Fusilados por no jurar fidelidad a la Revolución de Mayo: la dura decisión de Castelli y un perdón que llegó tarde

Las monjas del monasterio del Carmen fueron las que solicitaron a los jefes de las fuerzas que componían el Ejército Auxiliar que les permitiesen darle cristiana sepultura a los realistas fusilados frente a la iglesia matriz de la Villa Imperial de Potosí.

Ellos eran Francisco de Paula Sanz, 65 años, intendente de Potosí, quien años atrás había sido gobernador intendente de Buenos Aires y presunto hijo bastardo del rey Carlos III; el mariscal Vicente Nieto, 41 años, veterano de las guerras contra Napoleón Bonaparte, que también cumplió funciones militares en Buenos Aires y que era presidente de la Real Audiencia de Chuquisaca; y el mayor general José de Córdoba y Rojas, 36 años, un capitán de fragata que había combatido en la segunda invasión inglesa y que en 1809 se incorporó al ejército español con el grado de mayor general. Junto al general José Manuel de Goyeneche y el virrey del Perú José Fernando de Abascal, de 67 años, eran las caras visibles del poder español en el Alto Perú.

Juan José Castelli
Juan José Castelli, enviado por Moreno para ejecutar la sentencia de fusilamiento de Liniers. Reemplazó a Hipólito Vieytes y se dirigió al Alto Perú.

Luego del fusilamiento de Santiago de Liniers el 26 de agosto de 1810, había partido de la provincia de Córdoba una fuerza de 400 hombres que debería llegar al Alto Perú por la quebrada de Humahuaca. Juan José Castelli lo integraba como representante de la Junta de Gobierno, que había reemplazado a Hipólito Vieytes, poseía amplios poderes políticos y militares.

La Junta, que no había quedado conforme con la poca energía puesta por Francisco Ortiz de Ocampo, quien no se había animado a fusilar al héroe de la Reconquista y arriesgó a llevarlo detenido a Buenos Aires, se le ordenó quedarse en Salta reclutando hombre y consiguiendo recursos. El mando pasó a Antonio González Balcarce, de 36 años, que había comenzado su carrera militar a los 13 años en el cuerpo de Blandengues, a las órdenes de su padre.

A medida que el ejército avanzaba, primero fue Cochabamba y luego Oruro las que se plegaron a la Primera Junta de Buenos Aires.

Francisco de Paula Sanz
Francisco de Paula Sanz fue gobernador intendente de Potosí desde 1788 hasta su muerte.

Cuando en Potosí se conoció que las fuerzas enviadas desde Buenos Aires se acercaban, el pánico se apoderó de los españoles. El mariscal Vicente Nieto, dudoso de que las fuerzas de José de Córdoba y Rojas fueran suficientes para enfrentar a esos insurgentes que osaban levantarse contra el rey, le pidió ayuda al general José Manuel de Goyeneche. Este jefe recorrió la zona de Cuzco en busca de hombres para reclutar y además le escribió a Abascal.

Pero el virrey, concentrado en sofocar un levantamiento que había estallado en Quito, no podía enviar refuerzos y le dijo a Goyeneche que lo que estaba haciendo estaba bien. Por un decreto anexó al virreinato del Perú las provincias que pertenecían al del Río de la Plata, creó el Ejército del Alto Perú y nombró a Goyeneche comandante general de las fuerzas de esas provincias del sur. Y a arreglarse.

Goyeneche le pidió a Nieto y a Córdoba reunir todas las fuerzas y dirigirse a Tupiza, al sur de la actual Bolivia, y hacer frente al Ejército Auxiliar.

José de Córdoba y Rojas
José de Córdoba y Rojas era un capitán de fragata. Pertenecía a una familia de marinos. Cuando se incorporó al ejército español, lo hizo con el grado de mayor general.

González Balcarce ya tenía sus planes. Pensaba distraer a los españoles enviando a los cochabambinos a atacar Oruro y Chuquisaca, mientras él, con el grueso de las tropas, iría al encuentro del grueso del ejército español. Pero Córdoba, sintiéndose inseguro, se refugió en Cotagaita, a unos 80 kilómetros de Tupiza, y formó a sus tropas con el río a su frente.

El 27 de octubre Balcarce acampó a 1.200 metros de la posición realista. Sin esperar los refuerzos que ya estaban en camino, atacó pero fue rechazado. Sin ser perseguido por el indeciso Nieto, que además había perdido a sus baqueanos, el jefe patriota cruzó el río Suipacha y estableció su ejército en la otra orilla, cercano al pueblo de Nazareno, donde recibiría los refuerzos que le había mandado Castelli.

Fueron unos días después que Nieto decidió perseguir, con 1000 hombres y 4 cañones, a la fuerza de Balcarce. Este decidió esperarlos en la margen sur del río Suipacha.

Cuando ambas fuerzas están a tiro de fusil, Balcarce simuló una retirada. Entonces los españoles, al mando de Córdoba, se lanzaron a cruzar el río para perseguirlos, y el grueso del ejército patriota los atacó. Media hora después, el combate había terminado y se había producido la primera victoria patriota luego de la revolución de Mayo.

Batalla de Suipacha.
La primera victoria patriota. Fue en Suipacha, el 7 de noviembre de 1810.

La victoria supuso el ascenso a brigadier de González Balcarce y fue el principio del fin para Nieto, Córdoba y Sanz.

En la tarde del 9 de diciembre comenzaron a llegar, extenuados, a la villa imperial de Potosí algunos soldados españoles, derrotados en Suipacha y que habían caminado decenas de leguas diarias. Así se supo en Potosí lo que había ocurrido y que Nieto y Córdoba habían huido. Todos esperaban, de un momento a otro, la llegada de Castelli, quien anunciaría que en el Alto Perú gobernaría la Primera Junta de Buenos Aires.

A la mañana siguiente, Francisco de Paula Sanz, el gobernador de Potosí, se descontroló. Ordenó al síndico procurador Manuel Suertegaray extraer de la Casa de Moneda doce mil onzas de oro, y que las escondiese. Cuando le preguntaron para qué hacía eso, pretextó que debía enviarlo a Lima, a pedido del virrey. Pero nadie le creyó y fue obligado a dejar los caudales donde estaban.

Cerca del mediodía fue detenido. Las campanas de las iglesias sonaban a rebato, que es cuando se convoca a la población, para comunicar que el Cabildo, a partir de las dos de la tarde de ese día, se hacía cargo del gobierno.

Fusilamientos en Potosí
El 15 de diciembre de 1810, en la plaza de Potosí, fueron fusilados Nieto, Paula Sanz y Córdoba.

El 11 el Cabildo mandó dos emisarios al campamento de Castelli para ponerlo al tanto de las novedades. El jefe entró a la villa acompañado de González Balcarce y con parte de la tropa. Los días siguientes fueron de pura fiesta callejera, con arcos del triunfo, con gente festejando y con celebraciones de misas durante nueve días en acción de gracias.

Para entonces habían apresado a los fugitivos. Córdoba había sido capturado el 13 de noviembre, al intentar escapar hacia Chuquisaca. Nieto, al enterarse de la derrota de Suipacha, tomó el camino en dirección a la costa del Pacífico, acompañado por su capellán. Tras días de fatigosa marcha, tuvo la mala fortuna de ser detenido por los indígenas de la región de Lípez y conducido a Potosí.

El que sí pudo eludir la persecución fue el general Goyeneche.

En el mes que estuvieron detenidos, Nieto tuvo la posibilidad de fugarse, tal como se lo propusieron algunos de sus amigos, pero se negó.

Se les inició a los tres un proceso exprés que encabezó Eustoquio Díaz Vélez, tercer jefe del Ejército Auxiliar, con un final firmado de antemano: la pena de muerte, por negarse a jurar fidelidad a la Primera Junta, tal como les exigió el propio Castelli. Muchos vieron la sentencia como una venganza por los ajusticiados de la revolución de La Paz del año anterior, cuando se intentó instalar un gobierno independiente y fue severamente reprimido con diez cabecillas ahorcados y otros degollados.

El edecán Zamudio les informó a los prisioneros que al día siguiente serían pasados por las armas. La sentencia llevaba las firmas de Castelli y de su secretario Rodríguez Peña.

Cuando pidieron los auxilios de un sacerdote, protestaron porque les enviaron a un religioso lego de la orden de los bethlemitas. Y debieron insistir para poder confesarse con los sacerdotes que ellos habían solicitado.

Potosí
La ciudad de Potosí, en una toma actual. Fue uno de los escenarios de las luchas entre patriotas y españoles.

La ejecución fue a las 10 de la mañana del viernes 15 de diciembre, en la plaza de Potosí. Mientras se les leyó la sentencia de muerte, De Paula Sanz permaneció impávido. A viva voz, dijo que durante toda su vida había sido leal al rey, por cuya causa daría su vida. Pidió, como última voluntad, besar las banderas españolas que habían desplegado a sus espaldas. “Es mi última prueba de amor y veneración a tan augusto monarca”. Fueron sus últimas palabras.

Los hicieron arrodillar y una descarga de fusilería terminó con sus vidas. Sanz recibió una segunda descarga, ya que había quedado con vida.

Luego de la ejecución, se decretó la confiscación de bienes de españoles y el destierro de 56 reputados vecinos, a los que se les dio dos horas para dejar Potosí, medidas que no cayeron bien en la sociedad local.

A fines de diciembre, Castelli entró a Chuquisaca en medio de la algarabía general. Se hizo cargo de la presidencia de Charcas y una de sus primeras medidas fue la conformación de consejos de provincia en cada gobernación intendencia, integrados por criollos que apoyaban a la Primera Junta. En su famosa proclama de Tiahuanaco, en el primer aniversario de la Revolución de Mayo, declaró a los indígenas en igualdad de condiciones frente al hombre blanco, en cuanto a empleos, distinciones, honores e igualdad de derechos.

La Primera Junta, al enterarse de que los tres españoles habían caído prisioneros, había enviado un perdón y se ordenaba a Castelli que parase con los fusilamientos por cuestiones políticas.

Pero cuando el pliego llegó a Potosí, ya fue demasiado tarde. Es que era difícil parar a la revolución.

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Fuente: InfoBae

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