Elvira Espejo: tejedora y poeta que propone un puente entre occidente y la cultura andina

Fue la primera mujer con pollera en una Escuela de Bellas Artes destinada a una poblacin no indgena Foto Emilio Rapetti
Fue la primera mujer con pollera en una Escuela de Bellas Artes destinada a una población “no indígena” / Foto Emilio Rapetti

La artista, tejedora, poeta, e investigadora boliviana Elvira Espejo Ayca, una de las invitadas principales que tuvo el ciclo “Los patrimonios son políticos” realizado en Santiago del Estero, destaca la importancia de poner en diálogo la voz de las comunidades originarias de la región andina con la mirada occidental: “Nosotros hablamos con el cuerpo, con la sensibilidad, pensamos con la sensibilidad de comunicarnos a través de los ojos, a través del cuerpo, a través de los pies”, dice en diálogo con Télam.

La artista plástica, tejedora y experta en textiles originarios, narradora de la tradición oral y hablante de aymara y quechua, fue criada en la comunidad ayllu Qaqachaka, Oruro, del actual Estado Plurinacional de Bolivia y tuvo como una de sus primeras rebeldías decidir terminar el bachillerato, algo destinado al universo masculino. Luego estudió Bellas Artes, rompiendo con el lugar destinado para la mujer en la estructura comunitaria ancestral pero se encontró con una tradición artística blanca y eurocéntrica que no la representaba.

Fue la primera mujer con pollera en una Escuela de Bellas Artes destinada a una población “no indígena”, decía en una entrevista que le dedicó la revista Vogue de México en 2020.

 Foto Emilio Rapetti
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Ese mismo año Espejo Ayca (1981) fue galardonada con la Medalla Goethe por sus contribuciones al entendimiento intercultural, otorgado por el Goethe-Institut, siendo la primera boliviana, la más joven y primera representante indígena en obtenerlo. Este año fue invitada a visitar las ciudades alemanas de Berlín y Dessau para proseguir sus investigaciones ancladas en el territorio americano.

Cálida y franca, Espejo afirma que es complicado decir quién es, “porque Elvira hace varias cosas, y está entre la comunidad y el centro urbano, como dos polos -y pasa a la primera persona- lo bueno es que encuentro siempre ese puente de conectividad de poder contestarla y decirla, equilibrada. En los últimos tiempos veo a la pensadora, la que medita, piensa, la que realmente se autocuestiona o se autopregunta y autoreflexiona”, expresa.

Dice que le gusta tejer cuando se está en un estado de “congestión” de temas que van de lo administrativo a las lecturas u otras obligaciones que asume y “consumen mucho tiempo”, y agrega que al hablar de la textilería, empezar a tejer, se puede empezar a “tener esa sensibilidad de relajarse de a poco”, explica sobre ese cable a tierra de la vida cotidiana: “Es como que tomas los pasos y sigues trabajando y te relajas”.

La tejedora y artista plástica plantea que en el aprendizaje de lo textil es con todo el cuerpo a diferencia de la escuela donde es la mente la que se prioriza y el cuerpo se deja quieto. ¿Qué implica esto? “Esa es una de las preguntas bien grandes, porque siempre produce esa complejidad o hace un ruido, en este caso el tema del racionalismo, cuando es muy estructurado, vertical, lo racional predomina y en realidad, -diferencia- en nuestros pueblos y comunidades no es así. Nosotros hablamos con el cuerpo, hablamos con la sensibilidad, pensamos con la sensibilidad de comunicarnos a través de los ojos, a través del cuerpo, a través de los pies”, responde en diálogo con Télam.

 Foto Emilio Rapetti
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Por ejemplo, destaca “esa conectividad de los pies y la tierra, de la que se habla mucho, y cómo la tierra comunica a través de la textura, de la sensibilidad dactilar (en lo textil), que en muchos casos se ha ignorado, y que muchas veces se ha trabajado desde esta academia de la verticalidad y piramidalidad. De eso se trata este pensamiento, racista, no inclusivo, porque tienes que pensar a ese nivel para poder ser de esa lógica”, explica crítica.

En ese sentido le interesa pensar que se trata de “una construcción de su época, que tiene que ver con esa sensibilidad de las cuatro paredes y pensar desde allí y tratar de describir lo que nos ven, lo que nos miran”.

Esa sensibilidad descriptiva es una trampa, sostiene, sobre todo porque desde su representación de las cosmovisiones de los pueblos originarios: “Nosotros ya hablamos de la praxis y hemos leído la academia, -entonces- como comprendemos desde esa esencia, cambia la filosofía, la epistemología bajo nuestras terminologías, que es como lo comprendemos”, explica sobre esa lectura que desde un territorio ocupado y colonizado se hace sobre esas epistemologías trasplantadas.

“Es un gran orgullo poder avanzar y realmente decir cómo sentimos y pensamos como América Latina y ser orgullosa de las cosas que tenemos, y eso es lo que me impresiona, me impacta en los trabajos que desarrollo porque cada vez me voy topando con una sensibilidad muy profunda”, indica. Como ejemplo menciona su trabajo sobre los ancestros y cómo “nuestras abuelas, abuelos fueron grandes biólogos, capaces de convertir una espiga en una mazorca de maíz y además a una gran variedad de maíz”.

 Foto Emilio Rapetti
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“¿Por qué no reconocerles esto que fue desarrollado en nuestros territorios, en nuestros pueblos y en nuestros grandes pensadores?”, se pregunta a modo de interpelación y afirma “que vale la pena pensar desde esa sensibilidad”.

Una sensibilidad que también viene de la mano de los estudios decoloniales que desde la década del 70 impulsan pensares situados que cobran fuerza en estos últimos años con una autorreflexión sobre y desde las praxis.

¿Cómo funciona ese puente entre los modos de concebir el mundo que desarrolla? “Es un puente de contestar con la verdad. Muchas veces la gente no se anima a hacerlo y somos seguidores de las corrientes, porque la Academia te obliga a citar, entonces uno lee a los grandes filósofos, científicos y vas citando, tal persona dice esto y por lo tanto probablemente es así (se ríe), y en eso caes en esa información”. Y destaca que habla las lenguas originarias, pero retoma los textos publicados y advierte “errores garrafales”.

Entonces, entre ambos “mundos”, Espejo traduce, como lo hace en su ensayo “Yanak Uywaña. La crianza mutua de las artes” (2022), donde trabaja “el tema de la decolonialidad del pensamiento del arte, de la racionalidad”.

Y se explaya sobre ese texto esclarecedor traducido al castellano de la crianza mutua: “son los cuidados máximos a los bienes culturales que heredamos en nuestros pueblos y comunidades o de la familia y eso te obliga a cuidarlo, entonces no es simplemente la sensibilidad de la percepción del ojo, es una crítica muy interesante. Ese puente construye -precisa- de que hay formas y maneras de pensar en términos filosóficos y epistemológicos, y no todos somos iguales pensando como ellos, porque estamos hablando de nuestros territorios y diciendo realmente lo que somos en la diversidad”, afirma.

 Foto Emilio Rapetti
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Sobre lo textil, que tiene una gran presencia revalorizadora desde espacios museísticos, artísticos y artesanales, y fue el foco del encuentro de “Los patrimonios son políticos” plantea que existe un renovado interés, por ejemplo, en las fibras y los tintes naturales, el trabajo de recuperar este arte por parte de artistas, artesanos, y esa continuidad de una herencia que se transmite “de una generación a otra que no es universitaria, es familiar, tradicional, de la comunidad”.

En este encuentro organizado por el ministerio de Cultura planteó que desde las universidades se reconozca “a las maestras y maestros que han guardado estas memorias tan importantes para la nueva generación”, dice, en especial, refiriéndose a Argentina, “que tiene una tradición increíble en Catamarca, Santiago del Estero, Jujuy, por ejemplo, que son pueblos que han mantenido y trabajado esto y es parte de la esencia de la cultura”.

Para Espejo, este reconocimiento permite que “no sea un comercio del mercado, del turismo, sino también de la misma sociedad” la que recupere sus saberes-pensado tal vez, desde lo comunitario y una práctica no extractivista, de respeto mutuo hacia el medio ambiente- y se pregunta “por qué no pensar en los consumos locales, en términos orgánicos, como el de las fibras naturales”.

¿Sería una respuesta al tema de la crisis del cambio climático? “Más que de la crisis climática tenemos que hablar de la última crisis que es la pandemia, del confinamiento que ha generado tantos problemas que nos toca cuestionarnos como sociedad cómo aportamos en un equilibrio, un respeto a la Madre Tierra, cómo respondemos. Es un un tema que tiene que ser una discusión a todo nivel. Eso no quiere decir que solamente los que hayan tenido el privilegio de la universidad tengan derecho de discutir, sino llevarlo a los barrios, a las comunidades, para reflexionar y no caer en un consumo de la monocultura que está generando incluso el mismo desempleo”, concluye.

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