Éxodo y escarnio de Sobremonte, el virrey distraído en los momentos más críticos de la invasión inglesa

Virrey Sobremonte
El marqués Rafael de Sobremonte y Núñez (1745 – 1827), virrey del Río de la Plata en el momento de las invasiones inglesas

Ya desde los relatos escolares, el tercer marqués de Sobremonte carga con el peso de la sospecha. De su extensa foja de servicios, tanto en España como en América, los colegiales argentinos sólo conocimos (y hablo en tiempo pretérito porque no me atrevería a decir cuánto conocen los colegiales del presente acerca de nuestro pasado) un episodio que tan poco favor le hace.

En efecto, del cúmulo de impericias castrenses y de errores políticos que se le atribuyen durante la primera invasión inglesa al Río de la Plata, en 1806, sin duda el cargo más grave y ominoso que sus contemporáneos le imputaron (y la posteridad le sigue endilgando, aunque tal vez con exagerada malicia), fue su salida hacia Córdoba, calificada como una “fuga”, una palabra de por sí desfavorable.

Abandonó una capital pobremente defendida, que quedaba a merced de las armas del invasor o de su clemencia. Pero su decisión, aunque errada, no fue caprichosa y se sostenía en el marco normativo y estratégico que había formulado el virrey Vértiz para semejante contingencia.

Rafael de Sobremonte y Núñez, que era sevillano de nacimiento y había asumido su cargo como virrey del Río de la Plata en 1804, sucediendo a Joaquín del Pino, intentó justificarse mediante diez cartas (a Godoy el “Príncipe de la Paz”, a Cayetano Soler, a Pedro de Cevallos, a Miguel Soler, al gobernador de Córdoba, al gobernador de Montevideo y al virrey del Perú) que enlistó el jesuita Ludovico García de Loydi y que poco o nada dicen de su pobre acción militar y, en cambio, ponen el acento en el atentado a su autoridad, consumado a través del abandono de sus tropas milicianas, las injurias de los vecinos porteños, la precipitación de la operación reconquistadora en su ausencia y, finalmente, su privación del comando en favor de Santiago de Liniers, preludio de lo que sería, en 1807, su destitución definitiva.

Sobremonte conoció pronto su desprestigio y quiso salir al cruce de las acusaciones: “Deseo mucho que esto se aclare”, le escribió al virrey del Perú en octubre de 1806.

Justo es reconocerle que en tiempo récord (apenas veinte días) reclutó un ejército de tres mil hombres en Córdoba (una jurisdicción que conocía bien por haberla gobernado entre 1784 y 1797), con los cuales marcharía luego sobre Buenos Aires. Pero ello no alcanzó para borrar su descrédito, como tampoco alcanzó su meritoria gestión administrativa anterior al frente de la gobernación intendencia cordobesa, durante la cual introdujo importantes mejoras urbanas, fiscales y educativas, y también en el ramo de la infraestructura hidráulica, militar, sanitaria, etcétera.

Virrey Sobremonte escudo.
El escudo del virrey Sobremonte

Las voces de condena fueron, en 1806 y luego, en la historiografía liberal, casi unánimes. El deán Funes (uno de los principales promotores de su mala prensa) escribió que “huyó a Córdoba cobardemente con el único propósito de salvarse con su familia y sus tesoros”. Bartolomé Mitre dijo que “el virrey perdió la cabeza” y habló de un “cobarde abandono”. Vicente Fidel López también habló de “cobardía”. Varela dice “la fuga vergonzosa”. Ricardo Levene anotó que “sólo atinó a huir a Córdoba” y así por el estilo se multiplican los juicios derogatorios.

Otros, más benévolos, reparten la culpa por la pérdida temporaria de Buenos Aires tanto en la ineptitud militar de Sobremonte como en la desidia de la burocracia central española.

Pero ¿acaso fue tan culpable y tan cobarde? Un Consejo de Guerra que lo absolvió en 1813 le restituyó fama y carrera. Se dijo, sin embargo, que la sentencia estaba amañada y que los jueces eran sus amigos, aunque no parece probable.

La historiografía cordobesa ha sido, en general, más proclive a enaltecer la figura del Virrey (por justicia póstuma y quizá, también, por espíritu de antítesis con los historiadores porteños) apoyándose en sus logros anteriores como intachable y ejecutivo magistrado local, ponderando también su actuación disciplinada ante la emergencia de la invasión, y asignando valor categórico a la posterior absolución marcial del Marqués. Una publicación de la Junta Provincial de Historia de Córdoba del año 2001 (Sobremonte el gobernador olvidado) se mantiene en esa línea. Aunque los trece trabajos de este interesante libro se enfocan en la labor civil de Sobremonte, dos de ellos (el de Efraín Bischoff y el de Rafael Garzón) abordan la cuestión militar con resultado reivindicativo.

Viendo las cosas con mayor retrospectiva se descubren dos intentos anteriores de rehabilitar al vapuleado virrey. El primero, de Pablo Cabrera, publicado en 1929 bajo el titulo de Rehabilitación histórica de Rafael Sobre Monte, que no pasó de folleto monográfico. El segundo intento, más extenso, corrió por cuenta de un español, vecino de San Fernando en la provincia de Buenos Aires. Se trata de la obra En el virreinato Del Río de la Plata don Rafael de Sobremonte, contribución para su reivindicación histórica. Fue publicado por la casa Peuser de Buenos Aires también en 1929 y su autor es Ignacio Sánchez Ramos. La época de publicación, así como su dedicatoria “a Hipólito Yrigoyen, institutor de la fiesta de la raza” delatan el contexto filo-hispanista de su escritura, lo mismo que el prólogo firmado por Ramiro de Maeztu, el autor de la celebre Defensa de la Hispanidad, que fue embajador de España en nuestro país.

Casa_del_Virrey_Sobremonte
La cas del Virrey Sobremonte en Córdoba capital hoy es un museo que lleva su nombre

Aquella reivindicación pudo ser epocalmente promovida, incidentalmente, también por los sectores tradicionalistas y hasta reaccionarios españoles. Nótese que en tanto el autor es español, anota en la página 28 que el general Primo de Rivera era bisnieto del virrey, estableciendo así un nexo de abolengo común entre algunos españoles de antaño y de hogaño.

Sánchez Ramos escribió un libro apologético, justificando la salida de Buenos Aires del virrey como “lo único que debía y podía hacer y lo más prudente y lo más seguro y lo más abnegado y lo más heroico” (p. 118).

A juicio del autor, los 47 días de ausencia del virrey le permitieron reunir un ejército leal y traerlo a Buenos Aires “reventando caballos”, de tal modo que se hallaba casi a las puertas de la ciudad capital el mismo día en que Liniers hizo su ingreso, contrariando con su calculado apuro “las normas más elementales de la disciplina militar” (p.124).

En efecto, Sobremonte habría de declarar al “Príncipe de la Paz” (Manuel Godoy, el favorito del rey Carlos IV) que su propósito era rearmarse y encerrar a los ingleses en Buenos Aires para luego atacarlos, siguiendo el plan de guerra que ya había indicado Vértiz en 1781, como consta en su “Memoria” donde se lee claramente la directiva de “retirar hacia Córdoba los archivos, pólvora y lo que se pueda del tren de artillería, pero muy particularmente el Tesoro del Rey, como también la plata, joyas y demás muebles del vecindario y comercio, siempre que se tenga noticia o sospecha de que los enemigos se dirigen a atacar la ciudad…” Bajo ningún concepto las personas del virrey o de su familia debían exponerse a quedar cautivas del potencial invasor y facilitarle la exigencia de una capitulación.

Pero, maguer este antecedente que debía condicionar la conducta de un funcionario escrupuloso e inclinado a la burocracia leguleya, también los historiadores hispanistas fueron impiadosos: José Torre Revelo dijo en 1946 que los propósitos de Sobremonte no pasaron de ser actos de valentía estampados en el papel. Y García de Loydi, ya antes, en 1930, había planteado lo inadmisible del argumento del virrey: “No se entiende cómo un general que desea sostener los dominios de su rey abandona todo su tren de guerra en poder del enemigo, huyendo sin haberlo visto, ni apreciado las posibilidades, no ya de victoria ni aún de defensa…Es ciertamente asombroso que un jefe que alienta deseos de sostener los dominios de su rey no intente siquiera el sostener ni por breves momentos si propia casa, guarecida por seis mil hombres llenos de bélico ardor y buena artillería. Que salga a la campaña con el fin de hacer la resistencia que le fuere posible, y a tres leguas de la ciudad declare licenciadas a sus tropas, manifestándoles al mismo tiempo que se presenten al general enemigo…”

Santiago de Liniers
El francés Santiago (Jacques) de Liniers, héroe de la reconquista, fue el sucesor de Sobremonte

Honestamente, como señaló Mitre en sus Comprobaciones históricas, no había posibilidad de que el gobierno dirigido por Sobremonte, rodeado de oficiales poco experimentados y en medio de la desorganización general, pudiera comandar exitosamente la resistencia frente a un ejército regular de veteranos. Pero, aún así, se esperaba del Virrey una permanencia heroica en Buenos Aires. Si su retirada obedeció a un escrúpulo de procedimiento o a un designio táctico, poco importó a la opinión publica porteña, que condenó su ausencia como un acto de cobardía. Tal fue el sentido de la delicada comunicación que le dirigió el Cabildo de Montevideo en 1807, instándolo a ceder el mando en favor del más popular Liniers: “La perspicaz penetración de VS conoce que es irresistible la manía general de los pueblos, por infundada que ésta sea. Ellos jamás saben hacer discernimiento ni pensar las circunstancias de los sucesos. Sólo les sirve de guía el resultado de ellas. Fueron desgraciados los [sucesos] de VS y no necesitan otro fundamento para pirar con odio las dignas operaciones de VS por más acertadas que fuesen. VS lo conoce bien y no se le oculta a este Cabildo, pero su debido respeto a su persona y autoridad no le permitió manifestarlo abiertamente”.

Aún cuando descartemos en la conducta del Virrey cualquier atisbo de cobardía (al fin y al cabo tenía una carrera militar), sus vacilaciones inoperantes, previas a la salida de Buenos Aires, se sucedieron, reiteradas, durante el desembarco y el avance de los ingleses. No menos inepto y malquerido por el pueblo se lo verá en Montevideo, al intentar ponerse al frente de la defensa durante la segunda invasión. En aquella ocasión, a sus maniobras fatuas, añadió el marqués las evidencias de su costado más arrogante y su resentimiento para con Ruiz Huidobro y Liniers, forzando la rendición de la plaza fuerte.

Pero volvamos a Buenos Aires en 1806. Un episodio narrado por un testigo directo revela el ánimo crispado y a la vez abandónico de Sobremonte y de su entorno. Lo relató el ya citado García de Loydi y lo documentó Torre Revelo. También lo repitió Paul Groussac en 1907. Llama la atención que no sea una anécdota más conocida.

Se trata de la declaración del cabo de artillería Bernardo Guanes quien traía desde Retiro a Barracas dos cañones y tres carretas con siete artilleros aprestados. El traslado se alargó desde el mediodía hasta después de la hora de la oración, debido a la falta de bueyes, debiendo empujarse la carga a pulso, por un camino farragoso a causa de la lluvia de aquel día. Al llegar, el suboficial presentó al Virrey las piezas de artillería y éste le preguntó quien lo mandaba. Respondió el cabo que “después de Vuestra Excelencia tengo varios jefes a quien obedecer, pues hasta la Brigada nos manda, porque en este estado ha quedado la milicia…” La desorganización salta a la vista.

Mujeres Invasiones inglesas
Combates en las calles de la Buenos Aires colonial durante las invasiones inglesas

La seca respuesta del Virrey fue: “pues ya se los puede Usted llevar, que aquí no se necesita nada”. Ante lo inesperado de la orden y lo irritante de su tono, el subalterno no pudo reprimir el latigazo de una réplica inflamada de indignación patriótica: “Pues, Señor, si aquí no se necesitan estando el enemigo a la vista, quedamos vendidos y Usted nos ha vendido a todos…”

La insolencia de la respuesta descompuso a Sobremonte, quien cayó al suelo de pura histeria (como aquella caída, muchos años después, de Sigmund Freud, confrontado y contrariado por Carl Jung) y vinieron a alzarlo tres oficiales. Al incorporarse y algo más recompuesto ordenó ¡”Tírenle, mátenlo!”; pero ante la inacción de la escolta, el cabo dijo con pragmática flema que moriría más gustoso en ese mismo sitio que yéndose a hacer matar por el enemigo sin defensa ninguna.

Frente al inusitado in crescendo del incidente, uno de los oficiales se acercó y le puso la espada en el sombrero, aunque sin golpearlo, y le dijo paternalmente, con evidente intención de salvarle el pellejo: “Cállese paisanito, que esto ya no tiene remedio…”, mientras el Virrey volvía a chillar cada vez más desaforado “¡Amárrenlo!”. Entonces, una partida lo trincó sin más. El cabo quedó atado a la tranquera de la quinta de Dorna por tres cuartos de hora, hasta que suplicó al oficial de guardia que dijera al Virrey que “el preso pedía volver a su destino”…

Este ridículo episodio ocurrió el día 26 de junio, cuando ya los ingleses habían desembarcado en Quilmes y el vecindario de Buenos Aires se aprestaba a la defensa, confiando, acaso, en que Sobremonte dispondría de algún plan sensato.

Al momento de los aprestos de su salida, el desprestigio del Virrey era tal que los propios milicianos de su escolta lo fueron abandonando y hasta lo insultaron en plena marcha, como un eco de las voces airadas que se levantaban al mismo tiempo en la ciudad, al conocerse su decisión.

Mujeres Invasiones inglesas
Imperdonable. El Virrey estuvo ausente de la ciudad durante la reconquista

Sobremonte denunció aquellas deserciones en carta al “Príncipe de la Paz” del 14 de julio, empleando palabras duras para con el honor de su milicia, y hasta admitía haber intentado retenerlos con ofertas de doble paga, que sus hombres rechazaron, demostrando que no era ni tal ni tanto el supuesto deshonor de aquellos criollos. El virrey y su menguada escolta solo pudieron conservar la caballada que venían montando, porque hasta los cuidadores de la posta se ausentaron.

El escarnio de Su Excelencia continuó el día 29 de junio a la madrugada, estando a las puertas de la Villa de Luján, donde un escuadrón de milicias de la campaña que halló en su camino le dispensó algunas burlas. Peor todavía, habiendo llegado a Luján, el jefe de la escolta del Tesoro le retiró el personal, los bueyes y las carretas, porque no quería aparecer como cómplice de la fuga.

Es obvio que a esa altura la figura de Sobremonte ya no inspiraba ninguna simpatía ni lealtad ni disciplina, y que la tentativa de soborno con paga redoblada no iba a distraer a aquellos hombres de su determinación de permanecer peleando cerca de sus familias y de sus haciendas, preparando lo que luego sería la reconquista gloriosa. Faltaba aún un plan y un líder, y ambas cosas aparecieron pronto.

Por cierto que, como señaló García de Loydi, el éxodo del virrey fue muy rápido, puesto que llegó a Córdoba el 12 de julio, en penosas condiciones, según el testimonio del Cabildo cordobés: “Sin ningún equipaje ni más ropa, él y su familia, que la que traía en el cuerpo y fue preciso hacerle nueva para entrar”.

No parece verosímil atribuir su apuro a un craso miedo, sino, quizá, a su afán de apremio para reunir un ejército de leales y recuperar la capital con mejores medios. Esperaba hallar en Córdoba esa “fidelidad y auxilios”, según escribió a Godoy, que no hallaría en Buenos Aires, apegándose en exceso a la observancia del protocolo de evacuación de Vértiz, por encima de una apreciación más política de las consecuencias que acarrearía su salida de la capital. He aquí el margen, muy angosto, que permite reivindicar el honor del Marqués.

Rendición de Beresford Invasiones Inglesas
Rendición de William Beresford: el 12 de agosto de 1806 el comandante de las tropas inglesas invasoras entrega sus armas a Santiago de Liniers, futuro virrey

Claramente, la confección de un vestuario nuevo mostraba consistencia con el instructivo que el propio Sobremonte anticipó desde una parada en Cañada de la Cruz, disponiendo que su entrada en la catedral cumpliera con el protocolo de recibimiento acorde con su dignidad de virrey, vale decir, la celebración de un solemne Te Deum por su feliz arribo. Evidentemente, no hubiera podido aparecer en una ceremonia tan solemne vistiendo harapos.

Esta inclinación por el protocolo y el ceremonial le valió el juicio mordaz del deán Funes que lo llamaba “etiquetero hasta el enfado”, añadiendo para más befa que “un ápice de ceremonia lo ocupaba en igual grado que un asunto de Estado”.

En el mismo sentido, aunque sin malicia, Carlos Roberts lo pintó como “muy caballero y muy amante de la etiqueta”, a tal punto que, verosímilmente podría atribuirse a tal rasgo de extremo apego al protocolo el origen de su enemistad con el Cabildo porteño. En efecto, hubo dos incidentes que motivaron los reproches del virrey a los alcaldes: el primero en 1805, cuando los capitulares no concurrieron a saludar a la virreina con motivo de su onomástico; y el segundo, días después, cuando los mismos cabildantes no asistieron al entierro de un hijo suyo. Es obvio que, a su turno, el Cabildo, soliviantado por Álzaga, tomó venganza al privarlo del mando tras la reconquista.

Mientras estos detalles rituales ocupaban la mente de Sobremonte, el Fuerte ya había sido ocupado por el general Beresford, ante la frustración de los exhaustos oficiales y milicianos (principalmente los fallidos defensores del Riachuelo). La última orden del vicario de la Corona había sido el repliegue de la defensa en la fortaleza, y la negociación de una capitulación lo más honrosa posible. Cuando el Cabildo intentó ratificar aquella orden, el virrey ya había partido para el Monte Castro, primera escala en su itinerario de bochorno, cuidándose empero en hacer un alto… para almorzar con su familia en una quinta.

Es de señalar que esta afición de Sobremonte por los boatos cortesanos y los eventos sociales frívolos explica que, invariablemente, se lo pille distraído en los momentos más críticos de la invasión. Así, estando los ingleses casi en la Ensenada, él está festejando el cumpleaños de su yerno: y cuando la flota se hace visible en las balizas exteriores, él está apoltronado en su palco del teatro de la Comedia, más atento a la ficción que ocurría en la escena, que a la amenaza real que ocurría en el río frente a Buenos Aires …y a sus narices.

Invasiones inglesas - teatro
Cuando ya era posible avistar la flota inglesa frente a las costas de Buenos Aires, el Virrey estaba apoltronado en su palco del teatro de la Comedia

El éxodo y el escarnio del marqués-virrey marcan el inicio de su descrédito histórico, opacando cualquier mérito anterior como magistrado, y condenándolo frente a la posteridad con una triste ambigüedad, en el mejor de los casos. Los “tres Sobremontes” que narra la historia, el de la gobernación de Córdoba (que tanto ponderó Alberto de Paula), el fundador de San Fernando de la Buena Vista (que enalteció Enrique Udaondo) y el de las invasiones inglesas (que casi todos repudian) anticipan de algún modo, desde aquellos meses previos a la Revolución de Mayo, las contradicciones y los pendulares dualismos que la historia argentina nos obsequiará en adelante.

En cuanto a don Rafael de Sobremonte y Nuñez del Castillo, repitamos lo que escribió Efraín Bischoff con la justeza de un epigrama, en 1967, “su memoria sigue con el peso de esa lápida”. Y tal lápida es la ausencia del lugar donde debía haber permanecido como líder, leída como fuga y abandono del pueblo confiado a su gobierno.

Insisto en que no creo que haya sido cobarde y sin duda que es categóricamente falso que se haya apropiado de los caudales reales, que más bien quiso resguardar en Luján, aunque los ingleses los hallaron. Dicho sea de paso, a finales de los años de 1930, un tal Viernes Scardulla alegaba haber encontrado el supuesto “tesoro”.

Si salió de Buenos Aires por una exagerada y puntillosa observancia de la directiva de contingencia establecida por Vértiz, cometió un evidente error de apreciación política que pagó, primero con su escarnio y su destitución, y que, aún hoy, sigue privando a su nombre de la gloria que nimba la memoria, tanto de algunos de sus predecesores en el cargo, como de su exitoso sucesor francés.

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Fuente: InfoBae

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