Los isleños y su lucha a solas con el fuego, una historia conmovedora

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El amor de los isleños por su lugar es imponente. Su lucha va más allá de la supervivencia. Son héroes de raza con una baja visibilización social y casi nula del Estado.

El humo tiñe a la ciudad de San Nicolás cual si fueran las mismas tinieblas. Miles de hectáreas son arrasadas por el fuego y dejan a su paso desolación y bronca. Es que los habitantes de Islas Lechiguanas ven caer sus sueños a pedazos por culpa del capitalismo salvaje e incomprensible.

Luego de varios días con “lluvia de cenizas” y el aire viciado de sedimentos tóxicos en el Delta del Paraná a raíz de los incendios provocados por la mano del hombre, con las lluvias del fin de semana último, la situación busca tranquilizarse.

Es que en los últimos días, en esas islas, a la altura de San Nicolás, se desató un incendio muy importante que comenzó con 70 hectáreas y pasó a abarcar una dimensión de 6.500 hectáreas. “El lunes pasado tuvimos que luchar cuerpo a cuerpo con el fuego sin que nadie nos brinde una mano“, dijo Débora Cardozo, en diálogo con El ABC Rural.

Sus padres, por motivos de salud, viven en la Isla desde que comenzó la pandemia. Su padre, Juan Carlos Cardozo, siempre manifestó su amor por esa región del litoral, ya que fue mucho tiempo puestero de un establecimiento ganadero del Delta.

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La quema injustificada de pastizales en esta zona del Delta, año tras año desencadena una catástrofe ambiental.

Una lucha desigual

“Si los isleños no se unían a trabajar, hoy hubieran perdido todo”, denunció la entrevistada, ya que “el Estado no los defiende” en situaciones límites como las que le toca atravesar.

Además, Débora cuenta que vivió desde pequeña en la Isla y siente mucha tristeza al ver tanto fuego que deja desolación a su paso. “Yo siempre viví en las islas. Siempre tuvimos que luchar contra esto. Lamentablemente, ni los funcionarios de turno y menos los provocadores de los incendios, quieren solucionar la situación”, explica.

Ella recuerda el momento de lucha contra el fuego para salvar la vivienda de sus padres en el Delta la semana pasada. “Fuimos con mis cinco hermanos y nos sumamos a trabajar contra el fuego. Cuando llegamos, mi papá, mi mamá y mis tres hijos de 14, 11 y 9 años, junto a mis hermanitos ya estaban sofocando el fuego”, dice emocionada. Lograron apagar el incendio con una bomba de agua prestada y baldes de plástico que les facilitaron los vecinos.

“Siento bronca cuando se culpa al isleño”

Para la entrevistada, la situación es cada día más dramática. Si bien expresa que no sabe a ciencia cierta quiénes originan los incendios, está convencida que no es nadie que habite en las islas.

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Las familias se unen a luchar contra el fuego en las Islas. No importa la edad ni el género. Lo más relevante es salir ilesos. “Estamos solos en nuestra lucha”, señalan.

“Antes de hablar, deberían saber el amor que existe entre un habitante de la islas y su entorno” dice, aludiendo a las culpas que reciben diariamente desde muchos sectores de la sociedad. Es que los habitantes de la islas crían animales, tienen colmenas y realizan diversas actividades, razón por la cual están lejos de provocar estos incendios.

El nicoleño se sensibiliza. No puede comprender que año tras año esta situación se repita. Pese a que el humo proveniente de las quemas pretenda impregnarse en sus narices como algo cotidiano, de ninguna manera se asimila como algo normal.

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Juan Carlos Cardozo volvió a las islas por temor a su condición de riesgo ante la Pandemia. Sin embargo, tuvo que afrontar otro peligro que siempre está latente: los incendios.

¿Pero de quién es la culpa de los incendios? Una respuesta que por el momento está lejos de conseguir. Sin embargo, lo que sí está claro es que una Ley de Humedales podría terminar con esta triste realidad.

La dureza de vivir en las islas

No hay dudas que el isleño habita estas tierras porque ama su contexto ambiental, escenario que se va poniendo cada vez más dramático, incendio tras incendio. “El amor por las islas es lo que acerca a mis padres a este lugar”, sostiene Débora. Ella vive en San Nicolás hace unos años, pero no olvida su vida lejana en las Islas Lechiguanas.

“En las islas no existe la comodidad que hay en las ciudades. Por eso las familias que quieren educar a sus hijos tienen que migrar hacia ellas”, expresó. Es que solo cuentan con internet 2G, y esto expone claramente una condición muy limitada para poder estudiar.

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Integrantes de la multisectorial Humedales, señalaron que en los operativos “no se presentó en el lugar descripto ningún funcionario, ni bombero, ni fiscal, ni tampoco se divisó ningún avión hidrante”.

Respecto al agua potable, dice que los habitantes de la islas tienen que viajar a la ciudad para adquirirla. “El agua de la isla solo se puede utilizar para bañarse o lavar. No es apta para consumo humano”, cuenta.

Una ley cajoneada

La coyuntura agrava la situación. La peor sequía del Paraná de los últimos 50 años provoca que estas áreas de humedales también se sequen, haciendo que las consecuencias de los incendios se agraven. El fuego no discrimina especies de animales, ni de plantas, y avanza hasta que la vera del río lo detiene.

Pero lo cierto, es que no existen reglas claras acerca de las actividades productivas que pueden desarrollarse en estos espacios.

Varios fueron los intentos de avanzar con una Ley de Humedales para establecer un marco jurídico que determine con precisión zonas de humedales que prohíban cualquier tipo de actividad. Entre ellas industrial, ganadera, inmobiliaria, entre otras. Similar a lo que establece la Ley de Bosques. Sin embargo, el proyecto continúa durmiendo en algún cajón del Congreso Nacional.

El ABC Rural



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