Un miedo al cuerpo y a los labios de los otros, podríamos hablar de una sensibilización fóbica. La pandemia puede pasar pero el trauma no pasa y sigue produciendo efectos que pueden ser agresivos”.

El pensador italiano se refirió al fenómeno actual de “la pandemia de la depresión” que según estadísticas afectaría a las nuevas generaciones. Bifo no coincide con esta idea y en cambio prefiere expandir el fenómeno vinculándolo a otros como la caída del deseo, el rechazo al trabajo y la negativa a la procreación. “No creo en la pandemia de la depresión. Hay un malentendido. Tenemos que entender mejor en el comportamiento. Una depresión es una caída del deseo, cuando invertimos nuestro deseo en un ritmo de vida y después fracasamos y no podemos obtener lo que deseamos, la depresión de la que habla Mark Fisher que se funda sobre el sentimiento de un fracaso de valores ideológicos, de esperas económicas”. Pero hoy, aseguró el italiano, “no se trata de una caída del deseo, sino de la decisión de no desear nada. Esta es la novedad”.

“La generación que aprendió mas palabras por la tecnología que por su madre es una generación sin culpa y ahí hay un rechazo al deseo”, sostuvo en la medida que entiende el deseo como la “intensificación del ritmo del intercambio entre nuestro cuerpo, nuestra mente y el ambiente, los cuerpos de los otros, la naturaleza, el futuro”. En su hipótesis lo que sí existe es “una desexualización del deseo. El deseo se hipersemiotiza”.

En esta línea, Bifo encadenó otros dos fenómenos que identifica: por un lado, “el rechazo a trabajar en la condición en que está claro que es destrozar mi vida y el medio ambiente” y por el otro en la “deserción a la procreación, que dicta el comportamiento de las mujeres en el norte del mundo, China incluido”.

El gran punto sería reconocer que “estamos desertando” y lo están haciendo las nuevas generaciones, esas que él llama “hipersemiotizadas” y tienen “una manera amarga con el deseo, una generación que ha entendido que no hay futuro”. Propuso pensar en tesis como la de Donna Haraway que “está proponiendo una nueva autoidentificación: no somos humanos, somos otra cosa, somos partículas de una naturaleza que está así fracasando desde el punto de vista superior del humano, pero está evolucionando de una manera que no podemos entender”. La cuestión “es cómo elaborar la decepción, la deserción que empieza a manifestarse. Lo primero es reconocer la decepción, interpretar la decepción como deserción. La política no sirve a nada, lo que sirve es la solidaridad entre desertores. ¿Y a dónde vamos? No lo sabemos, porque caminante no hay camino se hace el camino al andar”.

Para Bifo, la potencia de la voluntad se desvaneció porque el mundo se volvió complejo: “Cuando hablamos de caos hablamos de una complejidad que se ha vuelto demasiado veloz para una capacidad de elaboración consciente. Nos encontramos en una condición en que la voluntad puede cada vez menos y necesitamos de otras facultades posthumanas”. “Tenemos que entrar en una relación sensible con micros y macros procesos que no podemos controlar; tenemos que disolvernos en estos procesos como minúsculas partículas que participan de un proceso que no podemos gobernar pero que podemos sentir”, concluyó.

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