El otro 11 de septiembre

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Atentado en las Torres Gemelas (Getty Images/)

El martes 11 de septiembre de 2001 estaba llegando a la sede de la Embajada argentina ante los Estados Unidos de América, en la ciudad de Washington -en donde estuve destinado entre junio de 2000 y 2003- cuando escuché por radio la primera noticia sobre un avión se había estrellado contra una de las dos Torres del World Trade Center de Nueva York. En ese momento de la mañana, alrededor de las 8.45, todo era desconcierto y conmoción, y era aún inimaginable prever que ese día iba a pasar a la historia como otro annus horribilis. Luego en poco más de una hora y media la historia se aceleró, generando eventos que aun nos condicionan: como decía muy bien Jean d’Ormesson, hay días, meses, años interminables en los que pasa casi nada. Hay minutos y segundos que contienen todo un mundo.

La barbarie que se desató en ese kairos, un ataque terrorista que mató a miles de inocentes, impactó en muchos de nuestros hábitos y costumbres cotidianas; lo impensable ocurrió, y el temor desplazo a muchas de nuestras certezas.

Veinte años después, ese 11 de septiembre sigue estando vigente, y nos convoca al recuerdo de las victimas y a la condena de la barbarie.

Pero ese día, hubo otro 11 de septiembre que, frente a la magnitud de ese horror ha caído en el olvido. Esa misma mañana en Lima, Perú, los ministros de Relaciones Exteriores de todos los países del hemisferio estaban reunido para adoptar por unanimidad uno de los documentos mas relevantes de los últimos tiempos: la Carta Democrática Interamericana. Este documento, en la más noble tradición de los valores hemisféricos – recordemos que el articulo 5)d de la Carta de la OEA dice: La solidaridad de los Estados Americanos y los altos fines que con ella se persiguen, requieren la organización política de los mismos sobre la base del ejercicio efectivo de la democracia representativa- fue inspirada en la llamada clausula democrática adoptada en la Tercera Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de las Américas, que tuvo lugar en mayo de 2001 en Quebec.

Tradición democrática hemisférica que, con imperfecciones, se nutre de la Doctrina Tobar- postulada por el canciller ecuatoriano Carlos R. Tobar en 1906- y la Doctrina Betancourt- enunciada por el presidente Rómulo Betancourt de Venezuela, en su discurso de asunción en 1959- ambas dirigidas a condenar las rupturas democracias. Es así que el ADN democrático de la región, alcanzó su máxima expresión el 11 de septiembre de 2001.

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Atentado en las Torres Gemelas (U.S. Navy/)

Y en ese noble ejercicio de reafirmación de valores hemisféricos, la República Argentina tuvo un papel relevante, acorde a sus mejore valores y tradiciones democráticas que, frente a periodos oscuros y violentos de nuestra historia, siempre triunfaron. El entonces canciller argentino Adalberto Rodríguez Giavarini lideró la delegación de nuestro país, y en ese día de infamia global, abogo por la adopción de la Carta Democrática Interamericana. Para todos esos ministros reunidos en Lima, no había mejor respuesta a la atrocidad terrorista, que la fuerza de los valores democráticos.

Ese día, mientras diez y nueve terroristas atacaban brutalmente a los EE. UU de América, treinta y cuatro ministros de Relaciones Exteriores del hemisferio ponían un eslabón más en nuestra cadena democrática regional.

Es en este contexto que es importante recordar, veinte años después, ese otro 11 de septiembre. Ese 11 de septiembre de construcción democratica, y de solidaridad hemisférica con lo que estaba ocurriendo en Nueva York y Washington.

Veinte años después debemos rescatar la Carta Democrática Interamericana y velar por su cumplimiento. Las disrupciones democráticas en el hemisferio deben quedar atrás ya que como muy bien se señala en el Articulo 1 de la Carta:

Los pueblos de América tienen derecho a la democracia y sus gobiernos la obligación de promoverla y defenderla.

La democracia es esencial para el desarrollo social, político y económico de los pueblos de las Américas.

La democracia, constituye así, un sistema de valores normativos e institucionales, así como el requisito para el progreso y desarrollo de nuestros pueblos. La democracia no es solamente una elección de nuestros pueblos y países, es una necesidad y prerrequisito para transitar este turbulento y complejo siglo XXI.

Veinte años después cuan necesario es reforzar el firme compromiso con los valores democráticos, que todos hemos abrazado desde nuestra independencia, para luego incorporarlos al andamiaje jurídico institucional de nuestra región.

Si la historia enseña, aprendamos que la prosperidad requiere, entre otros, del respeto a las libertades individuales y de un sistema legal que lo proteja y garantice; la eliminación de las desigualdades; el respeto a la convivencia con el otro en un marco de concordia; del crecimiento armónico de todos los miembros de la sociedad, y que ello solo es posible en Democracia.

Veinte años después, no cuestionemos estos valores, y sostengamos y defendemos la Carta Democrática Interamericana.

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Fuente: InfoBae

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